Alexandra De Castro, la ficción como espejo de la ciencia
Con Irreversible se mete en la piel de diez pioneros


Jorge Gómez Jiménez
A medio camino entre la ciencia y la literatura hay un territorio poco transitado: el de las historias de quienes dedicaron su vida a expandir los límites del conocimiento y que, sin embargo, rara vez figuran más allá de una nota al pie en los libros de historia. Personalidades atravesadas por la pasión intelectual, la soledad del investigador, la incomprensión de su tiempo o la injusticia de ser olvidadas. Allí es donde se detiene la mirada de Alexandra De Castro para levantar, desde la narrativa, un mapa humano de la ciencia.
Irreversible reúne diez relatos que, sin renunciar al rigor histórico, se adentran en la intimidad de figuras como Émilie du Châtelet, Niels Bohr, Ludwig Boltzmann, Marietta Blau o Beatrice Hill Tinsley. Haciendo gala de una clara y cuidada prosa, la autora reconstruye sus trayectorias desde perspectivas diversas: la voz del propio protagonista, la mirada de un testigo, la forma epistolar o el retrato omnisciente. El resultado es un mosaico que humaniza a científicos célebres y rescata a otros injustamente marginados, revelando cómo los pioneros que le dieron forma al conocimiento contemporáneo fueron también personas con amores, miedos, derrotas y pequeñas victorias.
Doctora en Física y con una amplia experiencia como investigadora en Venezuela, Alemania y Australia, De Castro combina en este libro el rigor de quien conoce a fondo el mundo científico con la sensibilidad de una narradora capaz de abordar la dimensión más íntima de sus personajes. Hoy conversamos con ella para explorar ese camino que ha recorrido hasta escribir Irreversible y hurgar en sus decisiones narrativas y en las resonancias personales de una obra que convierte la ciencia en relato humano.


Irreversible, ciencia llena de fantasía
Irreversible le presenta al lector una propuesta ya de por sí interesante: rescatar figuras científicas, muchas veces olvidadas o poco reconocidas, y devolverles cuerpo y voz desde la literatura. Es además una obra que condensa tu experiencia como científica y como narradora. ¿Cómo empezó esta aventura? ¿Planeaste desde el principio escribir un libro con estas características o los cuentos fueron apareciendo hasta que descubriste que podías convertirlos en un conjunto?
Antes de la pandemia, hace unos seis o siete años, comencé a escribir un libro de divulgación científica. Sentí que era el momento de hacerlo. Recuerdo, además, que Héctor Torres me animó y me habló de un concurso. Avanzaba lento, pero llegué relativamente lejos en el libro, pasé las cien páginas. En algún momento lo abandoné por múltiples razones (me enfermé y me operaron, tenía un trabajo muy bueno pero muy absorbente; en fin, la vida).
Después de un largo hiatus, hace dos años, ya casi tres, no recuerdo por qué, me acordé del libro, lo desenterré. Resulta que mientras lo leía hubo una especie de revelación: yo ya no quería escribir ese libro. En aquel manuscrito me encontré con algunos episodios biográficos que había incluido, personajes con vidas muy ricas, algunas realmente extraordinarias, no sólo por sus descubrimientos sino por su contexto histórico, el camino empedrado recorrido. Inmediatamente lo entendí: quería concentrarme en la belleza de la ciencia como empresa humana, no como un conjunto de “hechos” secos, de descubrimientos sin contexto social, histórico, emocional.
Entonces, extraje a varios personajes de aquel manuscrito y comencé a investigarlos a fondo. Leí biografías, cartas, obituarios, entrevistas… Me interesaba sobre todo acercarme a sus gustos, su personalidad, su carácter, sus contradicciones; saber quiénes fueron realmente. El primero fue Évariste Galois, aquel niño genio fascinante. Otros no estaban en el libro de divulgación, pero ya embarcada en este nuevo proyecto, hice una lista de personajes que me habían impresionado desde siempre y seguí con ellos.
En algún momento le mostré un manuscrito con un par de cuentos a José Urriola y él, con toda su sabiduría y pedagogía, me los criticó y me animó a terminar un libro. Le pareció una idea fantástica. Recuerdo que me dijo: “Este libro es para ti; si alguien puede escribir un buen libro como este, esa eres tú”.
Todo eso me hizo recordar a Alice Munro y su “Demasiada felicidad”, un cuento largo sobre la vida de la matemática rusa Sofia Kovalévskaya. Lo releí para agarrar impulso.Lee también en Letralia: reseña de Irreversible, de Alexandra De Castro, por Jorge Gómez Jiménez.
Muchos de los protagonistas que retratas fueron relegados o silenciados por razones políticas, de género o de incomprensión académica. ¿Cómo seleccionaste las vidas que finalmente integraron el volumen? ¿Hay alguna personalidad de la ciencia sobre la que te hubiera gustado escribir y que por alguna razón se quedó fuera?
Mi selección es bastante personal. La mayoría son físicos, que es mi área profesional. Cada uno de los personajes de Irreversible me impresionó en algún momento de mi carrera, me marcó con sus descubrimientos para siempre. Y sí hay muchos más, por supuesto; en Irreversible hay una muy pequeña muestra, una especie de degustación. Me hubiese encantado hablar de muchos otros; por ejemplo, de Lavoisier, un personaje sumamente complejo y víctima de la época del terror de la Revolución francesa.
Me interesan los personajes complejos, con vidas complicadas, que tienen un espíritu heroico en cierta forma, o lo tienen para mí; que no se rinden, que no abandonan la ciencia sin importar el destino que los arrastre. Por ejemplo, yo nunca hubiese dejado fuera a Galois o a Boltzmann, quienes son muy conocidos en el ambiente técnico, pero para el resto del mundo tienen un puesto muy inmerecido en el olvido. Comparados con Newton o Einstein, por ejemplo, quienes han tenido mucho más “marketing”.
“No tenemos otra opción para conocer la realidad sino a través de la imaginación”, nos recuerda José Urriola en el prólogo de tu libro. ¿Existen, a tu juicio, paralelismos entre la ciencia y el arte?
Yo pienso que sí. Ambos requieren de mucha imaginación. La matemática Sofia Kovalévskaya decía que la matemática era “una ciencia llena de fantasía” y eso es una gran verdad. Es imposible hacer ciencia sin imaginación, e incluso es imposible aprenderla en la universidad, aprenderla bien. Nadie ha visto un electrón, nadie puede ver bacterias a simple vista, aprendemos de moléculas que se doblan, que reaccionan, o de agujeros negros, sin tener acceso a ellos directamente. Tienes que poder “verlos” en tu cabeza para que todo eso cobre sentido para ti como científico, y tienes que atreverte a “inventar” lo que no existe todavía como conocimiento científico. Así es como la ciencia avanza. La ciencia es literatura: cada ecuación cuenta una historia, una historia que se puede contar en palabras; si un científico no puede narrarte la historia que se lee en una ecuación es porque no la entiende.Lee también en Letralia: “La naturaleza del fuego”, uno de los cuentos de Irreversible, de Alexandra De Castro.
Alexandra De Castro: las preguntas de la literatura
Cada relato tiene una arquitectura propia, pero si algo destaca del conjunto es el empleo de complejas herramientas narrativas que convierten a Irreversible en una grata experiencia para el lector. El testimonio epistolar, la narración omnisciente, la narración en primera persona, son tonos que conviven en tu libro. ¿Qué criterios literarios te guiaron para elegir las distintas voces y estructuras? ¿El tono “viene” con la idea, aparece al momento en que concibes la historia?
Sí, esa escogencia resultó más bien orgánica. Muchas veces comenzaba con una voz, casi siempre omnisciente, pero me costaba seguir, sentía que no le daba el justo valor a la historia. Cuando leí el obituario escrito por Auguste Chevallier, el amigo de Évariste Galois, por ejemplo, lloré. Lo sentí tan profundo que en ese momento pensé: Auguste tiene que escribir esta historia, no yo. Me calcé en los zapatos de Auguste y así nació esa historia, digna de ser publicada. Luego, por ejemplo, cuando estaba investigando y escribiendo sobre Tycho Brahe, me sentí tan identificada con su amor por la astronomía y la poca compresión de su entorno que sentí que la primera persona era lo adecuado.
En aquel momento estaba leyendo Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar. Antes de leer esa novela, no había considerado usar la primera persona para escribir sobre un “héroe histórico”. Al principio también tuve mis dudas, pensaba que no merecía calzarme esos zapatos, pero Marguerite Yourcenar lo hace con el emperador Adriano con tanta maestría que me estimuló a atreverme.
En el caso de la carta, la escribí inspirada por una entrevista que le hicieron a Leopoldo Halpern, el personaje que escribe la carta en mi cuento “Estrellas de plata”, incluido en Irreversible. Me estremeció escuchar (la encontré en Google grabada) aquella fuerza con la que defendía la obra de Marietta Blau. Además, supe que él había sido consultado por biógrafos de Blau, entonces imaginé cómo hubiese sido la correspondencia entre Leopoldo y alguno de estos biógrafos.
Ignoro si esto es común en los escritores. Entiendo que los más curtidos planifican al narrador. A mí me gusta experimentar con las voces hasta que me siento cómoda con esa voz. Por otro lado, admiro a los escritores que se atreven a elegir formas narrativas interesantes, como Albert Camus en La caída, cuyo narrador está en primera persona, pero el resto de las voces están totalmente apagadas, o en Aura, de Carlos Fuentes, que la leí de adolescente, una novela en segunda persona.Hay varias películas que influenciaron la voz narrativa de algunos de mis relatos en Irreversible.
Hay una cadencia visual en muchos relatos que recuerda al montaje cinematográfico, con saltos temporales, escenas que abren en momentos de tensión y retrocesos explicativos. ¿Qué importancia tiene el cine en tu impulso creador?
Muchísima, me encanta el cine. Para mí, ver películas va más allá del simple entretenimiento. Me gusta observar la estructura narrativa —también de las series—, tratar de entender la intención del director. Alejandro Amenábar, Lars von Trier, Ridley Scott, Cristopher Nolan, Akira Kurosawa, Andréi Tarkovsky, son mis influencias más cercanas.
Hay varias películas que influenciaron la voz narrativa de algunos de mis relatos en Irreversible. Por ejemplo, Amadeus (Milos Forman, 1984) fue mi inspiración para “La naturaleza del fuego”. Otras películas que influyeron en mi proceso creativo fueron Oppenheimer (Christopher Nolan, 2023) y Ágora (Alejandro Amenábar, 2009).
Las películas y las imágenes son muy poderosas. Con apenas dos dimensiones ya te muestran lo posible y lo imposible, como en los cuadros de Escher.
Y más allá de toda influencia, o no sé si gracias a ella, siempre he tenido una imaginación muy “visual”. Visualizo en mi mente desde moléculas y átomos hasta paisajes intergalácticos. Mis recuerdos también son muy visuales y la interpretación de lo que leo. De modo que, cuando escribo, siento un impulso de mostrar todos esos escenarios que imagino.
En el epílogo comentas que muchos de los enigmas que preocuparon a los científicos protagonistas de tu obra dejaron de ser enigmas con el tiempo. Esto nos plantea una mirada quizás irónica sobre el hecho de que las certezas que nos da el conocimiento pueden ser, como la vida, efímeras, pues la acumulación de este conocimiento da paso a nuevas certezas. ¿Qué significado tiene esta noción para ti, tanto desde la literatura como desde la ciencia?
Y cada “certeza” también da paso a nuevas preguntas, muchas. Para mí, lo más emocionante de la ciencia es que es una actividad más de preguntas que de respuestas y eso la mantiene viva. Y creo que en la literatura también ocurre: siempre surgen preguntas en la lectura de un cuento o de una novela y uno responde completando con la imaginación. Creo que la buena literatura produce esa sensación en el lector.Los oficios científicos, sobre todo en la física, son todavía ambientes dominados por los hombres. Yo misma fui muchas veces la única mujer en la “habitación”.
Una autora que escribe sobre lo que la apasiona
En algunos relatos, como los dedicados a Marietta Blau o Beatrice Hill Tinsley, se percibe una especial atención a la experiencia femenina en un entorno dominado por hombres. Estamos en un momento de resignificación y revaloración de los géneros, y me gustaría que nos contaras, desde tu privilegiada perspectiva —conocedora del medio desde sus entrañas—, cómo se vive esta realidad en el ámbito científico contemporáneo.
Los oficios científicos, sobre todo en la física, son todavía ambientes dominados por los hombres. Yo misma fui muchas veces la única mujer en la “habitación”, en salones de clase, en conferencias, en grupos de investigación… Aunque nunca lo vi como un gran problema (me adapté desde el principio), sí hubo muchos bemoles: mucha soledad y barreras invisibles, como cuando llega el momento de la maternidad o ascender a cargos de responsabilidad en la carrera. He visto a mujeres brillantes, con premios, a quienes les niegan una posición fija en las universidades europeas.
Aunque hay claras mejoras con respecto a tiempos pasados, todavía debemos enfrentar muchos techos de cristal. Sólo mujeres muy particulares logran romperlos, no sólo por ser brillantes; la inteligencia no alcanza. Estamos obligadas a imitar a los hombres para que nos tomen en cuenta, casi ser uno de ellos, como si la ciencia necesitara ser “masculina”.
Leo en tu biografía que el año 2014 fue como un parteaguas en tu trabajo. Hasta entonces ejercías eminentemente la investigación y la docencia, pero a partir de allí te convertiste en una comunicadora de la ciencia. Conociendo esta evolución, ¿qué vino primero? ¿La literatura o la ciencia?
En cierto sentido, ambas. La ciencia era lo que yo quería hacer, perseguir como carrera desde los ocho años, tal vez antes. Y lo logré, fui científica y lo disfruté, aunque reconozco que el oficio dista mucho de la imagen romántica que uno se hace de joven. La literatura siempre estuvo allí pues siempre me ha gustado leer. Siempre leí por placer, desde muy niña, pero nunca se me ocurrió que podía ser escritora. Por mucho tiempo lo vi como algo para disfrutar como espectadora.
La transición en mi carrera se dio por razones personales. La soledad y las dificultades de la madre de una niña pequeña sumada a la del migrante. Necesitaba hacer algo menos absorbente, más flexible. La investigación es muy exigente, exige de todo tu tiempo y atención, prácticamente te convierte en una especie de monje, y hoy en día la competencia por quién publica más artículos científicos es sumamente agresiva, ha tergiversado el oficio del científico.
Entonces me puse a explorar opciones. Yo había hecho algo de divulgación en ferias universitarias, me encantaba hacer ese trabajo, incluso lo hice en museos en Caracas, como el Museo de Ciencia de la Plaza de los Museos. En 2013 hice un posgrado en Comunicación Científica en la Universidad de Oviedo, en el Departamento de Filosofía, y no he vuelto la mirada atrás. Pero lo que realmente me enganchó fue ponerme a escribir; aunque siempre me aconsejaron hacer videos y tiktoks, eso nunca me llamó la atención.Bioy Casares me enseñó que la ciencia ficción no es sólo futurismo y tecnologías inventadas.
Siempre es disfrutable un buen texto literario que tenga la ciencia como protagonista. Pienso en los textos del chileno Benjamín Labatut, en El anatomista de Andahazi, en la ciencia ficción de Ted Chiang. ¿Eres lectora de este subgénero? ¿Algún autor o título que te haya marcado especialmente?
He leído ciencia ficción, pero no es mi literatura de cabecera. De Labatut me encanta encontrarme con una persona fuera del área de la física que de pronto le preste tanta atención. Eso es increíblemente valioso para mí y para los físicos en general. Él hace una buena investigación y su narrativa es muy madura, es excelente escritor.
De entre la literatura de ciencia ficción que me marcó, recuerdo con mucho cariño Solaris, de Stanislaw Lem, o los cuentos de Julio Verne que leí siendo muy niña. Ray Bradbury me enseñó que puede haber poesía en la ciencia ficción. José Urriola me enseñó que cualquier relato puede encerrar belleza, lo importante es cómo lo cuentas; Bioy Casares me enseñó que la ciencia ficción no es sólo futurismo y tecnologías inventadas. Borges y su Historia universal de la infamia, Mary Shelley y Margaret Atwood, me enseñaron a no tenerle miedo a explorar lo más oscuro de la humanidad.
La ciencia es sin duda alguna uno de los grandes potenciadores del bienestar (también uno de los grandes vehículos de la guerra, pero eso es otra historia). Estoy convencido de que obras divulgativas como Irreversible, que conjugan ciencia y literatura, ciencia y arte, pueden inspirar a un lector joven y conducirlo hacia una vocación científica. ¿Piensas en este tipo de lector cuando escribes?
Para ser honesta, no pienso en un lector en particular. Simplemente, escribo sobre lo que me apasiona. Creo que Irreversible transmite ese cariño que siento por la ciencia, la admiración por esos personajes que marcaron mi vida, y en ese sentido puede tener ese efecto “contagioso”.

Editor en Letralia
Escritor venezolano (Cagua, Aragua, 1971). Dirigió entre 1989 y 1990 la Peña Literaria Cahuakao, en Cagua y, entre 1990 y 1993, el semanario El Tabloide, de la misma ciudad. Desde 1996 edita la revista literaria Letralia, Tierra de Letras, la primera publicación cultural venezolana en la red. Ha publicado, entre otros títulos, los libros de cuentos Dios y otros mitos (1993) y Uno o dos de tus gestos (2018), las novelas breves Los títeres (1999) y Juez en el invierno (2014), la antología de narrativa venezolana Próximos (2006; bilingüe, chino-español), la novela El rastro (2009) y la plaquette de poesía Mar baldío (2013). Textos suyos han aparecido en diversas antologías dentro y fuera de Venezuela. Ha obtenido, entre otros, el primer lugar en el X Concurso Anual de la Universidad Central de Venezuela (Maracay, 2002) y en el Concurso de Minicuentos Los Desiertos del Ángel (Maracay, 2012). Además, con Letralia recibió el Premio Nacional del Libro (Caracas, 2007) y ha sido en dos ocasiones finalista, y una vez mención honorífica, de los premios Stockholm Challenge (Estocolmo, Suecia, 2006, 2008, 2010). Su novela El rastro, publicada en Internet entre 1996 y 2008, recibió en 2007 el puesto Nº 32 en la lista “Las mejores 100 novelas de la lengua española de los últimos 25 años”, de la revista Semana, de Colombia. Textos suyos han sido traducidos al francés, inglés, italiano, catalán, esloveno y chino.
Sus textos publicados antes de 2015
4 • 13 • 22 • 30 • 46 • 49
Editorial Letralia: 2000: el futuro presente (coautor)
Editorial Letralia: Libro de hacedores (coautor)
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