Trump y su nueva guerra de las galaxias


Por Hedelberto López Blanch | 06/10/2025 | Mundo
Con sus ínfulas de intentar convertirse en el nuevo emperador del mundo, el presidente Donald Trump, apoyado por el complejo militar industrial, aspira a convertir el mundo en un escenario parecido a la serie de películas de la Guerra de las Galaxias.
Como parte de la estrategia para fortalecer la supuesta seguridad nacional, Trump anunció el 20 de mayo de 2025 el desarrollo del sistema de defensa antimisiles escalonado denominado Cúpula de Oro, en inglés Golden Done.
Este proyecto pretende revivir el programa «iniciativa de defensa estratégica» que se inició en 1984 bajo el control personal del entonces presidente Ronald Reagan pero que fue cancelado por el abultado costo financiero.
Este proyecto consiste en crear una amplia red de satélites de reconocimiento y combate que permitan rastrear en tiempo real y con alta precisión, el lanzamiento de cualquier tipo de misil y si es necesario, neutralizarlos con armas láser, cinéticas o de radiofrecuencia orbital. Eufóricamente, Trump destacó que el sistema será capaz de interceptar misiles «incluso si se lanzan desde la parte opuesta del mundo».
Estas acciones unilaterales de Estados Unidos innegablemente resultan una violación del equilibrio de poder en el orbe y el principio de seguridad mutua, que excluye el aumento del nivel de seguridad de un Estado a expensas del debilitamiento de otros países y representaría el desencadenamiento de una nueva carrera armamentista pues otras naciones comenzarían a actuar simétricamente para preservar su seguridad.
Sería una peligrosísima acción de Estados Unidos por militarizar el espacio en aras de garantizar el dominio global y una herramienta de presión sobre otros posibles rivales geopolíticos.
Una investigación de la compañía estadounidense Union of Concerned Scientist informó en 2024 que el número de satélites artificiales de doble uso y militares de la Tierra han aumentado en un número sin precedentes.
Los especialistas aseguran que los esfuerzos de Washington para aumentar su presencia militar en el espacio son indicativos de su deseo de apoderarse del espacio cercano a la Tierra, lo que posteriormente permitiría a la Casa Blanca dictar en forma agresiva sus condiciones en el escenario internacional.
El proyecto Cúpula de Oro creará una carga financiera adicional en los presupuestos de Estados Unidos y los países de la OTAN. Según el Pentágono del 2025 hasta 2028 costaría 175 000 millones de dólares pero expertos señalan que el «nuevo paraguas antimisil» aumentará a 500 000 millones de dólares.
Como consecuencia se incrementaría la ya abultada deuda pública norteamericana y ocurriría una gran disminución en los programas sociales. Para su implementación Washington busca transferir buena parte del costo a los miembros de la OTAN, países que en su mayoría atraviesan fuertes problemas económicos y financieros.
Un documento de la American Physical Society indica que el número de interceptores espaciales necesarios para garantizar la destrucción de un solo misil balístico es de varios miles de dólares y por tanto el costo de colocar una agrupación de interceptores en el espacio será prohibitivo.
Es de suponer que otras potencias nucleares y espaciales como Rusia y China, con gran experiencia en ese campo no se quedarán atrás y podrán desarrollar medios para destruir satélites en poco tiempo.
Recordemos que la extinta Unión Soviética, hoy Rusia, fue la primera nación que abrió el desarrollo de la era espacial y se ha mantenido a la vanguardia en ese campo, mientras que China ha tenido en los últimos años un enorme avance y hasta ha logrado llevar con éxito una nave espacial a Marte.
Esperemos que las cabezas acaloradas en Estados Unidos, impulsadas por el convicto presidente Donald Trump, no lleguen a coronar sus militaristas proyectos espaciales con lo cual se podría provocar una real Guerra de las Galaxias.
Hedelberto López Blanch, periodista, escritor e investigador cubano, especialista en política internacional.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
La impagable aportación de los anarcoliberales que gobiernan al estudio de la economía
Por Juan Torres López | 06/10/2025 | Economía

Fuentes: Ganas de escribir
Durante más de un siglo, los economistas que gozan de más influencia y reconocimiento académico, mediático y político se han esforzado en hacer creer que la economía es un mecanismo de ingeniería social que funciona por sí solo, regido por leyes propias cuyo funcionamiento, precisamente por serlo y como le sucede a cualquier ley natural, queda fuera del alcance de los seres humanos.
Afirman que los precios de los bienes y servicios que satisfacen nuestras necesidades se determinan automáticamente por la ley de la oferta y la demanda. Repiten constantemente que los mercados funcionan autónomamente, como la maquinaria de un reloj, y aseguran que dejarlos actuar sin intervención, sin dictados ni reglas, promoviendo la desregulación más intensa y el libre cambio, es la mejor vía para alcanzar el mayor beneficio particular y el bienestar general.
Aseguran que, en esos mercados, los más deseables y a los que hay que aspirar, todos los sujetos tienen la misma información y que ninguno de ellos puede influir sobre la conducta de los demás, ni imponer su voluntad sobre el resto de productores y consumidores. O que la retribución de los diferentes sujetos depende objetivamente de su contribución (igualmente objetiva) a la producción. Difunden modelos en los que se asegura que las variables fundamentales, como la inversión, sólo dependen de otras, como los tipos de interés, que están dentro del propio modelo. En el cual, además, sólo tienen cabida los elementos o relaciones que tienen expresión monetaria.
Desde casi el primero momento en que esas tesis fueron formuladas, otros economistas demostraron matemáticamente o con datos empíricos, que eran falsas y que la realidad mostraba que la economía no funcionaba de ese modo.
Sin embargo, aunque nunca (he dicho nunca) se haya podido mostrar en ningún libro o manual (he dicho en ninguno) algún ejemplo real de las supuestas leyes de la oferta y la demanda; aunque Piero Sraffa demostrase que las hipótesis sobre las que se sostiene el modelo teórico del que se deducen las bondades del mercado son inconsistentes; aunque Nicholas Georgescu-Roegen dejara claro que las tesis y propuestas de la economía liberal dominante contradicen las leyes de la termodinámica; a pesar de que la realidad mostrase diariamente multitud de ejemplos concretos que mostraban que las cosas no funcionan como dicen los economistas del pensamiento dominante… a pesar de ello, estos no sólo siguen defendiendo sus tesis, sino que continuan recibiendo premios, honores, y el máxima apoyo para que difundan su pensamiento.
Sin embargo, la llegada al gobierno de líderes que abiertamente defienden las tesis más radicales de la economía liberal (hasta el punto de denominarse a sí mismos, anarcoliberales para mostrar que su rechazo al Estado es radical) está produciendo un curioso efecto.
Los mismos que siguen defendiendo en sus escritos las tesis del automatismo del mercado hacen justamente lo contrario cuando gobiernan, mostrando así claramente que sus tesis son un disparate tan grande que ni sus partidarios más acérrimos puede ponerlas en práctica.
En lugar de renunciar al Estado, multiplican la regulación y las normas: ningún otro presidente de Estados Unidos ha emitido tantas órdenes ejecutivas como Trump, y el argentino Milei ya va por dos rescates del papá Estado al que decía haber renunciado, además de haberse aprovechado de él para llevar a cabo prácticas corruptas y, sobre todo, para ayudar a los grupos de interés que lo apoyan políticamente. En lugar de favorecer la información perfecta y gratuita de los sujetos económicos, lo habitual es ver a estos anarcoliberales confraternizando sin disimulo o incluso compartiendo gobiernos con los propietarios de los grandes oligopolios. Trump obliga a las corporaciones farmacéuticas a que fijen los precios a su conveniencia, obliga a las empresas a que inviertan allí donde él decide, se salta a la torera el libre comercio y basa las relaciones económicas internacionales en la extorsión y la amenaza. Cuando gobiernan, son los propios anarcoliberales quienes se empeñan en mostrar que la inversión no se comporta como dicen sus modelos, ni los beneficios se obtienen como aseguran las teorías económicas que defienden. Trump no sólo no oculta que manipula los mercados para producir ganancias a los grupos de interés que lo apoyan, sino que se vanagloria y hace ostentación de ello.
Son los propios anarcoliberales los que están demostrando, ahora que gobiernan, lo que con más intensidad han querido ocultar durante más de cien años: la economía no es un mecanismo automático, ni funciona en virtud de leyes naturales, sino que es el poder, el diferente poder de los distintos sujetos económicos, lo que determina qué ocurre y qué no en las relaciones económicas, qué tipo de resultados dan, y quién se beneficia de ellos en mayor o menor medida.
Y lo más extremo: quienes alardean de ultraliberales, demuestran que no son ni siquiera un poco liberales, sino líderes autoritarios, enemigos de la libertad y expresamente contrarios a la filosofía de la empatía y el respeto que defendieron los grandes pensadores del liberalismo.
El trumpismo y la motosierra de los anarcoliberales no son sino la simple puesta en marcha del inmenso poder del Estado para favorecer a los viejos amos del mundo, las finanzas y grandes corporaciones, y al emergente capitalismo tecnológico de las redes y la nube que no puede funcionar con asalariados y democracia, sino con siervos y dictaduras que lo protejan.
Como muestro en un nuevo libro que estará en librerías a partir del 12 de noviembre (Cómo sobrevivir al trumpismo y a la economía de la motosierra), lo que estamos empezando a ver de la mano de los gobernantes anarcoliberales es un fraude intelectual, un disparate que terminará muy mal, si no se le pone fin con los nuevos modos de pensar, principios y políticas económicas que allí analizo.
Ahora bien, a esta experiencia de gobierno anarcoliberal quizá podamos agradecerle algo en el futuro. A partir de ahora será mucho más difícil que sigamos leyendo en libros y manuales las tonterías y falsedades con las que se ha venido tratando de encubrir la realidad de la vida económica.
No me cabe duda, en todo caso, de que seguirá habiendo fanáticos que las sigan defendiendo. Lo mismo que hay millones de personas que siguen creyendo que la tierra es plana, seguirá habiendo economistas que afirmando que la economía es un mecanismo de relojería y que el poder o la energía no tienen nada que ver con ella. Pero serán eso, lo que son, terraplanistas económicos.
Dispares melodías en la Asamblea General de la ONU
Por Atilio A. Boron | 06/10/2025 | Opinión

Fuentes: Página/12
La semana pasada la Asamblea General de la ONU ofreció una oportunidad inmejorable para evaluar y comparar los méritos de algunos gobernantes que suelen ocupar las primeras planas de la prensa internacional. Vamos al grano.
El discurso inaugural que siempre corresponde al presidente de Estados Unidos mostró a un Donald Trump más desaforado que de costumbre e incurriendo en todo tipo de falsedades e incoherencias. Comenzó afirmando, que “Estados Unidos ha sido bendecido con la economía más fuerte, las fronteras más seguras, el ejército más poderoso, las amistades más sólidas y el espíritu más fuerte de todas las naciones de la Tierra. Sin duda, esta es la edad de oro de Estados Unidos”. Es obvio que su “incendiario discurso” -así lo califica un diario abiertamente pro-yankee como La Nación en Argentina- habla más de las fantasías que enturbian la mente del anciano presidente que de los duros datos de la realidad. Hay un indudable paralelismo entre la patología discursiva de Trump, un caso extremo de egocentrismo, y la que caracteriza al insaciable lambiscón que habita la Casa Rosada: ambos ven signos venturosos en medio de la debacle.
La economía norteamericana está atravesada por gravísimos problemas estructurales: está agobiada por una deuda pública monstruosa de 37 billones de dólares (o sea, 37 millones de millones de dólares, que en inglés son 37 trillions) , lo que equivale al 123 % de su PBI. Tiene un déficit público pronosticado para el 2025 del 6.1 % del PBI, o sea que según Milei Trump sería la personificación misma del “degenerado fiscal”; y un desequilibrio en la balanza comercial del orden de los 918.000 millones de dólares durante el año 2024. En lo tocante a la concentración de la riqueza las cifras estadounidenses sólo pueden calificarse como escandalosas: el 10% más rico se apropia de poco más del 70 % de la riqueza nacional mientras que el 90% de la población pugna por apoderarse las migajas del 30% restante. Otros indicadores desmienten la ilusoria “edad de oro” proclamada por Trump en su discurso: caída en la competitividad industrial, hegemonía del parasitario capital financiero, empobrecimiento de las capas medias y retraso en la carrera de las nuevas tecnologías por comparación con China. Aparte, en su discurso se adjudicó el mérito de haber finalizado siete guerras, un notorio delirio; dijo que en pocos meses logró repeler la, según sus dichos, colosal invasión que penetra por su frontera sur y compuesta por gentes de la peor ralea: bandidos escapados de las cárceles (o liberados premeditadamente por gobiernos enemigos de EEUU para exportar el crimen al otro lado de la frontera), pacientes fugados de instituciones psiquiátricas y narcotraficantes. Embriagado por sus propias palabras amenazó con utilizar el “poder supremo de los militares de Estados Unidos para destruir a los terroristas venezolanos y las redes de tráfico lideradas por Nicolás Maduro.” Condenó a los “terroristas de Hamás por sus atrocidades” pero guardó un vergonzoso silencio sobre el genocidio a escala industrial siendo practicado por el régimen sionista israelí con el firme apoyo de Washington y las capitales europeas. Y pese a sus repetidas referencias al terrorismo Trump no hizo mención alguna a la escandalosa presencia en la Asamblea General de Abú Mohamed al Golani, ex líder del grupo jihadista Hayat Tahrir al Sham, una filial de Al-Qaeda, que con la ayuda de Israel y Estados Unidos derrocó a Bashar al-Ásad y se posesionó como presidente de Siria bajo el nombre de Ahmed al Shara. La bendición de Estados Unidos y las potencias democráticas de Occidente obró el milagro de convertir a un degollador y fusilador serial de infieles y opositores en un respetable mandatario de un país de Oriente Medio. La verdad es que dan asco.
Por contraposición los discursos de Luiz Inácio Lula da Silva y el de Gustavo Petro fueron muestras de sobriedad, apego a los datos de la experiencia (en las antípodas de las alucinaciones de Trump) y una gran elocuencia argumentativa. Lula atacó duramente a Washington por atentar contra la soberanía brasileña al entrometerse en el juicio contra Jair Bolsonaro por su participación en la frustrada tentativa golpista del 8 de enero del 2023. No sólo eso, también acusó a Estados Unidos de ser “cómplice del genocidio en Gaza” y condenó el bombardeo a las lanchas en el Caribe, de las cuales nada se sabía: si eran migrantes, narcotraficantes, pescadores, ni cuántos eran y cómo fue que su supuesto cargamento de estupefacientes no fue incautado por las fuerzas estadounidenses. En línea con esta crítica el presidente brasileño fustigó la nueva inclusión de Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo al paso que exhortó la necesidad del diálogo entre Venezuela y los Estados Unidos y abogó por avanzar en la reforma de la ONU y de la Organización Mundial de Comercio, para erradicar las medidas coercitivas unilaterales que atentan contra el comercio internacional y provocan enormes sufrimientos en las poblaciones afectadas.
Gustavo Petro hizo un discurso más extenso y, al mismo tiempo, más beligerante en relación al gobierno de Estados Unidos. Me atrevería a decir que por su franca radicalidad fue una suerte de continuación de la célebre intervención del Comandante Hugo Chávez en ese mismo podio, en 2006, cuando denunció que “Ayer estuvo el diablo aquí, en este mismo lugar, huele a azufre todavía”, en alusión a la presencia de George W. Bush (hijo). Petro criticó a la política antidrogas de Washington. Es un fracaso absoluto pero, dijo, es un pretexto muy conveniente para extorsionar a los pueblos y gobiernos de Latinoamérica. Criticó también el asesinato de “jóvenes pobres y desarmados” por misiles estadounidenses en aguas del Caribe, crimen que en un alarde de salvajismo el gobierno de Trump volvió a cometer este viernes mientras escribo esta nota. Después de demostrar que fue su gobierno quien más y mejor combatió al narcotráfico en Colombia denunció que, tal vez por eso, la Administración Trump “descertificó” a su gobierno porque, supuestamente, no colabora en la lucha contra el narcotráfico que promueve Washington. Tal como lo hiciera Lula, calificó de genocidio lo que estaba ocurriendo en Gaza pero fue un paso más allá: propuso la creación de una fuerza armada internacional dependiente de la Asamblea General y no del desprestigiado Consejo de Seguridad de la ONU con potestades suficientes para detener el genocidio del régimen sionista de Israel. Petro remató su brillante alocución, parte de la cual fue improvisada al margen del documento que había traído, con una fervorosa defensa de las energías renovables para poner fin a la destrucción del medio ambiente y la catástrofe climática acentuada por las políticas de Trump de promover irresponsablemente la expansión en el uso de los combustibles fósiles.
La excepción a estas demostraciones de dignidad latinoamericana estuvo a cargo del presidente argentino, Javier Milei, que elogió sin reservas la gestión de Donald Trump en Estados Unidos y demostró que su pasión por ser el lamebotas mayor del imperio no tiene límites. A su absoluta subordinación a los dictados de Washington, que hoy es quien hace y deshace la política económica de la Argentina, añade su criminal defensa del régimen neonazi de Israel y su total negacionismo del genocidio palestino. Con Milei la Argentina está aislada no sólo de sus vecinos latinoamericanos sino de todos los países del Sur Global. Las votaciones de Argentina en la Asamblea General de la ONU demuestran una casi total coincidencia con los votos de Estados Unidos e Israel, algo que ni siquiera existió durante el gobierno de Carlos S. Menem que había proclamado la necesidad de mantener una política de “relaciones carnales” con el país del Norte. La abyecta sumisión de Milei a los dictados de Washington es una aberración que no tiene precedentes en la historia argentina y que, esperemos, más pronto que tarde pueda ser debidamente corregida.
Fuente: https://www.pagina12.com.ar/863014-dispares-melodias-en-la-asamblea-general-de-la-onu
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
Descubre más desde Nueva Pensamiento Crítico
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

































