Genoveva Tusell, experta en el ‘Guernica’: “La respuesta del Gobierno a la petición de traslado debería haber sido más rápida y contundente”
La historiadora del arte espera que no se vuelvan a hacer peticiones de préstamo del cuadro de Picasso, al que prescribe “reposo absoluto”



Madrid – 11 ABR 2026 – 23:30 AST
No hay en la historia del arte ninguna obra tan cargada de simbología antibelicista como elGuernica de Picasso. Pintada en 1937 para el Pabellón de la República española en la Exposición Internacional de París, retrata de manera magistral el horror sufrido por la población civil bajo los bombardeos masivos de las tropas franquistas. La Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial hicieron imposible que el mural llegara a España hasta 1981, bajo el gobierno de UCD, con Íñigo Cavero como ministro de Cultura y Javier Tusell como director general de Bellas Artes. Primero al Casón del Buen Retiro y en 1992 a su sede definitiva en el Museo Reina Sofía de Madrid. Hasta que se produjo la entrega, la obra de Picasso viajó por el mundo en misión de paz y contra los autoritarismos. Se tienen registrados más de 40 viajes para los que el mural (349,3 x 776,6 cm) fue desprendido de su bastidor y enrollado de diferentes formas.
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Las peticiones más importantes llegaron enseguida desde Gran Bretaña, donde había un potente comité de ayuda a la República española. En las exposiciones de las New Burlington Galleries o la Whitechapel Gallery, por ejemplo, fueron miles y miles de personas quienes con su entrada contribuyeron a la ayuda de los refugiados españoles. Con ese propósito zarpó en barco hacia Nueva York en 1939, el mismo en el que iba el presidente de la República, Juan Negrín.
Con el avance de la Guerra Mundial, fue el propio Picasso quien decidió que el cuadro fuera depositado en el MoMA de Nueva York hasta que la democracia volviera a España. Desde su sede en Manhattan todavía hizo algunos desplazamientos autorizados por el artista, aunque a la vista del empeoramiento de la tela pronto empezaron las negativas a prestar el cuadro. Los noes más llamativos fueron a Londres (1960), París (1967) y México (1968).
Instalado ya en el Museo Reina Sofía de Madrid se rechazaron las solicitudes del Guggenheim de Bilbao (1997), MoMA (2000), Museo de Ontario en Canadá (2006), Guggenheim de Bilbao (2007), Grupo Fuji Tv Tokio (2009) y el Gwangju de Corea del Sur (2012). En todos los casos, se ha atribuido la negativa al delicadísimo estado del mural, un argumento elaborado sobre exhaustivos estudios ejecutados con la tecnología más innovadora.

Pero para el Guernica parece que no hay reposo prolongado. Una nueva petición de préstamo del Gobierno vasco ha puesto otra vez el cuadro bajo los focos. El Reina Sofía hizo público otro informe técnico de rechazo. El lehendakari, Imanol Pradales, insitió al presidente Pedro Sánchez durante un encuentro en Moncloa el 27 de marzo para exhibirlo en el Museo Guggenheim de Bilbao durante nueve meses como un gesto de memoria histórica y “reparación simbólica” hacia el pueblo vasco. Sería entre el 1 de octubre de este año y el 30 de junio de 2027, en el marco de las conmemoraciones del 90º aniversario del primer Gobierno vasco de la historia y el 90º aniversario del bombardeo de Gernika. La presión política se elevó y el pasado martes, durante la sesión de control al Gobierno en el Senado, el ministro de Cultura alegó de nuevo motivos técnicos.
El episodio ha desatado la inquietud de los expertos. Una de las más preocupadas es la historiadora Genoveva Tusell (Madrid, 50 años), hija de Javier Tusell, negociador principal para la entrega del cuadro a España por parte del MoMA. Es autora de El Guernica recobrado. Picasso, el franquismo y la llegada de la obra a España (Ediciones Cátedra, 2017), un libro clave para descifrar las claves y preguntas sin respuesta que rodean la obra más famosa del siglo XX. Buceando en archivos, Tusell reconstruye el largo proceso que va desde la gestación del cuadro hasta las negociaciones para su traslado a España. Es un capítulo histórico que da cuenta de la importancia de la recuperación del patrimonio artístico y señala el final de la Transición política y cultural tras los años de dictadura.
Pregunta. Como historiadora del arte especializada en el Guernica, ¿cómo ha vivido esta última tentativa de sacar el mural de Picasso del Reina Sofía?
Respuesta. Lo he vivido con muchísima preocupación. Abrir la puerta para un eventual traslado me parecía una locura.
P. ¿No vio firmeza institucional cuando llegó la petición?
R. Me parece que la respuesta debería haber sido más rápida y más contundente. Se dejaron pasar unos cuantos días en silencio hasta que por fin habló el ministro de Cultura. Hubo inquietud entre historiadores del arte y muchas personas preocupadas por este asunto. Afortunadamente, el ministro habló y espero que el capítulo haya quedado cerrado definitivamente.
P. En las ocasiones anteriores en las que ha habido solicitudes, fue el patronato de Reina Sofía el que respondió.
R. Siempre es así. Hay un protocolo en todos los museos del mundo que determina que un préstamo se tiene que solicitar con un mínimo de dos años de antelación. Hay que presentar el proyecto expositivo, detallar qué otras obras se exhibirán, así como en qué salas se ubicará la muestra. Lo habitual es que esa solicitud se hubiera hecho de museo (Guggenheim) a museo (Reina Sofía). Los conservadores y restauradores del centro en cuestión emiten su informe al patronato y este decide. Todo esto no ha existido en este caso. Ha sido una petición del presidente del Gobierno vasco al presidente del Gobierno de España. El patronato como tal, o el museo como tal, no ha dicho nada. Ha colgado su informe en la web Repensar Guernica, que es pública. Puede que debieran haber dicho algo.
P. Es la tercera vez que el Gobierno vasco pide el mural para exponerlo en el Guggenheim.
R. Siempre con argumentos políticos, cuando es una obra que habla de un drama tan universal como la guerra. Si nos fijamos bien, en el cuadro no hay ningún detalle que se pueda interpretar como una representación clara de la ciudad de Gernika. Y creo que precisamente esa es la maestría de Picasso, que eligió una serie de representaciones reconocibles para el espectador. Por ejemplo, la mujer con su hijo muerto en brazos es la imagen de la Piedad, con el cuerpo de Cristo muerto. Es una figura que claramente se puede identificar y que hemos visto hasta la saciedad en el arte occidental. Pensemos en la Piedad de Miguel Ángel en el Vaticano. Tenemos también la imagen de esa mujer que huye de un edificio en llamas. O ese guerrero muerto en el suelo. Son todas imágenes que cualquier espectador, nada más verlas, identifica con la guerra. Es Gaza, es el Líbano, es un escenario de guerra representado crudamente, sin metáforas.
P. ¿Cree que se ha cerrado el capítulo o que volverán a pedirlo para el Guggenheim?
R. Espero que el capítulo esté cerrado. Hay una cosa que sorprende y es que el mural se pida para un museo privado como es el Guggenheim, cuando tienen museos nacionales de gran nivel, como el Bellas Artes de Bilbao. Hubo un proyecto para exponerlo allí, pero nunca lo retomaron.
P. ¿Cómo fue aquel episodio?
R. Se produjo en 1980-1981, cuando España negociaba con el MoMA y con la familia de Picasso la entrega del cuadro. Desde el Bellas Artes tenían la aspiración, legitima, de que el cuadro se instalara en Bilbao. El estudio de Pedro García Ramos y Juan Ignacio Macua realizó un proyecto expositivo para alojar el Guernica. A mí el ahora director, Miguel Zugaza, me ha enseñado el lugar en el que se hubiera colgado el cuadro en el caso de que aquel proyecto hubiera salido adelante.
P. ¿Qué novedades aporta el último informe del museo (25 de marzo) respecto a lo que ya se conocía?
R. Este informe refleja los años de estudio que el museo ha desarrollado en torno al mural. Prácticamente desde que llega al museo es una obra que está en permanente estudio y en permanente preocupación en cuanto a su conservación. En 1998, el Reina Sofía organizó un simposio internacional en el que se habló también de las condiciones de conservación, se hizo una publicación y también todo un estudio de la obra con un gran robot fotográfico. Es espectacular, se tomaron una serie de imágenes de la obra que se pueden ver en la web Repensar Guernica, con una calidad extraordinaria, donde se puede apreciar con gran detalle el deterioro que ha sufrido, las pérdidas de pintura, las grietas, etcétera. Todo esto se refleja en el informe del 25 de marzo, en ocasión de esta petición. Se habla de que han sido aproximadamente 80 veces las que el cuadro se ha enrollado y desenrollado para los diferentes viajes que ha realizado. Hay que tener en cuenta que se enrolla sobre un tubo y que cada vez hay que clavarlo y desclavarlo del bastidor, con el consiguiente sufrimiento y deterioro.
P. ¿Cuál es el estado de salud del cuadro? ¿Cómo hay que tratarlo para que no empeore?
R. Yo prescribiría reposo absoluto. El peligro es el movimiento. Hay que tener muy en cuenta también las dimensiones de la obra: siete metros y medio de largo y tres metros y medio de alto. Simplemente las dimensiones ya dificultan muchísimo cualquier traslado, incluso para cualquier cambio dentro del propio museo. Recordemos la última vez que se trasladó, que fue en 1992, para moverlo desde el Casón del Buen Retiro al Museo Reina Sofía. Para menos de un kilómetro hubo que construir una caja especial de casi cuatro metros de alto para sacarlo y evitar enrollarlo de nuevo. Esa caja se elevó con una grúa y se tuvo que derribar un muro para poderla sacar y colocarla sobre un camión con el chasis rebajado y una suspensión neumática integral. Se cortó la circulación en toda la zona y se quitaron semáforos y otros posibles obstáculos. Si esto se hizo para un desplazamiento de un kilómetro, ¿qué habría que hacer para llevarlo a Bilbao? Insisto en que es una reclamación legítima, pero tanto como podría ser que lo pidieran desde Málaga, su ciudad natal, o desde Barcelona, donde está el mayor museo dedicado expresamente a su obra.
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El viaje posible
La vicelehendakari primera del País Vasco propone estudiar la factibilidad del traslado del ‘Guernica’ y pone como ejemplo el del Tapiz de Bayeux

Ibone Bengoetxea
Durante años se dijo que mover el Tapiz de Bayeux, un inmenso bordado del siglo XI, era imposible. Demasiado frágil, demasiado valioso, demasiado arriesgado. Informes técnicos, advertencias, límites para esta obra maestra del arte medieval. Y, sin embargo, se moverá y saldrá de Francia. Porque a veces lo que se presenta como imposible no es una cuestión técnica, sino una decisión política.
Casi mil años después de que Guillermo el Conquistador cruzara el Canal de la Mancha para cambiar el futuro de Europa, el tapiz que narra aquella historia emprenderá el camino inverso.
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En sus casi 70 metros de hilos bordados aparecen reyes, soldados, barcos, animales y un cometa que cruza el cielo. Es el único gran relato visual de un acontecimiento que dividió la historia de Europa en dos. Guillermo no solo cambió el trono inglés: transformó la lengua, la arquitectura, el derecho y la cultura de Inglaterra de forma irreversible.
El traslado no es un gesto menor. El pasado 8 de julio de 2025, el presidente francés Emmanuel Macron y el primer ministro británico, Keir Starmer, anunciaron un acuerdo que permitirá que el tapiz sea expuesto en el British Museum entre septiembre de 2026 y el verano de 2027.
No es únicamente un préstamo museístico. Es ante todo un gesto de naturaleza política, diplomática y simbólica. Un gesto que expresa voluntad de entendimiento entre dos Estados que, aun habiendo atravesado desacuerdos relevantes en los últimos años, han optado por situar la cultura como un espacio de encuentro, de reconocimiento mutuo y de proyección compartida hacia el futuro.
En este contexto, el presidente francés subrayó que “durante mucho tiempo hemos hecho todo lo posible por explicar por qué era imposible, con informes de expertos y argumentos técnicos… y después hemos decidido que era posible”, evidenciando el papel determinante de la voluntad política en decisiones de esta naturaleza.

Ambos líderes coincidieron además en que permitir que el tapiz recorra el mismo camino que en 1066, en sentido inverso, constituye “una manera de escribir una nueva página de nuestra historia común”, mientras que Starmer lo definió como “un símbolo de nuestra historia compartida y de la relación duradera entre nuestros países”.
La decisión no ha estado exenta de polémica, también hay que decirlo. Más de 78.000 firmas en contra, advertencias sobre su fragilidad, debates técnicos complejos. Pero la decisión se ha tomado. Sin ignorar riesgos, asumiendo que estos pueden gestionarse. Porque las democracias maduras no son aquellas que evitan los conflictos, sino las que son capaces de gestionarlos y de tomar decisiones audaces que permiten superarlos y abrir nuevos marcos de relación y convivencia.
Y es aquí donde el espejo se vuelve incómodo.
La carga simbólica del Guernicano es menor que la del tapiz. Es memoria, es denuncia. Es, probablemente, una de las obras más universales del siglo XX. Y, sin embargo, hay quienes desean limitar el debate antes siquiera de explorar todas sus posibilidades.
Conviene decirlo con claridad: nadie —y desde luego no las instituciones vascas— plantearía su traslado en condiciones que pusieran en riesgo la obra. Su seguridad es la condición de partida. Siempre.
Lo que hemos planteado no es un traslado inmediato, impulsivo, sino la voluntad de estudiar su factibilidad, mediante un marco de cooperación interinstitucional, con participación de los mejores especialistas y con todas las garantías técnicas y económicas.
Cerrar la puerta sin explorar ese escenario no es una decisión técnica. Es una decisión política.
Además, el propio argumento del Museio Reina Sofía apunta en esa dirección: el Guernica es “la pieza capital” y “el corazón del museo”. Es decir, no solo se trata de conservación, sino de identidad. Y cuando el debate es identitario, deja de ser exclusivamente técnico.
No estamos pidiendo que se diga que sí sin más. Reclamamos que se abra la puerta a estudiarlo en un momento clave de la historia de Euskadi: el 90 aniversario del Gobierno Vasco y del bombardeo de Gernika.

El ejemplo del tapiz de Bayeux demuestra que la protección y el movimiento no son términos incompatibles. Es cierto que lo técnico establece límites, pero lo político decide si se exploran o no las condiciones para superarlos.
Francia y el Reino Unido no han dejado de lado la prudencia. Han decidido acompañarla con determinación. Esto mismo es lo que esperamos del Gobierno español, determinación y voluntad política para estudiar conjuntamente las condiciones técnicas que permitirían el traslado con todas las garantías para esta obra universal.
Podríamos quedarnos únicamente en si las obras son más o menos frágiles o si los contextos más o menos complejos. Pero la cuestión va de modelos de entender la política. Entre quienes utilizan la cultura como un espacio de encuentro y quienes la convierten en un territorio inmóvil.
El tapiz viajará. Lo hará protegido, estudiado y con todas las garantías. Y en ese trayecto no solo cruzará una frontera física, sino que abrirá una nueva página en la relación entre dos países. Esa es la lección que nos dejan Francia y Reino Unido.
Porque proteger no es inmovilizar. Y cuidar el patrimonio no debería significar renunciar a compartirlo. La pregunta, en el fondo, no es si el Guernica puede viajar. La pregunta es si existe la voluntad y la determinación política para hacerlo posible, o si, por el contrario, el Gobierno español volverá a escudarse en excusas técnicas, que en ningún caso zanjarán el debate y que trasladarán un mensaje muy poco edificante a la sociedad vasca.
Espero, honestamente, que estemos a la altura.
Ibone Bengoetxea es vicelehendakari primera y consejera de Cultura y Política Lingüística del Gobierno vasco.
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