Trump no propone unidad en un EE. UU. polarizado
Donald Trump no suscribe la noción tradicional de ser el presidente de todos los estadounidenses.



Por Peter Baker
Peter Baker ha cubierto las últimas seis presidencias. Reportó desde Washington.
15 de septiembre de 2025 a las 00:01 ET
Los primeros minutos del discurso del presidente Donald Trump en el Despacho Oval tras el asesinato de Charlie Kirk la semana pasada siguieron el guion presidencial convencional. Elogió a la víctima, pidió a Dios que velara por su familia y habló afligido de “un momento oscuro para Estados Unidos”.

Luego se deshizo del manual, culpó airadamente del asesinato a la izquierda estadounidense y juró venganza.
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Eso fue duro incluso para algunos espectadores que normalmente podrían estar dispuestos a escuchar. Cuando Trump apareció más tarde en Fox News, un presentador señaló que había “radicales en la derecha”, igual que había “radicales en la izquierda”, y preguntó: “¿Cómo volvemos a unirnos?”. El presidente rechazó la premisa. Los radicales de la derecha estaban justificados por la ira ante la delincuencia, dijo. “Los radicales de izquierda son el problema”, añadió. “Y son despiadados. Y son horribles”.
Trump ha dejado claro desde hace tiempo que la unión no es la misión de su presidencia. En una época de profunda polarización en la sociedad estadounidense, rara vez habla de sanar. Mientras que otros presidentes han intentado normalmente calmar los ánimos en momentos de crisis nacional, Trump los alienta. No suscribe la noción tradicional de ser presidente para todo el pueblo. Actúa como presidente del Estados Unidos republicano y de la gente que está de acuerdo con él, mientras que quienes no lo están son retratados como enemigos y traidores que merecen venganza.
“La izquierda ha declarado la guerra a Estados Unidos”, dijo el sábado en un mensaje de texto Stephen Bannon, exestratega jefe de Trump y una de las principales voces del movimiento MAGA. “Trump es un presidente en tiempos de guerra centrado ahora en erradicar a terroristas nacionales como ANTIFA”, añadió Bannon, refiriéndose al movimiento antifascista.

La noción de Trump como un presidente en guerra contra algunos de los suyos habla de lo diferente que es su presidencia. En su campaña del año pasado para reclamar el poder cuatro años después de su derrota en la reelección, Trump prescindió de las perogrulladas habituales sobre la unidad nacional y, en su lugar, declaró que la mayor amenaza para Estados Unidos era “el enemigo interno”.
Juró “represalias” contra quienes, en su opinión, lo han traicionado a él o al país, y ha pasado los ocho primeros meses de su segundo mandato dirigiéndolas contra demócratas, republicanos díscolos, aliados distanciados, bufetes de abogados, universidades, medios de comunicación y cualquier otra persona que considere desleal o excesivamente liberal.
Ve un país dividido en dos bandos ideológicos y políticos: uno que lo apoya y otro que no. Gobierna en consecuencia. En los últimos días, ha prometido enviar soldados a ciudades gobernadas por demócratas, mientras envía dinero en forma de ayuda para catástrofes a estados gobernados por republicanos.
Este punto de vista refleja la propia historia y personalidad de Trump, nacida de un enfoque de vida de nosotros contra ellos, ganadores y perdedores, que lo llevó durante décadas a los negocios, la telerrealidad y, finalmente, a la política. No se siente cómodo como alguien que da consuelo. Prefiere pelear; necesita un enemigo. Y con los demócratas fracturados y sin líder, se está posicionando como el azote de una izquierda estadounidense que, según él, se ha radicalizado hasta volverse irreconocible.
“Esto ha sido coherente desde el principio”, dijo Jeff Shesol, exredactor de discursos del presidente Bill Clinton, sobre la reacción de Trump ante el asesinato de Kirk. “No es una táctica. No es una estratagema. Es quien es y cómo ve el mundo, de esta manera maniquea. La izquierda —la ‘izquierda radical’, como él siempre quiere llamarla— es el mal, y esta es otra oportunidad para establecerlo, sean cuales sean los hechos”.

Muchas voces de izquierda en internet han avivado las divisiones. A las pocas horas de la muerte de Kirk, estadounidenses de todas las tendencias empezaron a señalarse unos a otros, incluso antes de que se hubiera capturado a un sospechoso o se hubiera determinado firmemente cualquier motivación. Trump y otros aliados de Kirk, que estaban consternados por el asesinato sin sentido de una estrella de 31 años que emergía en la derecha y que conocían y apreciaban, expresaron su indignación por los comentarios que daban la impresión de aplaudir o racionalizar el asesinato de alguien por sus opiniones políticas.
La mayoría de los líderes electos demócratas a nivel nacional se unieron a los republicanos para denunciar el asesinato y pedir el fin de la violencia política que ha estallado en todo el espectro ideológico en los últimos años. Pero mientras el gobernador de Utah, el republicano Spencer Cox, hizo un dolorido llamamiento a los estadounidenses para que se unieran, el presidente expresó su ira y declaró que “simplemente tenemos que dar una paliza” a los “lunáticos de la izquierda radical”, aunque también hizo un llamamiento a la “no violencia”.
“Me temo que ya es demasiado tarde, al menos por ahora, para una era en la que los políticos podían sanar a una nación con sus palabras”, dijo Ari Fleischer, quien fue secretario de prensa de la Casa Blanca el 11 de septiembre de 2001, cuando el presidente George W. Bush se enfrentó a su mayor crisis y unió a la nación contra un enemigo extranjero común.
Fleischer, que apoya a Trump, dijo que el actual presidente ha sido objeto de tanto odio que nadie le daría crédito por una respuesta calmada, si la ofreciera. “La virulencia contra el presidente Trump por parte de la izquierda es tan profunda que no hay sílaba, palabra, frase o párrafo que Donald Trump pudiera decir que los apaciguara”, dijo. “El mantra de Trump es ‘lucha, lucha, lucha’, así que nadie debería sorprenderse de su reacción”.

Todos los demás presidentes recientes han dicho que consideraban que su papel trascendía el partidismo, al menos parte del tiempo, para servir como líder de todos los estadounidenses, incluso de quienes no estaban de acuerdo con ellos. George H. W. Bush habló de marcar el comienzo de una “nación más amable y gentil”. Clinton prometió ser el “reparador de la brecha”. Bush hijo habló de ser “un unificador, no un divisor”. Barack Obama rechazó la idea de un Estados Unidos republicano y un Estados Unidos demócrata, y dijo que solo existía “Estados Unidos de América”. Joe Biden pidió poner fin a “esta guerra incivil”.
Ninguno de ellos logró alcanzar tan elevadas aspiraciones, y cada uno de ellos, en distintos grados, jugó a veces a la política de la división. Al fin y al cabo, la política consiste en dividir, en debatir enérgicamente las grandes ideas hasta que uno de los bandos gane las elecciones o se haga con el voto en el Congreso. Pero ninguno de ellos practicó la política de la división con tanta ferocidad y constancia como Trump, para quien ha sido la característica definitoria de su tiempo en la escena nacional.
Después de todo, fue Bannon quien dijo tras la victoria de Trump en 2016 que la unidad no era el objetivo. “No ganamos unas elecciones para unir al país”, dijo entonces.
Y Trump, que nunca ha tenido el apoyo de la mayoría en ninguna de las tres campañas que ha emprendido ni en ningún índice de aprobación de Gallup, se ha centrado durante mucho tiempo en atender a sus propios partidarios de base. Cuando habla de sus índices en las encuestas, a menudo cita la aprobación solo entre los republicanos.
“Si me ocupo de la base, todo lo demás se hará solo”, dijo una vez a Anthony Scaramucci, un antiguo aliado que trabajó brevemente en la Casa Blanca durante el primer mandato de Trump.
Si bien en su primer mandato reconoció poco el trabajo entre partidos, en el segundo Trump prácticamente ha abandonado cualquier esfuerzo de bipartidismo. No invita a los líderes demócratas a la Casa Blanca para mantener conversaciones, ni les informa de los principales acontecimientos de seguridad nacional.
Russell Vought, su director de presupuesto, se quejó en julio de que “el proceso de apropiaciones tiene que ser menos bipartidista”.
La semana pasada, Trump publicó cuatro mensajes consecutivos en internet anunciando que había concedido ayuda para catástrofes a estados que habían sufrido tormentas o inundaciones, cada uno de ellos estados que ganó el año pasado. Incluso citó su victoria electoral al anunciar 32 millones de dólares en ayudas para Carolina del Norte, “que GANÉ EN GRANDE las seis veces, incluidas las primarias”.
Utilizó el mismo mensaje en el que anunciaba la ayuda federal, aparentemente destinado a ser una acción no partidista, para atacar al exgobernador Roy Cooper, el demócrata que ahora se presenta al Senado por ese estado.
Para justificar su decisión de enviar soldados a las calles de Washington y sus amenazas de hacer lo mismo con Chicago, Memphis y Nueva Orleans, Trump también publicó la semana pasada un video en el que atacaba a los alcaldes demócratas por la delincuencia, a pesar de que los índices de criminalidad han descendido considerablemente en los últimos años. “Durante demasiado tiempo, los estadounidenses se han visto obligados a soportar ciudades gobernadas por demócratas que dejan sueltos a criminales salvajes y sedientos de sangre para que se ensañen con personas inocentes”, dijo en el video.

Sus detractores temen que Trump utilice ahora el asesinato de Kirk para arremeter aún más contra las organizaciones e instituciones liberales, una opinión alentada en ominosas publicaciones en las redes sociales por Stephen Miller, jefe adjunto de gabinete del presidente y líder de la represión de la inmigración del gobierno de Trump.
“En los últimos días nos hemos enterado de cuántos estadounidenses en puestos de autoridad —servicios infantiles, funcionarios judiciales, enfermeros de hospitales, profesores, trabajadores del gobierno, incluso empleados del Departamento de Defensa— se han radicalizado profunda y violentamente”, escribió Miller el sábado, dando a entender que sus respuestas al asesinato de Kirk eran inaceptables. “La consecuencia de un ecosistema de adoctrinamiento vasto y organizado”.
Sin duda, Trump tiene razón en que sus oponentes lo han llamado “fascista” y “nazi”. Pero su indignación por la retórica incendiaria es situacional. En la misma entrevista de Fox News de la semana pasada en la que se quejó de los excesos de la izquierda, se refirió a Zohran Mamdani, socialista democrático y favorito para la alcaldía de Nueva York, como “comunista”. Incluso más que en su primer mandato, Trump se ha referido últimamente a rivales políticos y periodistas como “malvados”.
Hasta su enfado debido a que lo llamen fascista depende de quién lo diga y de si se retracta. Su propio vicepresidente, JD Vance, le llamó en una ocasión “el Hitler de Estados Unidos”, comentario que más tarde repudió y consiguió superar para ser candidato con Trump.
Asimismo, la preocupación del presidente por la seguridad frente a la violencia política ha dependido de quién esté bajo amenaza. Indultó a unos 1500 partidarios que asaltaron el Capitolio el 6 de enero de 2021, incluidos quienes agredieron a agentes de policía y pidieron la ejecución de su propio vicepresidente, Mike Pence. En un momento dado, no descartó indultar a las personas condenadas por un complot para secuestrar a la gobernadora demócrata de Míchigan, Gretchen Whitmer.
Durante la campaña del año pasado se quejó de que necesitaba más protección del Servicio Secreto, luego tomó posesión y despojó de seguridad gubernamental a personas que le desagradaban, como Anthony Fauci, el general Mark Milley, el exsecretario de Estado Mike Pompeo y el exasesor de seguridad nacional John Bolton. El mes pasado, Trump anuló la protección ampliada del Servicio Secreto para la exvicepresidenta Kamala Harris.
Pero con tanta amenaza en el aire, incluso Trump ha intentado a veces en los últimos días distinguir entre violencia y represalias de otro tipo. Con algunos de sus partidarios ansiosos de venganza tras la muerte de Kirk, Trump hizo una advertencia. “Bueno”, dijo, “quieren venganza en las urnas”.
Peter Baker es el corresponsal principal de la Casa Blanca para el Times. Ha cubierto las gestiones de los últimos cinco presidentes y a veces escribe artículos analíticos que ponen a los presidentes y sus gobiernos en un contexto y marco histórico más grande.
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