Trump promete una ‘edad de oro’ para Estados Unidos
Donald Trump vio la intervención divina en su regreso a la Casa Blanca. “Sentí entonces, y creo aún más ahora, que mi vida se salvó por una razón”, dijo



Por Peter Baker
Peter Baker cubre su séptima toma de posesión presidencial. Reportó desde Washington.
20 de enero de 2025
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El lunes, Donald John Trump consumó un notable retorno al poder al jurar su cargo como 47.º presidente de Estados Unidos en una ceremonia celebrada al mediodía. Planea un torrente inmediato de órdenes y acciones para comenzar a cambiar drásticamente el curso del país y marcar el comienzo de una nueva “edad de oro de Estados Unidos”.

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En lo que es visto como un triunfo del hombre y de su movimiento, Trump se juramentó en el cargo durante una ceremonia celebrada en el Capitolio cuatro años después de haber sido desalojado por los votantes. Lució fortalecido para enfrentar otro mandato y destinado a rehacer Estados Unidos según su visión. No perdió tiempo en esbozar un ambicioso programa de políticas a menudo divisivas para “recuperar nuestra República” y purgar tanto a los enemigos del país como a los suyos propios.
“Mi reciente elección es un mandato para revertir completa y totalmente una traición terrible y todas estas muchas traiciones que se han llevado a cabo y devolver a la gente su fe, su riqueza, su democracia y, de hecho, su libertad”, dijo Trump durante un discurso de investidura de 29 minutos ante la mirada del expresidente Joe Biden y la ex vicepresidenta Kamala Harris. “A partir de este momento, el declive de Estados Unidos ha terminado”.
Sintiéndose reivindicado por los votantes a pesar de sus impugnaciones, sus cargos y su condena por 34 delitos graves, Trump reclamó un mandato tanto personal como político. “Mucha gente pensaba que era imposible que yo protagonizara un regreso político tan histórico”, dijo. “Pero como ven hoy, aquí estoy. El pueblo estadounidense ha hablado”.

De hecho, tomó su regreso a la Casa Blanca como una intervención divina, citando su experiencia durante el intento de asesinato que sufrió durante la campaña del año pasado. “Sentí entonces, y creo aún más ahora, que mi vida se salvó por una razón”, dijo. “Fui salvado por Dios para hacer a Estados Unidos grande de nuevo”.
Trump fue investido en el mismo edificio en el que una turba de sus partidarios arrasó hace cuatro años en un intento fallido de anular los resultados de unas elecciones que él perdió, culminando una remontada política sin precedentes en la historia de Estados Unidos. En un claro indicio del cambio en la estructura de poder en el país, Trump tenía previsto indultar o conmutar las penas de cientos de alborotadores que fueron condenados por su participación en el ataque.
Biden, ante las promesas de Trump de tomar “represalias” contra las personas que percibe como sus enemigos, aprovechó sus últimas horas en el poder para utilizar el poder de indulto y frustrar posibles enjuiciamientos políticos por parte de su sucesor. Biden indultó a cinco miembros de su familia, incluidos sus dos hermanos, así como a otras figuras que han sido blanco de Trump: la exrepresentante Liz Cheney, el general retirado Mark Milley y Anthony Fauci.
Pero Biden, quien durante más de cuatro años ha advertido que Trump era una amenaza para la democracia, a pesar de eso asistió en los rituales del día, a diferencia de lo que hizo su predecesor hace cuatro años, quien se negó a aceptar los resultados y a asistir a la toma de posesión. Biden, en contraste, recibió amablemente a Trump con un café en la Casa Blanca antes de la ceremonia.
“Bienvenidos a casa”, le dijo Biden a Trump y a su esposa, Melania Trump, cuando llegaron a la mansión ejecutiva.

Trump tenía previsto actuar con rapidez más allá de las ceremonias del Día de la Toma de Posesión para volver a imprimir su sello en el gobierno con hasta 100 órdenes y acciones. Prometió declarar inmediatamente la emergencia nacional en la frontera sur y enviar al ejército a vigilarla. Dijo que iba a ponerle fin a los programas gubernamentales que promueven la diversidad, la equidad y la inclusión. Además, afirmó que le cambiaría el nombre al golfo de México para que sea llamado golfo de América y prometió apoderarse del canal de Panamá. “Vamos a recuperarlo”, dijo.
Al igual que hace ocho años, cuando denunció la “carnicería estadounidense” en su primer Discurso Inaugural, Trump pintó un sombrío retrato de un país en crisis que solo él podía revivir. Pero, incluso más que en 2017, prescindió en gran medida de los temas generales y las descripciones unificadoras preferidas por la mayoría de los presidentes en sus discursos inaugurales, y esbozó una serie de políticas que promulgará.
Trump habló de la “unidad nacional”, pero no hizo ninguna mención a los demócratas en el discurso ni le dio las gracias a Biden, como otros presidentes han hecho con sus predecesores. De hecho, la toma de posesión número 60 del país adquirió rápidamente el tono de un discurso sobre el estado de la Unión porque los republicanos se levantaron para aplaudir algunos de los planes anunciados por el nuevo presidente, mientras los demócratas permanecían mudos y aparentemente incómodos.
Sentado a unos metros de distancia, Biden miró hacia abajo durante parte del discurso, mientras que la ex secretaria de Estado Hillary Clinton, en un momento dado, incluso se rió cuando escuchó el cambio de nombre del golfo de México. Elon Musk, el multimillonario aliado del nuevo presidente y propietario de SpaceX, levantó los puños cuando Trump dijo que esperaba enviar “astronautas estadounidenses a plantar las barras y estrellas en el planeta Marte”.
El presidente de la corte, John G. Roberts Jr., prestó juramento a Trump con 35 palabras a las 12:01 p. m., un minuto después de la hora establecida por la Constitución, durante una ceremonia que el equipo del presidente electo trasladó al interior citando como razón el clima frío. James David Vance prestó juramento un minuto antes como el vicepresidente 50.º del país ante el juez Brett M. Kavanaugh.
Trump, de 78 años, se convirtió en la persona de mayor edad que ha sido investida como presidente, eclipsando a Biden, quien era cinco meses más joven cuando prestó juramento hace cuatro años. Vance, de 40 años, en cambio, se convirtió en el tercer vicepresidente más joven de la historia.
Trump también se convirtió en el segundo presidente desde la fundación de la República que recupera la Casa Blanca tras haber sido derrotado en la reelección, uniéndose así al presidente Grover Cleveland, quien ocupó el cargo durante mandatos no consecutivos en el siglo XIX.
El regreso de Trump se produjo en un día soleado pero gélido, con temperaturas de -6 grados Celsius en una ciudad prácticamente cerrada por las fuerzas de seguridad. Gran parte del centro de la capital estaba bloqueado por vallas a prueba de escaladas, barreras de hormigón, vehículos militares y camiones, mientras que el desfile por la avenida Pensilvania se canceló y se celebró en el Capital One Arena en su lugar.
Ocho años después de su primera toma de posesión, Trump parecía un poco más viejo, pero, de ser posible, lucía aún más seguro de sí mismo porque su retorno al poder tenía más viento político a favor gracias a la estrecha victoria en el voto popular que logró en esta oportunidad y que se le escapó durante el primer mandato, y a una mejor comprensión de cómo manejar las instancias del gobierno.
Vestido con traje oscuro, camisa blanca, corbata morada y un alfiler de la bandera de Estados Unidos, Trump estuvo acompañado por Melania Trump, quien lucía un sombrero blanco y negro de ala ancha, y por sus cinco hijos mayores. Mientras prestaba juramento, Melania Trump sostenía dos Biblias, una era una reliquia familiar y la otra fue la que utilizó Abraham Lincoln en 1861, pero su marido no puso la mano sobre ellas, como es tradicional.
Después de que Trump se quejara, las banderas en el Capitolio y, una vez que tomó el poder, en la Casa Blanca, se izaron a toda asta a pesar del periodo de luto de 30 días por la muerte del expresidente Jimmy Carter. Más tarde firmó una orden en la que se se establece izar las banderas el Día de la Inauguración, incluso si un presidente había fallecido recientemente.
El día comenzó con el tradicional servicio religioso en la iglesia de San Juan, seguido del café en la Casa Blanca, tras lo cual Trump y Biden viajaron juntos en la limusina presidencial blindada hasta el Capitolio. Cuando se le preguntó cuál era su mensaje para ese día, Biden dijo simplemente: “Alegría”. Pero otros demócratas, incluida la primera dama saliente, Jill Biden, parecían menos alegres.
Mientras que los otros tres expresidentes vivos —Bill Clinton, George W. Bush y Barack Obama— acudieron a la toma de posesión, como es habitual, a pesar de que ninguno de ellos apoyaba a Trump, Michelle Obama se negó a asistir y ninguno de los otros presidentes se quedó para el almuerzo del Congreso con pasteles de cangrejo y bistecs ribeye que siguió a la ceremonia.
También asistió el ex vicepresidente Mike Pence, que se negó a respaldar a Trump por su empeño en anular las elecciones de 2020 y se convirtió en el primer vicepresidente que no sirvió en el siguiente mandato de un presidente desde 1944. Pero su esposa, Karen Pence, que se negó a estrechar la mano de Trump en el funeral de Carter, estuvo ausente.
El reverendo Franklin Graham y el cardenal Timothy M. Dolan pronunciaron invocaciones, Carrie Underwood cantó “America the Beautiful” y varios clérigos de distintas religiones ofrecieron bendiciones. Trump tenía previsto asistir a tres galas de investidura por la noche.
El nuevo mapa del poder en Washington fue evidente durante la ceremonia y el almuerzo. Entre los expresidentes, familiares, posibles miembros del gabinete y líderes del Congreso se encontraban multimillonarios como Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg y Tim Cook. El director ejecutivo de TikTok, deseoso de que Trump le libre de una prohibición legal, también tuvo un lugar reservado entre los pocos que asistieron a la Rotonda. “El retorno del Rey”, celebró Musk en las redes sociales.
Trump cumplió con la mayoría de las tradiciones del día. Estrechó la mano de Biden tras prestar juramento y acompañó a su predecesor y a Jill Biden hasta un helicóptero de los Marines en la fachada este del Capitolio para despedirles mientras iniciaban su viaje de regreso a Delaware. Vance y su esposa, Usha Vance, despidieron igualmente a Harris y a su marido, Doug Emhoff, que regresaron a California.
Pero Trump no tardó mucho en salirse del guión al pronunciar un discurso incoherente ante sus partidarios en el Capitolio que duró más que su discurso de investidura. Volviendo a sonar más como un candidato, criticó a Biden, a Cheney y al general Milley, y dijo que la ex presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, era “totalmente culpable” de no haber asegurado el Capitolio el 6 de enero. Ofreció algunas de sus afirmaciones falsas favoritas y sus mayores quejas sobre todas las formas en que se siente maltratado.
Durante ese encuentro con los partidarios, Trump dijo que su esposa y el vicepresidente le habían instado a bajar el tono de su discurso inaugural, pero incluso su estilo menos confrontacional fue un ataque agresivo contra el statu quo y todo el mundo que retrató como un “establishment radical y corrupto”.
Trump, quien es el primer delincuente convicto que llega a la presidencia, se quejó en el primer minuto de su discurso de lo que calificó como “la viciosa, violenta e injusta instrumentalización del Departamento de Justicia”.
Heredó un país que, según muchas métricas normales, está en mejor forma que en cualquier toma de posesión en un par de decenas de años. El desempleo, la inflación y la delincuencia son bajos, los puestos de trabajo y los mercados de valores están al alza, la producción de energía ha alcanzado máximos históricos y no hay tropas estadounidenses luchando en una guerra activa en el extranjero. Pero Trump afirmó que “los pilares de nuestra sociedad yacen rotos y aparentemente en completo deterioro” y se presentó como su salvador.
“La edad de oro de Estados Unidos empieza ahora mismo”, dijo al iniciar su discurso. Prometió una “revolución del sentido común” que cambiará las políticas actuales de inmigración, medioambiente y regulación.
En el día festivo en que se conmemora el cumpleaños del reverendo Martin Luther King Jr. dijo que construiría una “sociedad que no se fije en los colores y basada en el mérito”, al tiempo que arremetió contra la comunidad transgénero estadounidense al afirmar que la política gubernamental sostendría “que solo hay dos géneros, masculino y femenino”.
A veces, su discurso fue contradictorio con su propia trayectoria. Trump, una de las figuras más polarizadoras de los tiempos modernos, dijo que sería “un pacificador y unificador”. Prometió “poner fin a toda censura gubernamental y devolver la libertad de expresión a Estados Unidos”, incluso mientras al mismo tiempo amenaza con demandar o retirar las licencias de emisión a las organizaciones de medios de comunicación. Afirmó que el gobierno ya no “perseguirá a los oponentes políticos”, a pesar de haber declarado repetidamente durante meses que sus adversarios debían ser procesados.
Pero se presentó como un hombre que ha evolucionado desde que dejó el cargo hace cuatro años. “Vuelvo a la presidencia confiado y optimista de que estamos en el comienzo de una nueva y emocionante era de éxito nacional”, dijo Trump.
“En los últimos ocho años”, añadió, “he sido puesto a prueba y he sido desafiado más que ningún otro presidente en nuestros 250 años de historia. Y, en el camino, he aprendido mucho”.
Peter Baker es el corresponsal principal de la Casa Blanca para el Times. Ha cubierto las gestiones de los últimos cinco presidentes y a veces escribe artículos analíticos que ponen a los presidentes y sus gobiernos en un contexto y marco histórico más grande. Más de Peter Baker
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