El permafrost del Ártico esconde una ‘bomba de metano’: ahora sabemos que no es tan fácil que explote
Un nuevo estudio afirma que la clave está en el equilibrio entre microorganismos consumidores y productores. Los primeros pueden ganar la partida


Un estudio publicado en la revista Nature Communication Earth and Environment ha arrojado luz sobre las complejas dinámicas microbianas que se desarrollan en el subsuelo de las mayores regiones polares, incluyendo Siberia y Alaska. Algo de especial relevancia, ya que ha permitido abordar el alcance global de un posible estallido de la bomba de metano del Ártico. Un suceso de consecuencias difíciles de prever, pero potencialmente catastróficas, que se asocia directamente al deshielo del permafrost.
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En concreto, el trabajo pone el foco en cómo se comportan las comunidades de microorganismos en la capa del suelo que se descongela. Sus hallazgos indican que, bajo determinadas circunstancias ambientales, los microbios que consumen metano podrían prevalecer sobre aquellos que lo generan. Este equilibrio biológico podría lograr que la superficie del polo norte actúa como un suminero neto, neutralizando así una buena parte de la liberación de este gas de efecto invernadero extremadamente potente y peligroso.
Conviene recordar que, desde hace años, la comunidad científica lleva advirtiendo de que el progresivo calentamiento global está derritiendo el permafrost a un ritmo acelerado, lo que a su vez conlleva la liberación de gases de efecto invernadero acumulados a cientos de metros de profundidad desde tiempos inmemoriales.
Factores clave para la mitigación del metano ártico
El análisis genómico llevado a cabo por los investigadores de la Universidad de Alaska Anchorage sobre muestras de suelo de diferentes localizaciones árticas revela una baja diversidad entre los microbios asociados al ciclo del metano. Entre los metanótrofos (los que consumen este gas), el género Methylobacter es el predominante, lo que sin duda es una buena noticia.

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Sin embargo, el factor decisivo para determinar si el metano se libera o se absorbe será el destino hidrológico del permafrost descongelado. Los científicos observaron que en los emplazamientos con suelos húmedos o ya anegados la ausencia de oxígeno facilita la proliferación de los microorganismos metanógenos (los que producen metano). En cambio, las áreas secas otorgan una ventaja competitiva a los metanótrofos.
El microbiólogo Tim Urich, coautor del estudio, expresó la importancia de este equilibrio afirmando que, realmente, “de él depende el destino hidrológico del permafrost”. Esto implicaría que un futuro Ártico más cálido y seco, sin presencia de agua superficial, podría ser beneficioso para la estabilidad climática, ya que impediría la explosión de la temida bomba de metano y, con ella, la liberación de ingentes cantidades de este gas de efecto invernadero a la atmósfera.
Incertidumbre sobre el futuro
Asimismo, otros especialistas en la materia, como el biogeoquímico Christian Knoblauch, han afirmado que el concepto de bomba de metano podría haber sido “una simplificación excesiva o una sobreestimación” de la cantidad de gas que podría ser liberada. Ahora bien, el estudio al que aquí hemos hecho referencia, si bien resulta esperanzador de cara al futuro, no ha medido las tasas reales de emisión y captación, lo que deja abierta una ventana de investigación muy importante de cara a futuros trabajos.
El Ártico agoniza bajo el hielo más frágil: el invierno de 2025 marca un nuevo récord mínimo
El deshielo avanza con paso firme, imparable, marcando el invierno de 2025 como testigo de una nueva advertencia climática.

Periodista especializado en temas de ciencia, naturaleza, tecnología y salud

El manto blanco que antaño parecía eterno ha vuelto a menguar, dejando al descubierto las huellas cada vez más visibles del cambio climático. El 22 de marzo de 2025, una fecha insólitamente tardía en el calendario estacional, marcó el punto máximo de extensión del hielo marino en el Ártico durante el invierno.
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Sin embargo, lejos de ofrecer señales de recuperación, esta máxima ha sido la más baja registrada desde que comenzaron las observaciones satelitales en 1979. Así lo anunció el National Snow and Ice Data Center (NSIDC), cuyas imágenes revelan un panorama en el que las concentraciones de hielo apenas alcanzan el umbral mínimo del 15 % en sus márgenes más distantes.
A pesar de haber llegado diez días más tarde que el promedio registrado entre 1981 y 2010, la extensión máxima del hielo marino del invierno 2025 no solo ha sido modesta, sino que también ha confirmado una inquietante tendencia: las diez menores extensiones de hielo invernal en los registros satelitales han ocurrido desde 2007. La señal es inequívoca, y su lectura exige urgencia.
Una mirada detenida al gráfico comparativo del NSIDC permite entender el alcance de este fenómeno. Cada línea representa la extensión diaria del hielo desde 1979. Las más oscuras —correspondientes a los años recientes— se agrupan ominosamente en la base del gráfico. En 2025, la línea se tiñe de un rosa brillante que simboliza tanto su visibilidad como su gravedad: es la más baja de todas. La línea de 2017, la anterior portadora del récord negativo, apenas supera la actual.

Esta constante contracción del casquete polar no es solo una imagen dramática, sino una realidad respaldada por datos científicos. Mientras que la pérdida en verano (septiembre) avanza a un ritmo de 12,1 ± 1,8 % por década, el retroceso durante el invierno (marzo) es menor, aunque no despreciable: 2,5 ± 0,4 % por década desde 1979.
La razón es clara: aunque el Ártico sigue siendo extremadamente frío en invierno, el calor añadido por el cambio climático basta para afectar la formación de hielo. En verano, en cambio, las temperaturas son más sensibles, y un leve aumento basta para desencadenar un derretimiento masivo.
Además, los registros indican que la superficie de hielo marino en el Ártico ha disminuido a una velocidad promedio del 13 % por década desde finales del siglo XX, si se toma en cuenta solo el final del verano. Una reducción que dobla la prevista en muchos modelos climáticos anteriores.

Un problema ecológico
Otro aspecto crítico que destaca la comunidad científica es el llamado “efecto albedo”: con menos hielo que refleje la radiación solar, el océano oscuro absorbe más calor, acelerando el derretimiento en un bucle que se retroalimenta.
Sumado a ello, se estima que el hielo multianual —es decir, aquel que sobrevive más de una temporada— ha disminuido más del 90 % desde 1985. Este tipo de hielo, más grueso y resistente, ha sido reemplazado por hielo estacional mucho más vulnerable a las olas de calor y al oleaje. La fragilidad del paisaje helado no solo compromete el equilibrio ecológico, sino que también incide en patrones climáticos globales, alterando las corrientes oceánicas y los sistemas atmosféricos.
Desde el punto de vista ecológico, algunos organismos como las ballenas boreales podrían beneficiarse de un entorno más abierto para emerger a respirar, y el aumento de la luz solar disponible puede fomentar floraciones de fitoplancton. Pero el equilibrio es precario. Las comunidades locales enfrentan viajes más peligrosos sobre un hielo inconsistente, y los osos polares, cuya caza depende del hielo marino, ven restringido su hábitat de manera alarmante.
El Ártico se nos escapa de las manos como hielo derretido entre los dedos. Cada dato, cada imagen satelital, cada centímetro cuadrado de hielo perdido, es una página escrita en el relato acuciante del cambio climático. Pero no todo está perdido. El conocimiento, como este que nos brindan centros de investigación como el NSIDC, puede ser también un faro para actuar en la dirección correcta.
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