Rubén Alejandro Moreira: “Soy de los que publican y se retiran”
Rubén Alejandro Moreira imparte cursos de Humanidades y Arte en el Departamento de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico en Humacao, donde también se ha desempeñado como senador a nivel institucional. Su experiencia se centra en la crítica de arte y la curaduría, además de ser un experto en el modernismo hispanoamericano en el ámbito literario.


Wilkins Román Samot
Rubén Alejandro Moreira imparte cursos de Humanidades y Arte en el Departamento de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico en Humacao, donde también se ha desempeñado como senador a nivel institucional. Su experiencia se centra en la crítica de arte y la curaduría, además de ser un experto en el modernismo hispanoamericano en el ámbito literario. Su tesis doctoral se centra en la obra del poeta puertorriqueño José de Jesús Domínguez, donde argumenta y demuestra que este autor es el primer modernista de América.
Moreira estudió su doctorado en Filosofía (1996) en la Universidad de Temple, Filadelfia, donde se especializó en Literatura Hispanoamericana, Literatura del Siglo de Oro y Lingüística. En dicha universidad también realizó su Maestría en Artes (1994) y su Bachillerato en Artes (1993), ambos grados con especialización en Literatura Hispanoamericana. Él ha contestado todas nuestras preguntas. Todas sus respuestas son para ser compartidas con todos ustedes.
En 2001 publicó usted su antología de poesía Dolmen (1980-1999). ¿De qué trata este libro? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajar en ello?
Dolmen es un volumen de nueve libros y seis plaquettes de poesía, entre las fechas ya indicadas. La cantidad de trabajo se fue acumulando con los años y me pareció responsable conmigo mismo sacarlos cuando pude. Y los saqué de golpe; algo poco usual en nuestras letras. Ayudó el hecho de que mi esposa de entonces, la doctora Zoé Jiménez Corretjer, tuviera Tríptico Editores, editorial para la que había trabajado previamente en una antología de poesía puertorriqueña en cuatro volúmenes (1992-1993), al igual que había colaborado con la revista que le dio nombre a la editorial.
Al principio coqueteaba con la indeterminación frente a una poesía de conocimiento altamente metaforizada.
Dolmen es, como toda obra poética en su conjunto, un núcleo muy heterogéneo. Al principio coqueteaba con la indeterminación frente a una poesía de conocimiento altamente metaforizada. Eso creo que me persigue por períodos a veces largos. Los juegos de ocultación y desocultación poética… de temas, formas y estrategias. La cabra de fuego (1980), mi primer libro, promueve la poesía como un secreto, como clandestinaje y futuridad. Lo nutren imágenes isleñas de campo, ciudad o playa. Parte de un tachonazo simbólico de nuestro escudo nacional, que detesto por blandengue, transmutado en cabra por lucha y choque. La lucha, a su vez, es atravesada por el amor, tema constante en mi trabajo, análogo a la poesía misma, y cuya musa imposible es una yegua blanca. Lo seminal adopta dos figuras totémicas. Este libro tiene un acercamiento bastante críptico.
Día-ama-antes (1981), el segundo, que podríamos tildar de neorromántico, aunque siempre insuflado por un surrealismo de sueños personales, pinta el pasado como un carbón que hay que pulir y transformar. Aquí la memoria es el puente para esa conversión en diamante. La amante es devuelta como poesía por la pérdida y la nostalgia. La mujer de piel oscura es celebrada como noche que nos ampara en su regazo. Incluso, ya en este libro, hay metaforización de la ciencia, otro factor que viene y va en mi trabajo, pues la poesía es vista no sólo como la transformación del carbón en diamante, sino como un campo gravitacional.
Y es que una de mis pasiones desde temprano, te diría que obsesiva, tiene que ver con mis lecturas de las vanguardias. Esto se dio en mí, y se vuelve a dar constantemente una y otra vez, tanto en la literatura como en el arte y en la música. Si Cortázar decía: “No quiero un mundo que acabe con Picasso, sino que comience con él”, mis lecturas tempranas de Stéphane Mallarmé, Arthur Rimbaud, Vicente Huidobro, César Vallejo, Oliverio Girondo, Antonin Artaud, y por supuesto, en el Gran Caribe, José Lezama Lima, Octavio Paz, León de Greiff, Dulce María Loynaz, Manuel del Cabral, Luis Palés Matos, Julia de Burgos, Evaristo Ribera Chevremont, José María Lima o Marina Arzola, dejan huella hasta llegar a los de hoy, entre muchos fantasmas literarios contemporáneos y antiguos que se iban superponiendo. Lo mismo pasaba con la música. Siempre tuve una especial afinidad con la música de Arnold Schoenberg, Igor Stravinski, Olivier Messiaen, Witold Lutoslawski, Henri Dutilleux, Sofia Gubaidúlina, Leo Brouwer o Gerardo Gandini. Aquí quizás sea válido destacar que toco guitarra clásica y todavía la estudio. Mi vínculo con las artes plásticas es de fuente casera. Mi padre, como es sabido por los conocedores de la cultura puertorriqueña, fue un pintor y dibujante valioso. De modo que si en casa se resaltaba a Picasso, Ernst, Siqueiros, y más cerca, se celebraba la obra de Carlos Raquel Rivera o Myrna Báez, se frecuentaba el taller de Lorenzo Homar o el taller Bija, en el que Rafael Tufiño, Antonio Maldonado y Luis Alonso hacían sus trabajos gráficos, por mencionar varios, desde chamaco, quizás por distanciarme, fui tomando partido por Marcel Duchamp, Kurt Schwitters, Meret Oppenheim y otros. Pero con el tiempo se fueron atemperando en mí, de tal modo que el trabajo que he ejercido como curador de arte en Puerto Rico ha sido mayormente —quizás irónicamente— con nuestros pintores, aunque mi formación doctoral sea en literatura, propiamente. Así que, volviendo a mi poesía temprana, la vena vanguardista quizás sea más marcada que en épocas posteriores. Te hablo aproximadamente de los libros entre 1980 y 1986. Pausa (1981) quizás sea mi libro más inclinado a imágenes visionarias, que han sido etiquetadas muchas veces de herméticas. Aunque… yo creo que hay llave para este y otros libros míos, si se busca.
No hay que leer al Marqués de Sade ni a Artaud para enterarnos.
También cierto malditismo me susurraba en la oreja. Mucha gente me ha preguntado cómo pude escribir Joder (1981), libro vertebrado en la mala palabra y cuyo tema principal es la violencia. Violencia al nivel de escoria verbal. Pero eran años en los que en la portada del periódico El Vocero salía diariamente una foto de un asesinato, etiquetado con un título jugoso en sangre y vulgaridad. Tuve muchos años de oportunidad para no publicarlo en el conjunto. Y pese al aburguesamiento paulatino posterior que supuso un grado y las consecuencias de cierta comodidad que trajo, el libro revalidó a la hora de la publicación de Dolmen, porque hay instancias en la vida que son abominables. No hay que leer al Marqués de Sade ni a Artaud para enterarnos. Lo que sí lamento ahora es que, con el reguetón de hoy, el uso de la mala palabra en ristra se ha normalizado. Y lo que traté en 1981 con el poemario, en su desquicio sexual abusivo y casi nada erótico —por enfermizo—, dependía de la delimitación de unas fronteras éticas, para ver lo perverso “correctamente”, y poder combatir los elementos disociadores. Jamás pensé que el capitalismo de este nuevo milenio trivializara tanto la palabra como para que lo insultante terminara siendo hasta cool.
Andamios para el seudónimo (1981) es como una salida de Joder, es un texto obsesionado por crear una poética de lo absurdo, al punto de tratar de suscitar el asombro de un éxtasis estético o cotidiano, por actividades trivialísimas. La vanguardia asumida casi como bandera culmina con Pausa, y sobre todo, con un poema titulado “Supernova”. Poema de versos espaciados como el “Un coup de des”, de Mallarmé, o “Blanco”, de Paz. Aquí se metaforizan la página, la música y el nacimiento y muerte del universo, en homenaje a mi madre.
Ni flor ni gota, Surco truncado, Olvido y fuga (1982-83), salen de otro amor imposible de juventud. Aquí comienzan a marcarse los episodios de poemas epigramáticos alternados con poemas extensos y poemas en prosa. Puede verse como una trilogía. Estos eran años en que tenía una necesidad de probarme a mí mismo, y escribía a torrentes y botaba a torrentes, también. Poetizar en respuesta a la vida. Poetizar en respuesta a las lecturas que se apiñaban atropelladamente en esos años, e incluso hoy, pero con una respuesta escritural mucho más pausada.
De mi lectura de fray Ramón Pané sobre la mitología taína parte Sacra (1983-84), pero el enfoque no pretende ser folklorista, como ha ocurrido en ciertas ocasiones que se adopta lo arcaico, sino un diálogo con una instancia heredada por esa vertiente cultural. Establezco paralelos utilizando imágenes para interpretar mi mundo de hoy. Esto se complementa, obviamente, con otras fuentes culturales en este poemario, que se ven en sus partes “Poemas a la noche” y “Poemas de muerte”. Aunque al final del libro se vuelve a la fuente taína como un diálogo deliberado con una cultura arcaica y cuya extinción nos habla. De la extinción también se ocupa La huesa (1981-86), poema permutatorio que parte de aspectos biológicos como si fuera una célula que cobra vida y se reproduce sin control.
Creo que hay paralelismos constantes entre nuestro mundo insular, sobre todo el hispanoparlante.
¿Qué relación tiene su trabajo creativo previo a Dolmen y su trabajo creativo-investigativo entonces y hoy? ¿Cómo lo hilvana con su experiencia de puertorriqueño-caribeño y su memoria personal o no de lo caribeño dentro de Puerto Rico y el Caribe?
Antes de Dolmen “se sacrificaron ante el fuego” muchos escritos, puesto que este volumen permite ver al comienzo los poemas que fraguaron mis primeros libros. Lo puertorriqueño, lo caribeño, se inscribe por el mero hecho de serlo. No responde nunca a una visión exotista que han construido los imperios acerca de nosotros. A contrapunto, creo que el neobarroquismo de parte de mi poesía entronca con esta corriente aquí y en Cuba. Hay poemas que no tienen otro escenario que una isla, factor afín a muchos bardos antillanos. Creo que hay paralelismos constantes entre nuestro mundo insular, sobre todo el hispanoparlante; por esto, ciertos acercamientos sajones a la zona, sobre todo al encarar el arte, me parecen sospechosos al privilegiar lo anglo de varias de nuestras Antillas menores.
Si compara su crecimiento y madurez como persona, escritor, docente, investigador, editor y antólogo con su época actual de escritor en Puerto Rico, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo? ¿Cómo ha madurado su obra? ¿Cómo ha madurado usted?
Pienso en la necesidad de lo que exige cada trabajo que voy realizando en el tiempo. No veo estas cosas, necesariamente, como un proceso de maduración, sino como una respuesta a los imperativos que me presente un proyecto, sea creativo o investigativo. Por otra parte, después de veinte años de silencio creativo público, quizás convenga sacar a la luz los dos libros inéditos de poesía que guardo. Por eso de no abandonar “mi modo de publicar” aproximadamente cada veinte años. En todos estos años, lo que más se ha visto son mis curadurías de exhibiciones, con respectivos libros, sobre las trayectorias de Augusto Marín, Julio Rosado del Valle, Noemí Ruiz y Martín García Rivera. Así como se han publicado ensayos breves de casi un centenar de artistas puertorriqueños. Muchos de estos catálogos iban acompañados de trabajos curatoriales, como lo fue la exhibición de Marcos Alegría en un castillo de Cardona en Cataluña. O las exhibiciones aquí o en República Dominicana de Bárbara Díaz Tapia, mi segunda esposa, que la perdimos con una muerte repentina tan temprano. Como te digo, han sido muchas las exhibiciones, sobre todo cuando dirigí el Museo Casa Roig, en donde realizaba unas tres o cuatro exhibiciones al año. Por otra parte, próximamente, saldrá a la luz lo que fue mi tesis doctoral, José de Jesús Domínguez, primer modernista de Hispanoamérica.
Creo que comparto líneas de tensión conceptual con mi generación.
¿Cómo visualiza su trabajo creativo con el de su núcleo generacional de escritores con que comparte o ha compartido en Puerto Rico y en el Caribe? ¿Cómo ha integrado su trabajo creativo e investigativo a su quehacer literario?
Creo que comparto líneas de tensión conceptual con mi generación. La importancia que le damos al lenguaje nos signa en un período en que muchos de los grandes sistemas estaban siendo ampliamente cuestionados. Hay varios ensayos sobre nuestra generación que deben examinarse; por ejemplo, los escritos por Alberto Martínez Márquez o Gilberto Hernández. Y también hay varias antologías que se complementan muy bien. Destaco la de Edgardo Nieves Mieles, Este juego de látigos sonrientes, con prólogo de Federico Irizarry Natal, en la que salen varios de mis poemas.
Nuestra generación surge tras los asesinatos del cerro Maravilla en 1978, tras las sacudidas de la Fuerza de Choque contra los estudiantes en la huelga de 1981 en la UPR, y asciende con cambios radicales del mundo como la caída del Muro de Berlín y el quiebre de la Unión Soviética. Para entonces, nuestra generación se planteaba cómo reflejar los malestares con un discurso distinto al de la Generación del 60, que había marcado unos modos de poetizar la vida política, tan crucial en nuestro suelo colonial. A contrapunto, los cambios mundiales exigían otras modificaciones en las estrategias textuales. La posmodernidad proclamó que todo era un constructo y borró muchas fronteras. Cuarenta años después estamos viviendo la disolución de muchas posibles respuestas a los problemas sociales que nos aquejaban y nos aquejan por el neoliberalismo económico que supuso tal postura.
Frente a esto hemos navegado los escritores, con dosis diferentes frente a los planteamientos de la izquierda, de las luchas raciales o el frente nacional, frente al panóptico cibernético que cada día apresa más nuestra individualidad, frente a los localismos que han seguido el marco dominante occidental, y hoy quizás estemos ante un quiebre o nuevo ajuste de cuentas mundial con la guerra de Ucrania y la de Gaza, y el nacimiento del Brics.
De mi generación son muchos los poetas que admiro: Mayra Santos Febres, Alberto Martínez Márquez, Rafael Acevedo, Edgardo Nieves Mieles, Daniel Torres, Claudio Cruz Núñez, Zoé Jiménez Corretjer, José Santos, Israel Ruiz Cumba, Michelle Dávila Goncalves, Madeline Millán, Marisol Pereira y muchos más… Cada uno de nosotros tiene un corpus respetable; por tanto, se dan en cada quien diversas poéticas. Como me preguntas por tangencias con mi generación, pues pienso que cuando me torno inmensamente corto, persiguiendo el haikú, pueden agrupar parte de mi poesía a la de Claudio, o por lo irónico, a la de Rafa, o cuando hay evidente intertextualidad, a la de Edgardo y la de Alberto. Cuando uso la mala palabra consistentemente, podría emparentar con poemas de Nemir Matos. Todos leímos a Vallejo, unos más inclinados a Los heraldos negros; en mi caso, a Trilce. No obstante, lo bueno de la generación es que hay muchas diferencias y que, contrario a leernos por un período convulso vivido —líquido, diría Zygmunt Bauman—, nuestra poesía deja ver claramente los cambios de paradigmas del fin de siglo y del inicio del nuevo milenio.
Mi poesía suele ser altamente metafórica, densa, con múltiples referentes culturales. No lo busco así. Me sale así.
Ha logrado mantener una línea de creación literaria enfocada en la poesía, crítica del arte y la literatura. ¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo dentro de Puerto Rico y fuera, y la de sus pares?
Buena pregunta, que hay que encarar todos los días. ¿Cuál es la recepción del trabajo? Sobre esto podríamos hacer hasta un foro de discusión. La recepción del trabajo cultural en una colonia es siempre limitada, por razones políticas obvias de afirmar algo que no es el sistema imperante. Me circunscribiré a tu pregunta para tratar de ser breve. Mi poesía suele ser altamente metafórica, densa, con múltiples referentes culturales. No lo busco así. Me sale así. Por tanto, debe ser natural que sea lectura de personas con bagaje cultural y con estrategias amplias de lectura poética. Esto no abunda, de modo que entiendo que es minoritaria. Espero, aun así, que cumpla su razón de ser.
En cuanto a la crítica de arte, pienso que algunos trabajos han tenido buena difusión, quizás porque venían acompañados por exhibiciones grandes, como fueron las de Marín y Rosado del Valle. Los libros de estas exposiciones se agotaron. Del libro de Marín se vendieron ochocientos ejemplares la misma noche de apertura. Pero eso no ocurre con exhibiciones de galerías o centros menores. Con los trabajos críticos de literatura, mucho menos, aunque por mi Antología de poesía puertorriqueña y por Dolmen fui invitado en el segundo lustro de los 90 a un encuentro de poetas en Temple University, donde estudié unos años antes.
En lo que se refiere a mis pares y a mí, creo que hemos tenido una recepción variopinta. Quizás por la incursión de algunos de ellos en la narrativa, creo que ampliaron favorablemente la receptividad. No me aventuro a más. Pero lo que me interesa recalcar aquí con todos es que la recepción, pese a todos los logros y esfuerzos de difusión, viene nadando contra una avalancha sistemática de desmantelamiento de las instituciones culturales y de educación por parte del Estado. Los recortes de fondos cada día ponen en precario tanto a la Universidad de Puerto Rico, en todos sus recintos, como al Instituto de Cultura Puertorriqueña, llamado a divulgar arte, música, literatura y artes populares, y a defender edificaciones y patrimonio. Ante esto, la resistencia de nuestro arte, según entiendo, tiene una recepción menor. Si a esto le añadimos la renuencia de muchos jóvenes a la lectura, por la influencia de redes sociales cibernéticas que divulgan mensajes rápidos y de escasa densidad intelectual, pues el cuadro se torna estrecho y se afea, inculcándoles un tipo de lectura pasajera que domina muchas esferas de la sociedad.
Sé que es usted de San Juan, Puerto Rico. ¿Se considera un escritor puertorriqueño o no? O, más bien, un escritor de literatura, sea ésta puertorriqueña o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente usted?
Soy puertorriqueño. Me siento puertorriqueño. Soy un puertorriqueño que escribe para Puerto Rico y el mundo.
Nuestra cultura es mestiza, y esos rasgos se palpan en nuestra música, nuestro arte y nuestra literatura.
¿Cómo integra su identidad étnica y de género y su ideología política con su trabajo creativo y su formación en literatura e hispanista de origen puertorriqueño?
Brota espontáneamente. Hablamos un español puertorriqueñizado, caribeño. Nuestra cultura es mestiza, y esos rasgos se palpan en nuestra música, nuestro arte y nuestra literatura, a veces más, a veces menos. Escribo desde mi inmediatez y cultura al resto de culturas. Nuestra cocina es africana y española; también la yuca taína anda por ahí. Nos movemos con la cadencia del baile. Hablamos rápido como costeños, aun los de montaña o los de la urbe… Somos una nación intervenida política y militarmente, pero no nos han podido asimilar porque nuestra cultura es cohesiva y rica. Nos caracteriza, aunque no tengamos que verlo de forma esencialista. Está. Es. Poderosamente, es. Nos ha servido de parapeto. Somos. Y tendrán que matar al último puertorriqueño para que dejemos de ser. Incluso, ya parece que se vislumbra ante el nuevo orden mundial cambios de soberanía nacional para Puerto Rico. Y habrá que asumir nuevos retos.
¿Cómo se integra su trabajo creativo a su experiencia de vida como estudiante antes y después de su paso por la Universidad de Puerto Rico? ¿Cómo integra esas experiencias de vida en su propio quehacer de escritor en el Puerto Rico de hoy?
Mi vida de estudiante universitario en Puerto Rico estuvo signada por un fabuloso programa de actividades culturales envidiable en muchas partes del mundo. Vi en el teatro de la universidad los cuerpos de baile de Maurice Béjart, Paul Taylor Dance Company, Pilobolus; vi a Alicia Alonso flotar en el aire, casi ciega, y todavía salía al ruedo ovacionada siete veces y con un público en éxtasis. Escuché a Lazar Berman, Emil Gilels, Claudio Arrau, Zubin Mehta dirigiendo, varios conciertos del Festival Casals, gratuitamente por el simple hecho de ser estudiante. Vi obras teatrales de Valle-Inclán, Beckett, Ionesco, René Marqués, Myrna Casas, el Taller de Histriones de Gilda Navarra. Vi obras dirigidas por Victoria Espinosa o Dean Zayas. Festivales de guitarra clásica o de música contemporánea, con obras de Francis Schwartz, Rafael Aponte Ledeé, Leo Brouwer o Gerardo Gandini. En los ciclos de cine, conocí por vez primera a Kurosawa, Fellini, Bertolucci, Wertmüller… En fin, programas que hoy lucirían de fantasía. Eso vivimos. Después cerraron el teatro de la universidad en Río Piedras durante más de una década, y fue un crimen porque en los pasillos se daban cita los estudiantes para dialogar sus posturas tanto estéticas como políticas. Desde el rossellato, el desmantelamiento fue paulatino pero sistemático. Hoy intentamos todo eso, pero hay mucho de manos atadas en todos los recintos. Ya como profesor en Humacao fui director del Museo Casa Roig, y creamos un programa cultural rico durante doce años. Incluso se comenzó una editorial que, tan pronto dejé de ser director, se vino abajo. Dejé de ser director hacia 2012… Había fondos entonces para la creatividad cultural. Hoy no. Más cerca a nuestros días, desde la Junta de Control Fiscal estrangulando nuestras entidades, y después del huracán María, lo que se hacía ha ido mermando considerablemente. En cuanto a cómo afecta mi literatura actual, pues no sé bien. Supongo que algo se filtrará a mis escritos, pero eso es tarea de quien desee estudiarlos luego.
Me preocupo por la necesidad de crear, y no tanto por el efecto en otros.
¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo y a la temática ficcional o no del mismo? ¿Cómo ha variado?
Bueno, creo que algo te contesté de esto anteriormente. De todos modos, suelo sacar mi creación personal muy lentamente. Soy de los que publican y se retiran. No de los que publican y salen hasta en la sopa. No quiero decir que lo segundo esté mal. Sólo describo mi proceder. Por otra parte, me preocupo por la necesidad de crear, y no tanto por el efecto en otros, que puede ser muy variable y, de acuerdo a circunstancias loables o mezquinas, puede atenderse o ignorarse. Les ha pasado a figuras que me parecen pertinentes, y a este poeta perdido en esta isla no le va a tocar mejor suerte necesariamente…
¿Qué otros proyectos creativos tiene usted recientes o pendientes?
Escribí el catálogo y curé la exhibición de Iván Girona, Antídoto, en Isabela. Y escribí el catálogo para la exhibición titulada El mal, de Amanda Carmona Bosch, en la Liga de Arte en San Juan. Próximamente saldrá a la luz en la editorial Isla Negra José de Jesús Domínguez, primer modernista de Hispanoamérica. Espero que sirva para reevaluar el período génesis del modernismo hispanoamericano. Y claro, tengo otros escritos literarios y sobre arte que saldrán a su debido tiempo. Al menos… eso espero.
Escritor puertorriqueño (Puerto Rico, 1976). Cursó estudios de Bachillerato en Artes en la Universidad de Puerto Rico, especializándose en Sociología (B.A., 1998). Completó su educación terciaria en Puerto Rico con un Doctorado en Derecho de la Escuela de Derecho de la Universidad Interamericana de Puerto Rico (J.D., 2004) y una Maestría en Artes del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe (San Juan, Puerto Rico), especializándose en Estudios Puertorriqueños y del Caribe (M.A., 2005). En la Universidad de Salamanca (Salamanca, España) realizó estudios superiores y avanzados en Antropología Social y Derecho Constitucional (DES-DEA, 2004-2006). Obtuvo su título de doctor de la Universidad de Salamanca en 2010. Su Tribunal de Tesis calificó su disertación doctoral con un Sobresaliente “Cum Laude” por unanimidad. Posteriormente, la Comisión de Doctorado y Postgrado de la Universidad de Salamanca le concedió el Premio Extraordinario de Doctorado en Ciencias Sociales (2009-2010). Sus principales investigaciones están publicadas por, entre otras entidades, el Instituto de Derecho, el Instituto de Estudios del Caribe y el Instituto de Antropología del Derecho. Otros de sus trabajos de investigación han sido publicados por revistas de la Universidad de Puerto Rico, la Escuela de Derecho de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico y el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile. Parte de su obra literaria ha sido publicada en El Sótano 00931 y Panfletonegro. Su obra literaria ha sido presentada en la Sala Café Teatro Sylvia Rexach del Centro de Bellas Artes Luis A. Ferré. La mayoría de sus investigaciones pueden ser libremente adquiridas en amazon.com, amazon.es, amazon.co.uk y, entre otras librerías, en Barnes & Noble. Ha sido conferenciante en la Facultad de Derecho Eugenio María de Hostos, la Universidad Autónoma de Madrid, el Museo de la Historia de Ponce y la Universidad de Salamanca. Fue el decano fundador del Instituto de Derecho Avanzado, y director académico de su Programa de Educación Jurídica Continua con el Colegio de Abogados Católicos de Puerto Rico. En marzo de 2013 fue invitado a fundar la Comisión de Asuntos del Fiscal General del Estado y del Departamento de Justicia, Sección de Estado y Gobierno Local, Colegio Americano de Abogados (A.B.A., por sus siglas en inglés), Illinois, Estados Unidos de América.
Sus textos publicados antes de 2015
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