¿Empujan a Venezuela hacia un estado libre asociado de EE.UU.?

El ataque militar de la flotilla estadounidense y el secuestro del presidente Nicolás Maduro es un hecho gravísimo, pero en medio de tantas incertidumbres, en Venezuela la vida sigue y el Tribunal Superior de Justicia  venezolano consagró como presidenta a Delcy Rodríguez, La Fuerza Armada Nacional Bolivariana llamó a la población a retomar la normalidad y la estabilidad del país. La situación es de una tensa calma y no se descartan conflictos

Fuentes: CLAE – Rebelión / Imagen: Movilización en respaldo al presidente Maduro, Caracas, 3 de enero de 2026.

Por Aram Aharonian | 06/01/2026 | EE.UU.Venezuela

El ataque militar de la flotilla estadounidense y el secuestro del presidente Nicolás Maduro es un hecho gravísimo, pero en medio de tantas incertidumbres, en Venezuela la vida sigue y el Tribunal Superior de Justicia  venezolano consagró como presidenta a Delcy Rodríguez, La Fuerza Armada Nacional Bolivariana llamó a la población a retomar la normalidad y la estabilidad del país. La situación es de una tensa calma y no se descartan conflictos.

Estados Unidos demostró que  tiene fuerza y capacidad militar de secuestrar a un presidente o asesinar a un líder opositor a sus planes con un misil. Tras el ataque, Donald Trump anunció que su país va a monitorear todas las decisiones que se tomen en Venezuela, y va administrar su petróleo, el llamado excremento del diablo.

No cabe duda que los bombardeos en Venezuela y el secuestro de Maduro y su esposa, han golpeado al gobierno bolivariano, pero también han deslegitimado a Trump, quien se presentara ante muchos países del mundo como alguien que acabaría con las guerras –en el camino fue coautor del genocidio de gazatíes- y se atribuye el poder de cambiar presidentes en países extranjeros. Lo triste es que algunos sectores de la oposición venezolana incluso festejan la decisión  estadounidense de reincorporar a su país como “territorio colonial”.

Pese a las presiones de Washington, Brasil, Chile, Colombia, México, Uruguay y España emitieron una declaración conjunta en la que expresaron su “profunda preocupación y rechazo” frente a lo que calificaron como una acción unilateral que contraviene normas esenciales del sistema internacional.

Más allá de muchas confusiones e incertidumbres, en Venezuela la vida sigue: no se quebró la cadena de mandos y en la presidencia quedó una persona de extrema confianza de Maduro, pese a los intentos de Trump de asociarla a la conspiración. Hay cambio de presidente, pero –por ahora- no hay cambio de régimen, que siempre ha sido el objetivo de Estados Unidos.

La Fuerza Armada Nacional, columna vertebral del dispositivo bolivariano, se mantiene en pie, quizá porque Trump no quiere generar un vacío de poder que lleve a un escenario de anarquía como en Irak, y así alimenta las versiones sobre una posible transición pactada.

Si bien la calle  estaba desierta el sábado, este domingo ya comenzó a normalizarse: hay metro, aviones y colas moderadas en los supermercados. Y una marcha grande en respaldo al bolivarianismo… pero la militancia carece de línea y hay confusión.

Rubio, ¿el procónsul?

El cubanomiamero Marco Rubio, canciller (su título es de Secretario de Estado) de Trump esbozó la hoja de ruta tras el secuestro de Maduro: control del petróleo, presión financiera extrema, amenaza militar latente y una negociación condicionada con las nuevas autoridades que impongan. Desestimó –por ahora- la ocupación militar con tropas en el terreno y dijo estar dispuesto a trabajar con Delcy Rodríguez, “siempre y cuando se tomen las decisiones correctas” (es decir, las imposiciones de EEUU).

Uno de los puntos más llamativos de la entrevista a Trump en EEUU fue la confirmación de contactos con  la vicepresidenta venezolana, quien asumió el poder tras el secuestro de Maduro.  Rubio evitó dar detalles de la conversación por tratarse de temas «delicados», pero marcó una diferencia sustancial entre ella y Maduro.

Dijo que  «la clave de la que depende ese régimen es la economía impulsada por el petróleo», lo que supone un bloqueo naval de facto para interceptar y confiscar cualquier buque de transporte de petróleo no autorizado por Washington. Y para que no quedaran dudas, señaló que esta “cuarentena”, es “el despliegue naval más grande los historia moderna en el Hemisferio occidental”.

«Vamos a juzgar avanzando. Vamos a juzgar todo por lo que hagan», dijo Rubio, quien señaló que con Maduro «simplemente no se podía trabajar» porque rompía todos los acuerdos, mientras que ahora se abre una etapa de «evaluación» sobre las decisiones que tome la nueva cúpula.

Rubio enumeró una lista de exigencias concretas que la Casa Blanca espera que cumpla el nuevo gobierno encabezado porDelcy Rodríguez, que parecen más bien dirigidos a crear una imagen ominosa para el gobierno venezolano y siguen el libreto de los discursos de Trump.  Los puntos que describió como innegociables son: que la industria petrolera beneficie a la sociedad (no especificó si a la estadounidense), el cese total del tráfico de drogas, el desmantelamiento de las bandas criminales que denuncia Estados Unidos, la expulsión de grupos armados como las FARC y el ELN, y el fin de la alianza con Hezbollah, Irán y Cuba.

En vez de anunciar a un «mandatario legítimo» Trump se encargó otra vez de ningunear a María Corina Machado, a quién consideró públicamente incompetente para tomar las riendas del país. Rubiointentó suavizar el mensaje y aseguró que siente una «tremenda admiración» por Machado y por Edmundo González Urrutia, pero se abstuvo de señalar que ellos debieran asumir el gobierno. Ya le regalaron un Premio Nobel por los servicios prestados.

«En el siglo XXI, bajo la administración Trump, no vamos a tener un país como Venezuela en nuestro propio hemisferio actuando como cruce de caminos para Hezbollah, para Irán y para cualquier otra influencia maligna», sentenció Rubio.

¿Quién tiene el control?

Lo cierto es que Trump no tiene el control político, militar ni territorial en Venezuela. No hubo de momento una invasión militar a gran escala sino una «acción cinética» tendiente a secuestrar a un presidente en  funciones y utilizarlo como herramienta de presión y eventual moneda de cambio.

Según los expertos, la totalidad de los activos militares desplegados en los últimos meses en el Gran Caribe no son suficientes para tomar control de la accidentada y extensa geografía venezolana, ni siquiera de la capital Caracas y sus inmensas y organizadas barriadas populares.

La invasión de la pequeña Panamá demandó en 1989 la movilización de más de 30 mil efectivos. En suma, los bombardeos y ataques contra infraestructuras militares fueron la cobertura operacional de lo que eufemísticamente la jerga trumpiana llama «extracción».

Para algunos analistas,  el principal objetivo no fue ni es tomar el país por asalto, sino descabezar a la conducción política del proceso e inducir una fractura significativa en la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, algo que desde inicios de siglo -en especial en 2002- tanto EEUU como la oposición vernácula han intentado sin éxito.

Para otros, el talón de Aquiles de la agresión imperial contra Venezuela es la ausencia de una fuerza vasalla endógena, con poder de fuego y capacidad de masas, que pueda proclamar algo parecido a una rebelión nacional «legítima» contra la «tiranía», dando una seudo coartada democrática a la agresión estadounidense. Esto explica el que Trump haya amenazado con otra ronda de ataques, y no se pueda descartar que la situación escale a una invasión total en las próximas horas o días, sobre todo si la región y la «comunidad internacional» no atinan a ejercer ningún tipo de acción disuasoria eficaz

Si el objetivo era inducir una rebelión militar de proporciones o una insurrección popular (o  ambas), ésta no se produjo. Entonces, es natural esperar que la presión armada sobre la cadena de mando se agudice y que el Pentágono busque compensar por vía militar lo que no se está consiguiendo en principio por vía política, que es la rendición incondicional de su enemigo.

Aquí habría que definir quién es el enemigo: si el gobierno o el pueblo. EEUU jaqueó al rey (Maduro) pero aún no ganó la partida y el control de Caracas y el país por las tropas venezolanas es real. No hay combates entre facciones militares, conatos de rebelión ni «guarimbas» de ningún tipo: 2026 no es 2014 ni 2017. Es más: las únicas movilizaciones, a pie o con motorizados, son desde el campo del chavismo, aunque por supuesto esto tampoco es 2002 (cuando el golpe y la restitución por movilización popular de Chávez).

Desde las fuerzas venezolanas dudan  que la fuerza invasora pueda intentar tomar control de los pozos e infraestructuras petroleras, para financiar así la operación y empezar lo que podría ser una larga e imprevisible estrategia de balcanización territorial como se ha hecho con frecuencia en otros teatros de operaciones. Según el «corolario Trump» a la Doctrina Monroe, los recursos estratégicos de Venezuela le pertenecerían a EEUU en virtud de las nacionalizaciones de la década del 70 y comienzos de este siglo.

El caso de Venezuela deja en claro que otros países también están bajo la espada de Damocles de la intervención: México, Colombia, Brasil, Cuba, etcétera. Esto nunca tuvo nada que ver con la democracia, los derechos humanos, los cárteles de las drogas o el combate al narcotráfico, sino con el relanzamiento de la geopolítica imperial más belicosa, el dominio geopolítica de Latinoamérica y el Caribe, y el saqueo colonial de nuestros recursos naturales.

*Periodista y comunicólogo uruguayo. Magíster en Integración. Creador y fundador de Telesur. Preside la Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA) y dirige el Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

De la diplomacia de las cañoneras al asesinato con los bombarderos

Por Renán Vega Cantor | 06/01/2026 | EE.UU.

Fuentes: Revista Izquierda – Rebelión

La crisis de hegemonía de los Estados Unidos en el plano mundial viene acompañada de un reforzamiento de su acción criminal, con la finalidad de intentar detener su caída irreversible como primera potencia del orbe. En estos momentos ese comportamiento criminal lo soportamos los latinoamericanos de diversas maneras: con la “actualización” de la guerra contra las drogas a nombre de la lucha contra el “narcoterrorismo”, cuyo epicentro supuestamente se encontraría en nuestros países (Venezuela, México, Colombia…) y no en el principal consumidor mundial, que no es otro que Estados Unidos; con la militarización de la cuenca del Caribe, mediante el despliegue invasivo de dos portaaviones, un submarino equipado con armas nucleares, 12 buques de guerra, aviones, helicópteros,  drones y la presencia de 15 mil militares de los Estados Unidos en sus bases de Puerto Rico, República Dominicana, Trinidad y Tobago y otros países de la región y el bloqueo aéreo unilateral e ilegal contra Venezuela; con la promulgación del “Corolario Trump”  a la Doctrina Monroe que sin ambigüedades sostiene: “Tras años de abandono, EEUU reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restablecer la preeminencia estadounidense en el Hemisferio Occidental y proteger nuestro territorio nacional pero también para tener acceso a zonas geográficas clave en toda la región. Negaremos a los competidores no-hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales, en nuestro hemisferio. Este ‘Corolario Trump’ de la Doctrina Monroe es la potente y lógica restauración de nuestro poder y nuestras prioridades en función de nuestros intereses de seguridad”; con las amenazas abiertas de propiciar un “cambio de régimen” en Venezuela, cuya finalidad es la de imponer a títeres incondicionales que regalen los recursos naturales de este país a los capitales corporativos de Estados Unidos; con la brutal persecución de los migrantes pobres bajo el pretexto de que representan un peligro para la “seguridad nacional” de los Estados Unidos y a los que se debe torturar, encarcelar, matar y deportar sin demora; con el asesinato de lo que, en el lenguaje imperialista, se denominan los narcoterroristas que transitan en “narcolanchas” y han sido declarados objetivos militares porque contra ellos se ha declarado una guerra, como la de  George Bush Jr. en 2001, al considerarlos terroristas, un sinónimo de “combatientes enemigos” el nombre que se les atribuyó a aquellos que fueron capturados, torturados y encarcelados en las prisiones de Estados Unidos regadas por el mundo, y en la que sobresale por sus niveles de infamia la de Guantánamo…

Todos estos elementos ameritan un análisis detallado, pero en este artículo nos concentraremos solamente en los asesinatos Made in USA, que marcan una nueva fase en la historia diplomática de Estados Unidos con relación a nuestro continente.  

EL MÉTODO ISRAEL

El despliegue asesino de Estados Unidos no es ninguna novedad porque una característica de la cultura yanqui es la de matar a sangre fría, como lo vienen haciendo desde los tiempos en que eran una colonia inglesa y lo han seguido haciendo en forma recurrente durante más de 200 años desde comienzos del siglo XIX. La principal justificación ha sido que Estados Unidos encarna los intereses del Destino Manifiesto y está encargado de irradiar civilización y eso supone eliminar a todos aquellos pueblos barbaros y atrasados que son obstáculo al progreso.

Pese a ese carácter sanguinario ‒uno de cuyos mitos emblemáticos fue el de la conquista del Lejano Oeste, que llevó al exterminio de milenarios pueblos indígenas‒ después de la II Guerra Mundial Estados Unidos, de dientes para afuera, intentó disimular ese carácter asesino e impulso un supuesto derecho internacional basado en sus normas y aunque seguía matando y asesinando a granel en los cinco continentes, siempre lo justificaba a nombre de un principio superior que guiaba su accionar (lucha contra el comunismo, contra los narcotraficantes, contra los terroristas…) y por su pretendido apoyo a  la democracia liberal, a la libertad y los derechos humanos. En los casos de agresión a otros países se esgrimían mentiras y se borraban las huellas y destruían las fuentes que dieran cuenta de los crímenes imperiales y de la actuación encubierta de la CIA y otras agencias de los Estados Unidos.

Ahora, las cosas se hacen a la luz del día y con premeditación, alevosía y descaro, y se siguen inventando mentiras (la del Cartel de los Soles, por ejemplo y de situar a Venezuela como el principal productor de narcóticos del mundo) pero ya no se ocultan los crímenes, sino que de ellos se presume en público, se escupe sobre los cadáveres de quienes son asesinados e incluso, en el colmo del cinismo, se hacen chistes sobre las personas asesinadas, tal y como lo proclama el Secretario de Guerra (o de Muerte) del gobierno de Donald Trump, Pete Hegseth. Este, para justificar los asesinatos de los tripulantes de lo que él denomina “narcolanchas”, ha dado a conocer en redes sociales la réplica de un comic, en donde emplea el personaje de la tortuga Franlin (protagonista de una serie canadiense de dibujos para niños de educación prescolar) para ilustrar en una forma cínica los asesinatos que realizan las tropas de los Estados Unidos en los océanos de América Latina.

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Esta banalización del asesinato, hecho directamente por un sicópata que se encuentra al frente de la Secretaria de Guerra de Estados Unidos, indica el grado de decadencia moral del imperialismo estadounidense, pero no debe sorprender porque es la puesta en marcha de lo que puede denominarse el Método Israel, que el estado sionista ha implementado para perpetuar un genocidio y realizar todos sus crímenes de lesa humanidad, rubricados con más de medio millón de niños, mujeres, ancianos y varones adultos masacrados desde el 7 de octubre de 2023.

Lo que hace Israel con los palestinos, los árabes y los persas es un efecto de demostración de las características que hoy adquiere el capitalismo realmente existente y sus pretensiones de huir hacia adelante, para superar la crisis de la dominación occidental después de cinco siglos, mediante el retorno del colonialismo puro y duro y sus procedimientos de terror, limpieza étnica, genocidio y ecocidio. Así, cuando Israel bombardea escuelas, universidades, hospitales, masacra niños y mujeres en estado de gestación, viola y tortura a los prisioneros en sus mazmorras, destruye edificios y barrios enteros para masacrar a sus habitantes so pretexto de que son terroristas, cuando en forma unilateral agrede y bombardea países (Líbano, Siria, Irán, Qatar, Yemen…) todos los días, matando a centenares de personas… lo que está dando es un ejemplo práctico y anticipatorio de lo que espera a los parias del planeta en el capitalismo de nuestro tiempo.

Matarlos sin contemplación, a la vista de todo el mundo, con impunidad absoluta, sin vergüenza alguna y con la justificación de estar eliminado a aquellos que considera subhumanos que no merecen vivir, porque así lo proclaman los asesinos sionistas. Este es el Método Israel, un anticipo en tiempo real de lo que viene para el mundo entero, máxime cuando ha sido aceptado y legitimado por el occidente imperial, incluyendo a gran parte de sus “intelectuales” (empezando por Jürgen Habermas).

Si Israel ha podido realizar un genocidio, que ha sido trasmitido en vivo y en directo al resto del mundo, y eso incluso ha sido legitimado por la inane ONU, ya no queda nada que ocultar y hasta se puede presumir de ese carácter asesino, que hoy goza de bastante popularidad entre la masa de votantes de la extrema derecha mundial, donde quiera que sea.

En ese sentido, el Método Israel es el retorno a los tiempos en que la pena de muerte se ejecutaba a la luz del día, se obligaba a los habitantes locales a congregarse alrededor de la picota pública donde se ahorcaba a los condenados y donde se permitía que se escupiera y ultrajara a los cadáveres de los ejecutados e incluso se dejaban sus cuerpos a la intemperie para que sirvieran de ejemplo terrorífico de la forma cómo pagaban quienes se atrevieran a desafiar el orden existente. Era la escenificación pública de la crueldad para generar pánico, miedo y resignación y eso lo ha vuelto a implantar Israel con sus métodos genocidas. Estados Unidos, con su propia tradición de culto a la violencia y a la muerte, lleva el Método Israel a todo el mundo, y por supuesto ha llegado a nuestro continente.

Ya ni siquiera estamos retornando a la Diplomacia de las Cañoneras, sino que hemos llegado al Asesinato de los Bombarderos. En tiempos de la Diplomacia de las Cañoneras sucedía que una potencia imperial utilizaba su poder marítimo ‒en el que eran cruciales los cañones de sus embarcaciones militares‒ para cobrar una deuda, obligar a un país a someterse a determinadas condiciones oprobiosas a cambio de no ser cañoneado, exigir la liberación de un extranjero condenado por la justicia nacional y regresarlo al suelo imperial por considerar que había sido injustamente juzgado y era inocente por el solo  hecho de ser un blanco europeo o estadounidense, imponer autoridades coloniales de ocupación, obligar a un país a consumir mercancías, estupefacientes o productos que generaban ganancias a capitalistas del país agresor (como hacia Inglaterra en las Guerras del Opio contra China)… Eran los tiempos en que los barcos cañoneros eran el artefacto bélico más letal que destruía y arrasaba con los puertos y sus habitantes (un ejemplo fue el de la ocupación de Veracruz, México, por los Estados Unidos en 1914, bombardeado en forma cobarde para exigir a las autoridades mexicanas que saludaran la bandera del vecino imperial y que masacró a unos 300 mexicanos).

En todos estos casos, se buscaban “soluciones diplomáticas”, es decir, se usaba la fuerza para imponer ciertos intereses imperiales y coloniales o se esgrimían como amenaza para conseguirlos y, cuando esto se lograba, no se cañoneaba a los países, sino que las cañoneras eran usadas como mecanismo disuasorio… Ahora, las cosas son peores, porque las armas son más variadas, tecnológicamente muy sofisticadas y más mortíferas. Ya no se usan solamente los cañones de los barcos, incluso son lo que menos se emplean, ahora se utilizan los aviones con bombas, los misiles, los drones, las “bombas inteligentes”, todas las cuales matan a decenas o centenares de personas en cada acción. Por eso, estamos en otra fase, que bien podemos denominar el Asesinato de los Bombarderos, en la que ya no existe diplomacia de ninguna clase, sino es el uso de la fuerza bruta a diestra y siniestra, donde sobresale el asesinato como marca registrada, para generar pánico y terror entre los habitantes de nuestros países.

Así como Israel masacra sin compasión alguna a los palestinos, a los cuales acusa de ser terroristas islamistas, Estados Unidos está masacrando a pescadores y tripulantes de lanchas y embarcaciones que surcan las aguas de los mares de Nuestra América. Y eso lo hace con toda la impunidad del caso, la misma de Israel, y ya no lo oculta su lógica asesina, sino que se regocija de hacerlo, porque Estados Unidos juzga, condena y mata sin prueba de ninguna clase, atribuyéndose el derecho a decidir quién debe morir en aras de defender su “seguridad nacional”. Y para que además quede claro que hasta la muerte tiene sello de clase y de origen nacional, un habitante pobre de las costas de nuestros países no vale nada, es tan insignificantes para la dominación imperialista que ni siquiera se saben sus nombres, puesto que simplemente se les cataloga de “narcoterroristas” y con ese calificativo se justifica su asesinato, arguyendo que con su muerte se ha evitado la de miles de estadounidenses que son afectados por la droga que supuestamente portaba el individuo bombardeado a miles de kilómetros del territorio de los Estados Unidos.

EL DEVENIR GAZATIE DEL MUNDO

La afirmación de que gran parte de la humanidad hoy es Palestina no es una consigna retorica, sino que expresa en forma sintética lo que está ocurriendo en gran parte del mundo. Gaza es el espejo donde se refleja la realidad actual y el futuro inmediato de gran parte del mundo y de la humanidad. Un territorio devastado por los bombardeos, sus pueblos y ciudades destruidas (urbanicidio), con sus ecosistemas agrícolas arrasados y su infraestructura fundamental fuera de servicio por los ataques indiscriminados (ecocidio), con niños y mujeres asesinados (infanticidio y feminicidio), con sus escuelas, universidades, estudiantes y profesores masacrados (escolasticidio), con millones de personas aprisionadas en campos de concentración donde se les bombardea y mata de hambre y se implementa una limpieza étnica sin reparo alguno (genocidio y etnocidio) En fin, una naturaleza destrozada y una humanidad reducida a ser una especie de ganado al que se puede “gestionar” y asesinar según el antojo de los ocupantes sionistas. Ese cuadro dantesco es el preludio de lo que se avecina a vasta escala y de lo que ya se da en parte del planeta, y lo ejemplifican Haití, Somalia, Irak, Afganistán, Sudán… y dentro de cada país reductos geográficos que soportan un colapso socioambiental, con millones de enfermos y muertos.

El responsable principal a escala internacional de esa devastación sin fronteras es el imperialismo estadounidense, seguido de la Unión Europea y de los globalizadores dentro de cada país, que muestra una realidad distópica, en la cual grandes mayorías sufren y mueren en manos de los nuevos colonizadores (con la legitimación de la ONU, por si hubiera dudas), mientras minorías opulentas (para el caso gran parte de la población de Israel) viven en un mundo paralelo de consumo suntuario, playas paradisiacas y sofisticación tecnológica, y son coparticipes, conscientes e inconscientes, del genocidio y ecocidio en marcha.

Y, por eso, se anuncia en el nuevo plan de colonización de Palestina, agenciada directamente por la ONU, que una parte de los territorios devastados va a ser reconstruido para beneficio del capital inmobiliario y financiero (ligado a la familia de Donald Trump), mientras que los millones de palestinos que sobreviven van a seguir en las cárceles a cielo abierto en que malviven desde hace décadas, con el agravante de que todo lo que constituye el soporte vital de una sociedad (infraestructura, hospitales, escuelas, universidades, campos deportivos, bibliotecas, teatros…) ha sido destruido y sigue siendo bombardeado en medio de un pretendido acuerdo de paz, el que Israel por supuesto nunca cumple.

Todo esto quiere decir que los métodos de sometimiento de los palestinos se están implementando en el mundo entero y a la cabeza de ellos se encuentran los Estados Unidos, que asesinan y matan con sadismo e impunidad. En estos momentos en Washington opera un régimen del capital en el que están asociados delincuentes de cuello blanco, grandes capitalistas y corporaciones, que configuran una sociedad criminal, para la cual no existen ni leyes, ni fronteras, ni límites, salvo la resistencia y rebelión organizada de los pueblos, como lo demuestra la pertinaz lucha del pueblo palestino, en los territorios ocupados y fuera de ellos.

Estados Unidos revive su política del Lejano Oeste y proclama a los cuatro vientos que va a matar a todos sus enemigos, para mantener en funcionamiento el “libre mercado”. Y lo ha dicho sin aspavientos un senador estadounidense cuando proclamó que el objetivo de Estados Unidos era “matar a los malos y reducir los impuestos”.

Estados Unidos, y en eso es similar a Israel, para vivir necesita de la guerra perpetúa, del terrorismo y generar miedo entre sus propios habitantes y para ello requiere de enemigos, y ahora proclama que el nuevo enemigo es el “narcoterrorismo”, lo cual no es nada original porque allí se funde lo que se ha hecho en los últimos 35 años, tras la desaparición de la URSS, cuando se proclamó en la década de 1990 que los enemigos de Estados Unidos eran los capos del narcotráfico y luego de 2001 se consideró que el enemigo eran los terroristas. Ahora, un cuarto de siglo después, se fusionan estos dos enemigos en uno nuevo, los narcoterroristas, contra el que el régimen de Donald Trump ha declarado una guerra abierta y ha proclamado que los matara donde quiera que se encuentren, algo que no opera en casa porque se acaba de indultar al expresidente de Honduras Orlando Contreras, quien estaba condenado a 45 años por narcotráfico y por haber participado en el envío de 500 toneladas de cocaína a Estados Unidos.

Es el mismo doble rasero del indignómetro imperialista, que se aplica en la supuesta “guerra contra las drogas”, y es parte consustancial del devenir gazatíe del mundo, en la medida en que la lógica de clase está presente de principio a fin, porque los ricos y poderosos tienen derecho a delinquir, traficar, matar y hacer aspavientos de sus niveles de criminalidad (empezando por esos criminales de guerra en funciones gubernamentales que son Donald Trump y Benjamin Netanyahu) y nunca serán juzgados y si lo fueran, como el expresidente hondureño, pronto serán perdonados y recibidos nuevamente con los brazos abiertos en el seno de la comunidad internacional de delincuentes del capital y del imperio.

Mientras eso se hace por arriba y Donald Trump entrega premios en función de gala a los ideólogos y artistas del imperio (entre ellos a Rambo, Silver Stallone, del que dijo que era “una de las verdaderas y grandes estrellas de cine” y “una de las grandes leyendas”.). Allí mismo, Donald Trump, ataviado como presentador de televisión, sostiene que ahora va a realizar ataques por tierra para matar a los narcoterroristas en Venezuela, Colombia, México… que están envenenando la sociedad estadounidense, como si está no estuviera envenenada por personajes como Rambo. Por abajo, entonces, se mata en forma indiscriminada en el Caribe y en el Pacífico de nuestra América, eso sí con la participación de vasallos incondicionales de Estados Unidos, en donde se encuentran algunas de sus bases militares, y entre esos países vale mencionar a la colonia de Puerto Rico, República Dominicana, Granada, Trinidad Tobago (Ver Mapa).

Se está asesinado a personas que van en lanchas cerca de nuestras costas y en nuestros océanos, sin importar quiénes son ni qué hacen. Incluso, en el caso de que esas personas participasen en el negocio multinacional del tráfico de “drogas prohibidas” estamos hablando de habitantes pobres que se constituyen el eslabón más débil de la cadena de la industria de los narcóticos, que llevan pequeños cargamentos y cuyo destino no es necesariamente Estados Unidos, pues se encuentran a miles de kilómetros de ese país y que recurren a esa actividad ante la destrucción de sus medios de vida y subsistencia, como producto de las políticas neoliberales aplicadas según el Consenso de Washington desde hace varias décadas.

Esas personas nunca fueron juzgadas en derecho, encarceladas según procedimientos judiciales, ni vencidas en juicio y luego condenadas. No, Estados Unidos en su propio estilo y el de Israel, decreta quién es culpable y declara su muerte física y luego presenta los videos de los asesinatos como grandes hazañas para demostrar su poder, que en el fondo es más bien una muestra de su debilidad hegemónica.   

Así como los palestinos son masacrados en Gaza y Cisjordania con bombas “inteligentes” que son lanzados desde aviones de combate, misiles o drones teledirigidos, humildes habitantes de nuestros países (porque han sido masacrados venezolanos, ecuatorianos, colombianos, trinitenses) sufren el mismo destino al otro lado del planeta. Esa es una clara manifestación del devenir gazatie del mundo, del que formamos parte los latinoamericanos y caribeños, considerados en forma genérica por Donald Trump, como prostitutas y narcotraficantes que le hacemos daño a los bondadosos estadounidenses, que tanto le sirven al mundo y a la humanidad.

EL CAPITALISMO DEL ASESINATO TRANSPARENTE

El devenir gazatíe del mundo forma parte de una nueva fase del capitalismo realmente existente, que puede denominarse la del asesinato transparente. Es decir, que ahora se mata a la luz pública, sin ocultar ni disimular, sin mostrar ninguna compasión por el ser que es asesinado, resaltando con sadismo los métodos criminales que se utilizan, al mismo tiempo los asesinos presumen de su crueldad y, en términos de la estúpida opinión pública, entre más sanguinario sea un individuo (presidente, primer ministro, gobernante a diversos niveles, director de una multinacional, presentador mediático, pastor protestante, sionista confeso…) mayor es su apoyo y popularidad.

Hablar del capitalismo del asesinato transparente supone ir al corazón del funcionamiento del orden del capital y del imperialismo en el mundo de hoy, porque estamos regresando a momentos que se creían superados en tiempos en que tanto se habla de Democracia, Libertad, Derechos Humanos y cosas por el estilo, que Israel y Estados Unidos han convertido en papel higiénico. Al mismo tiempo, predomina cierta literatura y propaganda mediática de una filosofía banal y superficial para la lectura y el consumo de acrisolados miembros de la burguesía o la pequeña burguesía, mientras toman el té o se arreglan en los salones de belleza o viajan en sus aviones privados, entre la que predomina la del surcoreano-alemán Byung-Chul Han y sus pretensiones eurocéntricas de “la sociedad del cansancio”, la “sociedad del rendimiento”, la “sociedad paliativa” y calificativos por el estilo, que pretenden ser críticos, pero que en realidad son profundamente apologéticos del capitalismo, porque no se hurga en sus verdaderos mecanismos de funcionamiento, ni se habla jamás de la explotación, de la desigualdad real, de la estructura de clases, ni de los mecanismos criminales que el capital y el imperio usan para preservar sus intereses. Es una literatura de consuelo para que algunos posen de críticos de cafetín, pero sin ir a la raíz de los problemas que genera el funcionamiento real, y profundamente violento, del capitalismo y del imperialismo, que ya ha abandonado los métodos del “poder blando”, que es el centro del análisis del citado autor surcoreano.

Estados Unidos, como abanderado del asesinato transparente, ahora lo hace sin cortapisas legales (nunca las tuvo en verdad), sin respetar ningún derecho y su lógica se basa en la máxima de matar, rematar y contramatar, como acaba de constatarse con lo sucedido con una pequeña embarcación que fue bombardeada en forma cobarde por un artefacto Made in USA en aguas del Caribe el 2 de septiembre de este año. En esa ocasión fueron masacrados 11 personas que iban en una lancha y dos de ellas quedaron con vida después del aleve ataque y en lugar de ser socorridas como ordena el DIH fueron rematadas por orden directa del Secretario de Guerra, Pete Hegseth, quien dio la orden de matarlos a todos, concretando otro crimen de guerra, que incluso es condenado por la propia legislación vigente en los Estados Unidos.

Imaginémonos por un momento la situación. Luego de un criminal bombardeo a una frágil lancha en el océano, dos sobrevivientes se aferran a los restos humeantes de la pequeña embarcación y en lugar de recibir ayuda o socorro son bombardeados nuevamente, y la orden provino en forma directa de los Estados Unidos, donde Hegseth estaba viendo en directo lo que sucedía. Y luego, para completar la infamia, ese mismo asesinó salió a pavonearse por lo realizado, porque según él está bien matar a los que Estados Unidos declara enemigos donde quiera que estén y sin importar los métodos empleados. Esto ya ni siquiera es la diplomacia de las cañoneras, es una nueva fase del crimen imperial y de su impunidad correlativa.

Lo que hace Estados Unidos desde luego no se reduce a la muerte directa que ocasiona con sus bombardeos, en los cuales ha masacrado hasta la primera semana de diciembre a cerca de un centenar de personas, luego de más de 20 ataques. También debe considerarse, por ejemplo, el impacto que tienen los bloqueos que realiza a varios países del mundo, los cuales según un estudio del Center for Economic and Policy Research, ocasiona 564 mil muertes por año, correspondiendo el 51% de esas muertes a menores de cinco años. Claro, algunos dirán que las razones de esas muertes no son tan transparentes, porque son un resultado normal del funcionamiento real del capitalismo.

La lógica del asesinato transparente se explica, además, como parte del intento de los más ricos y poderosos del mundo por mantener sus niveles de acumulación y por esa razón, en sentido literal, el capitalismo es cada vez más mortal, con sus fábricas de la muerte, su brutalidad laboral, sus tóxicas cadenas de producción y suministro y la destrucción de las dos fuentes de la riqueza que ello genera: la tierra y los trabajadores. Es el capitalismo en su fase de “destrucción inteligente” donde quiera que opere, en los sitios de trabajo, en la vida cotidiana, en el caos social que genera, que siempre se mantiene oculto, pero que, como capitalismo político, ha dado origen a unos personajes de instintos asesinos, profundamente ignorantes, con un acendrado culto a la muerte y a la crueldad, un odio a los pobres y parias del planeta, que defienden sin discusión el saqueo de los recursos materiales y energéticos que posibilitan el funcionamiento del capitalismo, como son los bienes naturales, agrícolas y mineros.

Y eso opera tanto en Gaza como en Venezuela, porque en el primero tras la destrucción del paisaje físico y humano se encuentran la explotación de importantes yacimientos de gas y la construcción de complejos turísticos para multimillonarios y en el segundo subyace el apetito voraz de las multinacionales de Estados Unidos por el petróleo, el gas, el oro y otras riquezas que se encuentran en el suelo y subsuelo de ese país.

En este caso, queda claro que el capitalismo del asesinato transparente nada tiene que ver con valores de justicia, libertad, democracia, derechos humanos, sino con bienes comunes de origen natural, sometimiento, saqueo, expoliación, destrucción de la naturaleza y si para conseguirlos es necesario matar a vasta escala el poder imperial no se va a detener y lo va a realizar de forma “inteligente”, esto es, con la crueldad y el sadismo con que Israel asesina en el occidente de Asia.

De tal manera que la «diplomacia de las cañoneras» parece ser una fase geopolítica de otra época y ahora hemos entrado en la geopolítica del odio, de la muerte, de la destrucción y los asesinos operan directamente desde la Casa Blanca, el Capitolio, la Knéset de Israel, el Parlamento y la Comisión Europea… Pero esta vez no ocultan nada, como se hacía antes, cuando los asesinos de cuello blanco se presentaban como pacíficos y prósperos hombres de Estado o de negocios y nunca quería que se supiera su participación en crimen alguno, porque trataban de mantener una apariencia impoluta en la que nunca se viera que sus manos estaban untadas con la sangre de otros seres humanos.

Esos tiempos ya no son los del capitalismo del asesinato transparente, en donde los criminales ganan elecciones por su prontuario y su brutalidad, como se ejemplifica en Ecuador, Salvador, Israel, Estados Unidos… y gozan de popularidad porque exhiben con orgullo sus procedimientos criminales, sus cárceles, sus centros de tortura, presumen de los métodos de muerte empleados y, además, dicen que eso lo hacen a nombre de Dios, sí un Dios que necesita de sangre, dolor y sufrimiento de los pobres del mundo. Y por eso Donald Trump y su entorno de la MAGA son profundamente religiosos y están poseídos por el espíritu asesino del sionismo cristiano que proclama la muerte y destrucción de los “malvados” y de los enemigos de los Estados Unidos y de Israel donde quiera que se encuentren, incluyendo a los tripulantes de las pequeñas embarcaciones que navegan en nuestros océanos.

Publicado en Izquierda No. 125, diciembre de 2025

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

No todas las invasiones son iguales: la indignante hipocresía sobre Venezuela

Por Marc Vandepitte | 06/01/2026 | Opinión

Fuentes: Rebelión

Traducido del neerlandés por el autor

Cuando Rusia invadió Ucrania en 2022, la indignación occidental fue absoluta. Sin embargo, hoy reina un silencio sepulcral ante la agresión estadounidense contra Venezuela. La forma en que medios y políticos encuadran esta invasión revela una profunda y cínica doble vara de medir.

Eran las dos de la madrugada del 3 de enero cuando los habitantes de Caracas fueron despertados por el rugido de cazas de combate y el estallido de misiles. Puntos estratégicos como la base militar Fuerte Tiuna y el aeropuerto de La Carlota fueron bombardeados sin piedad. Gran parte de la ciudad quedó a oscuras mientras densas columnas de humo teñían el horizonte de negro.

Mientras las familias huían a las calles presas del pánico, las redes sociales difundían la noticia: unidades de élite estadounidenses habían ejecutado una operación brutal. El presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, fueron secuestrados por comandos de EE. UU. y trasladados fuera del país. Se trata de una violación inaudita de la soberanía de un Estado independiente.

Donald Trump se atribuyó la victoria a través de su plataforma Truth Social. Calificó el ataque de «éxito» y anunció que Estados Unidos asumirá provisionalmente el gobierno del país. Este episodio evoca inevitablemente los tiempos más oscuros, cuando Washington derrocaba o secuestraba a líderes latinoamericanos a su antojo.

El diablo frente al hombre de negocios

El contraste con la cobertura de la invasión de Ucrania en 2022 no podría ser mayor. En aquel entonces, Vladímir Putin fue retratado en cada diario e informativo como el «diablo en persona». El foco se centró obsesivamente en su personalidad, su supuesta locura y sus perversas intenciones. Se le dio al agresor un rostro diseñado para ser odiado.

Hoy, con Trump, los medios adoptan un enfoque radicalmente distinto. Apenas se menciona una condena moral hacia su figura como criminal de guerra. Se le presenta como un líder pragmático – aunque brutal – que simplemente «pone orden». La agresión se describe de forma casi clínica, despojada de la carga emocional que inundó la invasión rusa.

Mientras Putin era presentado como un peligro existencial para la humanidad, Trump es tratado como un jefe de Estado que toma una «audaz decisión» de política exterior. Esta personificación del mal por un lado, y la normalización de la agresión por el otro, manipula de forma extrema la opinión pública.

Doble vara de medir: la democracia como pretexto

La forma de tratar a los líderes atacados también evidencia una selectividad repugnante. Durante la invasión de Ucrania, Volodímir Zelenski fue coronado de inmediato como el paladín definitivo de la democracia. Cualquier crítica a su gestión previa a la guerra fue borrada de la prensa occidental como si nunca hubiera existido.

Se silenció la prohibición de partidos de oposición y la cruenta guerra en el Donbás, que entre 2014 y 2022 costó la vida a 14.000 personas. Tampoco el drama de Odesa, donde unos cuarenta sindicalistas fueron quemados vivos, encajaba en la narrativa heroica. Simplemente se eliminó de la cobertura mediática.

En el caso de Venezuela ocurre lo contrario. El foco mediático recae exclusivamente en lo «malo» que es Maduro. Cada noticia sobre la invasión viene acompañada de un inventario de sus supuestas deficiencias basándose en interpretaciones sesgadas y exageraciones sobre la falta de democracia bajo su mandato.

La Casa Blanca justifica el secuestro vinculando a Maduro con cárteles de la droga. Es un argumento que no se sostiene: las principales rutas de la cocaína pasan por Colombia y Ecuador. Aun así, los medios «olvidan» mencionarlo, legitimando así la agresión militar ante la audiencia.

¿Imperialismo o geopolítica?

Cuando las tropas rusas cruzaron la frontera con Ucrania, todos los comentaristas occidentales hablaron de imperialismo ruso. Fue una flagrante “violación del derecho internacional y de la soberanía de un país”. Esos términos eran acertados, pero hoy es prácticamente imposible de encontrar en los análisis sobre el ataque de Estados Unidos a Caracas.

La brutal invasión de EE. UU. se minimiza como una «consecuencia lógica» de la política de poder. «Es lo que hacen las grandes potencias», se escucha cínicamente en las tertulias. En el telediario belga la invasión se describió como una «montaña rusa de acontecimientos organizada por EE. UU”..

Mientras 40 personas eran ejecutadas a sangre fría para secuestrar a un jefe de Estado, los informativos hablaban de «las 24 horas más extrañas de la vida de Maduro». El presentador lo narraba casi como si resumiera una escena emocionante de una película de acción.

Violar el derecho internacional ya no parece importar cuando el ejecutor es Washington. El «orden basado en reglas» ha demostrado ser un tigre de papel. Esta es la esencia del doble rasero: si un país no occidental invade a otro, es un crimen contra la humanidad; si lo hace EE. UU., es una «transición hacia la democracia». El lenguaje es un arma.

Una responsabilidad aplastante

Mediante este relato edulcorado y la constante criminalización de Maduro, se está legitimando una agresión militar brutal. Tras la doble moral exhibida en Ucrania y Gaza, Occidente pierde su último gramo de credibilidad ante los países del Sur Global. El «orden basado en reglas» queda desenmascarado como un instrumento de poder selectivo.

Pero hay más. Con este ataque, Trump pone a prueba los límites de sus ambiciones imperiales. Ante la actitud alarmantemente tibia de Europa, Washington recibe el mensaje de que puede actuar con total impunidad. La responsabilidad europea es aplastante.

Cuando la situación se descontrole por completo y el objetivo sea el Canal de Panamá o Groenlandia, que nadie se atreva a decir: «Wir haben es nicht gewußt» («No lo sabíamos»).

Texto original: https://www.dewereldmorgen.be/artikel/2026/01/04/de-ene-invasie-is-de-andere-niet-de-stuitende-hypocrisie-over-venezuela

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América Latina como botín: el regreso sin máscaras del imperialismo estadounidense

Por Nicolas Schamne | 06/01/2026 | América Latina y Caribe

Fuentes: Rebelión

Estados Unidos ha dejado de disimular: América Latina vuelve a ser concebida como un territorio a administrar, no como una región a dialogar.

Esa es la tesis central que recorre la nueva arquitectura estratégica impulsada por Donald Trump, una doctrina que no innova, sino que reactualiza viejas jerarquías imperiales con lenguaje del siglo XXI.

El documento (Donroe: el corolario Trump a la doctrina Monroe) que expuso Washington D. C. en diciembre 2025; que orienta esta etapa no habla de cooperación, sino de control; no invoca alianzas, sino obediencia. América Latina aparece allí como un espacio “natural” de influencia exclusiva, una suerte de patio trasero revalorizado en un mundo donde Estados Unidos ya no puede mandar solo, pero tampoco acepta dejar de mandar.

La metáfora es clara: un imperio en repliegue que clava estacas para no perder terreno. Trump no propone una hegemonía global expansiva, sino una hegemonía selectiva y brutalmente territorializada. Frente al ascenso chino y la persistencia rusa, Washington redefine prioridades y concentra fuerzas donde históricamente se sintió dueño: Nuestra América.

El primer eje es militar. La presencia creciente de tropas, ejercicios conjuntos y bases “temporales” configura una ocupación de baja intensidad, legalizada por gobiernos locales dóciles. Argentina, Ecuador, Perú y el Caribe no son excepciones, sino laboratorios. Se ensaya allí una doctrina donde la soberanía se vacía por decreto y la defensa nacional se terceriza bajo el pretexto de la “seguridad”.

El segundo eje es político. La retórica del combate al narcotráfico y al terrorismo funciona como coartada discursiva, no como objetivo real. El verdadero enemigo es cualquier proyecto autónomo que intente diversificar vínculos, proteger recursos estratégicos o disputar sentido común. La advertencia es explícita: quien no se alinee, será señalado como amenaza.

El tercer eje es económico-cultural. Trump reniega del globalismo, pero no del dominio. Rechaza el libre comercio cuando no beneficia a su industria, pero exige apertura irrestricta cuando se trata de recursos ajenos. Es un nacionalismo imperial: proteccionista puertas adentro, extractivista puertas afuera.

Aquí emerge una paradoja que el peronismo conoce bien: el poder que se ejerce sin legitimidad necesita fuerza; el que carece de futuro, necesita velocidad. Estados Unidos acelera porque sabe que el tiempo ya no juega a su favor. Por eso impone, presiona, amenaza. No convence.

La pregunta decisiva no es qué quiere Trump, sino qué harán los pueblos latinoamericanos. La historia de la región no es la de la sumisión pasiva, sino la de la resistencia cíclica. Cada intento de disciplinamiento encontró, tarde o temprano, una respuesta popular, política o cultural.

El futuro no está escrito. Pero una cosa es segura: si América Latina acepta ser un botín, lo será; si decide pensarse como sujeto histórico, volverá a incomodar al poder. Y eso —ayer como hoy— sigue siendo el mayor pecado imperdonable para cualquier imperio en decadencia.

www.atom.bio/schamnenicolas

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América Latina bajo fuego: soberanía y guerra imperial

Por Yaomautzin Olvera Lara | 05/01/2026 | América Latina y Caribe

Fuentes: Rebelión

Apenas han transcurrido los primeros días de 2026 y ya asistimos a una nueva guerra provocada por Estados Unidos.

Como en la canción Enemy Maker de Dub War, hablamos de una guerra construida discursivamente antes de ser ejecutada militarmente. La receta es la de siempre: fabrican al enemigo, le atribuyen un crimen, dictan sentencia y, finalmente, arrojan las bombas. Lo vimos en Irak, lo vimos en Libia, lo vimos en Irán y lo vemos hoy sobre Palestina.

La mentira de siempre. El poder imperial jura decir la verdad mientras la oculta, la niega y la destruye; explota el delito como coartada y convierte la acusación en prueba. No hay investigación: hay imputación. No hay juicio: hay veredicto previo. Así opera el imperialismo estadounidense en el siglo XXI: condena y castiga.

Dicen buscar democracia y libertad, pero en realidad buscan dominio y obediencia. Lo ocurrido en la madrugada del 3 de enero fue un ataque frontal contra un Estado soberano, una violación abierta del derecho internacional y un golpe directo a la autodeterminación de los pueblos.

Las bombas que hoy caen sobre Venezuela confirman una verdad que América Latina conoce desde hace más de dos siglos: el imperialismo no ha desaparecido, nunca se fue. Estamos frente a la vigencia explícita de una Doctrina Monroe 2.0.

Como ha señalado con claridad Manuel Vega en su texto “La noche del imperio: Venezuela y la amenaza sobre Nuestra América”, publicado recientemente en la revista Intervención y coyuntura, las bombas que caen hoy sobre Venezuela son también las que cayeron sobre Chile en 1973 contra el gobierno de Salvador Allende; son los aviones que bombardearon Guatemala en 1954; son los marines que invadieron Panamá en 1989 bajo el cínico nombre de “Operación Causa Justa”. La historia vuelve a repetirse como violencia estructurallegitimada por el poder imperial sobre los pueblos latinoamericanos.

Lo que se castiga no es solo a un gobierno específico, sino la osadía de salirse —aunque sea mínimamente— del guion permitido. No importa, a los ojos del imperio, la complejidad interna de los procesos políticos ni las contradicciones reales de cada país. Importa una sola cosa: la alineación. Cuando un Estado intenta ejercer algún margen de soberanía real sobre sus recursos estratégicos, su política exterior o su proyecto económico, el castigo aparece bajo distintas formas: sanciones, bloqueos, desestabilización y, cuando lo consideran necesario, la fuerza militar directa.

El discurso que acompaña esta agresión es tan viejo como eficaz. En nombre de la seguridad se bombardean lanchas en el Caribe y se secuestran buques petroleros de naciones soberanas. En nombre de la libertad y la democracia se asesina o se secuestra a presidentes de otras naciones. En nombre de los derechos humanos se violan tratados internacionales, se pisotea la presunción de inocencia y se normaliza la guerra preventiva. La “democracia” del capital deja entonces ver su rostro real: el rostro de la muerte.

Una copia barata de las viejas películas de acción de Hollywood, de esas producciones gringas rancias y de tufo patriotero. Según ese relato, el presidente de Venezuela es el villano de la historia, pues carecería de legitimidad, mientras que el presidente de Estados Unidos sí tendría autoridad para condenar, asesinar, invadir, bombardear y apresar a mandatarios de otros países. Basta con etiquetar: en Medio Oriente se habla de “terroristas”; en América Latina, de “narcotraficantes”, porque ese rótulo encaja mejor en el imaginario colonial y permite deshumanizar con mayor eficacia.

Para los pueblos originarios de América Latina, estas agresiones tienen un significado todavía más hondo. Toda intervención imperial se ha traducido históricamente en despojo territorial, en proyectos extractivos impuestos, en militarización de comunidades y en nuevas oleadas de muerte, desplazamiento y destrucción cultural. El imperialismo no busca únicamente gobiernos dóciles: busca territorios disponibles, cuerpos disciplinables y naturalezas convertidas en mercancía.

Estamos atravesando una crisis civilizatoria profunda. Apenas transitamos el primer cuarto del siglo XXI y las nociones clásicas de soberanía popular, representación política, legitimidad democrática y Estado de derecho muestran sus límites frente a un orden mundial que normaliza la guerra, la excepción permanente y la violencia como herramienta de gestión global. O reinventamos radicalmente estas categorías desde los pueblos, o serán los nuevos fascismos —con ropaje democrático— quienes las vacíen por completo.

Hoy, muchos en América Latina estamos en vela: con dolor, con rabia y con incertidumbre. No solo por Venezuela, sino por lo que este ataque anuncia para toda la región. Porque cuando un país cae bajo las bombas del imperio, ningún otro está realmente a salvo.

La tarea histórica es seguir luchando por la vida buena, por la vida digna. Y, hermanas y hermanos, en esta lucha no podemos perder, porque es la lucha por poner la vida en el centro de la política, por defender la autodeterminación de los pueblos y por rechazar toda forma de dominación, venga de donde venga.

No hay derechos humanos bajo las bombas.

No hay libertad ni democracia bajo la subordinación imperial.

Larga vida a América Latina, a su diversidad cultural y a sus pueblos originarios.

Que viva la vida y la dignidad de los pueblos.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

América Latina será la tumba del imperialismo

Por FARC- EP. | 05/01/2026 | Colombia

Fuentes: Rebelión

El 3 de enero de este año, en horas de la madrugada, el imperio decadente de los Estados Unidos atacó militarmente de forma aleve y traicionera a nuestra hermana República Bolivariana de Venezuela, secuestrando al presidente Nicolás Maduro y a su esposa. 

La excusa para esta demencial acción fue atacar el narcotráfico, así como en Irak lo fueron las armas de destrucción masiva, por la democracia en Siria, Libia, así como el terrorismo se utilizó para destruir y robar a otros países. Simples excusas del imperialismo. La verdad la dijo el psicópata Donald Trump en días pasados en una entrevista, van por el petróleo y las riquezas, además, contra el Gobierno de Venezuela que representa un ejemplo de dignidad y soberanía frente al imperio. Lo que deben saber los yanquis es que Venezuela ha luchado y seguirá luchando con un pueblo que no olvida el legado de Bolívar, del comandante Chávez o del digno Nicolás Maduro. La semilla de la libertad está sembrada en el corazón del pueblo y después de dar fruto nadie vuelve a ser esclavo.

Este ataque, aparte de violar flagrantemente la soberanía de una nación y pasar por encima del marco legal internacional, nuevamente deja claro que las instituciones mundiales como la ONU son incapaces de detener el accionar criminal de los genocidas como Trump o Netanyahu, estas organizaciones de una u otra forma son cómplices por acción u omisión, aparatos burocráticos que solo viven para sostener el modelo neoliberal capitalista que muere.

América Latina seguirá siendo una zona de paz y justicia social, los guerrilleros de las FARC EP daremos, si es necesario, hasta la última gota de sangre luchando contra el imperio. A Colombia y Venezuela, como al resto del continente, se le debe garantizar el derecho a la autodeterminación, sin injerencia política, económica y mucho menos militar.

A todos y cada uno de los vendepatrias que se alegran con el bombardeo sobre el sagrado suelo americano, les decimos que su alegría es efímera, más temprano que tarde será la caída del imperio yanqui, en medio de la drogadicción y el alcohol con que la DEA y los poderosos mantienen controlado a los ciudadanos de EE.UU., allí mismo crece la contradicción que acabará desde adentro con ese antro de criminales en que se ha convertido USA.

A los pueblos y gobiernos que en pugna contra el imperio construyen un mundo multipolar desde escenarios como los BRICS para no caer en la inmovilidad que distingue el presente mundial. Al pueblo colombiano lo invitamos a revisar también la injerencia permanente que sobre el Estado colombiano ha desarrollado por décadas el Gobierno estadounidense, es momento de exigir bajo presión movilizadora la retirada de las bases militares gringas, que no solo atacan a la insurgencia sino que son pilares de desestabilización de Nuestra América, copamiento y explotación de áreas de alta sensibilidad ambiental, cementerios de ejecuciones extrajudiciales y guarida de violadores de niñas, que la dignidad salga a flote. Basta del antiimperialismo discursivo del Gobierno nacional que acolita silenciosamente la presencia de mercenarios, militares y tecnología gringa.

Ratificamos nuestra solidaridad y apoyo irrestricto a nuestros hermanos bolivarianos de Venezuela y Latinoamérica en general, cuenten con nosotros para la defensa de los elevados valores de la pachamama y la soberanía de nuestras naciones. Mientras el miedo, la “moderación” y las excusas son limitantes de los tibios que se arrodillan al imperio, los hijos de Bolívar y Manuel nos levantamos para luchar y vencer.

¡FUERA YANKIS DE AMÉRICA LATINA!

Desde las montañas y ciudades de Colombia.

Pueblo y dignidad, Manuel Marulanda Vélez vive la lucha sigue!.

SECRETARIADO DEL ESTADO MAYOR CENTRAL

FUERZAS ARMADAS REVOLUCIONARIAS DE COLOMBIA EJERCITO DEL PUEBLO

FARC EP

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