1868, crónica de un sueño ahogado en el viento del Caribe
En el crepúsculo del 23 de septiembre de 1868, bajo un cielo de nubes cargadas como frutas podridas, un pueblo minúsculo en el corazón montañoso de Puerto Rico se alzó en un suspiro de libertad


Wilkins Román Samot
(San Juan, 10:00 a.m.) En el crepúsculo del 23 de septiembre de 1868, bajo un cielo de nubes cargadas como frutas podridas, un pueblo minúsculo en el corazón montañoso de Puerto Rico se alzó en un suspiro de libertad. Lares, nombre que evoca lamentos, fue testigo de aquel grito ahogado por el peso de los siglos. Un puñado de hombres y mujeres, con machetes oxidados y banderas cosidas a prisa, proclamaron la República de Puerto Rico bajo el lema de «¡Viva Puerto Rico libre!”. Era un sueño brevísimo, como el vuelo de una luciérnaga en una noche de huracán.
Ramón Emeterio Betances, médico y conspirador, había tejido la rebelión desde el exilio en Santo Domingo. Sus palabras, inflamadas de justicia, cruzaban el mar en cartas cifradas y en barcos clandestinos. Abolición de la esclavitud, derechos para los jornaleros, independencia: un manifiesto de utopías que resonaba en los cafetales y las haciendas donde el sudor de los pobres regaba la tierra. Pero Lares, como un niño que aprende a caminar, tropezó antes de correr. Los españoles, dueños de cañones y desdenes, aplastaron la revuelta en dos días. Los líderes, presos o fugitivos, quedaron como fantasmas en el imaginario de una isla que aún hoy busca su nombre.
Mientras tanto, al otro lado del océano, España se desangraba en su propio laberinto. En septiembre de 1868, el Grito de Lares coincidió con el Grito de Yara en Cuba —donde Carlos Manuel de Céspedes liberó a sus esclavos y prendió la mecha de una guerra de diez años— y con el estallido de la Revolución Gloriosa en la Península. Isabel II, reina de gesto frívolo y corona tambaleante, huía a Francia mientras generales y poetas proclamaban un gobierno provisional. Era un año en que el mundo viejo se resquebrajaba, y en sus grietas brotaban los sueños de los condenados de la tierra.
España, en su agonía colonial, no entendió que el Caribe ardía con la misma fiebre. En Lares, Yara y Madrid latía un mismo corazón: el de los que creyeron que el siglo XIX podía ser distinto. Pero el imperio, ciego y sordo, envió soldados a sofocar insurrecciones en lugar de escuchar los tambores de la historia. En Puerto Rico, el gobernador José Laureano Sanz reprimió con saña, creyendo que el miedo ahogaría el ansia de libertad. No supo que las semillas, una vez sembradas, esperan su turno bajo la tierra.
Cuba y Puerto Rico, como dos hermanas gemelas —“de un pájaro las dos alas”, diría la poeta Lola Rodríguez de Tió —, compartieron destinos paralelos. Si en Cuba la guerra se alargó como un lamento, en Puerto Rico el sueño de Lares quedó suspendido en el tiempo, como un reloj detenido en la hora equivocada. Betances, desde su exilio dominicano, seguiría conspirando, mientras en Madrid los políticos discutían reformas que nunca llegaban.
Hoy, a más de un siglo y medio de distancia, el Grito de Lares sobrevive en las canciones de los trovadores y en las marchas de los que aún creen en patrias imposibles. Fue un instante frágil, sí, pero como escribió un testigo anónimo: ”En Lares no ganamos la libertad, pero perdimos el miedo”. Y en ese despojo íntimo, quizás, radique su verdadera victoria.
Así, entre el humo de los cañones españoles y los ecos de los himnos cubanos, Puerto Rico sigue navegando en su mar de preguntas. Porque la historia, como el Caribe, no es lineal: es un remolino donde los sueños se hunden y resurgen, vestidos de nuevos nombres, bajo el mismo sol implacable.
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