¿Cómo respondería el ejército de Maduro las amenazas de EE. UU.?
Las fuerzas armadas de Venezuela son menores que las de EE. UU., pero sus líderes militares llevan décadas preparándose para lo que denominan una guerra asimétrica contra un rival mucho más grande.



Por Simon Romero
Reportando desde Bogotá
- Publicado 5 de noviembre de 2025Actualizado 18 de diciembre de 2025
La campaña militar estadounidense dirigida contra Venezuela está entrando en una nueva fase volátil.
Después de que el gobierno de Estados Unidos afirmara que su mayor despliegue militar en Latinoamérica desde la invasión de Panamá en 1989 buscaba combatir el narcotráfico, el presidente Donald Trump ha declarado otro objetivo: hacerse con el control de los yacimientos petrolíferos de Venezuela, cuyas reservas de petróleo superan a las de Estados Unidos.

El bloqueo de Trump a los buques petroleros sancionados que operan en Venezuela podría acercar a ambos países a un enfrentamiento abierto.
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En un desafío a las amenazas de Trump, la Armada de Venezuela ahora escolta a los petroleros fuera de los puertos, con el riesgo de un enfrentamiento en alta mar. Las fuerzas armadas de Venezuela son menores que las de Estados Unidos, pero los líderes militares venezolanos llevan décadas preparándose para lo que denominan una guerra asimétrica contra un rival mucho más grande.
Esta estrategia consiste en gran medida en armar a células paramilitares y civiles para la guerra de guerrillas. En teoría, Venezuela también parece disponer de defensas sólidas que podrían desafiar la potencia de la artillería militar de Estados Unidos. El inusual arsenal de armas de Venezuela proviene de adversarios de Estados Unidos como Rusia, Irán y China.

Esto es lo que hay que saber:
- ¿Qué tan grandes son las fuerzas armadas de Venezuela?
- ¿Cómo podrían responder esas fuerzas a una acción militar estadounidense?
- ¿Las fuerzas armadas de Venezuela mantendrán su lealtad a Maduro?
- ¿Qué pasa si Maduro cae?
¿Qué tan grandes son las fuerzas armadas de Venezuela?
“Venezuela tiene unas capacidades únicas en la región”, dijo James Story, embajador estadounidense en Venezuela de 2018 a 2023.
Cuando Venezuela tenía ingresos abundantes procedentes del petróleo, sus dirigentes se lanzaron a comprar. Al no poder adquirir armas estadounidenses, Venezuela recurrió a proveedores como Irán, que le proporcionó la tecnología para fabricar drones portadores de misiles.
Pero el mayor proveedor de armas de Venezuela, por mucho, es Rusia, que ha suministrado todo desde tanques y helicópteros hasta rifles de francotirador Dragunov y lanzamisiles portátiles Igla-S.
Rusia ayuda a mantener algunos de los sistemas de armas y aviones de combate Sukhoi de fabricación rusa forman la columna vertebral de las defensas aéreas de Venezuela. Hipotéticamente, Venezuela tiene una de las flotas de aviones de combate más capaces de Latinoamérica, equipada con misiles aire-aire de largo alcance.

Pero persisten las dudas sobre cuántos de los Sukhoi venezolanos funcionan. En septiembre, Venezuela hizo volar dos de sus anticuados F-16 de fabricación estadounidense en una demostración de fuerza sobre un destructor de misiles guiados de la marina estadounidense.
Los cálculos varían mucho, pero se cree que Venezuela tiene en total más de 30 aviones de combate operativos, más de 40 buques de guerra y hasta 200 tanques.
Venezuela también mantiene uno de los ejércitos permanentes más grandes de Latinoamérica. Entre todas las ramas, Venezuela cuenta con alrededor de 150.000 miembros en sus fuerzas armadas, señaló John Polga-Hecimovich, estudioso de Venezuela en la Academia Naval estadounidense.
Venezuela complementa estas fuerzas con células armadas denominadas colectivos que funcionan como fuerzas paramilitares del gobierno. Aunque nunca se han puesto a prueba en combate, podrían ayudar a repeler una invasión.
La Milicia Bolivariana, que organiza a los civiles en unidades armadas de reserva, podría proporcionar otra capa de defensa.
El líder autoritario de Venezuela, Nicolás Maduro asegura que la milicia podría movilizar a 8 millones de reservistas, pero los analistas militares dicen que se trata de una exageración. Polga-Hecimovich dijo que un cálculo más verosímil del tamaño de la milicia es de alrededor de un millón, pero aun así no está claro si los civiles podrían ofrecer mucha resistencia a una intervención estadounidense fuertemente armada.
¿Cómo podrían responder esas fuerzas a una acción militar estadounidense?
El despliegue militar estadounidense es la mayor prueba para las fuerzas armadas venezolanas en la historia reciente. Estados Unidos ha acumulado una armada de más de una decena de barcos en el Caribe, incluido el portaaviones Gerald R. Ford y tres destructores de la Marina.
La acumulación estadounidense de más de 15.000 efectivos es la mayor de la región en décadas. El uso de esta enorme fuerza para atacar pequeñas embarcaciones que, según el gobierno de Trump, se dedicaban al contrabando de drogas, ha provocado el rechazo de diversos especialistas jurídicos que afirman que los ataques son ilegales porque las personas abatidas no representaban una amenaza militar inmediata. Los dirigentes de Venezuela y Colombia afirman que los embates equivalen a asesinatos.
Desde septiembre, las fuerzas estadounidenses han matado a 99 personas en 26 ataques contra pequeñas embarcaciones.
Sin embargo, la cuestión de cómo podría responder el ejército de Venezuela ante una escalada está envuelta en la incertidumbre. Venezuela cuenta con misiles de crucero iraníes diseñados para derribar embarcaciones en el mar, misiles tierra-aire rusos para atacar aviones de vuelo raso y vehículos blindados chinos para reprimir protestas.
Pero Story, el exenviado estadounidense, subrayó que el ejército de Venezuela está plagado de problemas, como armamento en mal estado, falta de entrenamiento y deserciones. A diferencia de los militares de la vecina Colombia, las fuerzas armadas de Venezuela carecen de la experiencia real de combatir en una guerra.
Las amenazas de Trump de ataques terrestres se ciernen sobre el ejército de Venezuela. Algunos expertos advierten que el país podría sumirse en un levantamiento al estilo de Libia si las fuerzas armadas se fracturan en grupos rivales ante la abrumadora fuerza militar estadounidense.
Cualquier despliegue de fuerzas estadounidenses o de contratistas militares pagados por Estados Unidos en suelo venezolano también podría avivar la inestabilidad.
Los colectivos, células paramilitares que operan a nivel callejero, podrían, por ejemplo, convertir Caracas en un escenario mortal de guerra urbana, donde los combatientes encontrarían refugio en la topografía escarpada de la ciudad y en edificios abandonados, según expertos en seguridad.
¿Las fuerzas armadas de Venezuela mantendrán su lealtad a Maduro?
Venezuela no es ajena a los intentos de golpe de Estado. Hugo Chávez, quien precedió a Maduro en el poder, ganó notoriedad tras organizar un golpe fallido en 1992. Otro golpe fallido en 2002 derrocó brevemente a Chávez. En Venezuela y entre los exiliados circulan constantemente rumores sobre supuestas conspiraciones.
Pero Maduro ha demostrado ser un experto en eludir los desafíos importantes contra su gobierno. Cuando Venezuela estuvo sumida en disturbios entre 2017 y 2020, su gobierno frustró al menos nueve motines militares, en su mayoría de oficiales de rango medio, dijo Polga-Hecimovich.
Una señal de estabilidad es el largo mandato del ministro de la Defensa de Maduro, Vladimir Padrino López, quien ha ocupado el cargo durante 11 años.
Antiguas figuras militares de Venezuela atribuyen a diversos factores el control que tiene Maduro sobre las fuerzas armadas.

Uno es un clima de miedo y paranoia. Durante años, funcionarios del gobierno han infiltrado agentes en el ejército, provenientes de Cuba y de la Dirección General de Contrainteligencia Militar de Venezuela, en roles de asesoría, donde vigilan cualquier signo de disidencia.
Los oficiales tachados de desleales enfrentan graves consecuencias. Han surgido denuncias de tortura en celdas de detención, documentadas por abogados, activistas de derechos humanos y funcionarios de las Naciones Unidas. Algunas figuras militares de alto rango que se enfrentaron a los dirigentes venezolanos han muerto en prisión.
Este año, las autoridades chilenas dijeron que el gobierno de Maduro ordenó el asesinato de Ronald Ojeda, exoficial exiliado del ejército venezolano de 32 años, cuyo cadáver apareció enterrado bajo casi metro y medio de hormigón.
El gobierno de Maduro ha negado la responsabilidad.
El interés económico propio también podría contribuir a prevenir una rebelión.
Maduro ha permitido que altos cargos militares se beneficien del narcotráfico o de empresas mineras no autorizadas, vinculando sus fortunas a la suya propia, según exoficiales militares.
“Ellos lo que quieren es prevalecer sus economías ilícitas”, dijo José Gustavo Arocha, ex teniente coronel del ejército venezolano.
¿Qué pasa si Maduro cae?
La posibilidad de que el presidente de Venezuela se vea obligado a abandonar el poder plantea numerosas interrogantes: ¿Las fuerzas armadas apoyarán a un nuevo líder interino? ¿Quién custodiará infraestructuras críticas como aeropuertos, campos petroleros y centrales eléctricas? ¿El ejército podría dividirse en diferentes facciones y producir una guerra civil?
Zair Mundaray, exfiscal de alto rango de Venezuela, dijo que el país era diferente de naciones como Libia o Siria, que cayeron en una guerra civil o en un conflicto sectario cuando sus líderes autoritarios fueron desafiados. Esos países, argumentó, llevaban mucho tiempo marcados por importantes divisiones sectarias o étnicas.
“Veo poco probable una guerra fratricida”, dijo.
Otros no están tan seguros, y mencionan las profundas divisiones ideológicas en la sociedad venezolana.
La posibilidad de que en Venezuela se produzca un resurgimiento de la guerra de guerrillas no es del todo descabellada. Grupos rebeldes de la vecina Colombia ya operan en partes de Venezuela, y se dice que civiles venezolanos entrenados por estos grupos ya se han puesto del lado de Maduro en momentos de crisis anteriores.
Julie Turkewitz colaboró con reportería desde Bogotá, Colombia.
Simon Romero es corresponsal del Times en México, Centroamérica y el Caribe. Reside en Ciudad de México.
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Las declaraciones de Trump juegan a favor de un principio básico del movimiento revolucionario bolivariano de Hugo Chávez: que Estados Unidos conspira para apoderarse del petróleo de Venezuela.


Por Simon Romero
Simón Romero ha cubierto la política energética en Latinoamérica, con publicaciones en Venezuela, Brasil y México. Reportó este artículo desde Bogotá, Colombia.
18 de diciembre de 2025
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El presidente Donald Trump y sus principales asesores no podrían ser más tajantes en sus afirmaciones: Estados Unidos creó la industria petrolera de Venezuela. Venezuela robó yacimientos petrolíferos estadounidenses mediante nacionalizaciones. Ahora, Estados Unidos quiere recuperar esos activos.
Esas afirmaciones se han utilizado para justificar el bloqueo estadounidense de los buques petroleros sancionados que entran y salen de Venezuela. También han situado al petróleo, junto con las drogas ilícitas, en el centro de la campaña de presión del gobierno de Trump contra el líder de Venezuela, Nicolás Maduro.
Pero también juegan a favor de un principio básico del movimiento revolucionario bolivariano iniciado en Venezuela por Hugo Chávez, predecesor y mentor de Maduro, en la década de 1990: que Estados Unidos conspira para apoderarse del petróleo de Venezuela.
“Cuando afirman: ‘Vamos por la tierra, por el petróleo’, en realidad subestiman hasta qué punto los venezolanos entendemos el petróleo como parte de nuestro derecho de nacimiento”, dijo Alejandro Velasco, historiador de la Venezuela moderna en la Universidad de Nueva York.
Es difícil exagerar la importancia mítica que tiene el petróleo en Venezuela. Al igual que el béisbol y las ganadoras de concursos de belleza, el petróleo es una fuente de orgullo nacional y un prisma a través del cual los venezolanos suelen comparar su sociedad con otras.
Las reservas de petróleo de Venezuela figuran entre las mayores del mundo, aunque la producción haya disminuido como consecuencia de la mala gestión, la corrupción y las sanciones estadounidenses. Distintos dirigentes venezolanos han utilizado los ingresos del petróleo para proyectar su influencia en el extranjero, especialmente en Latinoamérica.
Gracias en gran medida a los ingresos del petróleo, los venezolanos disfrutaron de uno de los niveles de vida más altos de la región en la década de 1980. Fue un venezolano, el político Juan Pablo Pérez Alfonzo, quien impulsó la creación de la OPEP, la Organización de Países Exportadores de Petróleo, en 1960 en Bagdad.

Al declarar abiertamente que su objetivo es recuperar los campos petrolíferos, Trump ha tocado una fibra sensible relacionada con cuestiones delicadas de soberanía e identidad nacional, lo que ha desencadenado una nueva fase volátil en el enfrentamiento entre Caracas y Washington.
Algunos en el bando de María Corina Machado, líder de la oposición y nobel de la paz, elogiaron el bloqueo de Trump, poniendo de manifiesto la firme adhesión de Machado a la campaña militar estadounidense en el Caribe.
Otros advierten que la beligerancia de Trump podría resultar contraproducente al provocar una respuesta nacionalista que dé nuevo impulso a los esfuerzos de Maduro por mantener su control del poder.
“Venezuela es de los venezolanos. Punto”, dijo en las redes sociales Luis Florido, una figura de la oposición, después de que Trump dejó claras sus ambiciones en relación con las colosales reservas de petróleo de Venezuela.
Florido añadió que el bloqueo haría poco por perjudicar a Maduro, mientras que podría devastar los medios de vida de los venezolanos de a pie si las exportaciones de petróleo, sustento de la economía, entran en caída libre.
Sobre la soberanía popular de Venezuela, Florido dijo: “Para recuperarla no podemos destruir nuestro propio país”.
Stephen Miller, uno de los principales asesores de Trump, el miércoles pareció expresar poco respeto por el nacionalismo petrolero que impregna la política venezolana, y reflexionó en cambio sobre una época en la que los estadounidenses ejercían una inmensa influencia en el país.
“El sudor, el ingenio y el trabajo estadounidenses crearon la industria petrolera en Venezuela”, dijo Miller. “Su expropiación tiránica fue el mayor robo registrado de riqueza y propiedades estadounidenses. Estos activos saqueados se utilizaron después para financiar el terrorismo e inundar nuestras calles de asesinos, mercenarios y drogas”.
Miller no especificó en cuál de las nacionalizaciones de Venezuela se fundamentaba su postura.
En 1976, Venezuela tomó el control de los activos de ExxonMobil, Shell y Chevron, y los utilizó para crear la empresa petrolera estatal Petróleos de Venezuela. A diferencia de las nacionalizaciones repentinas que se produjeron en otros lugares en aquella época, este proceso fue una transición negociada tras décadas de cambios políticos graduales.

Chávez emprendió otra fase de nacionalización en 2007, con el objetivo de desmantelar la apertura de la industria petrolera en la década de 1990, la cual había permitido a las empresas petroleras internacionales volver a apostar por Venezuela.
Aunque Chávez permitió que las empresas extranjeras se quedaran en Venezuela con condiciones menos favorables, esta nacionalización fue más polémica y desencadenó prolongadas batallas legales con gigantes petroleros estadounidenses como ExxonMobil y ConocoPhillips, que alegaban que se les debían miles de millones de dólares en indemnizaciones.
Parte de la animadversión de este proceso tuvo que ver con el empeño de Chávez por situar el petróleo como protagonista de su revolución. Depuró a los opositores políticos de Petróleos de Venezuela y transformó la empresa en una fuente de ingresos para programas contra la pobreza en el país y alianzas políticas con otros países, como Cuba, que resentían el poder de Estados Unidos.
Hoy en día, es difícil imaginar la influencia que las empresas petroleras estadounidenses tuvieron en Venezuela.
La fiebre extranjera por explotar el petróleo de Venezuela comenzó hace más de un siglo, cuando el dictador Juan Vicente Gómez otorgó amplias concesiones a empresas procedentes principalmente de Estados Unidos y el Reino Unido.
Las empresas estadounidenses no solo eran dueñas de los pozos. También construyeron ciudades repletas de hospitales, escuelas y campos de béisbol, creando “campamentos petroleros” que funcionaban como enclaves de habla inglesa para los trabajadores estadounidenses y sus familias.
A principios de la década de 1960, el número de estadounidenses en Venezuela constituía la comunidad de expatriados estadounidenses de posguerra más grande del mundo, según la historiadora Judith Ewell.
Incluso para algunos venezolanos que detestan a Maduro o al movimiento político forjado por su predecesor, volver a una época como esta sería una ruptura.
“Puedes detestar al chavismo y con toda razón”, dijo Blanca Vera Azaf, comentarista económica. “Pero de allí a convertirte en una hiena vende patria es demostrar que le vendiste el alma al Hades”.
Simon Romero es corresponsal del Times en México, Centroamérica y el Caribe. Reside en Ciudad de México.
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