Benito: el exorcista de nuestras sombras
Lee la columna de opinión de Yldefonso López Morales


Lcdo. Yldefonso López Morales
En la historia de la iglesia Católica, San Benito es recordado como un monje que luchó incansablemente contra las fuerzas oscuras. Es un importantísimo santo a quien se le atribuye el poder de exorcizar demonios y proteger a los suyos del mal. De hecho, la medalla de San Benito, también conocida como la cruz de San Benito, es un importante objeto religioso de la tradición católica. Hoy, unos 14 siglos después, un nuevo Benito camina entre nosotros, no con hábitos religiosos ni crucifijos y mucho menos con pretensiones de santo varón, sino con micrófonos, un estilo original, ritmos urbanos y una convicción inquebrantable de que Puerto Rico merece sentirse grande.
Bad Bunny, nuestro Benito contemporáneo, está exorcizando a otros demonios. No son los que vemos en películas de terror, sino los que por años se han alojado en lo más profundo de nuestra mentalidad colectiva: el complejo de inferioridad, el cinismo, el miedo al futuro, la apatía cultural y la idea tóxica de que lo nuestro, lo puertorriqueño, vale menos. Utilizando un novel grito de guerra: “P FKN R”, nos ha mirado de frente, sin miedo, y nos ha dicho, con su pintoresca lírica: “boricua, tú vales; tu voz importa; tu bandera se respeta; esta patria es tuya”. Al mismo tiempo, ha puesto a miles de personas -sin distinción de edad, ideología, género, religión y raza- a exclamar “esgalilla’os”, mientras brincan al unísono: “Puerto Rico está ca&%5E‘on, ta’ca&ón….”
Su residencia en Puerto Rico no es solo un espectáculo musical. Es una declaración política, cultural y espiritual. Es un altar donde nos congregamos no a adorar a un ídolo, sino a recordar que nunca debimos olvidar quiénes somos ni cuánto valemos como pueblo. Con cada canción, con cada presentación, con cada invitado, Benito nos está devolviendo la fe en nuestras capacidades y está haciendo algo que muy pocos logran: transformar la industria del entretenimiento en un acto de sanación nacional. Cada abuela que va con sus nietos a disfrutar del evento nos recuerda la importancia que siempre le hemos dado a la familia. La presencia de don Alfonso Vélez en la casa de BB y la oportunidad que se le dio de cantar sus icónicas canciones como “El Fua” y “El Jolgorio”, entre otras, provocó una súbita y extraordinaria fusión generacional que emocionó al cantautor boricua y enardeció una multitud que, en su mayoría, no habían nacido cuando don Alfonso escribió sus legendarias líricas.
Y no, querido lector, no me gusta la música del Conejo Malo (excepto el último disco); tampoco su voz; mucho menos me simpatizan las líricas de las canciones que denigran a la mujer, pero no se trata de eso. Esta reflexión trasciende esas barreras: como dijo alguien, “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”.
¿Cuántos artistas en el mundo han hecho que su gente vuelva a creer en sí misma? ¿Cuántos han usado su plataforma para elevar a su patria en vez de olvidarla desde el primer cheque grande? Bad Bunny ha traído a celebridades de talla mundial a pisar nuestro suelo, no como turistas indiferentes, sino como testigos del orgullo boricua. Ha llenado las calles de San Juan de alegría, de baile, de color, de esperanza. Ha convertido cada esquina de su residencia en un rincón de dignidad recuperada. Nos ha exorcizado, al menos temporalmente, de la mezquindad de la política partidista que nos ahoga, de la ineptitud gubernamental y de los discursos reciclados de los profetas del desastre que utilizan los medios de comunicación para destacar solo lo negativo.
Benito no es un santo, y tampoco aspira a serlo. Sin embargo, algo es innegable: está haciendo milagros. Está sacando de nosotros esa versión desencantada del puertorriqueño que se resignaba a la mediocridad. Está dándole espacio al puertorriqueño que se ama, que se defiende, que se levanta.
Y por eso, este nuevo San Benito no lleva túnica, pero sí poder. Un poder distinto, sí, pero igual de sagrado: el de hacer que su gente vuelva a creer.
Gracias, Benito. Gracias por recordarnos que somos luz, que somos fuego, que somos ritmo, y que, sobre todo, que seguimos siendo puertorriqueños.
Yo “vengo vira’o” y te invito a que visites mi página Yldefonso López para que tú también “vengas vira’o”.
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