Mario Vargas Llosa
Empezando la reunión Herrero le dijo a Vargas Llosa: “¿Cómo se siente un escritor latinoamericano viviendo en una torre de marfil en Europa?”

Pedro Zervigón
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Esta dedicatoria de Mario Vargas Llosa de su novela La ciudad y los perros tiene una anécdota. Fue en julio de 1969 cuando Mario acababa de llegar de un Congreso de escritores en Cuba en la época en que el escritor peruano aún apoyaba la Revolución Cubana. Gracias a la mediación de Arcadio Díaz Quiñones, que era su amigo, Vargas Llosa accedió a reunirse con un grupo de amigos en mi casa de Crown Hills, ocasión en que lo fui a buscar a la residencia universitaria en que se estaba quedando. Antes de la reunión le pedí a mi amigo Orlando Canales, cuya muerte en la víspera de un viaje a Cuba ha quedado en el misterio pues su cadáver nunca apareció, que por favor, no le hiciera preguntas o comentarios incómodos, ya que Vargas Llosa había tenido la gentileza de aceptar reunirse con nosotros para hablar de literatura cubana. Orlando fue fiel a su compromiso y se portó correctamente. Pero se me olvidó hacer lo mismo con el otro “peligroso” del grupo, otro gran amigo, el economista José Antonio Herrero, fallecido hace unos meses. Empezando la reunión Herrero le dijo a Vargas Llosa: “¿Cómo se siente un escritor latinoamericano viviendo en una torre de marfil en Europa?” Vargas Llosa tardó casi una hora en bajar la guardia y regresar a la normalidad. Miriam Muñiz Varela, Jorge Rodríguez Beruf y Ramón Cao estuvieron entre los asistentes. Como recuerdo de aquella noche conservo esta dedicatoria.





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