P𝐫𝐞𝐯𝐞𝐧𝐢𝐫 𝐲 𝐚𝐭𝐞𝐧𝐝𝐞𝐫 𝐥𝐚 𝐯𝐢𝐨𝐥𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐢𝐧𝐟𝐚𝐧𝐭𝐢𝐥 𝐲 𝐣𝐮𝐯𝐞𝐧𝐢𝐥 𝐞𝐧 𝐞𝐥 𝐩𝐚í𝐬
Como trabajador social, y como presidente de La Red por los Derechos de la Niñez y la Juventud de Puerto Rico, he dedicado más de una década de mi carrera profesional a 𝐩𝐫𝐞𝐯𝐞𝐧𝐢𝐫 𝐲 𝐚𝐭𝐞𝐧𝐝𝐞𝐫 𝐥𝐚 𝐯𝐢𝐨𝐥𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐢𝐧𝐟𝐚𝐧𝐭𝐢𝐥 𝐲 𝐣𝐮𝐯𝐞𝐧𝐢𝐥 𝐞𝐧 𝐞𝐥 𝐩𝐚í𝐬.


Federico Cintrón Fiallo
Marcos Santana Andújar
Como trabajador social, y como presidente de La Red por los Derechos de la Niñez y la Juventud de Puerto Rico, he dedicado más de una década de mi carrera profesional a 𝐩𝐫𝐞𝐯𝐞𝐧𝐢𝐫 𝐲 𝐚𝐭𝐞𝐧𝐝𝐞𝐫 𝐥𝐚 𝐯𝐢𝐨𝐥𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐢𝐧𝐟𝐚𝐧𝐭𝐢𝐥 𝐲 𝐣𝐮𝐯𝐞𝐧𝐢𝐥 𝐞𝐧 𝐞𝐥 𝐩𝐚í𝐬. El trabajo, los resultados, nuestras posturas y expresiones están en el récord, y nuestros errores y aprendizajes también. Como persona que conoce de cerca las experiencias de violencia desde la infancia, siempre quiero pensar que todas las iniciativas enfocadas en atender, prevenir o erradicar la violencia surgen de la buena intención. Todas pueden tener potencial de sumar.
Sin embargo, es importante matizar: en este asunto no se trata de colocarnos en un extremo ni en otro; entre el blanco y el negro siempre hay grises que mirar. Conozco muchas personas en diferentes industrias, con muy buena voluntad y muy buenas intenciones —me consta porque he compartido espacios de trabajo y de vida con gente deseosa de hacer frente a la violencia desde diferentes visiones y con distintos recursos. 𝐓𝐨𝐝𝐨𝐬 𝐲 𝐭𝐨𝐝𝐚𝐬 𝐡𝐚𝐜𝐞𝐦𝐨𝐬 𝐥𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐩𝐨𝐝𝐞𝐦𝐨𝐬 𝐜𝐨𝐧 𝐥𝐚𝐬 𝐡𝐞𝐫𝐫𝐚𝐦𝐢𝐞𝐧𝐭𝐚𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐭𝐞𝐧𝐞𝐦𝐨𝐬 𝐞𝐧 𝐥𝐚 𝐦𝐚𝐧𝐨. Y por eso, más que señalar, es fundamental analizar el contexto más amplio.
¿𝐃ó𝐧𝐝𝐞 𝐞𝐬𝐭á 𝐞𝐥 𝐩𝐚í𝐬 𝐜𝐨𝐧 𝐥𝐚 𝐧𝐢ñ𝐞𝐳, 𝐥𝐚 𝐣𝐮𝐯𝐞𝐧𝐭𝐮𝐝, 𝐬𝐮𝐬 𝐩𝐚𝐝𝐫𝐞𝐬, 𝐦𝐚𝐝𝐫𝐞𝐬 𝐲 𝐟𝐚𝐦𝐢𝐥𝐢𝐚𝐬? Esa es la verdadera pregunta que debemos hacernos en medio de la violencia y la precariedad que vivimos. Porque la mayoría de los padres y las madres 𝐬í 𝐞𝐬𝐭á𝐧 𝐩𝐫𝐞𝐬𝐞𝐧𝐭𝐞𝐬, aunque muchas veces el país no los quiera ver.
Ahí están los padres y las madres, caminando de madrugada por calles oscuras y sin seguridad para llegar a trabajos precarios que apenas les permiten sostener a su familia. Ahí están, 𝐚𝐬𝐮𝐦𝐢𝐞𝐧𝐝𝐨 𝐣𝐨𝐫𝐧𝐚𝐝𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐝𝐨𝐬 𝐲 𝐡𝐚𝐬𝐭𝐚 𝐭𝐫𝐞𝐬 𝐞𝐦𝐩𝐥𝐞𝐨𝐬, intentando resistir el desplazamiento de sus comunidades y sobrevivir en un país sin estabilidad en el servicio eléctrico, sin agua confiable y sin transportación colectiva.
Ahí también están, 𝐜𝐫𝐢𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐞𝐧 𝐦𝐞𝐝𝐢𝐨 𝐝𝐞 𝐮𝐧 𝐬𝐢𝐬𝐭𝐞𝐦𝐚 𝐝𝐞 𝐬𝐚𝐥𝐮𝐝 𝐟𝐫𝐚𝐠𝐦𝐞𝐧𝐭𝐚𝐝𝐨, donde se cierran salas de parto y los hospitales reducen servicios. Están criando en un sistema educativo que, aunque cuenta con un capital humano admirable, ha venido cerrando escuelas sistemáticamente durante las pasadas décadas, dejando a comunidades rurales desprovistas de acceso a educación de calidad. Lo hacen además en un país marcado por la pandemia, múltiples desastres naturales, y por crisis económicas, sociales y 𝐩𝐨𝐥í𝐭𝐢𝐜𝐚𝐬 𝐩ú𝐛𝐥𝐢𝐜𝐚𝐬 𝐢𝐧𝐭𝐞𝐫𝐫𝐮𝐦𝐩𝐢𝐝𝐚𝐬 𝐩𝐨𝐫 𝐥𝐨𝐬 𝐜𝐚𝐦𝐛𝐢𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐚𝐝𝐦𝐢𝐧𝐢𝐬𝐭𝐫𝐚𝐜𝐢ó𝐧 cada cuatrenio.
📊 𝐋𝐨𝐬 𝐝𝐚𝐭𝐨𝐬 𝐧𝐨𝐬 𝐫𝐞𝐜𝐮𝐞𝐫𝐝𝐚𝐧 𝐥𝐚 𝐦𝐚𝐠𝐧𝐢𝐭𝐮𝐝 𝐝𝐞𝐥 𝐫𝐞𝐭𝐨 (𝐈𝐧𝐬𝐭𝐢𝐭𝐮𝐭𝐨 𝐝𝐞𝐥 𝐃𝐞𝐬𝐚𝐫𝐫𝐨𝐥𝐥𝐨 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐉𝐮𝐯𝐞𝐧𝐭𝐮𝐝):
• Más de 𝟕𝟐,𝟎𝟎𝟎 𝐡𝐨𝐠𝐚𝐫𝐞𝐬 𝐜𝐨𝐧 𝐦𝐞𝐧𝐨𝐫𝐞𝐬 𝐯𝐢𝐯𝐞𝐧 𝐞𝐧 𝐩𝐨𝐛𝐫𝐞𝐳𝐚, aun cuando sus adultos trabajan.
• La mediana de ingreso familiar con menores es de apenas 𝟐𝟔,𝟑𝟔𝟎 𝐚𝐥 𝐚ñ𝐨.
• En hogares monoparentales encabezados por mujeres, la mediana de ingreso es de apenas 𝟏𝟒,𝟒𝟗𝟓, reflejo de la profunda desigualdad económica que enfrentan estas familias.
• La tasa de maltrato infantil alcanzó 𝟏𝟎.𝟓 𝐩𝐨𝐫 𝐜𝐚𝐝𝐚 𝟏,𝟎𝟎𝟎 𝐧𝐢ñ𝐨𝐬, la más alta en años.
• Entre los niños de 𝟑 𝐲 𝟒 𝐚ñ𝐨𝐬, el 𝟑𝟕 % 𝐧𝐨 𝐞𝐬𝐭á 𝐦𝐚𝐭𝐫𝐢𝐜𝐮𝐥𝐚𝐝𝐨 en ningún programa preescolar.
• Entre las y los jóvenes de 𝟏𝟔 𝐚 𝟏𝟗 𝐚ñ𝐨𝐬, el 𝟏𝟖 % 𝐧𝐨 𝐞𝐬𝐭á 𝐞𝐬𝐭𝐮𝐝𝐢𝐚𝐧𝐝𝐨; de ese grupo, el 𝟒𝟖 % 𝐞𝐬𝐭á 𝐟𝐮𝐞𝐫𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐟𝐮𝐞𝐫𝐳𝐚 𝐥𝐚𝐛𝐨𝐫𝐚𝐥, el 𝟑𝟑.𝟔 % 𝐞𝐬𝐭á 𝐞𝐦𝐩𝐥𝐞𝐚𝐝𝐨/𝐚 y el 𝟏𝟖.𝟒 % 𝐞𝐬𝐭á 𝐝𝐞𝐬𝐞𝐦𝐩𝐥𝐞𝐚𝐝𝐨/𝐚.
Podría seguir enumerando datos que muestran el contexto en el que viven, y les toca criar, a las familias del país. Los padres y las madres también están 𝐨𝐫𝐠𝐚𝐧𝐢𝐳𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐠𝐫𝐮𝐩𝐨𝐬 𝐜𝐨𝐦𝐮𝐧𝐢𝐭𝐚𝐫𝐢𝐨𝐬 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐫𝐞𝐡𝐚𝐛𝐢𝐥𝐢𝐭𝐚𝐫 𝐞𝐬𝐩𝐚𝐜𝐢𝐨𝐬, pintar canchas, arreglar escuelas y levantar otros lugares donde el sector público y privado no ha podido llegar. Están viviendo en las calles de un país donde no hay acceso a vivienda digna y donde aún persiste la inestabilidad habitacional, con familias que todavía enfrentan las secuelas de la recuperación tras múltiples desastres.
𝐀𝐡í 𝐞𝐬𝐭á𝐧 𝐥𝐨𝐬 𝐩𝐚𝐝𝐫𝐞𝐬 𝐲 𝐥𝐚𝐬 𝐦𝐚𝐝𝐫𝐞𝐬: 𝐩𝐫𝐞𝐬𝐞𝐧𝐭𝐞𝐬, 𝐥𝐮𝐜𝐡𝐚𝐧𝐝𝐨, 𝐫𝐞𝐬𝐢𝐬𝐭𝐢𝐞𝐧𝐝𝐨. Criando con dignidad en un contexto precarizado por décadas de abandono, por la pobreza que arropa a más de la mitad de nuestra niñez, y por una violencia estructural que les deja sin opciones.
Y como he dicho antes: “Podemos insistir en la mano dura, pero la violencia persistirá en espiral mientras nuestras familias enfrenten niveles altos de riesgo sin un ecosistema de servicios, recursos y apoyos basados en la comunidad.”
La 𝐩𝐫𝐞𝐯𝐞𝐧𝐜𝐢ó𝐧 𝐧𝐨 𝐞𝐬 𝐮𝐧 𝐥𝐮𝐣𝐨, 𝐬𝐢𝐧𝐨 𝐮𝐧𝐚 𝐮𝐫𝐠𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚. Desde La Red hemos implementado y probado nuestro modelo de 𝐞𝐜𝐨𝐬𝐢𝐬𝐭𝐞𝐦𝐚𝐬 𝐜𝐨𝐦𝐮𝐧𝐢𝐭𝐚𝐫𝐢𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐩𝐫𝐞𝐯𝐞𝐧𝐜𝐢ó𝐧 𝐲 𝐚𝐩𝐨𝐲𝐨 𝐚 𝐥𝐚𝐬 𝐟𝐚𝐦𝐢𝐥𝐢𝐚𝐬, que integra educación, salud, vivienda, programas de crianza y acompañamiento comunitario. Ese es el camino que permite y facilita a las familias estar presentes en la vida de sus hijos e hijas.
Las familias de Puerto Rico 𝐬í 𝐞𝐬𝐭á𝐧 𝐚𝐡í. Lo que necesitan son 𝐚𝐩𝐨𝐲𝐨𝐬, 𝐫𝐞𝐜𝐮𝐫𝐬𝐨𝐬 𝐲 𝐩𝐫𝐨𝐠𝐫𝐚𝐦𝐚𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐜𝐚𝐦𝐢𝐧𝐞𝐧 𝐣𝐮𝐧𝐭𝐨 𝐚 𝐞𝐥𝐥𝐚𝐬, para que puedan criar con esperanza, dignidad y la certeza de que no están solas.
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