Puerto Rico y el silencio impuesto
Cuando el progreso se tragó la devoción y la violencia se volvió paisaje


Aida Mendoza Rivera
(San Juan, 11:00 a.m.) Puerto Rico ha mutado. No por evolución consciente, sino por imposición silenciosa. Este pueblo, que antes tejía devociones con manos humildes y voces comunitarias, ha sido empujado a callar. Calló cuando el supuesto progreso se tragó las promesas del alma. Calló cuando las devociones populares —las procesiones, los rezos, los altares caseros— fueron desplazadas por discursos tecnocráticos y vitrinas de modernidad.
Calló también cuando la dependencia se disfrazó de ayuda. Las dádivas del imperio, convertidas en subsidios, becas condicionadas y fondos que no llegan a quienes sostienen, han generado una cultura de espera, de resignación, de silencio. Y mientras tanto, los gobernantes —más atentos al espectáculo que al pueblo— han preferido que seamos más ignorantes, más dóciles, más funcionales.
Y mientras todo eso ocurría, la violencia crecía. Crecía en los barrios, en las plazas, en los hogares. Crecía en la indiferencia institucional, en la falta de recursos, en el abandono sistemático. Crecía mientras las soluciones se repetían como eco: campañas publicitarias, talleres de perspectiva de género, comunicados que no tocan la raíz.
No se trata de negar la importancia de la perspectiva de género, sino de reconocer que sola, sin voluntad política, sin justicia estructural, sin cuidado comunitario, no basta. La violencia no se combate con afiches ni slogans. Se enfrenta con políticas públicas que escuchen, que reparen, que transformen.
¿Dónde está el acompañamiento real a las víctimas? ¿Dónde los recursos para las comunidades que sostienen sin protagonismo? ¿Dónde la enseñanza popular, la pedagogía del fogón, los líderes de barrio que no buscan cámara ni candidatura?
Hoy, muchos de esos líderes reales han sido desplazados por figuras políticas que hablan de comunidad sin haberla vivido. Se organizan comités, se reparten fondos, se diseñan campañas… pero no se escucha. No se acompaña. No se enseña.
Este pueblo mutó, sí. Pero aún hay quienes resisten. Quienes nombran. Quienes transforman el silencio en palabra pública. Quienes convierten la devoción en archivo, el dolor en crónica, la exclusión en testimonio.
Porque mientras haya memoria viva, el mutismo impuesto no será definitivo. Y mientras haya quien escriba, quien denuncie, quien recuerde, Puerto Rico no será solo lo que el imperio y sus gestores quieren que sea.
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