Fiesta de dramaturgas puertorriqueñas en Ponce
La celebración de las mujeres que producen literatura dramática en el país, fue una propuesta de la compañía Cuarzo Blanco Inc.

Por Reinaldo J. Santana Bruno
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular
Fiesta de dramaturgas puertorriqueñas en Ponce, con el propósito definido de celebrar a las mujeres que producen literatura dramática en el país, seis dramaturgas se unieron sobre el escenario del Teatro Monseñor Vicente Murga, de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico, en Ponce. Dicha Fiesta de dramaturgas boricuas, llevada a cabo el pasado jueves 28 de agosto de 2025, es la más reciente propuesta de la compañía Cuarzo Blanco Inc., quien también festeja sobre tres décadas y media dedicadas al quehacer cultural. El junte, el cual encabeza su fundadora Adriana Pantoja, lo completan la también directora escénica Alina Marrero, Alejandra Ramos Riera, Rosita Archevald, Mary Ely Marrero-Pérez y Gladys Vanessa.
Todas aportaron un elemento esencial para esta “fiesta”, la cual constó de una pieza corta de su autoría, presentándose una detrás de la otra para el deleite de los presentes. La ambientación para comenzar la festividad se logró gracias a variadas canciones referentes a la mujer, las cuales le daban la bienvenida al público de todas las edades quienes iban acomodándose en sus butacas para la función de estreno a las diez de la mañana (y, luego, su segunda función, a las 7:30pm).
Al ritmo de la música del ayer, boleros, rock, balada pop y salsa -las que iban desde el dúo de Quique y Tomás, Luis Miguel y Ricardo Arjona, hasta Frankie Ruiz-, se fue llenando la sala con grupos invitados al espectáculo: estudiantes de escuelas intermedia y superior, universitarios, así como de la tercera edad. Este homenaje musical para las féminas solo era interrumpido cuando se anunciaban las consabidas llamadas que avisan la cercanía del comienzo de la presentación.
Yariel Hernández y Julio Vizcarrondo (Foto Suministrada)Durante toda la velada teatral -y como nos tiene acostumbrados Cuarzo Blanco-, se ofreció el servicio de lenguaje de señas, intérpretes que, además, se involucraron en la actuación de forma efectiva. Estos intérpretes, Omayra Cabiya y Yariel Hernández, fueron dividiendo sus roles escénicos para el beneficio de la producción en general. Cada obra era recibida por el escenario vacío: solo algunos elementos eran necesarios para agilizar las transiciones entre las piezas. Por su parte, el actor y director, oriundo de Ponce, Miguel Diffoot, en su rol de presentador del evento, iba informando al público sobre la obra a escenificarse y los datos biográficos de cada autora, sirviendo de transición efectiva entre las obras representadas.
El propio Diffoot fue el director de la primera obra, titulada “Ramiro”, de Alejandra Ramos Riera; e interpretada con verdad y convicción por el histrión Omar Torres Molina. En la pieza se nos presentó un nuevo día en la vida de un actor sin hogar, quien pasa sus días dentro de su carro, quizás el objeto de mayor valor que posee. Vimos a Ramiro despertar junto a los primeros rayos del sol, asearse y desayunar mientras se prepara mentalmente para enfrentar una audición teatral. A pesar de la precariedad en su rutina diaria, el arte que profesa parece llevarlo a renovar sus fuerzas e ilusiones. Por tal razón, luce preparado para cuando llegue el éxito tras muchos sacrificios personales, los cuales incluyen estudiar a gigantes del teatro como Shakespeare, Chéjov y Dostoievski, además de utilizar algunas de sus pertenencias como utilería para sus ensayos.
Torres Molina reflejó la complicada situación humana de un teatrero que no se rinde ante las adversidades. Fue una excelente combinación de buen texto y dirección escénica, junto a una actuación honesta e impecable, llena de matices convincentes.
Omayra Cabiya y Carlos Santiago (Foto suministrada)El segundo turno correspondió a “Noche”, escrita y dirigida por Adriana Pantoja, con las actuaciones de Carlos Santiago y la intérprete de lenguaje de señas Omayra Cabiya. Aquí se nos presentó a un hombre de 54 años, con evidentes trastornos sicológicos, atrapado en la mente de un niño. El ambiente maloliente y sucio en donde convive con manadas de moscas a la intemperie refleja el basurero emocional al que se ha tenido que enfrentar durante su existencia.
Tras la pérdida de la figura materna a temprana edad, Marcos sufrió durante toda la infancia tanto maltrato físico como espiritual por parte de su padre. Descubrimos ese irremediable daño cuando el personaje nos presentó a “Felipe”, un tigre blanco de peluche, el cual en cierta medida lo representa.
Marquitos tomó vida en la excelente interpretación de Carlos Santiago, quien se desdobló para mostrarnos esa relación disfuncional entre padre e hijo; y, también, la mente trastornada de quien añora un pasado y estilo de vida que nunca fue suyo.
Bajo la luna y las estrellas, va reflexionando sobre sus pérdidas, la conmoción de su complicada infancia y sus serios problemas existenciales, al punto de plantearse el suicidio como única manera de escape a sus circunstancias. En la impactante escena final de esta pieza, dirigida con gran sutileza, vimos cómo termina la vida del personaje principal, junto a su compañero Felipe -que representa su niñez-, mientras la noche sirve de cómplice a su cruel desenlace.
La profesora Rosita Archevald, quien dirigió su obra “Doble piel”, nos expuso a una vivencia personal convertida en teatro. Se trata de Manuelita, una mujer de edad avanzada -personificada por la actriz Mariel Martell-, quien vive en una casa de madera y ofrece sus servicios como santiguadora. Ella posee el don de sanar dolencias como un ejercicio de fe, imponiendo sus manos mientras reza: una especie de curandera dentro de la medicina tradicional.
En tiempos pasados, por el poco acceso a hospitales, era común este tipo de práctica para aliviar los dolores. Se visitaba los hogares de estas personas, a las que muchos conocían por el apodo de “mano santa” debido al consuelo que recibían sus dolencias tras ser atendidos por ellas. Manuelita, visiblemente cansada, se queja de la soledad cotidiana, pues a pesar de tener familia, no recibe ayuda ni visitas de sus hijos y nietos.
Entre las vivencias que va contando, muchas veces de manera cómica, se esconden sentimientos profundos y significativos, los cuales afectan hasta su propia calidad de vida. La ‘doble piel’ se refiere a su oficio pues, de forma constante, para ser efectiva, ella debe colocarse en la posición de los demás, en específico de sus clientes, quienes sólo pagaban lo que podían, cuando pudiesen. Lo anterior se extiende a Cohete, un adolescente con trastorno del desarrollo, quien la visita para realizarle favores; y a una joven con una grave lesión en su rodilla izquierda.
Estos personajes fueron interpretados por los jóvenes William Orona Pérez y Rosario Esmurria. La Milagrosa, como también le llamaban, cumplió finalmente su ministerio de servicio a los demás y su lucha contra el tiempo, rodeada de sus únicos acompañantes en el ocaso de su vida: su cuidadora y Cohete.
De inmediato, la atmósfera en la sala de teatro tomó un giro inesperado con la nueva propuesta de Alina Marrero, “TC-TRC”. La energía y fuerza interpretativa del actor Julio Vizcarrondo se hizo sentir desde su entrada, realizada por el público, con quien habló e interactuó directamente. Su llamativo y brilloso vestuario incluyó botas, gafas, peluca y traje; y no fue impedimento -como tampoco su constitución física- para mostrar su agilidad escénica, sobre todo al realizar maromas que cautivaron al público hasta los gritos.
En el programa de mano, entregado a los presentes, se añadió un glosario que definía términos utilizados por este personaje del espectáculo de las artes interpretativas. Se mencionaron algunos trastornos compulsivos que, en realidad, son sociales, políticos y hasta familiares; y que van tomando espacio dentro de nuestra psiquis colectiva e individual.
De las terapias se espera que puedan contribuir a alivianar el recuento de males y crímenes sociales que se van describiendo a través del monólogo. Por ejemplo, Esteno vive rodeado de cajas y acumula otras que simbolizan algunos males de la sociedad, males que lo afectan directamente: el machismo, el abuso contra los ancianos, el maltrato hacia niños y mujeres, la impunidad contra los violadores, pedófilos y homófobos, entre otros.
Gran trabajo el de la experimentada Alina Marrero, en todos los aspectos, entiéndase la dramaturgia, la dirección y en sus intervenciones en escena como apoyo para el montaje. En su parlamento final, pidió al público que lo aplaudieran y le gritasen “bravo”; y el público, gustoso y sin dudar, le obedeció, poniéndose de pie.
Rosario Esmurria y Mariel Martell (Foto Suministrada)El elemento sorpresa continuó con la puesta en escena de “La Sombra de una bruja”, de la escritora Mary Ely Marrero-Pérez, quien también dirigió esta parte de la presentación. Resultó eficaz la combinación de diferentes medios artísticos entrelazados en la propuesta. Nos referimos a la música interpretada en vivo, a la ejecución de una obra de arte ante los ojos del público y al trabajo actoral de la joven Natalia Mejía.
Todo comenzó con acordes de guitarra y la melodiosa voz de Sherliemarie Nieves, quien se mantuvo, durante toda la travesía, tocando su instrumento, vocalizando e interactuando con la protagonista. Al otro extremo, vimos un canvas en blanco, en el cual la actriz comenzó a pintar en color negro, utilizando pinceles y sus propias manos.
La actriz lucía llorosa o más bien desesperada, vistiendo un traje negro -el cual combinaba con sus labios rojos-, cargando un evidente peso emocional sobre sus hombros. La oscura pintura era un reflejo de su alma, sin fe ni amor, pero buscando descifrar sus sombras. Se llamó a ella misma “Bruja”, mientras lanzaba reproches, uniéndose por momentos a los coros musicales que le servían de apoyo existencial.
Vimos cómo la actriz Mejía iba convirtiéndose en una extensión del cuadro, a la vez que le enseñaba al público la pintura negra en sus manos, como especie de cicatrices que representan las “sombras” que causan el patriarcado, la misoginia y la opresión hacia las mujeres. Hacia el final, utilizó pintura roja dando la sensación de una mancha de sangre sobre la obra abstracta que realizaba. Al terminar su cuadro, todos descubrimos que, durante sus parlamentos, la actriz había realizado -ante unos muy sorprendidos espectadores- un auto retrato suyo, intentando describir la “difícil tarea de ser mujer”.
Horacio Serrano, Leslie Van Zandt y Karen Olivera (Foto suministrada)Para poner punto final a la secuencia de escenas, de entre 15 a 20 minutos de duración, se presentó “La Diosa Justiciera”, de Gladys Vanessa, quien como la mayoría de sus compañeras dirigió su propuesta escénica. Las actrices Leslie Van Zandt y Karen Olivera, junto al actor Horacio Serrano, trajeron a nuestro recuerdo mujeres de diferentes épocas a las que se les negó la difusión de su trabajo literario.
En muchas ocasiones, estas féminas se vieron obligadas a firmar sus obras como anónimos o con el nombre de algún hombre.
Desde el teatro en la Edad Media y del Siglo de Oro español hay constancia de destacadas dramaturgas, así como más cerca de nuestra zona, en específico Méjico, tuvimos el surgimiento de Sor Juana Inés de la Cruz, durante el siglo XVII. En la pieza incluso, como parte de los elementos de escenografía, se presenta frente al público una obra de arte de un grupo de mujeres pero que no tienen rostro, precisamente, uno de los planteamientos de la pieza. Para llevar este mensaje, se utilizaron elementos del teatro del absurdo, con personajes de otros tiempos, como la misma Diosa Justiciera, para la cual la actriz Van Zandt actuó sobre zancos y su compañera Olivera trabajó diferentes roles dramáticos.
La figura masculina es ninguneada y ridiculizada por los personajes femeninos, quienes terminan enjuiciándolo “por tantos años de opresión”, para que finalmente las mujeres lograsen escribir con libertad a partir de ese momento. Debemos reconocer el atinado y efectivo trabajo técnico que acompañó a estas seis piezas cortas que contienen los elementos necesarios para un eventual desarrollo.
La banda sonora y el sonido general del evento estuvo en las seguras manos de Chenan Martínez. Igualmente, el diseño de luces para cada obra estuvo a cargo del también actor Omar Torres Molina, quien, junto a la productora general, Adriana Pantoja, laboró en la regiduría escénica. De la misma forma, reconocemos a los técnicos del teatro de la universidad ponceña, el arte y las fotos de José Brocco, así como las relaciones públicas de Rafie Echevarría, de Iconic Media. La Fiesta de dramaturgas boricuas, presentada libre de costo, fue del agrado de un público que se dejó sentir durante toda la mañana y, luego, la noche; y que premió, con una ovación de pie, el trabajo colectivo al momento en que todos los participantes salieron al saludo final.
Sin duda, el concepto de reunir y presentar el trabajo de nuestras escritoras de teatro es uno novedoso, el cual se presta para que se establezca de aquí en adelante. Escoger el sur de Puerto Rico para crear esta reunión fue otra efectiva decisión, pues estimula el quehacer teatral y cultural en esa región. Esta “fiesta” merece celebrarse todos los años y expandirse por toda la Isla, tal vez para homenajear a distintas dramaturgas del pasado y, a su vez, dar a conocer a las que van surgiendo. Un fuerte aplauso para esta innovadora forma de difundir nuestro teatro nacional contemporáneo.
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