“Soy un soldado de la patria”: Heriberto Marín Torres recuenta la insurrección nacionalista del 30 de octubre ocurrida hace 75 años
El protagonista de la batalla de Jayuya



Por José A. Delgado
Corresponsal de El Nuevo Día en Washington D. C.jose.delgado@gfrmedia.com
Setenta y cinco años después, Heriberto Marín Torres –quien en noviembre cumple 97– rescata la memoria de la histórica insurrección nacionalista de 1950, en la cual participó.
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Es uno de solo dos nacionalistas que participaron de la insurrección –ambos en la batalla de Jayuya– que están con vida. El otro es su primo, Edmidio Marín.
Desde los 14 años, en su pueblo, Jayuya, Marín Torres había ingresado al Partido Nacionalista como “cadete de la república”.
La insurrección comenzó en horas de la mañana del 30 de octubre de 1950, en momentos en que se desarrollaba, en los tiempos de la Ley de la Mordaza, una ola de arrestos y represión contra los nacionalistas de parte de las autoridades de Puerto Rico, que sospechaban de algún ataque.
Desde el 26 de octubre, cuando conmemoraban, en Fajardo, el natalicio del general Antonio Valero, se habían avivado, a su vez, los temores de los nacionalistas de que se planificaba asesinar a su líder, Pedro Albizu Campos.
El arresto, en la madrugada del día 27, de líderes nacionalistas que regresaban de aquel evento en Fajardo, a los que se les incautaron armas de fuego, desencadenó una serie de allanamientos a residencias nacionalistas y aceleró la decisión de Albizu Campos de poner en marcha la insurrección.
“Pararon dos automóviles en (el puente) Martín Peña. Cruzaron la luz roja y les encontraron armas. Entonces, ordenaron el arresto de todos los nacionalistas que estaban ‘encarpetados’ y se decide iniciar el levantamiento en armas el día 30”, contó Marín Torres.
Los eventos de aquel 30 de octubre de 1950 se desarrollaron en San Juan, Ponce, Jayuya, Arecibo, Utuado, Mayagüez y Naranjito, poco después de que el gobierno de Puerto Rico adoptara la Ley 600 del 3 de julio de ese año, dirigida a convocar a una Convención Constituyente con la cual Estados Unidos intentó darle legitimidad al status territorial y colonial del archipiélago puertorriqueño.
La estrategia incluyó el ataque a La Fortaleza, al que fueron cinco nacionalistas, comandados por Raimundo Díaz Pacheco, en busca de capturar al gobernador Luis Muñoz Marín. Albizu Campos ordenó concentrar el ataque en estaciones de policías y guardias nacionales y, luego, buscar hacer una gran movilización hacia Utuado.
En Puerto Rico, la insurrección dejó 29 muertes –incluidos 16 nacionalistas, siete policías, cinco civiles y un guardia nacional–. Otras 48 personas resultaron heridas, entre ellas, 23 policías y nueve nacionalistas.
Dos días después, ocurrió el ataque a la Casa Blair –frente a la Casa Blanca y donde dormía en esos días el presidente de Estados Unidos, Harry Truman– llevado a cabo por los nacionalistas Griselio Torresola, quien murió en el suceso, y Oscar Collazo, quien resultó herido y terminó cumpliendo 29 años de cárcel, tras ser indultado por el presidente Jimmy Carter. Un policía de Washington D.C. murió en el enfrentamiento y otros dos resultaron heridos.
“Esta fecha debe recordarse como una revolución, una insurrección a favor de la independencia de Puerto Rico que no pertenece solamente a los nacionalistas, sino que es del pueblo, porque las revoluciones se hacen con el pueblo. En cada puertorriqueño hay un nacionalista”, dijo Marín Torres, en entrevista con El Nuevo Día, al advertir que, aunque algunos eludan la palabra revolución, porque no consiguió su objetivo, no debe describirse como una revuelta, porque eso “puede ocurrir en cualquier sitio”.
La orden de ataque
La orden de Albizu Campos llegó a Jayuya dos días antes del 30 de octubre de 1950, en momentos en que el líder nacionalista advertía que los gobiernos de Muñoz Marín y de Estados Unidos querían tapar la situación colonial de Puerto Rico, permitiendo a los puertorriqueños adoptar una Constitución local, cuya carta de derechos terminó siendo enmendada por el gobierno federal.
En el natalicio de Valero, Albizu Campos afirmó que se trataba de intentar crear en Puerto Rico “una base legalizada para decirle al mundo (…) que renunciamos a nuestro derecho de ser puertorriqueños”.
Los primeros avisos sobre la decisión de Albizu Campos habían llegado a Jayuya dos días antes, explicó Marín Torres, “por medio de Juan José Hernández, quien fue a casa de Blanca Canales a decirle lo que había”. “No se podía llamar por teléfono ni tampoco por telégrafo, que eran los medios de comunicación que había en Puerto Rico”, recordó.

1 / 15 | Heriberto Marín Torres y la histórica insurrección nacionalista de 1950: “Las revoluciones se hacen con el pueblo”. Setenta y cinco años después, Heriberto Marín Torres rescata –en entrevista con El Nuevo Día– la memoria de la histórica insurrección nacionalista de 1950, en la cual participó. – Ramon «Tonito» Zayas














El plan iba dirigido a que Canales reuniera a los militantes del partido en la mañana del día 30 para controlar el cuartel de la Policía y, luego, ir a Utuado, donde se preveía tener una fuerte resistencia que permitiera llamar la atención sobre la situación colonial de Puerto Rico.
La intención era comenzar el ataque al mediodía, pero comenzó antes de la hora prevista. “Se logró solamente ir a unos pueblos. Por eso, es que no se levanta todo el pueblo de Puerto Rico; se levantan en armas los pueblos que fueron informados”, indicó.
Marín Torres supo de la decisión de iniciar la insurrección en momentos en que iba caminando por el viejo puente del pueblo de Jayuya hacia Coabey. Se encontró con un grupo de compañeros nacionalistas que le informaron que Albizu Campos había dado la orden de ataque, por lo que se fue con ellos.
Con pocas armas –y él sin ninguna–, el plan aspiraba conseguir que los policías se dieran por vencidos. “No había intención de matar a nadie”, dijo. En un pueblo pequeño como Jayuya, en el que todos se conocían, Marín Torres señaló que “lo que se pidió fue que se rindieran y entregaran las armas”.
La Policía estaba preparada y abrió fuego.
Los nacionalistas de Jayuya –unos 32–, con pocas armas, no estaban ni bien preparados ni equipados, contó. Pudieron lanzar, sin embargo, una molotov que incendió de inmediato el cuartel policial.
En el intercambio, destaca el momento en que Carlos Irizarry, veterano del Ejército de Estados Unidos que había entrenado a los nacionalistas de Jayuya militarmente con “rifles de palo” y uno de los líderes del grupo, quedó herido cuando buscaba evitar que el policía Virgilio Camacho, a quien sus compañeros dejaron abandonado, muriera calcinado, como ocurrió.
Camacho le disparó a Irizarry, uno de los comandantes del levantamiento armado, quizás creyendo que el líder nacionalista iba a atacarle en vez de tratar de salvarle, sostuvo Marín Torres. Irizarry murió al día siguiente en la clínica de salud de Utuado.PUBLICIDAD
Símbolo de la insurrección
Una vez Irizarry quedó herido, Marín Torres tuvo la encomienda de ir a notificar a Canales, quien era su vecina y a quien divisó en el balcón del Hotel Riverside, que quedaba en el segundo piso de la farmacia del pueblo.
Al acercarse a ella, ocurrió el legendario momento en que Canales colocó su arma sobre la baranda del balcón para poder desplegar la bandera de Puerto Rico, con la ayuda de Marín Torres, acción que quedó marcada como símbolo de la insurrección.
“El recuerdo es bien doloroso”: Heriberto Marín Torres rememora sus años en prisión tras la insurrección nacionalista de 1950
El jayuyano fue excarcelado el 18 de agosto de 1959, habiendo cumplido nueve años tras las rejas.
“La bandera se dejó amarrada allí. No se izó. Blanca Canales, entonces, declara la república. La emoción fue bien profunda al ver la bandera de Puerto Rico (y) tener un territorio libre, aunque fuera por unos momentos”, narró.

En Jayuya, se quemó, además, la oficina de Servicio Selectivo de las Fuerzas Armadas estadounidenses.
La respuesta del gobierno incluyó un ataque aéreo de la Guardia Nacional de Puerto Rico, con ametralladoras. La leyenda habla también de bombardeos. Pero Marín Torres sostuvo que, en Jayuya, la respuesta aérea de la Guardia Nacional fue de aviones con ametralladoras.
En un mensaje radial, Muñoz Marín rechazó que se pudiera hablar de una revolución o un alzamiento. “En Puerto Rico, lo que hay es una numéricamente pequeña conspiración de fanáticos que ofrecen la tragedia de algunas vidas útiles que su locura ha tronchado”, dijo el entonces gobernador, según el libro “Pedro Albizu Campos: Las llamas de la aurora”, de Marisa Rosado.
La Guardia Nacional entró disparando al barrio Coabey y los montes en que los nacionalistas, ya sin municiones, se habían refugiado. “Hay fotos de mujeres y niños con las manos en la cabeza, como hacían con los prisioneros en Corea”, explicó.PUBLICIDAD
El tiempo en prisión
A Marín Torres, le detuvieron tres días después.
Una vez detenido, Marín Torres y otros fueron llevados a una prisión enArecibo, la que describe como un auténtico infierno. “Estábamos sin correspondencia en la cárcel, incomunicados”, recordó.
En el mismo pueblo de Arecibo, se celebró el juicio en su contra. El grupo estaba acusado de cargos como intento de asesinato, incendio y portación de armas.
Como los demás nacionalistas, Marín Torres y su grupo no presentaron defensa. Marín Torres fue sentenciado a 145 años de cárcel.
De la prisión de Arecibo, lo trasladaron a la cárcel La Princesa y, finalmente, al Oso Blanco. Acentuó las terribles condiciones carcelarias, que incluyeron darles comida con gusanos.
En el Oso Blanco, la celda, por lo menos, tenía un inodoro y un lavamanos, pero la presión del agua no llegaba al tercer piso. Todos los días les subían un porrón de agua –de cinco galones– para asearse, lavar la ropa y descargar el inodoro.
El trato insensible del gobierno hacia los prisioneros –aseveró– era constante. En ese sentido, suele destacar cómo al único superviviente del ataque a La Fortaleza, Gregorio Rivera Hernández, no se le informó de la muerte de su única hija –que tenía seis meses al momento de su arresto– hasta seis meses después, “cuando empezaron las visitas”.
Cuando su madre murió, en 1957, a Marín Torres le permitieron ir al velatorio, pero no al entierro. “Me sorprendió de una manera tan increíble la cantidad de personas que había en el pueblo esperando”, dijo.
Marín Torres guardó sus memorias más importantes en pequeños trozos de papel que escondía pegándolas con jabón y masa de pan debajo de la tapa del tanque del inodoro. De esta forma, pudo salvar muchos de los relatos que cuenta en uno de sus libros, “Coabey, el valle heroico”, publicado en 1995 y que va por su décima edición.
Narró que, cuando los nacionalistas Lolita Lebrón, Rafael Cancel Miranda, Andrés Figueroa Cordero e Irvin Flores atacaron el Congreso, el 1 de marzo de 1954, no les dejaron salir de la celda por un buen tiempo. “El papá de Rafaelito todavía estaba preso con nosotros. Don Rafa salía esa semana. Cuando le dijimos lo ocurrido, don Rafa dijo: ‘si mi hijo estaba allí, es que estaba cumpliendo con su deber’”, recordó.
La presión internacional ayudó a reducirles las condenas. El 15 de agosto de 1959, el alcaide de la prisión lo llevó a su oficina para anunciarle que se le había conmutado la sentencia e iba a ser excarcelado tres días después.
Le dejaron durante el fin de semana en el hospitalillo de la prisión, sin oportunidad de regresar a su celda, o volver a ver a sus compañeros. El fin de semana se le hizo interminable.
Transición a la participación electoral
Fue excarcelado el 18 de agosto de 1959, habiendo cumplido nueve años de cárcel. “Fueron a buscarme los guardias al hospital. Para salir, me pasaron por el patio del presidio del Oso Blanco, que es como cinco veces este patio (del complejo de viviendas en que reside en el Viejo San Juan). En el centro, había un guardia con una ametralladora en una garita. Tenía que pasar por ahí. De cada celda donde estaban mis hermanos, porque eran mis hermanos, salía una mano gritándome, ‘adiós’. El subalcaide, don Tomás Concepción, hermano de César Concepción –el director de orquesta–, una persona muy noble, muy humano, me abrazó y me dijo: ‘qué bueno, por fin’”, sostuvo.
Un primo lo recibió fuera de la prisión con ropa de civil. Cuando “tiran” la puerta del último portón –advierte que, en las cárceles, “no cierran los portones, sino que los tiran”–, contempló lo que describe como “una mañana preciosa”.
Marín Torres, con el pasar del tiempo, hizo la transición hacia la participación electoral.
“Esta fecha debe recordarse como una revolución, una insurrección a favor de la independencia de Puerto Rico que no pertenece solamente a los nacionalistas, sino que es del pueblo, porque las revoluciones se hacen con el pueblo ”
Heriberto Marín Torres
Para entonces, vivía en la urbanización Villa Andalucía de Río Piedras, donde formó su familia, junto a su esposa Cándida –quien le esperó mientras estaba en prisión y murió el 14 de febrero de 2014– y sus cuatro hijos.
Ha reafirmado el impacto que tuvo en su transición hacia la política electoral ver cada sábado, en el semáforo de la avenida 65 de Infantería en la intersección con la antigua carretera hacia Trujillo Alto, a militantes del Partido Independentista Puertorriqueño (PIP) recogiendo dinero y, en ocasiones, enfrentándose a insultos, solo por ser independentistas.
Decidió unirse al grupo y, cuando Rubén Berríos Martínez salió de la cárcel, después de liderar actos de desobediencia civil en Culebra, se le presentó en el comité central del PIP, entonces ubicado en la esquina de la avenida Universidad con la avenida Luis Muñoz Rivera, con la intención de convertirse en un soldado de fila de esa formación política.
Desde 1972, ha sido ininterrumpidamente funcionario electoral del PIP.
“Hay que estar de acuerdo con los tiempos. Sé de muchos nacionalistas que salieron de la cárcel y jamás se envolvieron en nada. Yo no podía… Me dije: ‘participé de una revolución y no estoy haciendo nada más’”, sostuvo Marín Torres, quien volvió a estar encarcelado, brevemente, junto a su hijo, Heriberto Marín Centeno, como parte de las acciones de desobediencia civil en contra de los entrenamientos de la Marina de Guerra de Estados Unidos enVieques.
Cuando el PIP obtuvo una segunda posición electoral, en las elecciones de 1952, Marín Torres estaba en prisión y no creía en la participación electoral.
En las pasadas elecciones de 2024, presenció como funcionario del PIP, en la unidad electoral de la escuela Lincoln, donde votan los residentes del Viejo San Juan –donde ahora vive–, el impulso que tuvo la candidatura a gobernador del secretario general Juan Dalmau, quien consiguió la segunda más alta cantidad de votos para ese puesto a nombre de la Alianza de País formada con el Movimiento Victoria Ciudadana.
Dalmau ganó la unidad electoral del Viejo San Juan.
“Sigo siendo nacionalista, pero promover la unidad tiene un propósito muy grande”, indicó.
“No han podido humillarnos”
Marín Torres, en alguna medida, cumplió todo el ciclo generacional en septiembre pasado como invitado de Bad Bunny a su residencia.
Había conocido al artista urbano –Benito Antonio Martínez Ocasio– en el Festival de la Esperanza, el cierre de campaña de la Alianza, por iniciativa de René Pérez (Residente).
Benito le pidió que se reunieran antes del concierto y lo recibió en la casita de la residencia. Marín Torres le llevó su libro “Coabey, valle heroico”, en el que habla de su propia casita, la de su barrio de Jayuya, pero, además, como ha dicho la senadora del PIP, María de Lourdes Santiago, de “las conversaciones con don Pedro Albizu Campos, la revolución de 1950, el conmovedor patriotismo de sus compañeros de lucha, el vía crucis de la cárcel, pero, sobre todo, nos regala la inspiración de su ánimo inquebrantable, de lo que significan la serenidad y la constancia en el trabajo por la libertad”.
“Fue un encuentro como el de padre e hijo, un abrazo de esos que los sientes de veras, que sabes que no es de cortesía. Hablamos de unas cuantas cosas allí, sobre todo, lo felicité porque creo que Benito es una de las personas que más ha dado a conocer a Puerto Rico”, afirmó.
Hace 75 años, Marín Torres participó de “la primera revolución contra el régimen norteamericano, en un momento de mucho sacrificio y valor”.
“Se trató de una insurrección en contra de la tragedia a que nos habían sometido, con la Ley de la Mordaza, la masacre de Ponce”, los arrestos de Albizu Campos, los intentos por imponerle a los puertorriqueños de Puerto Rico el inglés, la represión y el colonialismo en general, reafirmó.
El próximo jueves, 30 de octubre, Marín Torres encabezará una marcha de Coabey al pueblo de Jayuya, para recordar el histórico evento y a sus muertos. Pero, además, se homenajeará a los dos Marín que son supervivientes de la insurrección de hace tres cuartos de siglo.
“Es milagroso. No han podido terminar con nosotros, no han podido humillarnos, ni ponernos de rodillas”, subrayó Marín Torres, a quien no le gusta que le llamen “héroe nacionalista”, pues afirma que “simplemente soy un soldado de la patria”.
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José A. Delgadojose.delgado@gfrmedia.com
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