Juanmanuel González Ríos: “He sido el único que ha envejecido al margen del poema”


Wilkins Román Samot
Juanmanuel González Ríos, nacido en 1977 en Arecibo, es un destacado profesor de español y literatura. Se graduó con un bachillerato en Pedagogía de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Arecibo, donde también fue cofundador de la revista literaria Guasábara. Posteriormente, completó una maestría en Estudios Hispánicos en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, donde cofundó la revista El Sótano 00931. Recientemente obtuvo su doctorado en Estudios Hispánicos en la misma universidad, centrando su tesis en el mito trágico de Charías “El Loco” en la obra El arpa imaginaria de Edwin Reyes. Ha publicado varios poemarios, entre ellos Sobre todo tus silencios (Isla Negra Editores, 2006), Confesiones de Juan Pedro Gratitud (Ediciones Indie, 2008) y XX poemas para ser leídos en el tren urbano (Sótano Editores, 2010). Su obra poética Ventriloquus, publicada por el Instituto de Cultura Puertorriqueña en 2015, fue galardonada con el Premio de Poesía El Nuevo Día 2013 en la categoría de autor publicado. Juanmanuel ha contestado todas nuestras preguntas. Todas sus respuestas están destinadas a ser compartidas con vosotros.
En 2006 salió publicado su poemario Sobre todo tus silencios. ¿De qué trata este libro? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarlo?
Tuve la oportunidad de publicar mi primer poemario, Sobre todo tus silencios con el sello Isla Negra Editores. Tenía veintinueve años. El libro fue producto de la selección de una serie de poemas correspondientes a distintos momentos y épocas. Cabe señalar que entre la fecha de los textos más recientes y los más antiguos media la guardarraya del entresiglos. Así que no era de extrañar, tal y como bien dejó entrever su magistral prologuista, la posible coexistencia de varias voces poéticas distintas o algo así como la concomitancia de tres factibles poemarios en estado embrionario. Sirva, como evidencia circunstancial, la división en tres partes distintas (e independientes entre sí) que le conferí: “De cómo el joven poeta escribió su primer libro…”, “Un fin de semana en el abismo” y “Sobre todo tus silencios”.


Respecto a la oportunidad de trabajar y publicar el libro, cabe destacar que se suscitó gracias a una serie de eventos acaecidos durante la primera mitad de la década del 2000: la cofundación del colectivo literario El Sótano 00931 (2000) y de la revista literaria de nombre homólogo (2001). Así como de su posterior y paulatina configuración generacional en la historia de la literatura puertorriqueña, por medio de la publicación ininterrumpida de cuatro números regulares y dos ediciones especiales (la primera giró en torno al tema de la ciudad y se tituló: “Ciudad Paria”; la segunda, de carácter antológico: al poema minimalista y al microcuento, de ahí su título: “Edición Mínima”). O, por sólo mencionar, la grandilocuente y ambiciosa iniciativa que tuvo Julio César Pol, el director de la revista, de coordinar y oficiar la celebración y participación colectiva de una serie de encuentros entre escritores de distintas promociones y visiones estéticas que llevó por nombre: “(De)generaciones”. A lo que habría que sumar, por supuesto, la no menos arrojada que temeraria idea que posteriormente ejecutaron tanto Julio César Pol como el también poeta y editor Carlos Roberto Gómez Beras: tras mutuamente acordar la épica hazaña de publicar —en conjunto— a cinco de los miembros del colectivo literario El Sótano 00931 (entre los que hube de figurar, casi por chiripa).
Por lo que no sólo tuve el gran honor de publicar un primer poemario con una editorial de consolidado prestigio internacional (tal y como evidencia la trayectoria de treinta años que hace poco celebró Isla Negra Editores), sino por el mero hecho de que conté con dicho agraciado contexto y, por si fuera poco, con el respaldo de un prólogo y dos comentarios de contraportada de calibre excepcional. Gracias, por supuesto, a la gentileza e inconmensurable calidad humana de tres grandes e imprescindibles baluartes de la literatura puertorriqueña: Alberto Martínez Márquez, Mercedes López-Baralt y Vanessa Droz. En fin, que la oportunidad de trabajar y publicar este primer libro fue, como dicta el verso de Alejandra Pizarnik, algo así como una misteriosa “conspiración de invisibilidades”. ¿Qué más podría decir, sino que jamás dejaré de estar profundamente agradecido?Tuve la ocasión de cofundar, antes de mi experiencia estudiantil en el campus de Río Piedras, una revista de poesía que llevó por nombre Guasábara.
¿Qué relación tiene su trabajo creativo-investigativo previo a Sobre todo tus silencios y su trabajo creativo-investigativo posterior? ¿Cómo lo hilvana con su experiencia de puertorriqueño y su memoria personal de la literatura dentro de Puerto Rico o fuera?
Acá entre nos —y por eso de resaltar cierto punto ciego en el deslustrado retrovisor del tiempo (“objects in the mirror are closer than they appear”)—, tuve la ocasión de cofundar, antes de mi experiencia estudiantil en el campus de Río Piedras, una revista de poesía que llevó por nombre Guasábara, al igual que una organización estudiantil de literatura (Arpegio de Versos Frustrados) y, como si fuera poco, una banda de rock en español y nueva trova que llevó por nombre Mojaca (tras juntar en forma de acróstico las iniciales de cada uno de sus integrantes).1 Y todo gracias a un grupo de talentosos y entusiastas amigos artesanos, músicos, artistas plásticos y escritores en ciernes: Reynaldo Román, Hiramia Milán, Dharma Padrón Daly, Amarilis Taváres Vale, Wilmaris “La Duende” Negrón Albaladejo, Ángel “Cubix” Pérez, Manolo Ramos, Omar Rojas, Christian Galán, Joseph “Ovy” Sullivan y José “Pepo” Cubano, entre otros. Sin olvidar, por supuesto, a cinco destacados profesores que desde un principio apoyaron, sirvieron de mentores y dieron la milla extra por nosotros: Priscilla Rosario Medina, José Juan Rivera, José Puig Hernández, José J. (Pito) Rodríguez Vázquez y Luis A. González. ¡Vaya época! Aquellos cuatro años y medio del bachillerato en el Upra fueron algo así como una especie de vorágine creativa, entre un sinnúmero de tertulias literarias (en la universidad, la casa de la doctora Priscilla Rosario, el Cold Spot y el Alambique), performances y presentaciones musicales. Ni qué decir de la ininterrumpida serie de concurridos recitales poético-musicales que realizamos en el teatro (“Vocablos en tres verbos multiplicados por π”) y en el patio interior del Upra (“Utopía del verbo”); así como también de la exposición en la biblioteca de la ya referida institución que titulamos “Poesía instalada”. En fin…, que no empece el tiempo que haya transcurrido desde aquel entonces, aún existe un considerable número de profesores, personal administrativo o de limpieza que insisten en interpretar todo aquello como una inusual e irrepetible coyuntura creativa de un grupo o promoción de carácter generacional. Y no encuentro falla alguna en dicha lógica.
Lo cierto es que una vez que culminé el bachillerato (diciembre de 1999) —pero sin graduarme oficialmente aún— enfilé los cañones hacia Río Piedras, con el propósito de continuar mis estudios a nivel graduado. (Hasta hice un préstamo estudiantil y me compré una tres potes —o Suzuki Swift del 92— con el fin de poder viajar sin volver a quedarme a pie) No obstante, me topé con que tenía que aprobar treinta y pico de créditos a nivel subgraduado en Estudios Hispánicos (pues mi bachillerato en Pedagogía carecía de méritos suficientes para continuar estudios graduados en dicho departamento) y, como si fuera poco, con que no tenía hospedaje en la consabida residencia de estudiantes, ya que nunca la solicité a tiempo. Fue entonces cuando mi amigo, Reynaldo Román, tuvo la enorme gentileza de acogerme y darme alojamiento en su apartamento ubicado en la calle San Justo del Viejo San Juan. Lo traigo a colación puesto que fue precisamente Rey la persona que me descubrió no sólo la poesía de El arpa imaginaria, sino a su autor en carne y hueso (amigo y ex vecino suyo, para ese entonces, del viejo complejo de apartamentos en la calle Cruz). De hecho, quién más si no el mismísimo Rey, fue quien nos convocó a ciegas —doce años antes de la aciaga aplicación de Tinder— para que nos encontráramos en el café Cuatro Estaciones de la Plaza de Armas. De más está decir que el privilegio de dicha experiencia no sólo devino en la escritura —a modo de antesala— de un ensayo que llevó como título “Sobre la poesía de Edwin Reyes” (y que se publicó en el primer número de la revista El Sótano 00931), sino en la posterior redacción de una tesis que más de una década después me hubo de conferir un grado doctoral en literatura puertorriqueña.Cómo olvidar la gesticulada reacción de su semblante tras mi inoportuna petición de que leyera, justo allí mismo, algunos de los poemas que llevaba conmigo.
Por cierto, cómo olvidar la gesticulada reacción de su semblante (tipo emboscada tacto rectal o guerrilla del Viet Cong) tras mi inoportuna petición de que leyera, justo allí mismo, algunos de los poemas que llevaba conmigo. Ni el riguroso temple o la exquisita desfachatez con que hubo de despacharme luego: “Esto es pura hojarasca…”; “Este otro, njú, dizque más o menos…”. O, peor aún: “Este texto me resuena demasiado a uno que escribió Ernesto Cardenal…”. Y tras el típico silencio incómodo: “¿Y si nos movemos para un sitio que conozco en la calle San Sebastián y nos damos una cerveza…?”. Y fue así que “nos dieron las diez y las once”, aunque sin la más mínima sospecha de que el consabido cangrejo andaba ya traqueteando en la finita coyuntura de su reloj de arena. Razón por la cual el poeta nunca fue testigo del merecido homenaje que los Sotaneros le rendimos en 2001, tras la publicación del primer número de la revista. Aunque me consta que Merce López Baralt se lo comunicó, puesto que sólo así se explica la genuina muestra de agradecimiento que posteriormente recibí de parte de su familia, vía correo postal, mediante una tarjeta con un dibujo y un poema suyo.
En resumidas cuentas: el poeta Edwin Reyes fue la primera persona a quien le compartí, dentro del todavía hoy cerrado circuito literario de la capital, algunos de mis primeros poemas, tras mudarme a estudiar literatura en el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. La segunda fue mi profesor de Literatura Puertorriqueña II. Me refiero al siempre entrañable crítico, narrador y poeta Félix Córdova Iturregui.
Recuerdo, tal y como si fuera ahora, que nos sentamos —tras finalizar una de sus clases de Literatura Puertorriqueña— en uno de los banquitos del patio interior que dan hacia el Teatro de la Iupi. Digamos, pues, que tuvo un chinchín más de tacto que el otrora lanzaadoquines censor, mas sin temblarle tampoco el pulso. Vamos, que se tomó todo el tiempo del mundo para comunicarme cuál era su impresión respecto a mi inaprensible retahíla de poemas. Fue así que me recomendó echarle un vistazo al magistral texto Four Quartets de T. S. Eliot y a los poetas españoles de la Generación del 27. Acá entre nos, y como dato curioso, Córdova fue también mi profesor del curso de Investigación Avanzada a nivel de doctorado. Nunca olvidaré su manifiesto interés ante la posibilidad de dirigir mi tesis, ni su inmensa molestia el día en que algunos de sus estudiantes del curso de Investigación Avanzada expusimos nuestras propuestas de tesis doctoral al público, en el seminario Federico de Onís, y yo nunca acerté a exponerla con claridad (o al menos como él me lo había sugerido y explicado antes). El que no lo olvide no se debe necesariamente a su molesta y expresiva frustración, sino a que ni yo mismo entendía un carajo de lo que estaba exponiendo allí.
Cómo obviar, por ejemplo, el hecho de que fuera precisamente él quien tuvo la gentil franqueza de expresarme —trece años después, y tras fungir como jurado en el certamen auspiciado por el periódico El Nuevo Día, bajo la categoría de autor publicado— que, si bien era cierto que estuvo de acuerdo con la adjudicación del laudo (es decir, a mi libro Ventriloquus), tampoco podía negar el hecho de que tuvo en su haber un considerable número de libros participantes que hubieran merecido —de igual modo— el premio. Vaya forma de ejercer la cátedra con honestidad y riguroso juicio crítico. Mis respetos, in saecula saeculorum.Publiqué —en forma de libro impreso— una breve selección de poemas cuya ineludible cohesión temática parecía exigir algo así como una especie de identidad propia.
En lo que respecta al trabajo creativo posterior a Sobre todo tus silencios, cabe destacar que, tan pronto como dos años después de que éste viera la luz, y en complicidad con la editora y poeta Zuleika Pagán López, publiqué —en forma de libro impreso— una breve selección de poemas cuya ineludible cohesión temática parecía exigir algo así como una especie de identidad propia. En otras palabras: que no encontraba forma alguna de incluirla como parte de ninguna otra propuesta estética. Creo, si mal no lo recuerdo, haberla escrito prácticamente de un tirón. Y que su título, confesiones de juan pedro gratitud, surgió también de forma espontánea, es decir, conforme a la gesticulación musical de su lúdica poiesis: “Juan / Pedro / grati / tud / el del / peo / fuiste / tú”. Lo mismo podría decirse respecto a las seis ilustraciones o esbozos que a modo de viñetas acompañan a los diez textos —tan equívocos como retóricamente escuetos (de ahí su posible noción minimalista)—, y cuya lira narrativa (o hilo conductor de invisibles migas) callaba más de lo que fingía. De ahí, quizás, la impronunciable intencionalidad oculta que l’enfant —o sujeto lírico de la enunciación— pretendiera auscultar o inquirir entre los papeles del lector, es decir: su propia visión o versión personal en torno al descubrimiento de la sexualidad en la niñez.
Como estrategia promocional optamos por confeccionar un video tipo tráiler, con música de banda sonora (confesiones de juan pedro gratitud), y cierta secuencia de inquietantes imágenes que incluía la siguiente aseveración a modo de sinopsis: “Confesiones de juan pedro gratitud es, sobre todo, un juego infantil que se torna sujeto lírico…”. Cabe destacar que cinco años antes dicha serie de poemas —junto a un selecto número de textos que posteriormente incluí en Sobre todo tus silencios— obtuvo una mención honorífica en el Certamen de Poesía Joven Olga Nolla de El Nuevo Día de 2003.
¿Que si queda algo por decir? Pues sí: fue una edición limitada de cien ejemplares y sirvió de cobaya como parte de cierto experimento que, un año después, resultó en la cofundación del sello Sótano Editores. Y que su venta estuvo suscrita (supongo que aún lo está), casi de forma exclusiva, al mágico espacio que Marvia y José Luis Figueroa tuvieron la gentileza de construir en torno a su Librería Isla. Ah, y que cuatro son quizás los principales aspectos que a raíz de dicha experiencia valdría la pena también destacar.
En primer lugar, el rol tipo independent que asumió el texto bajo la incógnita impronta editorial de Publicaciones Indie. En segundo lugar, que la edición se valió también de un exhaustivo análisis —a modo de epílogo— del destacado crítico literario y poeta Federico Irizarry Natal, el cual llevó por título: “Merodeo y visaje: en torno de las Confesiones de Juan Pedro Gratitud”. En tercer lugar, que la presentación estuvo a cargo del distinguido crítico, editor y escritor puertorriqueño Elidio La Torre Lagares, y fue publicada bajo el título “El juego de lo paródico en Confesiones de Juan Pedro Gratitud de Juanmanuel González”, en la edición especial del número antológico internacional (República Dominicana-Puerto Rico) de la revista El Sótano 00931. En cuarto y último lugar: que, a pesar de su exigua recepción, ésta tuvo por encargo el poner en tela de juicio el carácter ficcional de mi naturaleza empírica. Por lo que: ¡uy, Juan Pedro, ¡cuánta ingratitud! ¿Qué pedo, pues…? ¿Quién hubiera previsto verse, como quien en plena rueda de reconocimiento? ¿Con qué derecho de autor o licencia de portación lírica se puede cuestionar la ambigua dimensión ficcional del yo? Ahora digo yo, ¿en qué punto del canon literario se especifica que el género de la poesía y el de la novela moderna han de diferir en lo que concierne a la expresa o manifiesta visión ética del autor?Un buen día me dejé arrastrar por la simple idea de revestir con cierta estructura narrativa a una serie de poemas.
Pues eso. Y que un buen día me dejé arrastrar por la simple idea de revestir con cierta estructura narrativa a una serie de poemas (que ya venía trabajando, eso sí, casi de forma simultánea a las Confesiones…). Y que, aunque nunca lo tuve del todo muy claro, siempre insistí en conferir a la temática del autodescubrimiento erótico en la niñez de una continuidad no menos prosaica que intencionalmente lírica. Lo cual me condujo a plantearme: ¿qué mejor manera de diseminar cualquier indicio de falsa honestidad —sin dilatar demasiado el ademán flatulento— que la recreación de algún tipo de trama ficcional o, dicho de otra manera: que algo le suceda a alguien (sujeto a carne imaginaria de cañón) en F o X estación de tren del mundo?
Eso sí, reconozco que no lo hice del todo en el vacío, pues estaba bastante familiarizado con la propuesta teórica del ya canónico texto académico Literatura y paternalismo en Puerto Rico, del notorio crítico literario y profesor Juan G. Gelpí. Y que, recién y precisamente con él, acababa de tomar un curso de lectura teórica de textos latinoamericanos (creo que entre 2003 y 2004), por lo que tampoco estaba muy ajeno de las propuestas teóricas sobre ficción literaria de una serie de autores bastante representativos sobre el tema: Lubomir Doležel, Wolfgang Iser, Dominique Combe, entre otros. Por cierto, qué mejor ejemplo para demostrar cuán hilvanada estaba la dedicatoria del poemario (“Al CONTAGIO y su efecto de arrastre”) que el simple mero hecho de que haya surgido a raíz de la impresión que tuvo en mí la lectura de la novela El contagio, de la escritora Chilena Guadalupe Santa Cruz. Y, por qué no, la posterior redacción de la monografía “Hacia una poética de la ficcionalización oral en la novela El contagio de Guadalupe Santa Cruz”. Motivos, todos y cada uno, que intenté aprovechar según se me hizo posible, pero que posteriormente me condujeron a publicar los XX poemas para ser leídos en el tren urbano (2009 y 2013, 2ª edición): a modo de secuela o spin off de las confesiones de juan pedro gratitud (Valle del túnel).
Por lo que, visto así, reconozco que dicho poemario se estructura en torno a cuatro voces de enunciación lírico-narrativa que se juegan imaginariamente la vida por encarnar (cual personajes de una trama ficcional en tres espacios y tiempos distintos) y a través de sus contiguos rieles interdimensionales. Vamos a ver que, aunque no tenía ni puta conciencia de ello, me valí del uso del monólogo dramático, es decir, de una serie de voces de personajes lírico-dramáticos (en aras de cierta trama narrativa). Motivo por el cual admito, a expensas incluso del sujeto empírico, que una de las posibles lecturas de los XX poemas… —en el contexto de la señalada dinámica ficcional (o lírico-narrativa del texto)— podría desplegarse de la siguiente manera:
| Sujeto de enunciación lírico-dramática | Personaje | Número de página o de poema | Espacio-tiempo narracional del sujeto lírico-dramático |
|---|---|---|---|
| Tercera persona | Narrador testigo | I, II, IV, V, IV, VIII, XI, XII, XIV, XVII y XIX | Trama intemporal del espacio ficcional en que transcurre el tren. |
| Tercera persona | Conductor del tren urbano o representación alegórica —tipo cameo— del guardagujas de Arreola | 19, 23, 27, 31, 35, 39, 43, 47, 51, 55, 59, 63, 67, 71, 75, 79, 83, 87, 91 y 95 | Tiempo lírico actual —o intertextual— en que transcurre el tren urbano. |
| Tercera persona | Narrador omnisciente lírico | X | Intemporal: el sujeto de la omnisciente narración lírica juega con su tren. |
| Primera persona | Pasajero nocturno | III, VII, XIII y XV | Intemporal: viajero anónimo cuya existencia transcurre a través del tiempo que media entre el ferrocarril de finales del siglo XIX y el tren urbano actual |
| Estilo directo | Santiago y Mariela | IX, XVI, XVII y XX | Trama de carácter intemporal, dentro de cierto espacio ficcional, en que se transcurre en el tren |
Acá entre nos, ¿qué mejor forma de distanciar a Juan de su amiguito Pedro sin dejar de darle manigueta suelta a la imaginación? O, dicho de otra manera: por qué no seguir reiterando, en el susodichamente lírico, carácter lúdico de la ficción, pero con sutil y ariadna suspicacia… ¿no?Cuánto diera hoy por no haber interrumpido aquel irreverente flujo de espontánea fuerza creativa.
Ventriloquus surgió algún tiempo después y como parte de cierto episodio de crisis o desengaño existencial —en términos del susodicho yo empírico— tras la escueta o prácticamente mínima recepción crítica que tuvieron los XX poemas. Lo escribí como quien se entera de una grave condición terminal y reniega de cualquier tratamiento clínico. Jamás pensé que sirviera de algo someterlo a escrutinio ajeno. Cuánto diera hoy por no haber interrumpido aquel irreverente flujo de espontánea fuerza creativa. Comparto, pues —y sujeto a riesgo de equívoco—, un texto del referido libro que seguramente lo expresa mejor que yo:
Por la culata
a quién le importa
tu cara de nadie tu metro sesenta y dos
inspiran —menos que lástima—
la simple indiferencia hacia lo invisible
(hay tanto pendejo con biografía)
¿no pensarás cambiar el mundo
con esa miradita lírica?
ya tienes edad
para abrir sin avioncitos la boca
En lo que respecta a mi trabajo investigativo, siempre estuvo sujeto a mi experiencia como estudiante graduado en el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras y del colectivo y la revista El Sótano 00931. Y consiste en una serie de ensayos que actualmente reviso y edito — entre los que figuran, además, tres de mis monografías doctorales— y, por supuesto, la susodicha tesis, cuya defensa se efectuó el 16 de mayo de 2022 y lleva por título El mito trágico de Charías El Loco en “El arpa imaginaria” de Edwin Reyes.¿O acaso nuestro más reciente selfie no nos sigue haciendo así con la mano?
Si compara su crecimiento y madurez como persona, docente, investigador y escritor con su época actual en Puerto Rico, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo-investigativo? ¿Cómo ha madurado su obra? ¿Cómo ha madurado usted?
Yo es que prefiero evitar el acto de figurar como juez y parte. He optado por hacer como quien se mira de reojo en la virtual vitrina del acontecer cultural puertorriqueño. O como quien simula las veces de un flâneur y su única constancia viable consiste en convivir a fuerza de vértigo y zozobra. ¿O acaso nuestro más reciente selfie no nos sigue haciendo así con la mano? Dicho de otra manera, y sin que me quede ni una pizca de guata entre los entreverados pelos de la lengua:
no he crecido mucho desde entonces
y todavía mis hermanas suelen descubrirme
hurgando entre sus peluches
tengo varias edades
y lloro todas aquellas
que de tus calendarios sobreviven(confesiones de juan pedro gratitud, 2008)
Pero es que, vamos a ver: ¿quién soy yo para intentar dar por sentado al ventrielocuente muñeco crítico (o líricamente hablando) de una época? ¿Quién, si no he sido capaz de ser —siquiera— aquel que “siempre deja la mitad del cuerpo afuera”? Pues eso. Y ojalá que la imagen simbólica de la consabida “banda de Möebius” sirva para representar el oscilatorio vaivén entre lo autoficcional y lo autobiográfico que ha de subyacer como parte de mi trabajo creativo-investigativo. Claro está, siempre y cuando dicha identidad (lo mismo épica que lírico-dramática) nunca deje de autodeconstruirse como quien juega —ingenuamente solo— a la inteligencia artificial con su ouija. ¡Y que maduren las frutas!
¿Cómo visualiza su trabajo creativo-investigativo con el de su núcleo generacional de escritores con los que comparte o ha compartido en Puerto Rico y fuera? ¿Cómo ha integrado su trabajo creativo-investigativo a su quehacer de escritor?
Sospecho que del mismo modo en que ningún acto de comunicación humana ha de obrar en el vacío interestelar o que ninguna iniciativa de carácter individual se ha de librar, por más —dizque— innovadora, de cualquier tipo de escalpelo contextual (puta rima interna). Pero, bueno, si es que ni el mismísimo big bang está exento de análisis morfosintáctico alguno. O como bien dijo José María Lima: “El lenguaje es antes que nada algo así como un cuchillo o una soga”.Confío en el valor histórico que ha de significar haber cofundado la revista literaria El Sótano 00931.
De igual modo confío —es más, me reitero— en el valor histórico que ha de significar, dentro de la consabida tradición de las revistas literarias en Puerto Rico, el mero hecho de haber cofundado la revista literaria El Sótano 00931. Quién sabe si haya sido quizás el mayor de mis aciertos literarios. Tampoco es que haya tenido un renglón muy alto.
En lo que respecta a la posibilidad de integrar el aspecto creativo-investigativo con mi faceta de escritor, sospecho que el mínimo común divisor de mi interés por la literatura ha de radicar siempre en cierto profundo sentimiento de asombro —criatura al fin, ¿no?— frente al inaprensible misterio del fenómeno poético. De ahí el que la mayoría de mis cursos en Estudios Hispánicos se hayan concentrado en torno al género lírico y el que las monografías que redacté osaran por asediar el carácter simbólico de dicho fenómeno. Lo mismo ocurre con mi tesis doctoral sobre el mito trágico en la poesía del poeta cialeño Edwin Reyes. Por cierto, ¿ya dije que próximamente la he de publicar bajo el sello de Isla Negra Editores?
Ha logrado mantener una línea de creación-investigación enfocada en la poesía en y desde Puerto Rico. ¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo-investigativo dentro de Puerto Rico y fuera, y la de sus pares?
Considero que siempre he sido un fiel y obsesivo entusiasta de la literatura. Que he asistido, con reiterada aliteración compulsiva, a la casita de su infinito árbol de centellas. Confieso, además, que siempre me ha seducido la intensa pulcritud con que el cuento abrevia su rosario de inusitadas cuentas en forma de ábaco (por dar sólo un exemplo). De la novela, juro —por Dios— que me enternece la falsa modestia de su desfachatada arquitectura, el desparpajo con que entreabre al cielo sus dos brazos de niña, sin dejar de dar vueltas y vueltas con la punta de los pies sobre el puntiagudo eje de la tierra (vaya cajita de musiquita excelsa). El drama del teatro es otra cosa, sobre todo cuando quien lo entabla logra encarnizar la escena: “Falsedad bien ensayada, estudiado simulacro”. Hasta ahí, pues, mi crossing-over o simple hecho de que por alguna extraña o jodida razón pareciera que tengo un puto idilio amoroso con la poesía, que aún no he conseguido resolver. Algo así como un puñetero enchule o apendejamiento que me incita a ceder no empece a sus más excéntricos caprichos de amante introvertida (¡manda más, Agüeybana, si más me merezco!).
Aprovecho, pues, la mención alegórica que haces, respecto a la noción del acto de enfocar, para parafrasear un verso del poeta puertorriqueño Edwin Reyes y aunar, de algún modo, esa doble dimensión de búsqueda que media entre la acción de investigar y la de escribir poesía con que llevas insistiendo desde hace rato. Me refiero, concretamente, al verso “este viejo oficio de linterna” del soneto “Poética”:
obligado a llamar al polvo polvo
al animal sensato calavera
puede olvidar el hombre que es poeta
y el poeta que es sangre tierra mostoesquina de la mesa simple zorro
para este viejo oficio de linterna
y olvidarse los dos que la tiniebla
depende de la luna y de los ojos
La mayor parte de mi vida ha transcurrido entre las parcelas Roberto Clemente I del barrio Pajuil y el sector El Saco.
Sé que es usted de Puerto Rico. ¿Se considera un escritor puertorriqueño o no? O, más bien, un escritor, sea éste puertorriqueño o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente usted?
¡Sí! Nací en el antiguo hospital municipal de Arecibo, pero la mayor parte de mi vida ha transcurrido entre las parcelas Roberto Clemente I del barrio Pajuil y el sector El Saco, del mismo barrio Buena Vista de Hatillo. Mi padre, producto del movimiento migratorio de los años 50, nació por comadrona en el sector Los Coléricos, que formaba parte del arrabal La Playa (y que otrora configuró parte del litoral norte y tenía por límite el océano Atlántico). Mis abuelos paternos eran oriundos de los pueblos de Isabela y Utuado, respectivamente. Mi madre, al igual que sus padres y abuelos, nació y se crio entre las vegas que circundan el sector Sonadora del barrio Bayaney de Hatillo y el barrio Quebrada de Camuy, y por donde aún transcurre, cual guardarraya, el mismo y siempre distinto río de siempre: se trataba de la gente esa, los vega abajo o del río. De ahí —y a mucha honra— mi maternal apellido o, parafraseando a Machado: “Mi infancia son recuerdos de un mogote de piedra caliza y un sumidero, en cuyo borde los aguacates maduros caían”. Más aún, el hecho de que carraspee las erres y diga —hasta el macizo sol de hoy— lo que pienso y siento en el más parcelero dialecto del español de Puerto Rico. Y como nunca aprendí a hablar inglés (mira que lo intento mascullar aún), podría decirse que ostento, a mucha honra, casi el mismo IQ que la abuela de Tato Laviera. Enhorabuena, pues.
Respecto a lo que implícitamente cuestionas sobre nuestro José Luis González, pues te cuento… Tuve un profesor de Literatura Puertorriqueña en la UPR que cierto día nos compartió una anécdota personal en torno al referido escritor con triple ciudadanía. Nos relató que eran amigos y colegas, y que solían viajar juntos en su carro (el de mi profe) debido a que ambos impartían cursos en la Universidad de Puerto Rico, recinto de Cayey. De modo que, tal y como suele ocurrir en estos casos, resultaba prácticamente imposible el no realizar algún tipo de parada en cualquier garaje, negocio o chinchorro del camino (como parte, claro está, de lo arduo que implica el trayecto de ida y regreso). El punto es que mi profesor nunca pudo explicarse cómo es que, sin siquiera bajarse del carro o mostrar el más mínimo interés por darse un simple palo al son de alguna vellonera, nuestro insigne escritor tuvo la osada desfachatez de publicar —cierto tiempo después— un elocuente artículo de profunda raigambre cultural, sobre el susodicho género musical de carácter popular. De modo que valdría la pena preguntar —e incluso contestar— retóricamente hablando: ¿y Linda…? (joder: Daniel Santos también hizo las veces de fingidor…).Hago casi hasta lo imposible por nunca entregar —en bandeja de plata— mi alopécica cabeza de impostor.
¿Cómo integra su identidad étnica y de género, y su ideología política con o en su trabajo creativo-investigativo y su formación en la Universidad de Puerto Rico?
Digamos que: lo mismo finjo como Pessoa, que me autofalsifico en son de Paz (“yo es otro”, ¿no?). Más aún, que hago casi hasta lo imposible por nunca entregar —en bandeja de plata— mi alopécica cabeza de impostor. Eso sí, según los anales de la historia, por estas venas de irreverente perro sato convergen ríos de innumerable sangre mestiza. Por lo que, según el registro demográfico, nací un lunes cualquiera; en que ni llovía ni Dios sufría quebranto de salud alguno. Qué coño importa entonces lo que Juan o yo hagamos o dejemos de hacer en medio de este puto y siniestro azar (sobre todo cuando al inconsciente colectivo le encanta jugar a la gallinita ciega). Pues que así lo infiera, ya que tanto le apetece, el desafortunado lector que suele hacer las veces de ruin y morboso inquisidor entre las redes. Es por ello que siempre he tenido la impresión de que en eso ha de radicar precisamente la consabida imprecisión categórica del sujeto lírico de la enunciación. ¡Qué mejor manera de representar el carácter inclusivo del lenguaje que a través del más ambiguo de los discursos posibles, es decir: el poema! En otras palabras: no concibo un mejor proceso de autodefinición que el de la lectura, por medio del cual nadie ha de cejar nunca por constituirse como personaje; eso sí, sujeto siempre a los trámites de aduana que conlleva todo proceso de ficcionalización. Dicho sea de paso, ¡Gratias plurimas, Universitatis portoricensis! (XOXO).
¿Cómo se integra su trabajo creativo-investigativo a su experiencia de vida tras su paso por la Universidad de Puerto Rico? ¿Cómo integra esas experiencias de vida en su propio quehacer de escritor en Puerto Rico hoy?
Infiero que mediante la única forma posible: la del eterno estudiante y —so cátedra no menos vitalicia— profesor de lengua y literatura con que hube de soñar un día. Mis estudios subgraduados en Pedagogía, es decir, en Artes de la Educación con especialidad en la enseñanza del idioma español, me han permitido laborar —durante los pasados veinticinco años— como maestro de escuela elemental, intermedia y superior; y, a nivel graduado: como profesor de universidad. De modo que he impartido clases, tanto en el sector público como en el privado, en prácticamente todos los grados y niveles (a excepción, eso sí, de kindergarten y primer grado). No empece a que, acá entre nos, jamás lo hubiera previsto, pues mira que corté clases, fumé, jodí y peleé durante mis años de estudiante en la escuela pública (incluso, llegué estúpidamente a fantasear con nunca estudiar una carrera y dedicarme plenamente al mundo del boxeo profesional). Motivo por el cual quisiera agradecer —hoy, más que nunca— al insondable universo y a la “Virgencita de la Divina Providencia” de las décimas de San Matos Paoli, el que un buen día fuera empujado —hasta caer preso (a traición, pues el diablo es puerco…)— entre las concupiscentes redes del más excelso de los poemas que aún sigue y seguirá siendo mi alma mater: la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. ¡Quién dice Aleluya, pueh! ¡Alabanza! ¡Alabanza!Los interlocutores, reales e imaginarios de la comunicación literaria, nunca han de coincidir en el mismo espacio o tiempo.
¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo-investigativo y a la temática del mismo? ¿Cómo ha variado?
Hasta el momento, ninguna. Era de esperarse, ¿no? ¿O acaso la comunicación artística no se constituye —in principio— por cierto carácter de naturaleza cruzada? Digo, según el crítico y teórico de literatura Rafael Núñez Ramos: “Va del autor real al lector imaginario, y del autor imaginario al lector real”. En otras palabras, que los interlocutores, reales e imaginarios de la comunicación literaria, nunca han de coincidir en el mismo espacio o tiempo. A ver si me explico, que incluso en lo que respecta a esta entrevista: tú y yo, querido e imaginario lector (con quien simulo hablar —aun sabiendo, que mientras escribo, sigo hablando solo—), jamás escucharás ducharme, no empece a que existamos: cual dos mancos de Lepanto, en paralelos calabozos individuales). Dicho de otra manera, que: mientras tú lees cada una de estas respuestas, yo aún sigo haciéndome las mismas preguntas existenciales que otrora Lucy o el más orangután de los alienígenas ancestrales que nunca supuso Darwin.
En lo que respecta al loco transcurrir del tiempo, advierto cierto elocuente ademán, en el más circunstancial de los hechos posibles: y que exista la posibilidad de que más allá de cualquier streaming circunstancial alguien siga escuchando hoy que “río abajo va la linda flor que un día…” en Spotify. Que, si no fuera por eso, implicaría esta fútil posibilidad de volver a insistir en el no menos risible (que insustancial) hecho de que la primera vez que tuve siete años rondaba ya los treinta, y que:
todavía me como las uñas
lloro si se me rompe algún juguete
duermo con la luz encendida
y por las noches
sufro de incontinencia urinaria
¿Qué, si no el terrible hecho de reconocer que la segunda me sorprendió —como quien dice— con los pantalones bien abajo (o por la raja de los vericuetos)? Por lo que fue justo ahí cuando hube de comprender que yo (cual más pendejo ilustre) he sido el único que ha envejecido al margen del poema. ¡Qué dicha, pues, la de la alada piedra de Watanabe, la melliza y centenaria sombra que subyace entre las dos ceibas de Quebradillas o el poema más cuneiforme posible que jamás alguien te haya escrito!La línea de investigación que vislumbro a largo plazo desarrollar posee, hasta el momento, dos vertientes bastante discernibles.
¿Qué otros proyectos creativos tiene usted recientes y pendientes?
¿A corto plazo? Publicar —en formato de libro— mi tesis doctoral: El mito trágico en “El arpa imaginaria” de Edwin Reyes. Cuyo beneplácito, a cargo del comité evaluador, incluyó el amadrinamiento, para fungir como su prologuista, de quien ejerció como mi mentora, la catedrática y profesora emérita de la Universidad de Puerto Rico: Mercedes López-Baralt. Cabe destacar que, al día de hoy, el proceso se encuentra en plena fase de edición. Si no me creen, pregúntenle a cierto prestigioso poeta y editor.
Otro proyecto cuya expectativa me genera también muchísimo entusiasmo radica, sin lugar a dudas, en la publicación —a modo de precuela, respecto al tema de la tesis— de una serie de ensayos críticos entre los que han de figurar mis tres monografías doctorales: “Alucinado por el deseo: melodrama y modernidad en La cuarterona de Alejandro Tapia y Rivera”, “Cuando el río suena o los motivos del agua en La charca, de Manuel Zeno Gandía: su prolongación en el tiempo” y “Bajo el signo de la conversión: el arquetipo de la virgen madre como símbolo de inversión e intimidad en la poesía de Francisco Matos Paoli”.
Ahora bien, la línea de investigación que vislumbro a largo plazo desarrollar posee, hasta el momento, dos vertientes bastante discernibles. La primera, con base en la mitocrítica de Northrop Frye y Gilbert Durand, consiste en demostrar cómo a través de cierta serie de diversos motivos simbólicos es posible evidenciar la existencia oculta —y a nivel intertextual— de distintos mitos (bíblicos o clásicos) entre distintas obras y géneros de la literatura puertorriqueña. La segunda tendrá como objetivo destacar ciertos rasgos, giros o elementos particulares de algunos autores, “generaciones” o movimientos literarios de la literatura puertorriqueña que evidencien un indiscutible —y no reconocido aún— carácter innovador en comparación con otros autores de Latinoamérica o España. En mi tesis doctoral, por ejemplo, demuestro que el primer libro del poeta Edwin Reyes, Crónica del vértigo, debe ser reconocido como precursor —tanto a nivel nacional como internacional— de la que posteriormente se denominó “poesía de la experiencia” en España (ahí lo dejo: critiquen, pues…).
Finalmente, entre mis planes figura también un inmenso interés por desarrollar varios proyectos de carácter antológico en lo que respecta a la poesía, es decir, seleccionar, editar o —incluso— llevar a cabo el prólogo o estudio preliminar de una o varias antologías poéticas (para muestra un botón: Antología de los poetas calvos). Y, ¿por qué no? seguir scrolleando en el celular. Por cierto, acabo de ver una serie de asesinos en serie en Netflix que está chulísima. Ya me dirás si te la recomiendo… No sin que antes le des a seguir (te dejo la info en el imaginario carrito anaranjado del enlace de abajo).
Escritor puertorriqueño (Puerto Rico, 1976). Cursó estudios de Bachillerato en Artes en la Universidad de Puerto Rico, especializándose en Sociología (B.A., 1998). Completó su educación terciaria en Puerto Rico con un Doctorado en Derecho de la Escuela de Derecho de la Universidad Interamericana de Puerto Rico (J.D., 2004) y una Maestría en Artes del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe (San Juan, Puerto Rico), especializándose en Estudios Puertorriqueños y del Caribe (M.A., 2005). En la Universidad de Salamanca (Salamanca, España) realizó estudios superiores y avanzados en Antropología Social y Derecho Constitucional (DES-DEA, 2004-2006). Obtuvo su título de doctor de la Universidad de Salamanca en 2010. Su Tribunal de Tesis calificó su disertación doctoral con un Sobresaliente “Cum Laude” por unanimidad. Posteriormente, la Comisión de Doctorado y Postgrado de la Universidad de Salamanca le concedió el Premio Extraordinario de Doctorado en Ciencias Sociales (2009-2010). Sus principales investigaciones están publicadas por, entre otras entidades, el Instituto de Derecho, el Instituto de Estudios del Caribe y el Instituto de Antropología del Derecho. Otros de sus trabajos de investigación han sido publicados por revistas de la Universidad de Puerto Rico, la Escuela de Derecho de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico y el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile. Parte de su obra literaria ha sido publicada en El Sótano 00931 y Panfletonegro. Su obra literaria ha sido presentada en la Sala Café Teatro Sylvia Rexach del Centro de Bellas Artes Luis A. Ferré. La mayoría de sus investigaciones pueden ser libremente adquiridas en amazon.com, amazon.es, amazon.co.uk y, entre otras librerías, en Barnes & Noble. Ha sido conferenciante en la Facultad de Derecho Eugenio María de Hostos, la Universidad Autónoma de Madrid, el Museo de la Historia de Ponce y la Universidad de Salamanca. Fue el decano fundador del Instituto de Derecho Avanzado, y director académico de su Programa de Educación Jurídica Continua con el Colegio de Abogados Católicos de Puerto Rico. En marzo de 2013 fue invitado a fundar la Comisión de Asuntos del Fiscal General del Estado y del Departamento de Justicia, Sección de Estado y Gobierno Local, Colegio Americano de Abogados (A.B.A., por sus siglas en inglés), Illinois, Estados Unidos de América.
Sus textos publicados antes de 2015
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