Durante las inundaciones de Mameyes, un río crecido socavó los cimientos de un puente en la autopista PR-52; la familia de una víctima recuerda la tragedia el 6 de octubre de 1985,
La Nueva Pensamiento Crítico rinde homenaje a los familiares de las víctimas de esta tragedia de 1985 en Santa Isabel y Mameyes (Ponce) y reconoce el valor y sacrificio de quienes durante semanas rescataron a decenas de sobrevivientes
Evelyn Sánchez, al centro, con sus hijos, Ruth y Dimas Ortiz. El esposo de Sánchez y padre de sus hijos, el policía Homero Ortiz, murió cuando el río Coamo socavó los cimientos del puente sobre la PR-52. (Ramon «Tonito» Zayas)
Santa Isabel – Temprano en la noche del domingo, 6 de octubre de 1985, Homero Ortiz, un joven policía estatal residente en el barrio Peñuelas de este municipio, dormía en su casa para, más tarde, ya en la madrugada del lunes, presentarse a su turno de trabajo en la División de Tránsito de Salinas.
Gritos y lamentos lo sacaron de la cama y, al despertar, se encontró con la más terrible de todas las noticias: Evelyn Sánchez, su esposa por más de 10 años y madre de sus tres hijos, había muerto, le dijeron, al ser sepultada por un derrumbe mientras regresaba con sus hermanas de visitar a su madre en un hospital de Ponce, en medio de las catastróficas inundaciones de aquel fin de semana que causarían más de 200 fallecimientos, incluidos los 132 en un deslizamiento de terreno en el barrio Mameyes, de Ponce.
Ortiz, que tenía solo 32 años, caminó apresurado desde su casa hasta la autopista PR-52, que queda a minutos del barrio. Se subió al puente y paró una grúa que lo llevó hasta el cuartel de la División de Tránsito, en la estación de peaje de Salinas. Allí, se subió a una patrulla junto a otros tres policías –Francisco Díaz Meléndez, Pedro Burgos Lacourt y Herminio López Pilar–, con quienes salió a tratar de encontrar, ojalá que con vida, a su esposa.
Otra de las grandes tragedias de aquel fin de semana infernal estaba en marcha.
Minutos después de subirse a la patrulla en Salinas, Ortiz y sus tres compañeros estaban muertos. Los cuatro fueron parte de las 29 personas que murieron cuando, a consecuencia de las lluvias, el río Coamo socavó los cimientos del puente de la PR-52, a la altura de Santa Isabel, despegando la estructura de manera que quienes transitaban a esa hora por el lugar cayeron al embravecido cuerpo de agua con todo y vehículo.
Familia del policía Homero Ortiz honra su memoria a 40 años de su muerte en puente colapsado en Santa Isabel
Su viuda y dos hijos recuerdan la tragedia, pero también cómo la comunidad se unió para superarla y perpetuar el legado del entonces joven oficial.
“Mi papá murió creyendo que mami había muerto”, recuerda Ruth Ortiz, la hija mayor de Ortiz y Sánchez.
Evelyn Sánchez, contrario a lo que se le informó a Ortiz al despertar, no había muerto. La noticia de su supuesto fallecimiento fue una conclusión equivocada a la que llegaron algunos miembros de la familia, cuando parte del grupo que visitaba a la enferma en Ponce pudo regresar al barrio y otros quedaron incomunicados cuando un derrumbe en la PR-543, que lleva de Santa Isabel a Coamo, bloqueó el paso.
Cuarenta años después de la desgracia, que se conmemoran este martes, los sobrevivientes de la tragedia todavía luchan por sobreponerse a los efectos de aquellos días terribles.
La onda tropical que trajo esta catástrofe produjo 24 pulgadas de lluvia en 24 horas. Fue, en aquel entonces, la mayor cantidad de agua que caía en la isla desde el huracán San Ciriaco, en 1899. En total, 58 municipios fueron declarados zonas de desastre. Además de los 132 muertos en Mameyes y los 29 en el puente de Santa Isabel, varias decenas se registraron en otros incidentes separados.
El barrio Peñuelas de Santa Isabel ubica en la esquina noreste del municipio, más cerca de Salinas, y del barrio Río Jueyes, de Coamo, que del centro urbano santaisabelino. No se inunda, pero, en eventos de lluvia extrema, suele quedar incomunicado porque se bloquean, por inundación o derrumbe, los dos extremos de la PR-543, que es la única vía de acceso a la comunidad, a la que se puede llegar desde Santa Isabel o Coamo.
Ese fue el origen de la tragedia que sacudió a la familia Ortiz Sánchez y a toda la comunidad del barrio Peñuelas.
El colapso de un puente en Santa Isabel que mató a 29 personas: la otra tragedia de octubre de 1985. El 7 de octubre de 1985, el puente sobre el río Coamo, en Santa Isabel, de un tramo de la PR-52 colapsó a consecuencia de las lluvias. – Ramon «Tonito» Zayas
El colapso de un puente en Santa Isabel que mató a 29 personas: la otra tragedia de octubre de 1985. El colapso del puente causó la muerte de 29 personas que transitaban por el lugar y cayeron al embravecido cuerpo de agua con todo y vehículo. Entre los muertos, estaban cuatro policías estatales que viajaban en una patrulla. – Ramon «Tonito» ZayasEl colapso de un puente en Santa Isabel que mató a 29 personas: la otra tragedia de octubre de 1985. Uno de los fallecidos fue el policía Homero Ortiz. Su viuda, Evelyn Sánchez (al centro), y sus hijos Ruth y Dimas Ortiz recuerdan la noche de la tragedia. – Ramon «Tonito» ZayasEl colapso de un puente en Santa Isabel que mató a 29 personas: la otra tragedia de octubre de 1985. Ortiz, que tenía solo 32 años, salió de su casa, en Salinas, esa noche pensando que su esposa había fallecido en el colapso del puente, pues había viajado a Ponce a visitar a un familiar enfermo. – Ramon «Tonito» ZayasEl colapso de un puente en Santa Isabel que mató a 29 personas: la otra tragedia de octubre de 1985. Ortiz paró una grúa que lo llevó hasta el cuartel de la División de Tránsito, en Salinas, y allí, se subió a una patrulla junto a otros tres policías: Francisco Díaz Meléndez, Pedro Burgos Lacourt y Herminio López Pilar. – Ramon «Tonito» ZayasEl colapso de un puente en Santa Isabel que mató a 29 personas: la otra tragedia de octubre de 1985. Minutos después de subirse a la patrulla en Salinas, Ortiz y sus tres compañeros estaban muertos; cayeron al río. “Mi papá murió creyendo que mami había muerto”, recuerda Ruth Ortiz, la hija mayor de Ortiz y Sánchez. – Ramon «Tonito» ZayasEl colapso de un puente en Santa Isabel que mató a 29 personas: la otra tragedia de octubre de 1985. No hubo confirmación de la muerte de Ortiz hasta el martes, 8 de octubre de 1985, cuando varios oficiales llegaron a la casa de Evelyn Sánchez y la hicieron partícipe del horrible suceso. – Ramon «Tonito» ZayasEl colapso de un puente en Santa Isabel que mató a 29 personas: la otra tragedia de octubre de 1985. Eduardo “Hunga” Maldonado, un conocido fondista natural de Villalba, viajaba esa noche con un hermano por la PR-52. Se bajaron de la autopista en Santa Isabel, pero cuando trataron de volver a tomar la autopista, un golpe de agua los arrastró con todo y carro hasta que pudieron salirse. – Carlos Rivera Giusti/StaffEl colapso de un puente en Santa Isabel que mató a 29 personas: la otra tragedia de octubre de 1985. El periodista deportivo Néstor Marrero era empleado del Municipio de Santa Isabel en aquella época. “Fue un escenario dantesco, impresionante para mí”, recuerda. – Ramon «Tonito» Zayas
Ese fin de semana, la madre de Evelyn, Victoria Zayas, se enfermó y fue recluida en un hospital en Ponce. El domingo, 6 de octubre, cuando más fuerte estaba lloviendo, sus hijas fueron a visitarla. Al regresar, recuerda Evelyn, se encontraron la PR-543 inundada, y por lo tanto intransitable, por el sur.
Volvieron al centro urbano de Santa Isabel e intentaron acceder a la comunidad desde el norte, por el barrio Río Jueyes, de Coamo. Ante lo complicado de la carretera, decidieron irse a pie desde Río Jueyes a Peñuelas. Ese es un trayecto que, en circunstancias normales, se puede hacer en unos 40 minutos. Pero siendo ya de noche, y bajo los aguaceros tan intensos, fue una decisión sumamente arriesgada.
“Cuando vienen caminando hacia acá, hubo un trueno bien fuerte, bien fuerte. Fue horrible. Ahí, vino el derrumbe”, cuenta Ruth Ortiz.
Melly Sánchez, una de las hermanas de Evelyn, quedó del lado de Peñuelas; Evelyn y varias más de sus hermanas, del lado de Río Jueyes. Cuando solo llegó Melly Sánchez y contó que un derrumbe había impedido el paso a las demás, los Sánchez llegaron a la conclusión de que todas habían muerto sepultadas.
La conmoción ante esa noticia fue lo que despertó al oficial Ortiz.
En el momento en que Ortiz arrancaba para el cuartel a ver cómo podía rescatarlas, el río Coamo se había salido de su cauce, provocado tremenda inundación en la zona de Useras, que queda en la frontera entre Coamo y Santa Isabel, y comenzado a socavar los cimientos del puente de la PR-52.
Eduardo “Hunga” Maldonado, un conocido fondista natural de Villalba, venía esa noche con un hermano por la PR-52 de una carrera que había ganado en San Juan. Se bajaron de la autopista en Santa Isabel para buscar un sitio donde comer. Pero, en el momento en que tomaron la PR-153 hacia Coamo, la inundación les hizo retroceder.
Cuando trataron de volver a tomar la autopista, un golpe de agua los arrastró con todo y carro hasta que pudieron salirse. “El río salió por la orilla de la carretera, y ahí mismo nos dio el golpe y nos llevó hasta el medio. Todo eso se inundó ahí”, recuerda Maldonado.
Los hermanos Pedro Juan y Emiliano Torres, de Santa Isabel, también estuvieron a punto de perder la vida en la zona. A eso de las 9:00 p.m., Pedro Juan, entonces de 25 años, venía con Emiliano, dos años mayor, de su primer día de trabajo en el Parador Baños de Coamo, por la PR-153, cuando un golpe de agua los obligó a salir del vehículo.
Emiliano se subió a un techo de zinc que la corriente arrastraba y, usándolo a manera de yola, llegó hasta las inmediaciones de su casa, en el barrio Paso Seco, a poco más de una milla del puente. Pedro Juan, por su parte, pasó seis largas horas agarrado de un letrero de tránsito, viendo árboles, enseres y hasta carros pasarle cerca, rezando para que ninguno de los objetos impactara el letrero.
“Como a las 3:00 de la mañana, hubo un relámpago bastante extenso. Yo ya no sentía el cuerpo. Lo tenía adormecido. Pero, con el relámpago, pude notar que ya el agua había bajado bastante y despegué mi mano del letrero y caminé hasta la calle”, recuerda el hombre. “Yo celebro dos cumpleaños: el día que nací y ese día”, agrega.
Mameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. La tragedia de Mameyes fue un deslizamiento de tierra que ocurrió en el barrio Cantera de Ponce, Puerto Rico, la madrugada del 7 de octubre de 1985. Foto por José Ismael Fernandez – José Ismael Fernandez
Mameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. Catalogado como el peor en la historia de América del Norte, el deslave sepultó a la comunidad, destruyendo 120 casas y causando la muerte de, al menos, 129 personas. Foto por Gary Williams – Gary WilliamsMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. En sus comienzos, Mameyes era una comunidad obrera que se había formando espontáneamente desde los primeros años del siglo XX en la falda de una colina. Foto por José Ismael Fernandez – José Ismael FernandezMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. Se trata de la tragedia que más muertos causó en un solo instante en la historia puertorriqueña del siglo XX. Foto por José Ismael Fernandez – José Ismael FernandezMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. Noventa cadáveres nunca fueron recuperados y continúan enterrados en el monte en el que se ubicaban las casas. Foto por José Ismael Fernandez – José Ismael FernandezMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. Cuarenta años después, que se cumplen este martes, la memoria del fatídico incidente mantiene una herida profunda entre los que lo vivieron. Foto por José Ismael Fernandez – José Ismael FernandezMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. En el momento de la tragedia, se estima que vivían unas 2,000 personas en la comunidad. Foto por Luis Rámos – Luis RámosMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. Los primeros habitantes de la zona llegaron del centro de la isla, sobre todo, de Adjuntas y Jayuya, y de barrios como Tibes, para trabajar en la construcción, la agricultura y en el muelle ponceño. Foto por Gary Williams – Gary WilliamsMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. La construcción de las estructuras era informal, y la zona no contaba con sistema de alcantarillado, lo cual, según un análisis que se hizo posterior a la desgracia, fue uno de los detonantes del deslizamiento. Foto por José Ismael Fernandez – José Ismael FernandezMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. Vecinos entrevistados dijeron que, antes de octubre de 1985, nadie les había advertido que estaban en peligro. Foto por José Ismael Fernandez – José Ismael FernandezMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. El Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos determinó que el derrumbe fue causado por la saturación de las tierras por las intensas lluvias, lo cual se agravó por la enorme cantidad de pozos sépticos que había en la zona, los cuales, según el análisis, contribuyeron a la socavación del terreno. Foto por Gary Williams – Gary WilliamsMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. Menos de dos años después de la tragedia, unas 220 familias, que eran la mayoría de los sobrevivientes, recibieron viviendas costeadas por el gobierno estadounidense en la comunidad que se conoció como Nuevo Mameyes. Foto por Gary Williams – Gary WilliamsMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. Sobrevivientes describen las primeras horas como caóticas, espantosas y de terror indescriptible, con incontables personas pidiendo ayuda desde abajo de los escombros, partes humanas visibles para los que intentaban ayudar y personas por los enlodados caminos llamando a gritos a sus seres queridos, con la esperanza de que hubieran sobrevivido. Foto por Frank Camacho – Frank CamachoMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. El gobernador Rafael Hernández Colón fue, familia por familia, dándoles el pésame, comenta la exgobernadora Sila María Calderón, quien en ese entonces era secretaria de la Gobernación en esa administración. Foto por Gaspar Gomez Jr (La Fortaleza) – Gaspar Gomez Jr (La Fortaleza)Mameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. Hubo, como suele suceder en estos casos, reclamos de que se atendiera el viejísimo asunto de las construcciones irregulares, pero, como suele suceder también, los reclamos se disolvieron con el tiempo y ese tipo de estructura es todavía común en Puerto Rico. Foto por Gary Williams – Gary WilliamsMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. “Las condiciones que llevaron al deslizamiento se habían estado desarrollando desde que se construyeron las casas en esta ladera”, dice el informe del Cuerpo de Ingenieros, que está disponible para examen en la Fundación Rafael Hernández Colón, en Ponce. Foto por José Ismael Fernandez – José Ismael FernandezMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. Unos días después, hubo un velorio masivo en el auditorio Juan “Pachín” Vicens, donde velaron a cerca de una veintena de los fallecidos y que produjo estremecedoras imágenes que sacudieron la conciencia del país. Foto por Gary Williams – Gary WilliamsMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. Rosa Elena Torres tenía 18 años cuando ocurrió el desastre el 7 de octubre de 1985. En la foto, Torres visita una lápida que lleva los nombres de varias de las víctimas. – Ramon «Tonito» ZayasMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. Torres contó que, el día de los hechos, cuidaba a su hija de dos años, quien experimentaba una fuerte fiebre. La fémina relató que, en un momento dado, buscó la casa de sus padres en la colina y no la vio. Acto seguido, vio a su vecina en el balcón de su residencia… y el momento en que la estructura desapareció al ocurrir el deslizamiento de terreno. – Ramon «Tonito» ZayasMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. Eduardo Rivera vivía entonces con su esposa y tres hijos, en una casa a medio construir que no los protegía del todo de los aguaceros. – Ramon «Tonito» ZayasMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. Cerca de las 3:30 de la madrugada del lunes, un enorme estruendo sacudió los cimientos de su casa y su calle. “La casa quedó iluminada por dentro”, recuerda. – Ramon «Tonito» ZayasMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. Rivera fue una de las personas que se activó y ayudó en la búsqueda y rescate de personas en la zona del desastre. – Ramon «Tonito» ZayasMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. Torres perdió en el desastre a toda su familia: su padre Manuel Torres Rodríguez, de 45 años; Blanca Esther Serrano, igual de 45 años; su hermana mayor, Delma Ivelisse, de 19; sus hermanas menores Del Carmen, de 14, y Charito, de nueve; su cuñado, el esposo de Delma, Toly Montalvo, de 25 años; y sus sobrinos Delnaliz, de dos años, y Manuel Eliel, de un mes de nacido y quien fue el fallecido más joven en Mameyes – Ramon «Tonito» ZayasMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. “Cuando me tiro para acá, veo todo esto hecho… (se conmueve, aguanta las emociones) se jodió la bicicleta… Uno ni sabe qué pasó ahí. Se me fue el mundo. Se nos fue el mundo”, recuerda Rivera. – Ramon «Tonito» ZayasMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. Torres, que dice que estaba atónita, fue rescatada en su casa por vecinos que le dijeron que la montaña se había caído, que el agua estaba subiendo y que debían evacuar el área. Para sacarla, hubo que halarla a ella, a la niña y su entonces esposo con una soga. – Ramon «Tonito» ZayasMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. El Museo y Memorial de Mameyes contiene información que documenta la tragedia, al igual que un monumento en honor a las personas que perecieron. – Ramon «Tonito» ZayasMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. Menos de dos años después de la tragedia, unas 220 familias, que eran la mayoría de los sobrevivientes, recibieron viviendas costeadas por el gobierno estadounidense en la comunidad que se conoció como Nuevo Mameyes, que, casualmente, ubica frente al cementerio en el que hay decenas de sus familiares y antiguos vecinos sepultados. – Ramon «Tonito» ZayasMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. “Con el tiempo, algunos murieron, se fueron, vendieron. Si quedamos 50 de los originales, somos muchos”, dice Israel Collazo, líder comunitario del Nuevo Mameyes. – Ramon «Tonito» ZayasMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. El Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos determinó que el derrumbe fue causado por la saturación de las tierras por las intensas lluvias, lo cual se agravó por la enorme cantidad de pozos sépticos que había en la zona – Ramon «Tonito» ZayasMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. Las labores de rescate se extendieron por dos semanas, pero, en la medida en que el recio sol sureño sellaba la tierra, se hacía cada día más difícil excavar buscando cadáveres, y 90 muertos nunca fueron recuperados, incluidos todos los familiares de Torres. – Ramon «Tonito» ZayasMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. Hubo, como suele suceder en estos casos, reclamos de que se atendiera el viejísimo asunto de las construcciones irregulares, pero, como suele suceder también, los reclamos se disolvieron con el tiempo y ese tipo de estructura es todavía común en Puerto Rico. – Ramon «Tonito» ZayasMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. El derrumbe de Mameyes ocurrió durante uno de los fines de semana más mortales en la historia de Puerto Rico. Una onda tropical trajo lluvias e inundaciones catastróficas que causaron cerca de 200 muertes en todo el archipiélago, incluidos los 132 de Mameyes y otras 29 personas. – Ramon «Tonito» ZayasMameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. Torres y Rivera sostienen una foto que muestra cómo se veía Mameyes antes de la tragedia del 7 de octubre de 1985. – Ramon «Tonito» Zayas
Mameyes: la tragedia que Puerto Rico no olvida. La foto muestra parte de la zona en la que ocurrió el deslinde. – Ramon «Tonito» Zayas
En Peñuelas, los Sánchez pasaron la noche más larga de sus vidas creyendo que Evelyn había muerto y sin noticias de Ortiz desde que salió de la casa buscándola. Al amanecer el 7 de octubre, vecinos del barrio Peñuelas, creyendo a las hermanas Sánchez muertas, organizaron un operativo de rescate. “Aparecieron hasta máquinas para mover la tierra”, recuerda Ruth Ortiz.
Los vecinos lograron cruzar hacia Río Jueyes, donde encontraron a Evelyn y al resto de las hermanas Sánchez a salvo con una familia que las había refugiado. Ya se sabía de los muertos en el puente, pero no que Ortiz, de quien no se tenían noticias desde que salió de la casa el domingo por la noche, estaba entre los fallecidos.
En el puente, estaba en proceso un operativo de remoción de los vehículos caídos, que atrajo a una enorme multitud de curiosos y que produjo algunas de las escenas más dolorosas de aquella tragedia, con las imágenes de cadáveres hinchados dentro de los carros que las máquinas sacaban del río.
“Fue un escenario dantesco, impresionante para mí”, recuerda Néstor Marrero, un periodista deportivo que, en aquel momento, era empleado del Municipio de Santa Isabel. “Todo el barrio y el pueblo estaban en esa área. Era un gentío enorme”, recuerda.
No hubo confirmación de la muerte de Ortiz hasta el martes, 8 de octubre, cuando varios oficiales llegaron a la casa de Evelyn Sánchez y la hicieron partícipe del horrible suceso.
“Yo me puse mala”, recuerda Evelyn, que enviudó a los 31 años. “Yo no supe más nada, más nada, más nada. Fue un desastre. Para mí, fue chocante”, agrega, todavía conmovida.
Evelyn Sánchez (al centro) durante el sepelio de su esposo, el policía Homero Ortiz, junto a un oficial no identificado y su hermana Melly Sánchez. (Garry Williams)
Ruth Ortiz tenía solo 11 años, pero recuerda cada instante de aquellos días. “Teníamos la esperanza de que él estuviera rescatando gente, porque él era bien apasionado con su trabajo. Cuando yo vi a la patrulla llegar, yo no pensé que venía a traer esa noticia. Yo pensaba que nos venían a decir, qué sé yo, que estaba haciendo una labor. Yo tenía la esperanza todavía de que nada le había ocurrido a mi papá. Lo recuerdo como si fuera hoy”, dice.
La muerte de Ortiz, más la extraordinaria circunstancia en que ocurrió, dejó una marca permanente en su familia y en la comunidad, que no lo ha olvidado.
Dimas Ortiz, el segundo de los hijos de Ortiz y Evelyn Sánchez, ha vivido los 40 años desde la muerte de su papá con una ampliación de la foto oficial de su padre, como una manera de honrar al hombre que, de alguna manera, apenas empezaba a conocer y cuya ausencia no ha dejado de sentir ni un instante de su vida.
“Todo lo clasificaba con el viejo. En la escuela, aquí en la casa. En todos lados, yo veía a papi. En las paredes, lo veía al lado mío, en todos sitios”, cuenta Dimas. “Esta foto siempre ha estado conmigo. Yo creo que es la única que queda. Viajó conmigo a Estados Unidos, donde duré casi 26 años. La he dejado así por décadas…”.PUBLICIDADPUBLICIDAD
Esta marcha de gigantes no se detendrá hasta revolcar completas las estructuras que oprimen a los trabajadores
Son las fuerzas motrices de la revolución social ante la total e irreversible bancarrota económica del país, matizada por la rapacidad del imperio cuyas garras (léase Junta de Control Fiscal extranjera) se ensañan contra los trabajadores y los sectores más humildes del pueblo.
El momento requiere el reencuentro de los cuadros políticos que este gran movimiento obrero ha ido templando a lo largo de las últimas décadas para articular esta vanguardia dispersa y reconstruir el partido obrero. Ése es el futuro de esta lucha social.
La combatividad de los maestros tiene un efecto multiplicador en la formación de la conciencia social general del pueblo por su particular función hegemónica en el salón de clases.
Existe un malestar acumulado que desata a cada momento la furia del pueblo, como la gota al tope que una copa llena, es la gota que la desborda. El gobernador Pierluisi trató una semana antes de la última convocatoria de calmar los ánimos de unas masas del pueblo que pocos años antes habían tumbado un gobernador de su propio partido, anunciando un aumento salarial temporero, pero su táctica se le revirtió en contra, y tuvo que recibir en Fortaleza al liderato de esos trabajadores, con las grandes masas enardecidas fuera de sus portones, al mismo liderato obrero que una y otra vez se había negado a recibir. Los gobernantes arrogantes no conocen otro lenguaje que el lenguaje de la fuerza, y esa fuerza de las masas de obreros y trabajadores es la que hay que saber articular ahora para construir órganos de poder permanente.
Nuestras luchas sociales han adolecido de fallas adjudicables a su liderato histórico, fallas de las que las nuevas generaciones de luchadores han de tomar nota. Ha faltado una estrategia política obrera, es decir, un plan de largo alcance que trascienda la inmediatez de las luchas sindicales y se fije metas contra la estructura capitalista de opresión. Los marxistas en sus luchas históricas, en particular Lenin y la experiencia rusa, nos aleccionaron sobre esto.
Y lo previmos en Puerto Rico cuando fundamos el Partido Comunista en 1934 y el Partido Socialista (PSP) en 1971. Es, visto en retrospectiva, experiencia acumulada que apunta hacia la necesidad de la organización política de los trabajadores. Hay que aprender de nuestra experiencia al nivel nacional e internacional, pues es lo que termina cuajando en una teoría revolucionaria específica para nuestra formación social.
Es importante señalarnos a nosotros mismos que las ideas se desarrollan en la acción revolucionaria, no en la exégesis acrítica de la teoría. Por ello, en la praxis marxista y en el fervor de la militancia revolucionaria, teoría y práctica son inseparables. Es por eso que sostenemos que la teoría, en la acción revolucionaria, no es para las academias (en alto despiste en Puerto Rico), como tampoco la acción de la militancia lo es solo para las organizaciones revolucionarias, cuyos errores en la percepción de la realidad y sectarismos absurdos son cada vez más frecuentes.
La lectura apresurada y superficial de la historia por parte de los cuadros al frente de movimientos reivindicativos lleva a acciones y decisiones políticas erradas y de consecuencias fatales para la revolución. Tal, por ejemplo, el monstruo auto creado de la anexión[1] que condujo a un sector del independentismo, elección tras elección, a aliarse con los llamados autonomistas, yerro que terminó perpetuando la colonia y, por lo tanto, mantuvo sobre nuestras cabezas el mentado “monstruo”. Es una paradoja que solo el movimiento obrero, con una política clasista consecuente, ha de romper.
De nuevo, pero ahora con lentitud y con demasiada incoherencia, los vientos están cambiando. La oposición a la venta de la Telefónica en los años noventa, el éxito alcanzado por las grandes movilizaciones de masas contra la Marina de los Estados Unidos en Vieques, las luchas sindicales y políticas del movimiento estudiantil y obrero en defensa de la universidad pública y contra la legislación anti obrera son muestras de este despertar. Cientos de miles de trabajadoras y trabajadores movilizados en verano de 2019 desplegando una fuerza tal que lograron la renuncia de un gobernador inepto e inmoral es muestra de que renace la voluntad de lucha de los trabajadores en Puerto Rico.
Los maestros lo demostraron una y mil veces en los últimos veinte años. Las manifestaciones del magisterio de febrero de 2022 es la lección que nos continúan ofreciendo estos combativos educadores, quienes continuamente sacan el pupitre a la calle para continuar educando.La combatividad de los maestros es un efecto multiplicador en la formación de la conciencia social general del pueblo por su particular función hegemónica en el salón de clases del sector público.
Lo importante ahora es reconstruir esas fuerzas dispersas en nuevos esfuerzos organizativos con metas realista hacia la transformación social. Las movilizaciones de pobladores y sectores desposeídos, junto a los sectores organizados del movimiento obrero, por cambios fundamentales en la estructura social habrán de cimentar la unidad de clase de la gran masa de trabajadores. La cuestión es movilización y organización. Organización para continuar movilizando. Movilización para alcanzar para los trabajadores nuevos estadios de conciencia y poder.
Estamos en medio de una gran coyuntura histórica. Nunca había sido tan descarado el colonialismo y el capitalismo como en esta época. Nunca el imperialismo se había puesto a sí mismo tan al descubierto como en estos tiempos. Nunca la historia de Puerto Rico vio un caos mayor con unos partidos tradicionales que no ofrecen caminos claros. El colapso es no solo de las instituciones, es de todo el sistema de dominación extranjera en Puerto Rico.
[1] La anexión política de Puerto Rico a los Estados Unidos como estado federado de esa nación extranjera.
Como volcán a punto de estallar, una fuerza de inconmesurable poder late entre las masas de trabajadores, desempleados y desposeídos de nuestro país. Su eficaz canalización hacia un cambio social real es tarea urgente de los cuadros políticos de una vanguardia hoy dispersa, formada a lo largo de décadas de luchas sociales.