Pedro Albizu Campos: a 60 años de su muerte
Váyase hoy a cualquier festival cultural y verá jóvenes y adultos con toda suerte de camisetas, carteles, serigrafías y demás efectos artesanales alusivos a Albizu Campos, escribe Rafael Cox Alomar



Llegaba a su fin el miércoles, 21 de abril de 1965. Aquella noche moría en la calle Juan J. Jiménez en Hato Rey el líder máximo del nacionalismo puertorriqueño: Pedro Albizu Campos.
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La noticia corrió como pólvora. En menos de una hora más de 2,000 personas se arremolinaron a las afueras de la casa donde había fallecido el apóstol.
El entierro fue apoteósico. Ese domingo, 25 de abril, una masa compacta de entre 40,000 y 50,000 personas desbordó las calles del Viejo San Juan. Las honras fúnebres comenzaron en el Ateneo, donde inclusive connotados líderes estadistas como Santos P. Amadeo le rindieron guardia de honor.
Del Ateneo la multitud cargó el féretro en hombros hasta la catedral de San Juan. Y de allí, con el féretro nuevamente en hombros, la muchedumbre se dirigió al cementerio Santa María Magdalena de Pazzis.
Había muerto el hombre. Nacía la leyenda.
Váyase hoy a cualquier festival cultural y verá jóvenes y adultos con toda suerte de camisetas, carteles, serigrafías y demás efectos artesanales alusivos a Albizu Campos. Camine por la Calle San Sebastián y se topará con la majestuosa xilografía del maestro Dennis Mario titulada “don Pedro con los pitirres.” Métase en las redes sociales y encontrará discursos, documentales, canciones, películas y obras de teatro sobre Albizu. Mire el vídeo con el que Bad Bunny prologó sus conciertos y verá la ovación del público cuando Albizu apareció en pantalla.
¿Por qué la fascinación con Albizu? ¿Cómo es posible que quien nunca ocupó posición gubernamental alguna goce hoy de mayor prestigio que sus carceleros entonces encumbrados en la cima del poder?
Albizu nació en el barrio Tenerías de Ponce, el 29 de junio de 1893 (no queda claro si fue el 12 de septiembre de 1891). Hijo extramatrimonial de Juliana Campos (mujer negra oriunda de Juana Díaz) y de Alejandro Albizu Romero (hacendado ponceño de ascendencia vasca). Huérfano de madre a los 2 años, se cría en la más abyecta pobreza con una tía materna. No será reconocido por su padre hasta 1914. Fue un estudiante brillante. Llegó en 1912 a la Universidad de Vermont y en 1913 fue admitido a Harvard donde se graduó de ingeniero químico (1916) y de abogado (1923). En Harvard se abrazó a la causa nacionalista irlandesa e india, inspirado por Valera y Tagore.
Regresó a Puerto Rico a principios de los veinte. Se afilió al Partido Unión seducido por la prédica independentista de José De Diego (muerto poco antes). Pero cuando en 1924 los unionistas se aliaron con los republicanos estadistas ingresó en el Partido Nacionalista, cuya presidencia alcanzó el 11 de mayo de 1930.
Se autoimpuso la misión de acabar con el nacionalismo de “pacotilla” e ir de la palabra a la acción. Dicho y hecho.
Fue convicto en el tribunal federal en 1936 por su prédica independentista (bajo un estatuto que décadas más tarde el Supremo federal declaró inconstitucional).
Estuvo preso en Atlanta entre 1937 y 1943. Regresó a Puerto Rico en 1947. Volvió a sufrir cárcel por sus ideas entre 1950 y 1964 (indultado en 1953 y apresado nuevamente en 1954). En prisión sufrió un derrame cerebral (1956) que lo incapacitó permanentemente. El 15 de noviembre de 1964 fue indultado por el gobernador Muñoz Marín.
Murió cuatro meses más tarde.
Distinto a Ramón Emeterio Betances y Eugenio María de Hostos, Albizu extinguió largas condenas de presidio por sus ideas. Los cuatro meses que Baldorioty padeció en el Morro (agosto a diciembre 1887) palidecen ante los 20 años que Albizu vivió tras las rejas por intentar aquí la gesta de Washington, Bolívar, Maceo y Duarte.
Ya lo advirtió César Andreu Iglesias, “Se ha pretendido minimizar a Albizu diciendo que su pueblo rechazó sus palabras y repudió sus actos. Pero eso es lógica de bachilleres. Muy poca importancia tiene que fuera repudiado o rechazado. Lo que da la medida de Albizu es el impacto de sus palabras y de sus actos en la consciencia de todos los puertorriqueños, eso será lo perdurable. Y esa, precisamente, es la diferencia entre el apóstol y el político.” (El Imparcial, 24 de abril de 1965).
Ahí la imborrable grandeza del apóstol Pedro Albizu Campos.
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