1868, un año de vientos revolucionarios
En septiembre de 1868, cuando los aires de Cádiz olían a sal y a conspiración, España despertó de un sueño monárquico que había durado demasiado. La reina Isabel II, cuyo reinado se tambaleaba entre escándalos y derrotas, fue desalojada del trono no por un acto de Dios, sino por un coro de generales, poetas y campesinos hastiados.


Wilkins Román Samot
(San Juan, 10:00 a.m.) En septiembre de 1868, cuando los aires de Cádiz olían a sal y a conspiración, España despertó de un sueño monárquico que había durado demasiado. La reina Isabel II, cuyo reinado se tambaleaba entre escándalos y derrotas, fue desalojada del trono no por un acto de Dios, sino por un coro de generales, poetas y campesinos hastiados. La llamaron La Gloriosa, aquella revolución que prometía libertad, progreso y un amanecer sin corona. Pero mientras las campanas tocaban a rebato en la Península, el eco de la libertad cruzaba el océano como un fantasma familiar, llegando a las costas de Cuba y Puerto Rico, donde otros pueblos alzaban sus voces bajo el mismo cielo de septiembre.
El Baile de los Cañones en España
Todo comenzó con un manifiesto escrito en la bruma del exilio. El general Juan Prim, de bigote afilado y mirada de halcón, junto a Francisco Serrano y otros prohombres liberales, convocaron al pueblo a “derribar el trono podrido de Isabel”. El 19 de septiembre, en Cádiz, los sones de La Marsellesa se mezclaron con el rumor de las olas. Los soldados, en vez de balas, lanzaron promesas: sufragio universal, libertades civiles, una Constitución. Isabel II huyó a Francia, y España se vistió de esperanza con un gobierno provisional que juró enterrar el absolutismo.
Pero la revolución, como un barco sin timón, pronto navegó entre tempestades. Los republicanos, los monárquicos demócratas y los unionistas bailaron un vals de desencuentros. Mientras, en los cafés de Madrid, se hablaba de colonias lejanas donde el sol no se ponía, pero sí la paciencia.
El Grito que Cruzó el Océano
En el Caribe, octubre de 1868 fue un mes de fuego y poesía. En Cuba, Carlos Manuel de Céspedes, un hacendado de barba blanca y corazón rebelde, liberó a sus esclavos el 10 de octubre y les entregó armas. “¡Viva Cuba libre!”, gritó en La Demajagua, iniciando la Guerra de los Diez Años, un grito ahogado en sangre pero inmortalizado en versos. Mientras tanto, en Puerto Rico, el 23 de septiembre, cientos de campesinos y artesanos, liderados por Ramón Emeterio Betances —médico, poeta y conspirador—, tomaron el pueblo de Lares. Proclamaron la República de Puerto Rico entre banderas tejidas a prisa y sueños de abolición.
Fue como si el huracán de La Gloriosa hubiera enviado sus ráfagas a las Antillas. Los independentistas caribeños, muchos exiliados en España o educados en sus universidades, vieron en la caída de Isabel II una grieta en el muro del imperio. “Si Madrid se rebela contra su reina, ¿por qué no habríamos de rebelarnos nosotros?”, escribió Betances en una carta que nunca llegó a Cádiz.
El Espejismo de la Libertad
El gobierno provisional español, sin embargo, no entendió —o no quiso entender— que el mismo viento que derribó a Isabel II agitaba las palmas caribeñas. Mientras Prim buscaba un rey europeo para España (ironías del destino: hallaría la muerte en un atentado antes de verlo coronar), las colonias seguían siendo “provincias de ultramar”, un eufemismo para no decir “esclavas”.
En Cuba, el capitán general Francisco Lersundi respondió a Céspedes con fusiles y cañoneras. En Puerto Rico, el Grito de Lares fue sofocado en horas, sus líderes encarcelados o ejecutados. España, aunque revolucionaria, seguía atada al espejismo de un imperio que ya no existía. La libertad, parecía, era un lujo reservado solo para la metrópoli.
Epílogo: Las Semillas del Futuro
1868 terminó con una paradoja: en España, un trono vacío y una Constitución en ciernes; en Cuba y Puerto Rico, rebeliones ahogadas pero no olvidadas. La Gloriosa, como todas las revoluciones, dejó promesas incumplidas. Su gobierno, efímero, cayó en 1874 con la restauración borbónica.
Sin embargo, en el Caribe, aquel año quedó grabado como el inicio de algo más grande. José Martí, entonces, escuchó las historias de Céspedes y supo que la independencia no era un sueño, sino una semilla. Betances, desde el exilio, siguió conspirando, convencido de que “el que no tiene patria, la tiene en el tiempo”.
Así, 1868 fue un año en el que el mundo giró dos veces: una para derrocar una reina, y otra para sembrar la idea de que ningún pueblo nace para ser colonia. Como escribió un testigo anónimo en las crónicas de aquel otoño: “El mar no separa, une. Y en sus olas, tanto España como sus antiguas colonias aprendieron, tarde o temprano, que la libertad es un río que no se detiene”.
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