A caminar a oscuras
La postura de status del comisionado residente Pablo José Hernández es básicamente una invitación a ignorar uno de los problemas principales de Puerto Rico, escribe Benjamín Torres Gotay



Pablo José Hernández, comisionado residente, presidente del Partido Popular Democrático (PPD) y, a menos que ocurra algo inimaginable ahora, su candidato a la gobernación en el 2028, está intentando una gesta nunca antes vista en la política de aquí, ni probablemente de ningún otro sitio: convencer a la gente que quiere que vote por él de que uno de los dos problemas más importantes del sitio donde vive, el status (el otro es el colapso de la educación pública) sencillamente no existe.
Está invitando al país a cerrar los ojos, intentar avanzar a tientas y a, según vaya chocando con las interminables trabas que el tema del status le impone a nuestra vida colectiva, engañarse a sí mismo pensando que no tiene que ver nada con lo que, en realidad, tiene que ver todo.
En Puerto Rico no se puede prácticamente ni respirar sin que la colonia muestre sus fauces por aquí o por allá.
Lo más esencial que hace un gobierno, por ejemplo, es confeccionar su presupuesto, que es, se supone, un reflejo de las prioridades de esa sociedad. Hoy, contrario a lo que dice la Constitución del Estado Libre Asociado (ELA), la Legislatura tiene que cederle esa facultad a la Junta de Supervisión Fiscal, un organismo no electo, impuesto por un cuerpo legislativo en el que no tenemos representación con voto, y por un presidente por el que no votamos, antidemocrático, y dictatorial, por lo tanto, hasta la médula.
Hernández invita a una especie de ejercicio metafísico de abstracción para que no entiendan, ni sientan, la futilidad, por no decir la indignidad, de ese estado de las cosas, ni crean que es el status colonial que les obliga a bajar la cabeza así. Quiere que se conformen con pensar que es “un retroceso”.
Otro ejemplo: si los agricultores, como en todo el mundo, necesitan migrantes para trabajar la tierra, pero no pueden traerlos porque los que gobiernan ahora mismo en Estados Unidos tienen una obsesión enfermiza contra los migrantes que nosotros, oscuros como ellos, no compartimos, pues tienen que imaginar que la causa es otra, no que en la colonia no controlamos quién entra ni sale de nuestras fronteras, ni podemos ajustar políticas migratorias a nuestros intereses, ni abogar por ello, con voto, en el cuerpo legislativo en que se deciden estas cosas.
De paso, cuando las personas ven a agentes federales invadiendo comunidades, interrogando gente solo por el color de su piel, llevándoselos a recluirlos en condiciones infrahumanas, aterrando comunidades y afectando la operación de negocios, no se puede pensar que es porque somos colonia estadounidense y sus efectivos pueden hacer y deshacer como les venga en gana.
El comisionado no quiere que veamos, ni entendamos, ni hablemos de las veces que los federales han tratado de imponer la pena de muerte aquí, o de interceptar llamadas telefónicas, dos cosas que están específicamente prohibidas ante la Constitución del ELA, que ante los federales, la verdad, no ha valido nunca nada.
Cuando desde Washington deciden qué podemos o no podemos hacer con la reconstrucción de la red eléctrica, de acuerdo a lo que son sus intereses y no los nuestros, tampoco tiene que ver con la colonia, según el comisionado. Hernández y muchos otros callan porque los federales pagan; a los demás nos invitan a ignorar que ningún sitio destruido por un desastre natural se ha quedado destruido siempre.
Cuando los que saben de economía se sientan a hablar de lo que Puerto Rico necesita, y hablan de las leyes de cabotaje y dicen que necesitamos algún incentivo tipo Sección 936, no se puede pensar que depende todo eso, que es crítico para nosotros, de lo que el gobierno de otro país quiera conceder.
Se prohíbe también entener que la 936, que era un instrumento vital de nuestra economía, que fue eliminado por un cuerpo legislativo en que no tenemos voto, tiene que ver con la colonia. Ahí se vio lo terrible de esto como pocas otras veces: ellos lo dieron cuando les convenía a ellos y la quitaron cuando no. Nosotros, desde entonces, dando bandazos.
Hace un tiempo, cuando al ELA no se le veían las grietas y a Estados Unidos le interesaba Puerto Rico, a la gente no le importaba el status. La cosa ha cambiado desde la turbulencia de las últimas dos décadas. La bancarrota, Promesa, la austeridad, el colapso de la infraestructura, todo eso ha hecho a la gente cuestionarse todo. Nos vimos cara a cara con lo peor de la colonia y ha sido consistemente repudiada en las urnas por más de diez años.
En el verano de 2016, la farsa se vino abajo con estruendo de piedras rodando pendiente abajo. La historia del “pacto” y el “autonomismo” fue enterrada por la historia. Muchos corrieron a la estadidad, con un pequeño problema: la otra parte indispensable para que el matrimonio de la estadidad pueda llevarse a cabo, no ha demostrado interés en echarse el lazo.
El comisionado, entonces, vende ahora la colonia por “default”: ya que Estados Unidos no quiere la estadidad, ni Puerto Rico la independencia, colonia es lo que hay. Los más perspicaces ven ahí ecos de la estrategia que ha seguido el Partido Independentista Puertorriqueño (PIP), sin éxito hasta ahora, por décadas: demostradas la inviabilidad de la estadidad y de la colonia, surgía la independencia como “única alternativa”. Los muchachos se parecen entre ellos más de lo que quisieran reconocer.
Esta actitud del comisionado tiene también otras implicaciones. Hubo tiempos en que los políticos se paraban frente a los problemas como frente a una montaña y, por difíciles que fueran, buscaban, pensaban y proponían maneras de solucionarlos. Hernández, en cambio, nos propone fingir que el problema no existe, darle la vuelta y hacer lo que se pueda dentro de las limitaciones.
Nos invita, pues, a caminar a oscuras. Y el que camina a oscuras, sabemos todos, tarde o temprano tropieza.
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