Redadas migratorias apagan la Navidad en Barrio Obrero: “Todo el mundo está triste”
Más allá del golpe económico y el cambio de ambiente, muchos dominicanos viven un duelo colectivo por la pérdida de compatriotas arrestados y deportados



Periodista de Noticiasadriana.diaz@gfrmedia.com
Al filo de las 4:00 p.m. de un miércoles reciente, un inmigrante sujetaba su cargada mochila, manchada por el cemento de construcción, y miraba de lado a lado mientras esperaba la guagua en una parada al inicio de la avenida Borinquen, en Barrio Obrero, donde, en plena Navidad y contrario a lo usual, apenas se escuchaba bachata y muchos negocios permanecían cerrados.
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Me topé con el obrero dominicano a minutos de haber estacionado mi vehículo en la calle San Antonio, donde algunas casas lucían decoraciones alusivas a la época, pero eran más las que tenían las ventanas tapadas con papel, quizás, para mantener la intimidad que muchos en la comunidad han perdido a raíz de las redadas migratorias. En algunas residencias, se escuchaba la programación televisiva de la tarde, pero, en otras, el silencio y la soledad eran entristecedores.
“Casi nadie puede estar afuera. Ahora mismo, to’ está complicado. No puedo irme a Río Piedras caminando… Comoquiera, hay que trabajar porque hay que comer, pagar la renta”, dijo el hombre, con temor en su mirada y evidentemente cansado por un arduo día de construcción en la capital.
En la fugaz conversación, contó que, hace dos semanas, dos compañeros de trabajo firmaron la salida voluntaria para regresar a República Dominicana. Antes de terminar la siguiente oración, ya la guagua pública había llegado. Se montó rápidamente, no sin antes decirme: “¡Gracias!”.
A cinco cuadras de distancia, el silencio permanecía. No había que preguntar mucho para que los comerciantes lamentaran las pérdidas económicas experimentadas durante el año, no solo por los operativos cotidianos en el famoso barrio, sino por el “cambio en el ambiente” desde que el presidente Donald Trump ordenó aumentar las detenciones y deportaciones de inmigrantes indocumentados.
Hasta el 20 de diciembre, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, en inglés) había arrestado a 1,530 personas sin estatus migratorio definido en Puerto Rico, entre ellos, 1,357 arrestos administrativos por violaciones a las leyes migratorias y 173 de índole criminal. El 76% o 1,164 son inmigrantes de nacionalidad dominicana.
El Fogón de la Chary permanecía cerrado, aún a las 5:00 p.m., cuando entré a hablar con los dueños. Desde enero –cuando aumentaron los operativos de ICE en la comunidad–, tuvieron que cambiar los horarios y dejar de vender comida, contó, mientras limpiaba las mesas, la propietaria de la cafetería, que administra el local junto a su hermana.
“Ha sido el peor año, porque ni en la pandemia (de COVID-19). No se estaba moviendo y decidí cerrar (la cafetería) y trabajar en la mañana en otro lugar. Estoy trabajando en construcciones. Llevo 10 años de negocio, y tuve que volver (a tener un segundo trabajo)”, dijo la comerciante dominicana.PUBLICIDAD
El negocio, fundado hace 10 años, solía abrir a las 6:00 a.m. para alimentar a obreros inmigrantes que se dirigían a sus trabajos desde que el sol salía. De tener hasta ocho empleadas, ahora son solo dos.
“Aunque aquí viene mucha gente con documentos, la realidad es que la mayoría no tenía estatus legal definido y (los contratistas) venían a buscar a los empleados aquí y compraban. Podíamos tener 50 personas que venían fijas”, contó Juan Zambrana, puertorriqueño que labora por las noches en la barra.
En el balcón, regularmente ponen dos lechones para Navidad, un atractivo para la clientela. “Este año, no hay lechón. No hay dinero”, dijo el también maestro de Educación Especial en la escuela Dr. Facundo Bueso, en Santurce.
Minutos antes de abrir el local al público, Zambrana contó que anda “con el pasaporte en la mochila” para prevenir que lo arresten por su color de piel. “Hace semanas, estaba hablando por teléfono frente al negocio, y el ICE se detuvo, pero se fueron”, narró sobre el incidente.
“Vamos a poner las bombillitas. Hay que tratar de alegrar el ambiente. Los clientes con residencia, permisos o ciudadanía continúan viniendo, pero, para mantener un negocio, no basta con esa clientela”, agregó, sentado frente al pequeño arbolito que colocaron al interior, frente al mostrador de “stainless steel” que utilizaban para vender comida.
“Me siento agotada porque trabajo en otro lado. Mi hermana también tiene que trabajar en otro lado, así que llegamos cansadas a trabajar aquí”, dijo su socia, que prefirió no identificarse, al contar que el 31 de enero, apenas cinco días después de la primera redada bajo Trump en el barrio, le llegó su permiso de trabajo.
Hasta las conversaciones navideñas en el local se han tornado monótonas. Solo se habla sobre las personas que han perdido cuando se enteran de un nuevo arresto del ICE. “Lo peor es que no se sabe cuándo va a pasar”, lamentó la dominicana.
“Sobreviviendo”
Al frente de El Fogón de la Chary, un grupo de vecinos compartía en el Colmado Los Plátanos, que también ha tenido “grandes” pérdidas económicas.
“En todos los años que tengo, esta (Navidad) es la peor. Todo el mundo está triste. A las mujeres, les han llevado todos los maridos”, lamentó Franklin Félix, comerciante con 27 años en Puerto Rico.
El propietario de Los Plátanos agarraba a su perro frente al negocio, mientras se desahogaba con los clientes que todavía llegan a compartir.
“Las ventas han estado por el suelo. De un 100% a un 10%. Tenía como 20 personas (empleados) y solo tengo cinco (ahora). Estamos cerrando más temprano y abriendo más tarde. Sobreviviendo. Se han llevado a todo el mundo, pero no aquí (en el comercio)”, dijo el dominicano.
“Ni pasa gente”, intervino un cliente, que tampoco quiso identificarse, mientras hablaba con Félix.
El inmigrante, también comerciante, lleva 32 años en Puerto Rico, y logró la residencia hace más de una década: “Llevamos ya un año malísimo. Ni pasan carros. Nos han atacado demasiado y esta es nuestra patria también”.
El pasado domingo, se celebró un festival en la Placita Barceló, a donde llegaría el grupo dominicano Los Hermanos Rosario, que viajó desde Santo Domingo.PUBLICIDAD
“No pudieron venir porque se atrasaron en el aeropuerto. Se tuvieron que ir para Ponce porque tenían otra presentación. Allí, en la Placita, no había ni 60 personas, cuando van regularmente 3,000 personas”, señaló.
Coincidió con el obrero dominicano que esperaba en la parada dos horas antes: muchas familias solo salen a trabajar y regresan a encerrarse. “Los vienen acechando desde por la mañana. Tienen que mandar a comprar sus comidas. Ha sido fuerte”, manifestó el hombre, quien, pese a su estatus definido, fue intervenido en Río Piedras, hace tres meses, para preguntarle “si estaba legal”.

En las charlas nocturnas, no falta la mención de algún arrestado durante el día, así como las alertas, en los chats comunitarios de WhatsApp, avisando que los agentes andan por Barrio Obrero u otros sectores sanjuaneros, como Puerto Nuevo o Río Piedras, donde abundan las detenciones de ICE.
Los comerciantes comentaron de un compatriota que fue arrestado el mismo miércoles mientras compraba unas herramientas de construcción en una ferretería en la marginal de la avenida Martínez Nadal, en la colindancia de San Juan y Guaynabo.
“Es un cementerio”
Sentada cerca de las icónicas mariposas de la Placita Barceló –en la que todavía unos pocos vecinos juegan dominó–, una inmigrante relató que todas las Navidades en Puerto Rico son tristes al estar lejos de su familia, pero que este año empeoró al perder amistades y ver las calles desoladas.
“Aquí, las Navidades son tristes comoquiera, porque los que tienen papeles se van (a la República Dominicana). Ahora, no solo son tristes, es un cementerio. Extraño a todo el mundo”, dijo la mujer, de 60 años, que no ha visto a sus hijos desde que tenían 11 y 13 años, desde que salió de su país hace más de dos décadas.PUBLICIDAD
En diciembre pasado, tuvo un accidente en el que se quemó con aceite de cocinar y casi pierde sus piernas. Para sostenerse, la cocinera ha tenido que cuidar a una pareja de adultos mayores, de 77 y 85 años, y elaborar una que otra comida típica dominicana, como habichuelas dulces o “morir soñando”.
Para la adulta mayor, ya son 25 Navidades lejos de su hogar. La distancia no ha interrumpido, sin embargo, que, virtualmente, cenen juntos en Nochebuena, lo que espera hacer este miércoles.
“Casi siempre, ellos me llaman. Puedo estar acostada, pero cuando ellos me llaman, me paro y me siento. Ellos comiendo y gozando, y yo haciéndoles el coro. Si hubiera logrado la residencia, ya me hubiera ido de viaje a Santo Domingo. Me han engañado, me han robado los ‘chelitos’ (para lograr un estatus migratorio definido)”, contó.
A principios de la década de 2000, su sueño era regresar a su ciudad natal, pero le consuela saber que, desde la isla, ha ayudado económicamente a su familia.
“Yo les mandaba pa’ esta fecha entre $600 y $700, que eran como $100 a cada uno de mis hijos, mi hermana y sobrinos. Este año, no he podido enviar nada”, lamentó.
En las mesas de dominó de cemento de la Placita Barceló, una docena de residentes jugaban, pero ninguno quiso hablar. Uno que otro hasta se molestó por el acercamiento. A medida que oscurecía en la avenida, brillaban las luces navideñas y se escuchaba más bachata y “dembow”, pero los negocios permanecían vacíos.PUBLICIDAD
“El ambiente ha cambiado. Esto estaba lleno de música y gente”, contó otra residente dominicana.
Al caminar de regreso a la calle San Antonio, Zambrana colocaba las luces en El Fogón de la Chary, y recordé lo que me había dicho una hora antes: que, a pesar de las adversidades, había una comunidad que seguía luchando para “mantener la esperanza” y que la felicidad vuelva a escucharse, verse y sentirse en Barrio Obrero.

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Adriana Díaz Tiradoadriana.diaz@gfrmedia.com
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