Estados Unidos y el golpe electoral en Honduras
El pasado 30 de noviembre se celebraron las elecciones generales en Honduras, un país que desde hace más de una década vive entre la esperanza y la desilusión política. El gobernante Partido Libertad y Refundación (Libre), que llegó al poder tras liderar las movilizaciones contra el golpe de Estado de 2009 y la posterior represión, buscaba revalidar su victoria electoral después de la gestión de Xiomara Castro que había mejorado la situación económica y reducido la criminalidad a niveles inéditos en la historia reciente del país.

Sergio Ramos(*)
El pasado 30 de noviembre se celebraron las elecciones generales en Honduras, un país que desde hace más de una década vive entre la esperanza y la desilusión política. El gobernante Partido Libertad y Refundación (Libre), que llegó al poder tras liderar las movilizaciones contra el golpe de Estado de 2009 y la posterior represión, buscaba revalidar su victoria electoral después de la gestión de Xiomara Castro que había mejorado la situación económica y reducido la criminalidad a niveles inéditos en la historia reciente del país.
En la contienda electoral competían, además de Libre, representado por la abogada y activista Rixi Moncada, los dos viejos partidos del sistema bipartidista tradicional: el Partido Nacional y el Partido Liberal. Hasta pocos días antes de la votación, las encuestas apuntaban a una ajustada victoria de Libre, lo que abría la posibilidad de consolidar un proyecto alternativo al turnismo que dominó Honduras durante décadas. Sin embargo, el panorama cambió de forma abrupta cuando, en pleno periodo de reflexión, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, irrumpió en la escena política hondureña con una injerencia abierta e impúdica.
Trump pidió públicamente el voto para Nasry Asfura, candidato del Partido Nacional, advirtiendo que solo si este resultaba vencedor su administración estaría dispuesta a mantener acuerdos y proporcionar ayuda económica a Honduras. No contento con ello, acusó al gobierno de Libre de tener vínculos con el narcotráfico y con Venezuela, repitiendo el viejo discurso criminalizante utilizado contra cualquier gobierno que se atreve a cuestionar la hegemonía estadounidense en la región. El mensaje era diáfano: si Honduras perseveraba en el camino de Libre, correría la misma suerte que Venezuela en términos de aislamiento y sanciones.
El cinismo de esta operación política alcanzó su punto máximo cuando Trump anunció y ejecutó el indulto del expresidente hondureño y líder conservador Juan Orlando Hernández (JOH), condenado en Estados Unidos por narcotráfico a gran escala y por sus vínculos con poderosos carteles de la droga. La decisión ignoraba deliberadamente años de investigaciones y sentencias de la propia justicia estadounidense, y funcionaba como una advertencia directa al pueblo hondureño: el aliado útil para Washington no es quien combate la corrupción y el narcotráfico, sino quien se somete dócilmente a sus intereses, por más corrupto y violento que haya sido su gobierno.
Modelo de saqueo
Para entender la gravedad de esta maniobra hay que recordar qué significó el régimen de JOH para Honduras. Durante sus dos mandatos se consolidó una estructura de corrupción sistemática que atravesó ministerios, empresas públicas, Congreso y aparato judicial. El desvío de recursos públicos alcanzó cifras multimillonarias, mientras se vaciaban servicios esenciales como la sanidad, la educación o la seguridad social. No se trató de “casos aislados”, sino de un verdadero modelo de saqueo estructural del Estado al servicio de una élite político-empresarial asociada al Partido Nacional.
La corrupción estatal no fue solo un problema contable: tuvo un impacto directo en la vida cotidiana de la población. La combinación de impunidad, vínculos con el narcotráfico y abandono de los servicios públicos convirtió a Honduras en uno de los países más violentos del mundo. Barrios enteros quedaron a merced de maras, bandas y estructuras criminales que operaban con la complicidad o la indiferencia de sectores del propio Estado.
Las cifras de homicidios alcanzaron niveles escalofriantes, y la sensación de inseguridad se volvió una constante en la vida diaria: salir a trabajar, mandar a los hijos a la escuela o simplemente desplazarse por la ciudad se convirtió en un acto de riesgo. Frente a este escenario, la propaganda del régimen intentaba presentar mano dura y militarización como solución, cuando en realidad eran parte del problema: más represión, menos derechos y ninguna reforma estructural.
En ese contexto, miles de jóvenes hondureños —y no pocos niños, mujeres y familias enteras— tomaron la decisión más dura: abandonar su país en caravanas masivas rumbo al norte. No se marchaban por capricho, sino expulsados por la pobreza, la corrupción y el miedo. Muchos de ellos cruzaron fronteras a pie, durmieron en la calle, fueron víctimas de extorsión, racismo, violencia policial y criminal, y aun así siguieron adelante porque quedarse en Honduras significaba, para ellos, no tener futuro.
Escapar de la violencia y la miseria
Las caravanas se convirtieron en una imagen dolorosa de lo que significaba el régimen de JOH: un país donde los jóvenes preferían jugarse la vida en el camino a Estados Unidos antes que resignarse a la miseria, la violencia y la falta total de oportunidades. Esa migración forzada no fue una fatalidad abstracta, sino la consecuencia directa de un modelo político y económico impuesto por las élites hondureñas y bendecido durante años por Washington.
Frente a esta realidad, cabría esperar que la clase política hondureña reaccionara con dignidad ante la injerencia extranjera. Pero ocurrió lo contrario. La derecha local, lejos de plantarse ante la intervención de Trump, se alineó sin matices con su estrategia. Aunque durante la campaña el Partido Nacional intentó maquillarse y tomar distancia de su antiguo líder, en la práctica abrazó el relato de que no había forma de oponerse al imperialismo estadounidense.
Se asumió como inevitable que la soberanía de Honduras estuviera subordinada a los designios de una potencia extranjera, y se transmitió a la población la idea de que cualquier proyecto político que intentara romper esa dependencia estaba condenado al castigo económico y diplomático. Fue una renuncia explícita a la soberanía y una traición a la memoria de quienes han luchado por una Honduras independiente y digna.
El viejo bipartidismo también controlaba el órgano electoral CNE, y con numerosas irregularidades, denunciadas por Libre, sigue el recuento dos días después de las elecciones, fruto de esta campaña de miedo, chantaje y manipulación mediática, los resultados electorales no fueron los esperados. Libre ha pedido que se cuente hasta el último voto y que se analice hasta el ultima acta con dudas, mientras que EE.UU sigue presionando en medio del recuento.
Más allá de los matices numéricos, puede afirmarse que Trump y las fuerzas que lo respaldan han logrado su objetivo inmediato: debilitar el proyecto de transformación que representaba Libre.
Lo que se ha quebrado no es solo una expectativa electoral, sino un principio básico del derecho internacional: la no injerencia en los asuntos internos de otros Estados. La operación hondureña es un capítulo más de una estrategia continental que no se detendrá hasta conseguir que toda América Latina vuelva a ser un territorio de siervos obedientes, dispuesto a sacrificar su democracia, sus recursos y su gente para servir a los intereses de las grandes potencias y las élites locales asociadas.
Libre mejoró la vida de la mayoría social y paga por ello
Sin embargo, esta derrota no borra el logro histórico que ha supuesto el gobierno de Libre. Por primera vez en décadas se rompió el turnismo y se aplicaron políticas orientadas a la mayoría social, se recuperaron espacios para los derechos, se apostó por la transparencia y se intentó desmontar las estructuras de corrupción y violencia heredadas del régimen de JOH. Libre supuso una ruptura con la Honduras del saqueo y la impunidad, y por eso ha sido tan ferozmente atacado desde dentro y desde fuera del país.
El partido cuenta con una militancia joven, activa y comprometida que ha logrado cambiar el paisaje político hondureño y reabrir el horizonte de lo posible. Este golpe electoral es duro, pero no definitivo. Como recordaba Álvaro García Linera, la vida de un revolucionario es “luchar, vencer, caerse, levantarse; luchar, vencer, caerse y levantarse otra vez”. La historia de los pueblos latinoamericanos enseña precisamente eso: que la resistencia nunca se extingue, solo se transforma.
(*) Observador Internacional en las elecciones de Honduras
ETIQUETAS:
Descubre más desde Nueva Pensamiento Crítico
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

































