Mariela Rígano: Delirio, herencia y liderazgo, una pedagogía política por venir
La pedagogía del cuidado —esa trama sobre la que venimos reflexionando en entregas anteriores y que entrelaza afecto, escucha y responsabilidad— se vuelve visible no solo en los vínculos cotidianos, sino también en sus fracturas


Mariela Rígano Tomado de la revista marxista mensual Nueva Pensamiento Crítico de diciembre de 2025.
1. Introducción: El cuidado como trama política
La pedagogía del cuidado —esa trama sobre la que venimos reflexionando en entregas anteriores y que entrelaza afecto, escucha y responsabilidad— se vuelve visible no solo en los vínculos cotidianos, sino también en sus fracturas. La reciente inundación en Bahía Blanca expuso con crudeza lo que ocurre cuando ese entramado se rompe: el agua, como metáfora del abandono estructural, irrumpe allí donde el Estado no supo o no quiso anticipar. En el Hospital de Día, en cambio, una obra de teatro ensaya otra posibilidad: la de un cuidado que no se automatiza, que se vuelve presencia, cuerpo, escena compartida. Allí, la obra de teatro no solo habilita un espacio de expresión sensible, sino que ensaya —con cuerpos presentes, con palabras que no se mecanizan — una pedagogía del cuidado que repara, acompaña y devuelve agencia. Esa misma pregunta por el cuidado —¿quién cuida, cómo, a quién, y desde dónde? — puede desplazarse del ámbito comunitario al político sin perder espesor. Porque también en la política se juegan escenas de transmisión, de presencia o de abandono, de acompañamiento o de desborde. Y es en ese marco que la relación entre Axel Kicillof y Cristina Fernández de Kirchner puede leerse como una pedagogía en tensión: una escena donde el cuidado se entrelaza con el poder, y donde la herencia no siempre garantiza continuidad. En ese vaivén entre desborde y contención, entre ausencia y gesto, se inscribe también la escena política que puede leerse como pedagogía intergeneracional, donde el cuidado se juega entre la transmisión, la autonomía y la tensión por el foco. ¿Quién cuida a quién cuando el proyecto se fragmenta? ¿Qué se enseña —y qué se omite— en ese vínculo que es, a la vez, herencia y disputa?
2. Dos escenas del cuidado: el agua y el teatro
Poner el foco en el vínculo político entre Axel Kicillof y Cristina Fernández de Kirchner no es un desvío temático, sino una continuidad crítica. En el Hospital de Día, la obra de teatro comunitaria ensaya formas de cuidado que no se imponen, que habilitan la palabra y la presencia corriéndose del modelo paternalista. En la inundación de Bahía Blanca, en cambio, vimos lo que ocurre cuando el sostenimiento estructural falla: el agua desborda allí donde el Estado no supo anticipar ni alojar la demanda. Ambas escenas —la artística y la ambiental— revelan que el cuidado no es solo una práctica afectiva, sino también una responsabilidad política.
Es relevante pensar detenidamente el vínculo político entre estas dos figuras sobresalientes del campo popular dentro de este entramado —ecofeminismo, arte comunitario, hospital de día e inundación— porque ese vínculo no es solo una relación entre figuras públicas, sino una escena de transmisión, cuidado y poder que condensa muchas de las tensiones que venimos explorando: la tensión entre acompañar y controlar, entre delegar y marcar el rumbo, entre sostener un proyecto común y permitir la autonomía del otro.
Desde una perspectiva ecofeminista, que denuncia las lógicas extractivas tanto sobre los cuerpos como sobre los territorios, este vínculo puede leerse como una metáfora de cómo se gestiona (o se fractura) el cuidado en las estructuras de poder. ¿Se cuida para emancipar o para retener? ¿Se habilita la diferencia o se exige repetición? Estas preguntas resuenan tanto en la política como en el arte, en la clínica como en la gestión del riesgo ambiental.
En el espacio terapéutico, el teatro se vuelve un laboratorio de cuidado no paternalista, donde la escena se construye con otros, sin imponer forma ni sentido. En la inundación, en cambio, vemos qué ocurre cuando el cuidado estatal e institucional fracasa: el agua irrumpe como síntoma de una escucha que no llegó a tiempo. Y en la relación Axel-Cristina, se juega otra forma de desborde: el de un proyecto político que necesita reinventar sus modos de transmisión sin caer en la lógica de la autoridad concentrada.
3. Herencia, poder y pedagogía política
Analizar ese vínculo es, entonces, una forma de seguir preguntándonos cómo se cuida sin anular, cómo se hereda sin clausurar, cómo se construye lo común sin repetir lo mismo. Y esa pregunta atraviesa tanto la política como el arte, tanto la escena pública como la escena íntima del cuidado.
Desde esta perspectiva, resulta clave considerar el lugar de enunciación desde el cual se ejerce el liderazgo político. Toda voz se produce desde una posición social situada, y en el caso de Cristina Fernández de Kirchner, esa posición ha sido tan disruptiva como ambivalente. Primera presidenta electa del país, su figura desafió la hegemonía masculina en la escena pública, pero al mismo tiempo en varias ocasiones reprodujo formas de conducción verticalistas y personalistas propias de una herencia caudillista profundamente patriarcal. Su negativa explícita a asumirse feminista no es un gesto menor: refuerza un modo de liderazgo anclado en la excepcionalidad. Esta tensión entre ruptura y reproducción es central para pensar cómo se transmiten los proyectos políticos, y qué tipo de pedagogía del cuidado —si alguna— se activa en esos vínculos de poder.
Sin embargo, reducir la figura de Cristina Fernández de Kirchner a una mera continuidad del caudillismo patriarcal sería desconocer la complejidad de su liderazgo. Si bien su estilo de conducción ha mantenido rasgos verticalistas y personalistas —en parte heredados de una matriz peronista que aún arrastra lógicas de singularidad política —, también es cierto que su gestión ha habilitado transformaciones profundas en materia de derechos, especialmente en lo que respecta a las mujeres y las disidencias. Políticas como la Asignación Universal por Hijo, la moratoria previsional que permitió jubilarse a miles de amas de casa, o el respaldo a leyes de ampliación de derechos, dan cuenta de un reconocimiento concreto a las desigualdades de género estructurales. En este sentido, su liderazgo encarna una tensión productiva: por un lado, reproduce ciertas formas patriarcales de poder; por otro, habilita condiciones materiales y simbólicas para que otras formas de vida y de cuidado emerjan. Esa ambivalencia no la invalida, sino que la vuelve una figura clave para pensar las contradicciones del presente político. Sin lugar a dudas su liderazgo la vuelve una figura extraordinaria y, cualquier iniciativa de liderazgo dentro del campo popular y del peronismo, no puede desconocer esta caracterización. En el caso de Cristina, esa autoridad carismática se manifiesta en varios planos: su capacidad de conducción, su centralidad en la toma de decisiones, su lugar como figura insustituible dentro del movimiento. Pero también —y esto es lo que complejiza la lectura— esa misma excepcionalidad ha sido una herramienta para abrir caminos inéditos, como señalábamos antes.
Desde una mirada ecofeminista o de pedagogías del cuidado, la lógica de la conducción jerárquica puede entrar en tensión con formas más horizontales, distribuidas y colectivas de ejercer el poder. No se trata de negar el valor de lo excepcional, sino de preguntarse qué se transmite cuando el liderazgo se construye desde ese lugar: ¿se habilita la emergencia de otras voces, o se refuerza la dependencia de una sola? ¿Se cuida el proyecto común o se lo encapsula en una figura?
4. Las nuevas masculinidades políticas
En este contexto, el gesto de Axel Kicillof de sostener un Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad —incluso cuando el gobierno nacional lo desmantela— puede leerse como una señal de apertura hacia formas de liderazgo más permeables a una política antipatriarcal. Desde la perspectiva feminista, este tipo de decisiones institucionales no son menores: implican un posicionamiento frente a una estructura de poder históricamente masculinizada. Sin embargo, la pregunta que se impone no es solo qué se preserva en términos de políticas públicas, sino cómo se transforman —o no— las relaciones de poder que las sostienen.
Más allá de esta decisión, Axel Kicillof ha desplegado una serie de gestos que podrían leerse como aperturas hacia una masculinidad política menos confrontativa y más permeable al cuidado. Su negativa a confrontar públicamente con Cristina, incluso en momentos de tensión interna, puede interpretarse como una ética del vínculo que prioriza el proyecto común por sobre la afirmación del ego. Del mismo modo, su silencio frente a las provocaciones de La Cámpora evita reproducir la lógica viril del enfrentamiento como prueba de carácter, encarnando una forma de desobediencia al mandato masculino de la confrontación, y optando muchas veces por responder haciendo foco en la gestión. A esto se suma un estilo comunicacional más pedagógico que performativo, y una gestión que ha integrado voces feministas y territoriales en espacios de decisión.
Entre esas voces se destacan figuras como Estela Díaz, ministra de Mujeres, Políticas de Género y Diversidad Sexual de la provincia de Buenos Aires, reconocida por su trayectoria en el movimiento feminista y sindical, y Daniela Vilar, ministra de Ambiente bonaerense, proveniente de la militancia territorial y con una mirada ecofeminista sobre las políticas públicas. La presencia de estas referentes en su gabinete no solo amplía el espectro de representación, sino que habilita una práctica política que, aunque aún inserta en estructuras peronistas con rasgos paternalistas, ensaya formas más horizontales y colectivas de ejercer el poder.
La pregunta sigue abierta: ¿puede esta “nueva masculinidad” transformar las relaciones de autoridad, o se limita a gestos progresistas dentro de un esquema que permanece intacto? ¿Implica esta “nueva masculinidad” una redistribución real de la autoridad, una escucha que descentraliza, una práctica de cuidado político que no se reduce a la protección, sino que habilita autonomía?
La tensión entre gesto y transformación, entre forma y fondo, es clave para pensar qué tipo de pedagogía política se está ensayando en esta escena.
5. Cristina: entre ruptura y reproducción
La disputa territorial que se despliega en el escenario político actual —y que Cristina ha sabido encarnar con inteligencia— no es neutra ni meramente estratégica: está atravesada por una gramática patriarcal que organiza quién puede hablar, desde dónde y con qué legitimidad. Como sabemos, la diferencia —ya sea de género, clase, territorio o generación— no se da en abstracto, sino que se construye dentro de un sistema de oposiciones que organiza el sentido. Es decir, no se trata solo de que haya diferencias, sino de cómo esas diferencias son codificadas, jerarquizadas y puestas en escena dentro de un orden simbólico que define quién tiene derecho representar. En el campo político argentino, esto se traduce en que incluso cuando una mujer accede al poder —como Cristina—, lo hace dentro de un sistema que sigue operando con lógicas patriarcales: el liderazgo se legitima por herencia, por méritos excepcionales o por conquista, no por distribución ni por habilitación de otras voces.
Así y como ya hemos visto en distintos momentos en las últimas décadas, cuando Cristina disputa territorio o centralidad, no lo hace desde un lugar indeterminado, sino desde una posición que ha sido históricamente masculinizada. Y aunque su figura tensiona ese orden, también puede —paradójicamente— reforzarlo, si la diferencia que encarna no se traduce en una transformación de las reglas del juego, sino en una nueva forma de ocupar el mismo lugar. En este marco, incluso figuras que han desafiado la hegemonía masculina, como la propia Cristina, pueden quedar atrapadas en una dialéctica que reproduce la lógica del liderazgo masculino: el poder no se comparte ni se distribuye, se tutela.
Esta tensión se vuelve especialmente visible cuando el feminismo popular —ese que se gesta en los barrios, en las redes de cuidado, en las luchas territoriales— queda subsumido bajo la figura simbólica de “la jefa”. Una figura que, aunque disruptiva, corre el riesgo de absorber la potencia colectiva en una narrativa de excepcionalidad. Así, la política continúa funcionando como un campo de reconocimiento patriarcal, donde las mujeres acceden al poder en tanto singularidades, no como parte de un movimiento que redistribuya la autoridad. La pregunta, entonces, no es solo quién lidera, sino cómo se lidera y desde qué lugar se habilita —o se clausura— la emergencia de otras voces.
El desafío que se abre en el horizonte político no es menor: desarticular la narrativa de los “salvadores” —sean hombres o mujeres— y construir una práctica política que sea colectiva, horizontal y cuidadora. Una política donde el liderazgo no se mida por la capacidad de imponer, sino por la de escuchar, habilitar y redistribuir. En ese sentido, la figura de Axel Kicillof podría encarnar un tránsito hacia formas de conducción menos patriarcales, pero solo si logra correrse del modelo paternalista que aún estructura buena parte del peronismo. No se trata de suavizar el patriarcado con gestos progresistas, sino de transformarlo desde sus raíces. Es decir, no basta con ocupar espacios de poder si no se modifican las formas en que ese poder se ejerce, se transmite y se comparte. Una política antipatriarcal por venir exige repensar no solo quién lidera, sino cómo, para qué y con quiénes.
La imposibilidad de que el liderazgo se dirima en las urnas —producto de la proscripción y el encarcelamiento de Cristina— introduce una distorsión profunda en la escena política: el relevo no puede ser electivo, sino que se vuelve narrativo, afectivo, simbólico. En ese vacío, la figura de Axel se ve obligada a disputar poder con quien, paradójicamente, ya no puede ejercerlo formalmente, pero sigue encarnando el núcleo afectivo del proyecto. Esta situación imprime una cuota de dramatismo a la disputa: cualquier gesto de autonomía puede leerse como traición, cualquier silencio como abandono. La política, entonces, se vuelve escena de duelo y de herencia no resuelta, donde el liderazgo no se transmite, sino que se arrastra, como una deuda. En este marco, construir una política antipatriarcal no es solo desmontar las formas autoritarias del poder, sino también desactivar la lógica sacrificial que exige fidelidad absoluta a la figura caída. El desafío es enorme: ¿cómo habilitar una transición sin repetir la gramática del padre/madre ausente ni la del hijo obediente? ¿Cómo construir autoridad sin necesidad de traicionar ni de ser tutelado?
6. Nombrar el poder: La Jefa, El Jefe y la gramática patriarcal
En la escena política actual, el modo en que se nombra el poder no es un detalle de baja relevancia: es una operación simbólica que organiza el sentido de la autoridad. La figura de Cristina, históricamente nombrada como la jefa, condensa una centralidad política indiscutible, pero también la encapsula mostrándola como una figura de excepcionalidad que, aunque desafía la hegemonía masculina, puede terminar reforzando la lógica de que solo ciertas mujeres —extraordinarias, singulares, irrepetibles— están habilitadas para liderar. Esta forma de legitimación no es nueva: responde a una tradición peronista que ha construido el liderazgo como encarnación carismática, como figura tutelar que concentra poder y afecto. Eva Perón, también nombrada como la jefa espiritual, fue la primera en ocupar ese lugar de excepcionalidad femenina dentro de un movimiento profundamente patriarcal. Cristina hereda y reconfigura esa matriz, pero no la desactiva del todo y, en ese sentido, el título de jefa expresa la consagración de un liderazgo femenino que no se reproduce.
Del otro lado del espectro ideológico, Karina Milei es nombrada el jefe, borrando deliberadamente su género para inscribir su autoridad en una matriz masculina sin fisuras. En este caso, la fórmula mediante la cual se la nombra nos dice con claridad y sin ambigüedades que, para ejercer poder, una mujer debe asumir la gramática del varón. En ese sentido, la operación de La Libertad Avanza resulta más coherente con la impronta patriarcal porque no busca disimularla ni tensionarla, sino que la exhibe como marca de identidad y, de esta forma, interviene también más efectivamente en una parte de ese electorado masculino que se siente amenazado por el feminismo y sus reivindicaciones.
Así, ambas figuras, desde lugares ideológicos opuestos, terminan siendo leídas como excepciones: Cristina, por su inteligencia política y su historia de confrontación con el poder real; Karina, por su irrupción inesperada y su centralidad en un espacio que desprecia lo colectivo. Pero en ambos casos, el sistema que las nombra sigue siendo el mismo: uno que no concibe el poder como algo distribuido, sino como algo que se encarna, se hereda o se impone.
La pregunta que se abre, entonces, es si es posible construir una política donde el liderazgo no dependa de la singularidad de una figura, sino de la capacidad de tejer redes, de habilitar otras voces, de cuidar sin tutelar. Una política antipatriarcal no solo cambiaría los nombres, sino también las reglas del juego.
En ese marco, la figura de Axel Kicillof aparece en una encrucijada: polemizar liderazgo sin confrontar, heredar sin traicionar, construir autoridad sin repetir. Porque mientras el liderazgo siga siendo una excepción —femenina o masculinizada—, el sistema seguirá reproduciendo la misma matriz que dice querer desmontar.
En el caso Cristina y Axel, el dilema no se reduce a una lucha de poder entre generaciones, sino a la posibilidad —o no— de transformar la matriz desde la cual se ejerce ese poder. El modelo heredado, profundamente peronista, se organiza en torno a la figura tutelar: te bendigo o te disciplino. Es una lógica que combina afecto y control, legitimidad y obediencia, y que ha sido eficaz para sostener proyectos (como la relación de Eva con “sus descamisados” o la transversalidad del primer kirchnerismo), pero limitada para habilitar nuevas formas de conducción. El tránsito hacia una política antipatriarcal exige desarmar esa gramática sin negar su potencia histórica. Implica pasar del modelo paternalista a la gobernanza participativa, de la consulta posterior a la elaboración colectiva. No se trata de reemplazar una figura por otra, sino de cambiar el modo en que las decisiones se construyen: con las bases, con los territorios, con quienes cuidan y sostienen. Solo así será posible que el liderazgo deje de ser una excepción —femenina o masculinizada— y se convierta en una práctica distribuida, cuidadora y transformadora.
7. Por una ética del placer político
La disputa entre Axel Kicillof y Cristina Fernández de Kirchner no se juega únicamente en el plano institucional o estratégico, sino también en el terreno afectivo y simbólico de cómo se construye el deseo político.
La potencia simbólica del peronismo como movimiento que politizó la alegría popular —con sus fiestas, sus cantos, sus cuerpos en la calle— fue históricamente una forma de disputar el sentido del poder: no como sacrificio, sino como goce compartido. Esa ética del placer político, que vinculaba justicia social con felicidad colectiva, fue clave para construir pertenencia, identidad y comunidad. Cristina encarna una forma de liderazgo que politizó la alegría popular: el goce de pertenecer, de estar en la calle, de sentir que el poder puede ser fiesta. Pero esa forma, hoy, aparece atrapada en un modelo de poder personalizado y jerárquico, donde el liderazgo se transmite por bendición o disciplina, no por co-creación. Axel, en cambio, representa una posibilidad de transición: no porque encarne una nueva estética del goce, sino porque podría habilitar una política que redistribuya el poder simbólico, que escuche más que imponga, que construya con las bases y no solo las convoque.
Sin embargo, en el presente, esa promesa parece haber perdido fuerza entre amplios sectores de la población, particularmente entre los varones jóvenes, que se sienten más convocados por una estética política basada en la crueldad, el sarcasmo y la disrupción que representa La Libertad Avanza.
Este desplazamiento puede explicarse por varios factores. Por un lado, el desencanto con las formas tradicionales de representación, que muchas veces han convertido la alegría en ritual vacío o en consigna sin correlato material. Por otro, la fascinación por lo disruptivo, que en contextos de crisis se vuelve más seductora que la promesa de reparación. La crueldad, en este marco, aparece como forma de empoderamiento: decir lo que “nadie se atreve”, burlarse de lo establecido, romper sin construir. En ese sentido, el modelo libertario no ofrece comunidad, pero sí catarsis; no ofrece justicia, pero sí revancha.
Revertir esta tendencia no implica volver a un peronismo nostálgico, sino reconstruir una ética del placer político que sea capaz de convocar desde el deseo, la creatividad y la transformación. Eso exige repensar las formas de militancia, de comunicación, de presencia territorial. Volver a politizar la alegría no como recuerdo, sino como horizonte: que ser parte de un proyecto colectivo vuelva a ser una experiencia vital, gozosa, dignificante. Que el poder popular no se viva como obediencia, sino como fiesta compartida, como cuidado mutuo, como posibilidad de futuro.
El desafío pareciera ser no solo político, sino afectivo: ¿cómo volver a hacer del poder una experiencia deseable, compartida, dignificante? ¿Cómo transformar la herencia en vínculo, y el liderazgo en ética del vínculo?
8. De “el loco” al cuidado: lo que el Hospital de Día enseña sobre el poder
En el imaginario popular, Javier Milei ha sido apodado el loco, y ese mote no opera solo como estigmatización, sino como legitimación de su carácter disruptivo. En un contexto de desencanto y desafección política, la locura se vuelve marca de autenticidad, de ruptura, de verdad sin filtro. Pero esa supuesta disrupción se traduce, en la práctica, en políticas crueles, desmantelamiento del Estado, y desprecio por los vínculos sociales. La crueldad se estetiza como valentía, y el desborde emocional como liderazgo. En este marco, el goce político ya no se construye en la fiesta colectiva, sino en la revancha individual. El poder deja de ser cuidado y se convierte en descarga.
Frente a esto, el Hospital de Día —como espacio clínico, comunitario y político del que hemos venido hablando en entregas anteriores— ofrece otra escena posible. Allí, el delirio no se romantiza ni se castiga: se escucha, se aloja, se trabaja. El poder no se ejerce desde la imposición, sino desde la construcción de confianza, la distribución de la palabra, la creación de condiciones para que el otro pueda habitar su diferencia sin ser expulsado. No hay “jefes” ni “locos” que ordenen el mundo desde su excepcionalidad, sino equipos que sostienen, que se corrigen, que se cuidan. En ese sentido, el Hospital de Día no es solo una institución de salud mental: es una metáfora radical de lo que podría ser una política antipatriarcal, no sacrificial, no vertical, no cruel.
Aplicar estos aprendizajes al debate político actual —y en particular al traspaso de liderazgo entre Cristina y Axel— implica preguntarse si es posible construir una transición que no se base en la obediencia ni en la ruptura, sino en el liderazgo distribuido y la participación activa en la toma de decisiones. Una política que no necesite de figuras excepcionales ni de gestos dramáticos, sino de prácticas sostenidas de escucha, de legitimación mutua, de redistribución simbólica del poder. Si el peronismo quiere volver a convocar desde el deseo y no desde la nostalgia, desde el goce y no desde la evocación, quizás deba mirar menos a sus jefes y más a sus hospitales de salud mental: esos espacios donde el cuidado no es un gesto blando, sino una forma radical de hacer política.
9. Cuidar para habilitar: una política por venir
El Hospital de Día, en tanto dispositivo clínico y comunitario, al priorizar la atención interdisciplinaria, la inclusión social y el respeto por la autonomía de los sujetos encarna los principios fundamentales de la Ley Nacional de Salud Mental —sancionada en 2010 y que representa una de las políticas más transformadoras impulsadas por el primer gobierno de Cristina—. No es solo un espacio terapéutico: es una apuesta política por el cuidado como principio rector de toda práctica.
De tal forma, si el Hospital de Día nos enseña que cuidar no es contener sino habilitar, entonces la política que viene no puede seguir girando en torno a figuras tutelares ni a gestos de crueldad legitimada: necesita convertirse en una práctica sostenida de escucha, de redistribución simbólica del poder y de construcción colectiva del deseo. Una política que no administre el daño, sino que repare; que no sacralice la excepción, sino que multiplique las voces; que no tema al delirio, sino que lo aloje. Una política que, como en el Hospital de Día, haga del cuidado una forma radical de justicia.
Descubre más desde Nueva Pensamiento Crítico
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

































