Hospital de Día como escena ecofeminista: dramaturgias del cuidado en el sur argentino
Tramas de cuidado: de la poética de la inundación a la siembra en el Hospital de Día

Tomado de la edición núm. 33 de la revista mensual Nueva Pensamiento Crítico (septiembre de 2025)

En nuestra entrega anterior exploramos cómo la inundación en Bahía Blanca[1] desbordó no solo calles, sino certezas y estructuras, dejando rastros que invitan a ser leídos de otra forma. Este nuevo recorrido retoma esas grietas abiertas y las traslada al Hospital de Día, donde la práctica ecofeminista —a través del cuidado de la huerta y la escena— transforma lo frágil en espacio de aprendizaje, vínculo y resistencia, sembrando semillas que conectan lo poético con lo político, lo individual con lo colectivo.
En nuestra entrega anterior exploramos cómo la inundación en Bahía Blanca[2] desbordó no solo calles, sino certezas y estructuras, dejando rastros que invitan a ser leídos de otra forma. Este nuevo recorrido retoma esas grietas abiertas y las traslada al Hospital de Día, donde la práctica ecofeminista —a través del cuidado de la huerta y la escena— transforma lo frágil en espacio de aprendizaje, vínculo y resistencia, sembrando semillas que conectan lo poético con lo político, lo individual con lo colectivo.
Una mujer se agacha en la tierra. No busca nada. Escucha.
Así comienza la escena. No en un teatro convencional, sino en el patio de un Hospital de Día en Bahía Blanca, donde el barro, las plantas y las palabras se entrelazan como materia escénica. Sembrar Tempestades no es un título metafórico: es el nombre de un dispositivo que articula teatro, huerta, radio y escritura performática en un cruce radical entre salud mental, arte y ecofeminismo.
Aquí, el cuidado no es consigna: es práctica encarnada. Las manos que siembran también escriben. Las voces que improvisan también recuerdan. Las plantas florecen, y con ellas, el lenguaje. Participan personas con padecimiento mental severo, estudiantes de Letras que cursan Literatura Europea Moderna en territorio, y extensionistas que eligen el barro como aula. Juntas, estas presencias construyen una dramaturgia situada, donde La tempestad de Shakespeare se reescribe desde el sur latinoamericano: Sycorax no está muerta, está apresada. Próspero no es sabio, es colonial. Y el escenario no es una isla, sino un hospital que tiembla.
El ecofeminismo atraviesa cada gesto: desde el diseño de una alimentación sustentable en el taller de huerta, hasta las conversaciones sobre soberanía alimentaria y memoria en el taller de radio. La escritura performática elabora cuadernillos con consejos de cultivo, poesía y libros-objeto que devuelven al cuerpo su potencia simbólica. Las tensiones no se esquivan: se nombran. Las relaciones patriarcales, coloniales y extractivas que operan sobre el conocimiento y los vínculos se vuelven materia de escena, de discusión, de transformación.
Dramaturgias del cuidado: cuando sembrar es escena
En el Hospital de Día, el cuidado no es un concepto abstracto ni una consigna política: es materia escénica. Lo que en el teatro convencional se resuelve con un guion o un decorado, aquí se despliega en la simultaneidad de sembrar, escribir y hablar frente a un micrófono. Las semillas, el barro y las voces no se suman: se entrelazan en una dramaturgia situada.
Un hallazgo central es que las personas que suelen ocupar el lugar de “pacientes”, destinatarias de cuidado, al entrar en el taller de huerta comienzan a ejercer ellas mismas un rol activo de cuidado: riegan, trasplantan, protegen brotes frágiles. Esa práctica desarma la asimetría entre quienes cuidan y quienes son cuidados. En la medida en que cuidan, el lenguaje florece. Aparecen relatos, recuerdos, canciones. El vínculo con la planta abre la palabra, y esa palabra habilita la escena teatral y la participación en la radio.
El ecofeminismo, en sintonía con lo que señalan Vandana Shiva y Maria Mies, ilumina este gesto: la modernidad escindió cultura y naturaleza, mente y cuerpo, sujeto y objeto, colocando a la naturaleza y a las mujeres en el lugar de “lo dominado” y “lo explotado”. Cuidar una planta, en este contexto, no es un pasatiempo terapéutico: es un acto político y artístico que subvierte esa escisión. Quien era objeto de cuidado se convierte en sujeto activo de cuidado, y en esa inversión se produce una escena transformadora.
En términos teatrales, el cuidado se vuelve acción dramática. Cuando Calibán sostiene una piedra y habla con la tierra, no es un mero recurso poético: es la traducción escénica de lo que ocurre en el patio-huerta del hospital. La planta, la semilla, la tierra son coprotagonistas de la obra, tanto como la voz o el cuerpo del actor.
En términos pedagógicos, se trata de un aprendizaje situado y sentipensante. Los estudiantes de Letras, al compartir ese espacio, comprueban que la palabra no se enseña desde un manual, sino que brota cuando se la riega en territorio. Así, la curricularización de la extensión no es solo una política universitaria: es un modo de reconocer que el cuidado de una planta puede ser la condición de posibilidad para que alguien tome la palabra en una escena o en un programa de radio.
En la versión colectiva de La tempestad que surgió de las improvisaciones, el cuidado se convierte en gesto escénico. Calibán sostiene una piedra, la acaricia y la escucha. Dice: “Esto para mí… es raíz. Es cuerpo. Es historia. Pienso en mis antepasados. Conectados conmigo”. Ese acto no es un monólogo psicológico: es una práctica de cuidado encarnada en la escena, tan concreta como la de un usuario del hospital que, en el taller de huerta, toma un brote en sus manos y lo protege. En ambos casos, el vínculo con la materia viva (piedra, tierra, semilla) habilita un lenguaje que antes estaba silenciado.
Lo mismo ocurre con Miranda y el pañuelo de su madre. Cuando responde a Próspero —“Este pañuelo no es un recuerdo. Es una forma de estar. De seguir estando”— no solo está defendiendo su derecho a la memoria frente a la lógica patriarcal de “olvidar para obedecer”: también está encarnando lo que en la huerta sucede cuando alguien conserva una semilla de tomate o de zapallo de una temporada a la siguiente. La semilla, como el pañuelo, no es pasado: es presencia, continuidad, vínculo entre generaciones.
En la radio del Hospital de Día, este proceso se traduce en palabra compartida. Así como en escena la Madre Tierra le quita a Ariel los anteojos de Próspero y le devuelve la visión libre, en el aire radiofónico los participantes ejercen un acto similar: nombran lo que antes no podían nombrar, toman la palabra sin pedir permiso. El micrófono se vuelve semilla de un lenguaje que se siembra en comunidad.
Desde la perspectiva ecofeminista, lo que emerge aquí es una resistencia a la lógica extractivista que Shiva y Mies identifican en la modernidad: una lógica que arranca a las mujeres de su agencia, a la tierra de su fertilidad y a las comunidades de su memoria. En cambio, en este dispositivo artístico-pedagógico, el cuidado de una planta, de una piedra o de un pañuelo reabre la posibilidad de habitar la tierra y el lenguaje no como propiedad, sino como vínculo.
Así, la dramaturgia del cuidado no solo resignifica a Shakespeare desde el sur: también transforma la vida cotidiana del hospital. Las escenas colectivas no nacen del vacío, sino de un suelo fértil donde sembrar y hablar se sostienen mutuamente.
Síntesis teórica: dramaturgias sentipensantes y estructuras de sentir
Lo que ocurre en el Hospital de Día con la obra y con los talleres no puede pensarse solo en términos de “terapia” ni de “actividad cultural”. Se trata de un entramado donde el cuidado se vuelve práctica estética y pedagógica al mismo tiempo. Para comprenderlo, dos marcos conceptuales ayudan a iluminar la experiencia: el sentipensar de Orlando Fals Borda y la estructura de sentir de Raymond Williams.
El sociólogo colombiano acuñó el término sentipensar para nombrar un modo de conocimiento que no separa la razón del afecto, la teoría de la experiencia, la palabra del cuerpo. En el hospital, este enfoque se materializa cuando una persona que apenas habla frente al grupo, al comenzar a regar la huerta, empieza a relatar memorias de infancia vinculadas al campo, a los olores de la tierra, a las manos de su madre. El acto de cuidar una planta abre la palabra, y esa palabra alimenta la escena y la radio. Se aprende no solo con la mente, sino con el cuerpo entero, con la piel que escucha y las manos que siembran.
Por su parte, Raymond Williams sostiene que la literatura no es un mero reflejo, sino un proceso cultural activo donde se condensan las estructuras de sentir de una época. La Tempestad de Shakespeare cristalizó la sensibilidad de una Inglaterra que se expandía colonialmente. La versión colectiva producida en Bahía Blanca, en cambio, condensa las sensibilidades de un tiempo y un lugar donde la salud mental, la soberanía alimentaria y el ecofeminismo se entrelazan. La piedra de Calibán, el pañuelo de Miranda o la semilla de la huerta son signos de una estructura de sentir actual: una cultura que busca recomponer vínculos con la tierra, con la memoria y con el lenguaje en resistencia al extractivismo y a las jerarquías coloniales.
Ambos marcos, puestos en diálogo, permiten pensar las dramaturgias del cuidado como dramaturgias sentipensantes: prácticas que no separan lo estético de lo pedagógico, lo corporal de lo simbólico, lo personal de lo político. En ese cruce, la extensión universitaria deja de ser un “servicio” para convertirse en un laboratorio de nuevas sensibilidades, donde la escena no es solo representación, sino también cultivo, memoria y cuidado colectivo.
Aprender en territorio: pedagogías sentipensantes
En el hospital de día, la literatura europea moderna no se estudia como un canon distante, sino como un territorio a habitar. Leer a Shakespeare en ese contexto significa no solo analizar su dramaturgia, sino interpelar las relaciones de poder que la sostienen y preguntarse qué sentido tiene su obra cuando se cruza con la huerta, la radio y la salud mental.
Curricularizar la extensión —como plantean las políticas universitarias desde 2014— no consiste en sumar actividades optativas, sino en transformar la universidad desde adentro. Significa reconocer que el territorio enseña tanto como el aula, y que los saberes comunitarios —el cuidado de una planta, la memoria de un barrio, la experiencia del dolor— son parte legítima del proceso formativo.
El enfoque sentipensante de Orlando Fals Borda ofrece un marco clave para comprender este aprendizaje. “El verdadero conocimiento nace de la unión entre el sentir y el pensar”, escribía el sociólogo colombiano. En el hospital, esta máxima se vuelve palpable: la escena teatral no surge de la aplicación de teoría, sino del contacto con la tierra húmeda, de la improvisación frente a lo imprevisible, de la emoción que se comparte en la radio. Se trata de una pedagogía encarnada, donde la palabra se aprende en la piel, en la escucha, en el vínculo con los otros.
Esta pedagogía sentipensante rompe con lo que Paulo Freire llamó la “educación bancaria”: aquella que deposita contenidos en estudiantes pasivos. En cambio, aquí el saber se construye en el encuentro, en la improvisación y en la tensión con lo impredecible. Un estudiante que esperaba leer La tempestad en un aula universitaria descubre que la lectura cobra otra fuerza cuando Calibán, encarnado por un usuario del hospital, grita contra el despojo de su tierra y sostiene una piedra como si fuera un corazón. Esa experiencia no se traduce en un examen escrito, pero deja una marca que ningún texto académico puede producir por sí solo.
Al integrar estas prácticas a la formación universitaria, la extensión deja de ser un gesto asistencialista para convertirse en un acto político y pedagógico. No se trata de “llevar cultura” al hospital, sino de reconocer que allí se producen saberes que transforman tanto a quienes participan desde el hospital como a quienes llegan desde la universidad. El aula se expande, el territorio se vuelve escena, y la literatura se enseña no solo con palabras, sino con barro, semillas y voces colectivas.
Ecofeminismo en acto: sembrar, cuidar y crear vínculos
La reciente obra que presentamos cruza teatro y huerta para explorar el ecofeminismo en acción. Inspirada en Vandana Shiva y Maria Mies, propone mirar cómo los sistemas extractivistas y patriarcales explotan la naturaleza y los cuerpos, fragmentando comunidades y desvalorizando saberes locales y femeninos.
En escena, los personajes que tradicionalmente son cuidados asumen el cuidado de la tierra y de las plantas. Sembrar, regar, acariciar las hojas o intercambiar semillas se convierte en un acto político y poético: un gesto que evidencia otra forma de conocimiento y poder, basado en la atención, la interdependencia y la reciprocidad.
Pero la obra también muestra la tensión con la lógica extractivista. Escenas donde se arranca o desordena la huerta visibilizan la violencia de un sistema que explota sin cuidar, y permiten sentir corporalmente lo que Shiva y Mies critican: la explotación de la vida y de los cuerpos subordinados.
En este cruce entre práctica y teoría, sembrar se vuelve acto de resistencia, observar se vuelve aprendizaje, y cuidar se vuelve construcción de vínculos. La obra demuestra que el ecofeminismo no solo se piensa: se hace, se toca, se siente, y se cultiva.
Al igual que en nuestra entrega anterior, Tramar la Bahía: poética de una inundación feminista, donde se reflexionó sobre cómo la inundación en Bahía Blanca no solo desbordó calles, sino que también arrastró certezas y abrió grietas, nuestra práctica en el Hospital de Día busca habitar esas grietas. No buscamos sanar lo roto, sino habitarlo, no encubrimos la herida, sino que la convertimos en raíz. La telaraña que insistimos en seguir tejiendo es la misma que, desde el barro compartido, nos invita a reimaginar el mundo desde los márgenes, desde lo vivo, desde lo colectivo.
Como se mencionó en el artículo anterior, «cuando el agua retrocede, lo que queda no es solo destrucción: también hay barro fértil, grietas abiertas, rastros que invitan a ser leídos de otra forma». Desde este espacio creativo ecofeminista, buscamos transformar esas grietas en semillas de resistencia, aprendizaje y comunidad.
[1] La tormenta que azotó Bahía Blanca dejó un saldo trágico: 16 personas murieron como consecuencia de los efecto de la inundación, según confirmaron fuentes de la investigación a LA NACION. La Justicia identificó a 15 de las víctimas, mientras que aún resta reconocer a un hombre de aproximadamente 55 años.
[2] La tormenta que azotó Bahía Blanca dejó un saldo trágico: 16 personas murieron como consecuencia de los efecto de la inundación, según confirmaron fuentes de la investigación a LA NACION. La Justicia identificó a 15 de las víctimas, mientras que aún resta reconocer a un hombre de aproximadamente 55 años.
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