La Universidad
Me formé en la Universidad benitista y mis inolvidables maestros y mentores siempre fueron leales al legado de Benítez, escribe Edgardo Rodríguez



El libro de Jorge Rodríguez Beruff, titulado Jaime Benítez y la internacionalización de la Universidad de Puerto Rico, publicado por la Editorial Luscinia, es una obra fundamental para entender la ideología educativa que cimentó el desarrollo de nuestra Universidad bajo la dirección de su rector histórico, Don Jaime Benítez, ello a partir de la reforma universitaria de 1942. La foto seleccionada para la portada es un emblema del “benitismo”. Nos retrata a un joven rector mostrándole a una intimidada y tímida reina de belleza universitaria las maquetas del futuro Recinto de Río Piedras.
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La “internacionalización” de la Universidad de Puerto Rico también supuso la creación de lo que llama Rodríguez Beruff “redes” intelectuales, principalmente trazadas desde coordenadas norteamericanas y españolas en un primer momento, luego mediante la consecución de vínculos latinoamericanos. Las redes españolas tuvieron su origen en la revaloración del legado pedagógico del filósofo español José Ortega y Gasset, su proyecto de creación de una “Facultad de Cultura” en la universidad española, facultad que propiciase el desarrollo integral del estudiante, evitándose así la especialización inherente a los estudios técnicos y profesionales. En este sentido, Jaime Benítez fue el principal discípulo de Ortega, convirtiendo la Facultad de Estudios Generales en el cimiento de su reforma universitaria.
Hasta aquí el libro resulta valiosísimo. Pero hay preguntas que debemos hacernos: ¿Quiénes iban a la Universidad en aquella época? ¿Cómo afectó el dramático aumento de la matrícula durante veinte años la vigencia de un currículo con visos elitistas? ¿Quiénes eran los estudiantes universitarios entre los años treinta y el 1942?
Sobre lo anterior tenemos un importante testimonio literario que son Los cuentos de la Universidad de Emilio S. Belaval. Según esa narración, y nosotros leyendo algunas veces las entrelíneas, podemos adivinar que a la Universidad llegaban en los años treinta aquellos hijos de la clase hacendada o propietaria, la pequeña burguesía urbana, los jóvenes de una clase media baja emergente con el afán de hacerse “profesionales”, también los herederos de unos propietarios medianos resentidos con el dominio económico yanqui a partir de 1898. Con este tejido social como trasfondo fue que Jaime Benítez estrenó la reforma universitaria de 1942, centrándola en la adopción de los Estudios Generales como fundamento de un “occidentalismo” que muchas veces negaría, de manera hasta mezquina, una formación también integradora de la cultura puertorriqueña y sus valores literarios. Toynbee sí, Hostos no. Y ese “occidentalismo” de Jaime Benítez evolucionaría hacia el restrictivo y opresivo concepto de la “Casa de Estudios”, negador de los derechos civiles básicos de agrupación y de expresión. Junto a ese “occidentalismo”, variante de nuestra ancestral autonegación colonial, se toleraba la militarización de la U.P.R. mediante el R.O.T.C, Reserve Officers Training Corps.
En una foto de la huelga estudiantil de 1948, en contra del rector Benítez, notamos en los estudiantes revoltosos algunos cambios respecto de los estudiantes que Belaval retrató en los años treinta. Sólo hay algunos varones con chaquetón y corbata, indumentaria “dandy” de los universitarios de la década anterior; algunos son proles en camiseta o mangas de camisa, estos desfachatados, aquellos desafiantes, las clases más populares ya advienen a una formación universitaria. Son, de todos modos, un estudiantado distinto al de Belaval, más adelante suprimido por el concepto de la “Casa de Estudios” y de regreso a la frivolidad e inmadurez que reseñó nuestro cuentista. En otra foto que suponemos posterior -quizás de los años cincuenta- vemos una clase popular, clase media urbana con alguno que otro estudiante proveniente del campo. Algunos interrogan al fotógrafo con curiosidad, otros con una agraviada hosquedad. Casi todos delatan una tipología de pueblo pequeño, muchachos recién llegados a los “hospedajes” ríopedrenses. Aquella posible “sororita” con quien Jaime Benítez hubiese preferido retratarse,” blanquita” inconfundible, parece ser la única representante de una clase media acomodada.
El libro es también muy acertado al narrar los conflictos ideológicos del benitismo, su lucha -a veces sorda, otras abiertas- contra los independentistas del Departamento de Estudios Hispánicos, también su confrontación con el nacionalismo cultural del P.P.D. defendido por Muñoz Marín, Ricardo Alegría y Antonio J. Colorado.
Cuando entré a la Universidad de Puerto Rico en 1964 -año de los primeros disturbios estudiantiles desde 1948- la Universidad aún tenía evocaciones de aquella Universidad cuya semblanza Belaval logró en sus cuentos. Mis compañeros y compañeras eran notablemente hijos de una clase media profesional, muchos blanquitos de colegios privados, o estudiantes de las mejores escuelas superiores del sistema de educación pública. Éramos notablemente de clase media, algunos, pocos, de la clase alta. También era la Universidad de las sororidades y fraternidades, con boleras y billares, reinados de belleza. El R.O.T.C. ya no era obligatorio para los varones, ello a pesar de la inminente escalada en la guerra de Vietnam y el acechante Servicio Militar Obligatorio.
Llegué a una Universidad donde ya iban aboliéndose las restricciones más crudas de la Casa de Estudios. Aun así, era una Universidad llena de miedos y resquemores. Recuerdo haber organizado a un grupo de estudiantes para invitar al poeta Juan Antonio Corretjer a que se dirigiera al estudiantado. Ningún profesor notablemente “independentista” quiso presentarlo. Finalmente logramos que lo presentara el cuentista Edwin Figueroa. En el segundo lustro de los años cuarenta, Jaime Benítez había prohibido la presencia de Pedro Albizu Campos y Corretjer en el recinto, tildándolos de “fascistas”. La prohibición de la presencia de Albizu en el campus de Río Piedras fue uno de los detonantes de la huelga estudiantil de 1948.
Como profesor ayudé a la creación de un programa de primer año para estudiantes pobres y marginados económicamente, que no hubiesen tenido universitarios entre sus familiares. Ya no serían los hijos de una clase media con la mejor preparación sino los muchachos de los caseríos y barriadas. Fieles aún al benitismo elitista los obligábamos a leer el Mio Cid, a Hobbes y a Goethe, aunque muchos, provenientes del embalse San José o Playita, jamás habían visitado el Viejo
San Juan o subido al Yunque. En ese programa tuvimos una huelga que se suscitó porque ya no servirían chuletas en el comedor escolar que les daba almuerzos gratis.
Lo que llamó Ismael Rodríguez Bou -de filiación benitista- “chinchales educativos”, universidades privadas posibilitadas mediante la legislación Pell, vino a suplir la demanda por una educación más a tono con las necesidades de esa clase popular emergente y su lugar en el mercado laboral. Me formé en la Universidad benitista y mis inolvidables maestros y mentores siempre fueron leales al legado de Benítez. Recuerdo las críticas de estos profesores a la rectoría de Abraham Díaz González, acusándolo de traer sus valoraciones corporativas de empresario exitoso a la Universidad, con un proyecto de reforma “costo efectivo”. También recuerdo a Díaz González reunido en rectoría con un grupo de estudiantes y profesores asediados por la Fuerza de Choque. Estábamos sentados en la gran mesa redonda del Senado Académico. Una jovencita con jeans había trepado sus pies descalzos a la solemne mesa. Aún la palabra empoderamiento no se usaba.
Hacia el final del libro, Jaime Benítez hace una semblanza de su maestro Ortega y Gasset que termina siendo un autorretrato: “Yo sé que Ortega es vanidoso, intelectual e individualmente, frívolo, aparatoso, irritante. Pero por encima de todo eso, y a despecho de sí mismo, vale, vale mucho y ha hecho muchísimo por la Educación en España”. Benítez, y a despecho de sí mismo, fue el gran arquitecto y edificador de la Universidad de Puerto Rico. Su principal defecto fue -como me repetían mis maestros- hacer una reforma “para” y no “con” los universitarios.
Debo hacer un señalamiento bibliográfico: En la bibliografía del libro no aparece el tomo de la Revista La Torre publicado en 2009 y que lleva por título Antillanos y europeos, la Jornada Trasatlántica, travesía por las mismas redes intelectuales trazadas por Rodríguez Beruff.
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