EE UU abre una nueva época de intervenciones en América Latina
La nueva estrategia de seguridad nacional de Trump pone el principal foco geopolítico en el continente americano y reclama que contribuya a frenar la inmigración, el narcotráfico y el avance de China



Washington – 07 DIC 2025 – 00:30 AST
Durante décadas América Latina fue el llamado patio trasero de Estados Unidos. Ahora Washington ha declarado a la región su jardín delantero. La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de la Administración de Donald Trump, publicada el viernes, pone su principal foco geopolítico en el continente americano, en detrimento de Europa o de Oriente Próximo. Dos siglos después de su proclamación, vuelve la doctrina Monroe del siglo XIX que abrió una era de intervencionismo de Washington en América Latina dirigido en su mayor parte contra gobiernos y simpatizantes de izquierda, y regresa con características trumpistas. La campaña militar en torno a Venezuela es una de ellas. La presión ―llegando a la injerencia electoral― en favor de gobiernos y políticos afines en una región más polarizada que nunca es otra.




En lo que la Casa Blanca define como “el corolario Trump a la doctrina Monroe”, y que ya ha comenzado a apodarse jocosamente como doctrina Donroe (por la D de Donald), América Latina se percibe como una región de donde emanan algunos de los problemas más graves de Estados Unidos, y que es conminada a colaborar para que Washington cumpla sus metas: el recorte drástico de la migración, la “neutralización” de los carteles de la droga y la delincuencia transnacional, y la desaparición de las inversiones de China que florecen en la región. Por las buenas —mediante incentivos de colaboración económica—, o por las malas: el documento deja claro que el gran despliegue naval en el Caribe ante las costas de Venezuela permanecerá allí un buen tiempo.
“Queremos garantizar que el Hemisferio Occidental permanece lo suficientemente bien gobernado y razonablemente estable para impedir y desalentar la migración masiva a Estados Unidos; queremos un Hemisferio en el que los gobiernos cooperen con nosotros contra los narcoterroristas, los carteles y otras organizaciones criminales transnacionales; queremos un hemisferio que se mantenga libre de incursiones hostiles extranjeras y de posesión foránea de activos clave, y que apoye las cadenas de suministros fundamentales; y queremos garantizar nuestro acceso continuado a localizaciones estratégicas clave”, proclama la Estrategia de Seguridad.
El objetivo principal, de momento, es Venezuela. En ella y su régimen chavista confluyen todos los factores de interés estadounidense: abundantes recursos naturales incluido el petróleo, delincuencia transnacional, emigración masiva, un régimen en las antípodas ideológicas con buenas relaciones con China y Rusia y un presidente, Nicolás Maduro, que Washington ―y Europa, y otros gobiernos de la región― consideran ilegítimo, en especial tras el fraude electoral de julio de 2024.
Ante el despliegue naval en el Caribe, las tensiones se encuentran en máximos. Trump las ha elevado aún más esta semana, al reiterar que “muy pronto” la campaña militar que hasta ahora se ha centrado únicamente en ataques contra supuestas narcolanchas, y que ha dejado al menos 87 muertos y 22 embarcaciones hundidas, podría pasar a una nueva fase de acciones en territorio venezolano.
El contenido de la nueva Estrategia no constituye una sorpresa. Desde su regreso a la Casa Blanca, la retórica de Donald Trump y de su Administración ya había suscitado denuncias de neoimperialismo y comparaciones con la doctrina Monroe de 1823, que evoca la política hegemónica de Estados Unidos en la región y agita el fantasma de sus episodios más atroces; desde apoyos a golpes de Estado y dictadores como el general Augusto Pinochet en Chile a intervenciones militares, la última de ellas en Panamá hace apenas tres décadas. En enero, el presidente estadounidense amenazaba con hacerse con Groenlandia (territorio autónomo danés) en el Ártico y con recuperar por la fuerza el control del canal de Panamá. Desde entonces, y con el halcón anticomunista Marco Rubio al frente de su política exterior, la atención de la Administración hacia el continente ha sido cada vez más notoria.

“Todo lo que hemos visto en los últimos meses apunta a una especie de diplomacia de las cañoneras versión 2.0. No hay que pensar demasiado para saber que la Administración de Trump no concibe lo que solíamos llamar poder blando y piensa que el único poder que existe es el de la fuerza, y obligar a la gente a elegir estar de tu bando”, opina John Walsh, director para los Andes y la política antidrogas de la ONG Oficina de Washington para las Américas (WOLA, en sus siglas en inglés).

Recompensas para los afines
Lo que sí hace el documento es codificar esa reordenación de una política en la que Trump no ha dudado en intervenir en ayuda de sus aliados o para tratar de perjudicar a quienes percibe como hostiles, en la que ya no se alude a la democracia como valor imprescindible, no se hace mención alguna a la corrupción y se prometen “recompensas” para los afines. También reconoce la necesidad de colaborar con los gobiernos de orientación “distinta” que estén dispuestos a cooperar en asuntos de interés común. Pero para los recalcitrantes, como Venezuela, hay un aviso: “despliegues selectivos” de una fuerza militar que va a aumentar su presencia y que podrá recurrir “a la fuerza letal donde sea necesario”.
Trump se ha reunido en el Despacho Oval con Nayib Bukele de El Salvador; ha rescatado a la Argentina de Javier Milei con un paquete de 20.000 millones de dólares [unos 17.178 millones de euros]; ha recortado aranceles a esos dos países y al Ecuador de Daniel Noboa. Su Administración se ha deshecho en elogios hacia el nuevo presidente derechista en Bolivia, Rodrigo Paz. Y ha intervenido en procesos electorales, algo que parecía ya era cosa del pasado: condicionó la ayuda a Argentina al triunfo de Milei en los comicios del 26 de octubre. La semana puso patas arriba las elecciones de Honduras al expresar su apoyo al candidato de la derecha Nasry Asfura. Daba el golpe de gracia al indultar al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, que cumplía en Estados Unidos una pena de 45 años de cárcel por narcotráfico. Algo que contradice sus declaraciones de que su hostigamiento a Venezuela tiene la lucha contra la droga como razón de ser.
Mientras, ha arremetido contra Gustavo Petro, presidente de Colombia, al que ha insultado como “matón” y “narcotraficante”, y ha tratado de sofocar a Luiz Inácio Lula da Silva con una montaña de aranceles contra Brasil, antes de dar marcha atrás, forzado por la galopada de los precios de la alimentación que su decisión generó en Estados Unidos.
“Estados vasallos, esto está buscando” Washington, opina el exministro y antiguo embajador de Chile Jorge Heine. “Y lo dice abiertamente en esta Estrategia de Seguridad Nacional. Que va a tratar con los países con los que tiene afinidad ideológica y no con los otros. Es una cosa muy cruda”, agrega este catedrático investigador de la Universidad de Boston. Su país, precisamente, es uno de los que se encuentran en el punto de mira de la estrategia de Washington: el próximo día 14 se celebrará la segunda vuelta de unos comicios en los que el ultraderechista José Antonio Kart se encuentra por delante de la progresista Jeanine Jara en las encuestas. El resultado de esos comicios puede inclinar de un lado u otro la balanza ideológica entre los países de la región.
Heine apunta, entre otras cosas, a los apartados en el documento que especifican que los países latinoamericanos —“especialmente aquellos que dependen más de nosotros, y sobre los que, por tanto, tengamos más capacidad de presión”— tendrán que adjudicar contratos a las compañías de Estados Unidos sin necesidad de concurso público. O que Washington hará “todo lo posible para expulsar a las empresas extranjeras que construyen infraestructura en la región”, una alusión a China, cuyas corporaciones levantan desde puertos como el de Chancay en Perú al sistema de metro en Bogotá.
El exembajador recuerda que, en el pasado, las empresas estadounidenses renunciaron a ese tipo de proyectos por encontrarlos poco rentables. “¿Qué deben hacer entonces los países latinoamericanos, decir que no a los que no gustan en Washington y resignarse al subdesarrollo?”, se pregunta. “Estados Unidos llega demasiado tarde; ya no hay marcha atrás para la presencia de China en América Latina”.
Primera prueba de fuego
La primera prueba de fuego para la nueva estrategia será lo que ocurra en Venezuela. El presidente estadounidense se enfrenta a un dilema: si actúa, corre el riesgo de enfurecer a su base electoral, el movimiento MAGA (Make America Great Again), opuesto a guerras innecesarias en el extranjero. Pero, si se limita a algún tipo de acción simbólica, “el régimen va a continuar y quedará más fuerte”, sostiene Heine. No sería una demostración de esa “restauración potente del poderío estadounidense” que busca la Casa Blanca.
“En su escenario ideal, Trump logra algún tipo de acuerdo con Maduro que le da a Estados Unidos la oportunidad de presumir”, opina Walsh. La caída del chavismo le daría puntos políticos internos muy valiosos en lugares como Florida. “Y hay esta idea ―es más bien de Marco Rubio― de que podría generar un efecto dominó entre los regímenes autoritarios de izquierda en la región. Tendrías una Venezuela completamente al servicio de Estados Unidos, porque el nuevo Gobierno le debería su existencia a la intervención. Y después Nicaragua, y la joya de la corona para Rubio: Cuba”.
Pero incluso el panorama de una Venezuela sin Maduro no está exento de riesgos. El precedente de Irak es un claro recordatorio de que los cambios de régimen tienden a ser sangrientos, complicados y —muy importante para Trump— extremadamente caros.
Y si se llegara a ello mediante una intervención militar, “otros países en América Latina van a empezar a pensar de manera muy diferente, en términos de su propia soberanía y de estar bajo el puño o a las órdenes de otro, incluso si están más alineados políticamente con Washington, dada la larga historia de intervenciones de EE UU y cómo, con frecuencia, han acabado horrendamente mal”, advierte Walsh.
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¿Ataque por tierra o salida pactada? La indecisión de Trump eleva la tensión en Venezuela
Entre la amenaza de golpear el territorio y la reanudación de los vuelos de repatriación de inmigrantes, el presidente de EE UU envía señales contradictorias. Mientras, su despliegue militar sin precedentes en el Caribe espera órdenes
Washington / Bogotá – 07 DIC 2025 – 00:30 AST
Pese a que el mundo hace tiempo que se acostumbró a la volatilidad de Donald Trump, la actitud de las últimas semanas del presidente de Estados Unidos ante la idea de un ataque a Venezuela tiene desconcertados a los observadores de la relación entre ambos países, sumidos últimamente en un ánimo voluble y en estado de alerta. Los mensajes que llegan desde la Casa Blanca son ciertamente contradictorios. Un día, Trump amenaza con el inminente comienzo de una ofensiva terrestre, y con “acabar con esos hijos de perra”, en referencia a los narcotraficantes del país sudamericano. Al siguiente, reanuda los vuelos de devolución de inmigrantes irregulares y deja abierta la posibilidad a una salida negociada de la crisis. ¿El resultado? Que nadie, ni en Washington ni en Caracas, se atreve a apostar si finalmente se producirá la temida intervención militar, ni qué forma tendrá, llegado el caso.
Y a estas alturas, es posible que, consciente de la impopularidad entre los suyos de la idea, ni siquiera se atreva el propio Trump, cuya indecisión eleva cada día un poco más la tensión en Venezuela.
Tras meses de una escalada retórica que parecía ir directa a un desenlace bélico, fue hace tres semanas cuando el mandatario empezó a hablar de “mantener contactos con [el presidente de Venezuela Nicolás] Maduro”, según recuerda Phil Gunson, experto del Crisis Group residente desde hace 26 años en Venezuela. “Claramente, con la idea de forzarle a marcharse. Cuando ha quedado claro que eso es lo último que Maduro piensa hacer, entonces Trump se ha dado cuenta de que no le gustan las otras opciones. Sabe, porque se lo dicen las encuestas, que tal vez sería popular deshacerse de Maduro si fuera rápido e indoloro, pero embarcarse en una aventura bélica, no”.
“Un 70% de los estadounidenses se opone a una intervención en Venezuela”, puntualiza David Smilde, profesor de la Universidad de Tulane, en Nueva Orleans, y autor de un influyente boletín en la plataforma Substack sobre la relación entre ambos países.
Y así fue cómo Trump –cuya estrategia de negociación es, según Smilde, “abusiva” y “maximalista”; “carece de un plan maestro, cambia constantemente de idea y tensa la cuerda para después rebajar la tensión”— abandonó la escuela de pensamiento del secretario de Estado, el halcón Marco Rubio, que “claramente está obsesionado con un cambio de régimen, y cualquier otra cosa será para él un fracaso”, dice Gunson. “Trump siempre puede cantar algún tipo de falsa victoria, pero Rubio, no”, advierte el experto, que recuerda que la idea de lanzar una ofensiva por tierra la soltó el presidente hace ya seis semanas, y que esa amenaza sigue sin cumplirse en mitad de un fenomenal despliegue naval sin precedentes en el Caribe. Este incluye al menos una docena de buques de guerra, con el mayor portaaviones del mundo, el Gerald Ford, y un submarino nuclear incluidos, además del envío de unas 15.000 tropas.
Trump siente la presión no solo de las encuestas; también la de su propio partido, algunos de cuyos miembros están abogando desde el Congreso por una mayor fiscalización de los ataques extrajudiciales que está llevando a cabo Washington desde principios de septiembre en aguas internacionales del Caribe y, en menor medida, en el Pacífico: ya son al menos 22 las supuestas narcolanchas bombardeadas y al menos 87 los tripulantes asesinados, dos de los cuales fueron rematados por el Ejército el 2 de septiembre tras un primer ataque, en lo que podría ser un crimen de guerra, según las normas internacionales del combate. Ese incidente ha empujado contra las cuerdas al secretario de Defensa, Pete Hegseth, y ha puesto a la Casa Blanca, que ha corrido a culpar Frank Bradley, el almirante al cargo, en modo de reducción de daños.

“A ese escándalo se suman las noticias publicadas en la prensa en las últimas semanas que hablan de que algunos de esos tripulantes eran pescadores metidos al tráfico de drogas para sacar un dinero extra y ponen en duda la relación directa de Maduro con [la banda] Tren de Aragua o la misma existencia del Cartel de los Soles”, advierte Smilde, en referencia a la supuesta red criminal transnacional vinculada con los líderes chavistas que el Departamento de Estado colocó recientemente en la lista de “organizaciones terroristas designadas”, en lo que se interpretó como una preparación del terreno para la ofensiva. “Trump tampoco está en una posición sólida tras las derrotas en las urnas del pasado mes de noviembre, por eso creo que se ha escorado hacia posturas negociadoras”, añade el analista.

El chavismo confía en que ese cúmulo de presiones, también la que ejercen destacados líderes del movimiento MAGA (Make America Great Again), como Steve Bannon o la congresista Marjorie Taylor Greene, que ven incompatible una intervención con la promesa de poner a Estados Unidos primero (America First), esté alejando la posibilidad de una intervención militar, pese al terremoto diplomático que supuso la publicación este viernes de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense. Ese documento fija tradicionalmente al principio de una presidencia sus prioridades en materia exterior y esta vez pone negro sobre blanco lo que ya se hacía evidente por la vía de los hechos: Washington está lista para desempolvar la vieja doctrina Monroe, alumbrada en el siglo XIX para justificar la idea de una “América [el continente] para los americanos [los estadounidenses]”. En la práctica, y con la guinda del “corolario Trump”, eso supone la resurrección de la concepción de Latinoamérica como el patio trasero de Washington.
Aunque el documento también enumera entre sus principios la “predisposición al no intervencionismo” y la apuesta por el “poder blando”, aunque esto último entre en franca contradicción con medidas de la Administración de Trump como la aniquilación del programa de cooperación al desarrollo USAID o el cercenamiento del programa de becas Fulbright o del servicio de información en el exterior Voice of America.
En los círculos del poder de Caracas se aferran también a la señal que envió esta semana la reanudación, a petición de la Casa Blanca, de los vuelos de deportación de inmigrantes irregulares venezolanos, pese a que se mantiene de facto un cierre del espacio aéreo casi total, reforzado el pasado fin de semana por un anuncio de Trump que hizo pensar en algún tipo de invasión inminente.
La llamada entre el republicano y Maduro se produjo antes de eso —todo indica que el pasado 21 de noviembre—, pero hay versiones contradictorias sobre su contenido. Mientras la prensa estadounidense la ha descrito en términos tensos y amenazantes (o Maduro y los suyos abandonan el país o tendrán que atenerse a las consecuencias), una fuente con información de ambas partes afirma que la llamada fue “respetuosa, incluso amena y sin ningún tipo de ultimátum”. Los dos interlocutores, además, “quedaron abiertos a nuevas conversaciones”, aunque no precisaron cuándo ni en qué términos, mantiene esta fuente.
La vía del diálogo se habría afianzado con una segunda llamada hace unos días, una posibilidad con la que se ha especulado esta semana. Si se produjo, se habría aplicado “un pacto de silencio” hasta ver resultados. Algo parecido a lo que dijo Maduro esta semana al referirse a la primera llamada: “Cuando hay temas importantes, en silencio tienen que ser. Hasta que se den”. El miércoles, Trump respondió a una pregunta directa sobre si había habido ese segundo contacto. “No, no lo ha habido”, zanjó.
Tantas idas y venidas también han alentado en Washington los análisis sobre los papeles y la influencia de las dos personas a las que Trump parece tomar más en cuenta en este asunto: Rubio y el enviado especial a Venezuela, Ric Grenell, que llevó el timón de la relación con Caracas durante los primeros compases de la nueva Administración y es más partidario del diálogo que el secretario de Estado. Parece el clásico reparto de papeles: uno es el “poli bueno” y el otro, el “malo”. O, por seguir con los símiles, uno hace de diablo y el otro, las veces de ángel, y ambos susurran desde uno y otro hombro a los oídos de Trump.
A Grenell aún lo escuchan en Washington, advierte una fuente familiarizada con la crisis y con contactos en el chavismo: “Sus opiniones siguen llegando al presidente y su papel podría crecer en importancia”, después de que hace meses fuera apartado del timón estadounidense de las negociaciones. “Es, de nuevo, una táctica desestabilizadora típicamente Trump: cuando alguien (Rubio) se cree al mando y cuenta con el favor del presidente, lo deja de lado y lo humilla para después rehabilitarlo, y así tener a todos en alerta. Es una clásica estrategia de poder”, aclara Smilde.
“Creo que Grenell está esperando a que Rubio fracase para poder quedarse con su puesto”, opina Gunson, que considera que el secretario de Estado se halla actualmente “bajo mucha presión”. “Vendió a Trump que no necesitaría enviar tropas, que Maduro se iría si se le aplicaba suficiente mano dura. Ahora el presidente sabe que no era tan fácil como le habían dicho”, argumenta el analista, que se dice “más optimista”, en vista del desarrollo de los acontecimientos, sobre la posibilidad de evitar una intervención militar, aunque no tanto “de que pueda salir algo bueno de un acuerdo entre Maduro y Trump”. “No creo que a ninguno de los dos le importe la democracia en Venezuela. A Maduro, obviamente, no. ¿Trump? A él solo le importa Trump”, remata Gunson.
“No hay una salida realmente buena a esta situación, solo alternativas relativamente malas. Una gran intervención militar sería lo peor”, argumenta Smilde, que ve más probable una operación que incluyera “el bombardeo de pistas de aterrizaje o de eso que llaman instalaciones para el narcotráfico”. “Si Trump replegase el despliegue militar y dejara las cosas tal cual están, tampoco sería buena idea; supondría una gran victoria de Maduro contra el imperio, y seguramente la represión de cualquier voz disidente en la sociedad civil venezolana”.
Entre tanto, dos cosas parecen al menos seguras. La primera es que Maduro, que ha reforzado su seguridad personal, según fuentes cercanas al Gobierno venezolano, no tiene planes de dejar el poder. La segunda: Washington y Caracas seguirán sumidas en un ánimo voluble, pendientes de las contradicciones de Trump.
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La oposición venezolana, atrapada en el todo o nada
La ofensiva de Washington reactiva el fantasma de la caída de Maduro, una expectativa que sigue marcando el rumbo de los rivales del chavismo

Bogotá / Caracas – 07 DIC 2025 – 00:30 AST
Medio mundo especula con un desenlace en Venezuela, pero nadie es capaz de asegurar cuál es. Para unos, el país roza su oportunidad histórica. Para otros, camina hacia una catástrofe. Y para muchos otros, navega un territorio de extremos donde cada matiz se paga como traición. La oposición llega a este punto exhausta después de tantos amagos de cambio, fisurada. Unos juran que el régimen está contra las cuerdas. Otros ven un país hundido en una narrativa de colapso. Otros, quemados por grandes expectativas pasadas, desconfían de la épica y temen que, otra vez, en el juego del todo o nada… Todo acabe en nada.
El control de las expectativas ha sido, de hecho, la gran maldición de la oposición venezolana. Una y otra vez creyó estar a las puertas del cambio. En 2002, cuando Hugo Chávez cayó brevemente. En 2004, con el referéndum revocatorio. En varias elecciones regionales. En las presidenciales de 2012 y 2013. En la victoria parlamentaria de 2015. En las protestas de 2017. En 2019, durante el vértigo del gobierno interino de Juan Guaidó. O en las elecciones de julio del año pasado, cuando Nicolás Maduro se proclamó vencedor sin mostrar las actas electorales y provocó una nueva reacción internacional.
Cada episodio se vivió como un umbral. Y casi siempre terminó igual: la oposición subestimó la estructura de poder chavista, su disciplina interna, sus redes de intereses y su capacidad de reprimir, fanatizar y movilizar a los suyos, incluso en los peores momentos.
María Corina Machado, hoy la figura con más respaldo social dentro y fuera del país, juega a una sola carta: el todo. Premio Nobel de la Paz, imán político y mediático, es ya la referencia sobre la que Donald Trump y su entorno construyen su mirada sobre Venezuela. Lleva semanas anunciando un quiebre inminente que, dice, desembocará en una transición pacífica. “Venezuela será la envidia del planeta”, prometía hace unos días.
Desde que le dieron el Nobel, María Corina Machado, quien, como su círculo, mantiene un contacto cercano con el secretario de Estado, Marco Rubio, ha mantenido una misma idea: “La libertad hay que conquistarla y frente a una tiranía de este tipo requiere fuerza moral, espiritual y física”. Así se lo dijo a este diario tras obtener el premio y lo ha mantenido en todos sus posicionamientos públicos. No ha querido ir más allá ni ha pedido abiertamente un ataque contra Venezuela.
Machado ha impulsado desde hace meses que se corten las fuentes de financiamiento del chavismo, que afectarían a países como Rusia y China. “Esto es un régimen que se ha financiado del narcotráfico, del contrabando de oro, de armas, de seres humanos, del mercado negro, del petróleo. En el momento en que esos flujos comienzan a cerrarse, las estructuras empiezan a crujir”, dijo entonces a EL PAÍS. Asimismo, su núcleo, considerado por otros sectores de la oposición como un sector muy radical, ha insistido en que el caso de Venezuela no puede considerarse como otra Libia, Afganistán o Irak, donde Estados Unidos intervino militarmente.
Machado es de las que defienden que, aun produciéndose una intervención para derrocar a Maduro, el país viviría una transición pacífica. “Venezuela será la envidia del planeta”, prometía hace unos días. Carlos Blanco, uno de sus asesores más cercanos, lo refuerza: “Nunca antes habíamos estado en una posición en la cual hayamos acorralado al régimen como ahora”. Para él, el caos no está por venir: “El caos ya está aquí”.
El Instituto Nobel noruego ha confirmado a EFE que Machado asistirá a la ceremonia de entrega el próximo 10 de diciembre en Oslo. Tras un año en la clandestinidad, si sale de Venezuela, no está claro que pueda volver.
Desde Caracas, Henrique Capriles observa la épica de María Corina con una mezcla de irritación y cansancio. Es uno de los últimos líderes nacionales del viejo antichavismo, hoy silenciado por el régimen y relegado en un debate dominado por gritos más agudos. Su mensaje no es tan atractivo para los grandes titulares: “Esto no se arregla en un día, como dice María Corina”.
Capriles rechaza de plano la vía militar: “La solución tiene que ser política. Que Maduro no haya cumplido con los acuerdos anteriores no nos convierte en partidarios de la guerra”. Sin pasaporte desde 2024 —el régimen se lo anuló tras las elecciones— Capriles denuncia un ambiente en el que discrepar se volvió sospechoso. “Hay un equipo de propaganda que quiere hacerte creer que si no estás con María Corina, estás con Maduro, y eso es inaceptable”. Para él, lo que se necesita no es un cataclismo, sino una negociación. Y lanza un disparo hacia el corazón del discurso de Machado: “Si mañana Trump pasa página y se olvida de Venezuela, se quedan sin teoría del todo”.
Pero Trump, de momento, no pasa página. El republicano lleva semanas mirando de frente a Venezuela, apretando cada día una tuerca nueva, mientras amaga con un posible diálogo. Washington considera al chavismo un adversario geopolítico desde antes de Maduro, pero la actual escalada de presión —retórica, militar e imprevisible— ha planteado todo tipo de escenarios: desde la inminente caída del chavismo, tras 26 años en el poder, hasta el riesgo de un choque violento con consecuencias incontrolables.
Muchos análisis internacionales contemplan a Venezuela a través de crisis e intervenciones pasadas y lejanas. “Entre la transición ejemplar y el estallido violento hay una infinidad de grises”, advierte la politóloga Carmen Beatriz Fernández. “Estos análisis tienden a ver a Venezuela como un país del tercer mundo, armado, violento, pero Venezuela tuvo muchos años de vida democrática. Esa memoria, lastimada, pero existente, sigue allí”. Fernández se inclina por una transición “medianamente ordenada”, y no el apocalipsis que tantos dan por hecho.
En ese paisaje irrumpe Diego Bautista Urbaneja, escritor, académico, observador de largo aliento. No se deja seducir por la épica del quiebre ni por las señales que parecen anunciarlo. “Es difícil desentrañar lo que se aproxima, pero esto va a continuar”, advierte. Para él, Estados Unidos no empuja un desenlace, sino un asedio prolongado, una secuencia de presiones que mantendrá las expectativas infladas y frustrará a quien espere un derrumbe inmediato. De nuevo, el laberinto en el que vive la oposición. “Las expectativas seguirán altas todo el tiempo y la gente tendrá que irse acostumbrando”.
En el extremo menos combativo aparece Timoteo Zambrano, el opositor que eligió quedarse en el carril institucional cuando casi todos abandonaban la autopista. La otra oposición lo llama “alacrán”. Zambrano insiste en que lo que vive Venezuela no es el preludio de una transición, sino “un proceso de agresión”. Y, como el chavismo, señala las intenciones de Trump: “Quiere ser el administrador de nuestro petróleo y nuestro gas y ser él quien se lo venda al mundo”. Zambrano habla de “guerra psicológica” y de un país que, pese a su fractura, “está unido contra la invasión”. Y confía en que, al final, se impondrán “el diálogo y la diplomacia”.
La oposición venezolana se mueve así entre la impaciencia, el miedo al derrumbe y la fe en una transición incierta. Sostienen cada uno un libreto y sospechan de los otros. Todos hablan de un posible final, pero no del mismo final. Y la pregunta ya no es solo si Maduro caerá, sino si la oposición será capaz de reconocerse entre sí cuando ese momento llegue. Si es que llega.
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Venezuela y la impunidad de Trump
La estigmatización de Maduro crea un vacío normativo donde Trump puede moverse sin costes, pero es un terreno peligrosísimo


No estamos preparados para un poder sin máscaras. Y menos si se trata de Estados Unidos. Cuando Rusia o China vulneran el derecho internacional, lo llamamos por su nombre: presión, amenaza, atropello. Si es Washington, la gramática cambia. Hablamos de “inconsistencias”, de “señales confusas”, de “dificultad para descifrar”. El eufemismo es un refugio cognitivo: evita reconocer que el hegemón occidental ha vuelto a jugar sin reglas, eso que durante décadas denunció con la boca pequeña en los demás. En Venezuela, la deriva alcanza su expresión más cruda. Trump ha declarado “cerrado” el espacio aéreo de un país soberano sin base legal alguna. Ha ordenado el mayor despliegue naval en el Caribe desde la crisis de los misiles y ejecuta operaciones en alta mar con decenas de muertos sin pruebas ni juicio, justificándolas en la lucha contra el narcotráfico mientras anuncia su intención de indultar a Juan Orlando Hernández, expresidente hondureño condenado por compadrear con el narco. La meta es clara: precipitar la caída de Maduro y recoger beneficios en forma de petróleo. Lo que no está claro es el límite.
Todo ocurre a plena luz del día y casi nadie dice nada, ni siquiera España, donde la política latinoamericana suele provocar reacciones inmediatas y excesivas. ¿Por qué este silencio? Una razón podría ser estructural: las herramientas diplomáticas no sirven ante un poder que no reconoce reglas ni árbitros, ni siquiera la obligación de fingir. La otra razón es más incómoda: Maduro es un actor desprestigiado y eso funciona como atajo moral. Como ha cometido violaciones de derechos humanos y perdido legitimidad, parece menos grave que una gran potencia se salte las normas. La estigmatización crea un vacío normativo donde Trump puede moverse sin costes, pero es un terreno peligrosísimo. Si hoy toleramos la arbitrariedad contra Caracas porque “se lo merece”, mañana se aplicará a cualquier escenario. La erosión del derecho internacional siempre empieza donde es políticamente rentable mirar hacia otro lado.
Quienes hoy cierran los ojos movidos por su desprecio hacia Maduro deberían recordar que la normalización del abuso es siempre performativa. No es que Trump tenga poder y por eso se normaliza, es que validar su impunidad es lo que agranda su poder. Lo que toleramos por conveniencia acaba siendo un precedente y asentándose como práctica legítima. Cada silencio o gesto de indulgencia, cada crítica aplazada contribuye a ampliar el margen de maniobra de quien desborda las reglas. Y ahí reside el peligro real: no en aplicar la arbitrariedad contra un régimen impopular, sino en que, una vez aceptada, ya está disponible para cualquier situación. La comunidad internacional no solo asiste a la expansión del poder de Trump, lo favorece abiertamente al no incomodarse porque el afectado es Maduro. Porque una cosa es ejercer presión diplomática, aplicar sanciones o buscar una transición democrática, y otra muy distinta ignorar las ejecuciones extrajudiciales en alta mar o la declaración ilegal de una zona de exclusión aérea. Y todo ello de la mano de un presidente que persigue a los jueces y fiscales de la Corte Penal Internacional y exige amnistías generales para borrar los crímenes de guerra de Putin y Netanyahu. Si esta es la “liberación” que ofrece Trump, Venezuela podría descubrir que siempre hay un peldaño más en la escala del desorden. Y el resto del mundo, que un poder sin máscaras solo necesita, para expandirse, que los demás sigamos fingiendo que no ocurre lo que todos, sin excepción, sabemos que ocurre.
Sobre la firma

Máriam Martínez-BascuñánVer biografía
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