Ataque militar imperialista a Venezuela: dominación estadounidense y derecho internacional
El ataque estadounidense y la pretensión de dominación colonial de Venezuela, así como la amenaza imperial en el Caribe a toda la región, especialmente a Colombia, Cuba y México, demandan un abordaje desde una perspectiva analítica crítica interdisciplinaria que problematice el derecho internacional y el accionar de la potencia imperial en esta época


Por Freddy Ordóñez Gómez | 09/01/2026 | Colombia, Venezuela
Presentación
El ataque estadounidense y la pretensión de dominación colonial de Venezuela, así como la amenaza imperial en el Caribe a toda la región, especialmente a Colombia, Cuba y México, demandan un abordaje desde una perspectiva analítica crítica interdisciplinaria que problematice el derecho internacional y el accionar de la potencia imperial en esta época. Con este panorama, sostenemos que los hechos configuran una manifestación explícita de dominación imperial que desborda el lenguaje de la legalidad internacional y pone en evidencia los límites estructurales del pacifismo jurídico frente al ejercicio efectivo del poder hegemónico en Nuestra América en el marco del capitalismo global. Así, este texto, en primer lugar, hace un recuento del crimen de agresión y la retención del presidente venezolano Nicolás Maduro; seguidamente, desde la teoría jurídica marxista, se aborda el derecho y la justicia internacional; y, finalmente, en un tercer momento se exponen algunos elementos sobre la amenaza imperialista que se advierte sobre Colombia.
- El 3 de enero y la guerra de agresión contra Venezuela
Como es de manejo público, el pasado 3 de enero se llevó un ataque militar a gran escala, denominado Operation Absolute Resolve, contra la República Bolivariana de Venezuela por parte del gobierno de los Estados Unidos, cuya finalidad fue la retención del mandatario del vecino país, Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, quienes fueron trasladados posteriormente a los Estados Unidos para enfrentar cargos penales federales, principalmente relacionados con narcoterrorismo y narcotráfico. El hecho, oculto bajo la idea de intervención humanitaria (guerra humanitaria)[1], se configura como un acto y crimen de agresión, en tanto se hizo uso de la fuerza armada de los EUA contra la soberanía, la integridad territorial y la independencia política del Estado venezolano.
Este ataque estuvo seguido de las declaraciones del mandatario Donald Trump en las cuales indicó que el hermano país iba a ser dirigido por el gobierno estadounidense, “hasta el momento en que podamos hacer una transición segura, adecuada y sensata”, agregando que ya están, se quedarán y tomará tiempo su presencia allí. De igual manera, Trump hizo referencia a la industria petrolera venezolana y a como las compañías norteamericanas van a entrar a administrar el petróleo, argumentando que la infraestructura de la industria petrolera de Venezuela es propiedad de Estados Unidos y que no iban a permitir que fuera saqueada por potencias extranjeras, para luego, reseñar la colonial Doctrina Monroe[2] y afirmar que “el predominio de Estados Unidos en el hemisferio occidental no volverá a ser cuestionado”. El discurso incluyó amenazas a los dirigentes del gobierno y mandos militares bolivarianos. Asimismo, el presidente de EUA señaló que María Corina Machado, y con ella, Edmundo González, “no tiene el apoyo y el respeto dentro del país”, lo que claramente pone en duda el triunfo electoral reclamado por la oposición desde el 2024.
En sentido similar han girado declaraciones posteriores e Trump y del Secretario de Estado Marco Rubio, esto es, dejando de lado el tema del supuesto restablecimiento de la democracia venezolana y concentrando sus intervenciones en el petróleo y en el dominio estadounidense en la región, esto último, amenazando, además, con adelantar acciones militares en Colombia y contra el presidente Gustavo Petro, a quien el mandatario estadounidense acusó de tener fábricas y elaborar cocaína.
2. El derecho internacional y la dominación
Una revisión rápida de instrumentos del derecho internacional deja ver que el gobierno de EUA con las acciones adelantadas en suelo venezolano violó, infringió u actúo de forma contraria a la Carta de las Naciones Unidas, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, el Artículo 2 común y el Protocolo I adicional a los Cuatro Convenios de Ginebra, y el Artículo 8 bis del Estatuto de Roma, así como desconoció normas del derecho internacional consuetudinario.
Ahora bien, Evgeni Pashukanis, señala en su célebre obra Teoría general del derecho y marxismo que las relaciones no se forman en absoluto en la definición kantiana del derecho como restricción a la libertad dentro de los límites mínimos necesarios para la convivencia, recordando que esa clase de derecho no ha existido jamás, porque el grado de libertad de los unos no depende más que del grado de dominación de los otros[3]. En ese orden, la norma de la coexistencia no está determinada por la posibilidad de la coexistencia, sino por la posibilidad de dominación. Esta reflexión del jurista soviético que se centraba en el análisis al interior del estado de derecho puede extrapolarse a las relaciones internacionales y la coexistencia entre Estados. Así lo hizo cuando afirmó que “el derecho internacional moderno es la forma jurídica de la lucha de los Estados capitalistas entre sí por la dominación del resto del mundo”[4].
En su lectura del derecho internacional burgués, Pashukanis señala que la única garantía real de las relaciones entre los Estados burgueses, y de estos con Estados de otro tipo de clase, se mantienen sobre el reconocimiento mutuo de estos como sujetos del derecho internacional en un intercambio de equivalentes y el equilibrio real de fuerzas, existiendo la salvedad de que los gobiernos apelen a la ley cuando les convenga, y evitar su cumplimiento o violándola abiertamente cuando el resultado sea rentable[5]; aunque, en la opacidad propia del sistema capitalista, los imperialistas actuarán siempre “bajo la apariencia del pacifismo y como defensores del derecho internacional”[6].
Si bien Estados Unidos posee un poder imperial[7], lejos se está hoy de un orden mundial unipolar o de ser un imperio global[8], y, por el contrario, parece irse consolidando un marco de poder multipolar que supera a la pretendida multipolaridad occidental[9], que, aunque no puede hablarse de la transición pashukaniana, si evidencia la necesidad que tiene el gobierno Trump de dejar claro que “el ejército de Estados Unidos es la fuerza militar más fuerte y temible del planeta” y que puede salirse de los principios y las reglas del derecho internacional —o interpretarlos a beneficio propio como ocurre con el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas que consagra el derecho a la legítima defensa—, e informar a países como China y Rusia su dominio en el resto del mundo, principalmente y como lo ha querido dejar claro con el ataque militar en Venezuela, en el hemisferio occidental y en nuestra América toda.
Teniendo presente lo anterior, lo que no se puede, por parte de los juristas críticos y mandatarios alternativos de nuestra América es creer ingenuamente que EE.UU. cumplirá el derecho internacional y que éste será un marco que condicione el accionar de los Estados, principalmente de aquellos que detentan un poder imperial. Se debe recordar lo expresado por Evgeni Pashukanis: “Con el derecho internacional en una condición tan lamentable, los juristas burgueses sólo pueden consolarse con la esperanza de que, por muy profundamente que se haya roto el equilibrio este se reestablecerá: la más violenta de las guerras debe terminar alguna vez con la paz, las pasiones políticas levantadas por ella deben reconciliarse gradualmente, los gobiernos volverán a la objetividad y al compromiso, y las normas del derecho internacional encontrarán de nuevo su fuerza”[10]. El accionar del gobierno Trump contra Venezuela y sus amenazas a la región nuestramericana, dejan claro el fracaso del pacifismo jurídico de raíz kantiana[11].
También, debe advertirse que la justicia a la que será sometido el presidente Nicolás Maduro seguirá el modelo de la justicia de los vencedores, esto es, de acuerdo con Danilo Zolo, una justicia que “se aplica a los derrotados, a los débiles y a los pueblos oprimidos, con la connivencia de las instituciones internacionales, el silencio encubridor de gran parte de los juristas académicos, la complicidad de los medios masivos de comunicación […]”[12]. Aun cuando el primer escrito de Superseding Indictment, presenta serias debilidades jurídicas, iniciando por la no imputación de conductas cometidas en territorio estadounidense de manera directa por el mandatario venezolano; siguiendo por la confusión entre posibles responsabilidades estatales y la responsabilidad penal individual; así como el uso instrumental y problemático del narcotráfico y del terrorismo en la acusación, bajo la forma narcoterrorismo —de esto último, es imperativo señalar que ya el mismo gobierno norteamericano indicó la no existencia del supuesto cartel de los soles de cuya dirección se acusaba en estrados al presidente venezolano—, se cree que se buscará la aplicación de una justicia política vengativa, ejemplarizante por parte de la potencia imperial. Acá es importante recordar que no se está ante la justicia internacional, sino ante un tribunal doméstico estadounidense, y que mientras se juzga al presidente de Venezuela, el país será sometido a la administración colonial estadounidense de sus recursos petroleros.
3. Colombia: narcotráfico, amenaza imperialista y ultraderecha
El presidente estadounidense ha acusado al mandatario colombiano, en más de una ocasión, de tener fábricas de cocaína e incentivar la producción masiva de drogas. Trump también le ha advertido a Petro que podría “ser el siguiente”, llegando a afirmar que “una operación en Colombia suena bien para mí”. Se estipula que el despliegue imperial en el Caribe está conformado por al menos 8 buques de guerra, aproximadamente 150 aeronaves, un gran número de helicópteros, drones y otras aeronaves, así como unos 12 mil hombres.
Estas amenazas han ido acompañadas de decisiones como la revocatoria de visas a altos funcionarios y la inclusión del presidente Petro, su esposa, hijo mayor y al ministro Benedetti, en la lista Clinton; la descertificación de Colombia en la lucha contra el narcotráfico; también las fuerzas marítimas estadounidenses en el Caribe han atacado embarcaciones en las que han muerto colombianos y se han realizado operaciones en aguas colombianas.
Frente a la situación, candidatos presidenciales y líderes de la derecha radical colombiana han llegado a proponer la extradición del presidente colombiano si triunfan en las urnas, acusándolo de ser parte del inexistente Cartel de los soles y de llevar al país a una situación similar a la de Venezuela; congresistas de ultraderecha han celebrado la posibilidad de un ataque militar en Colombia y la retención del presidente colombiano. Las y los candidatos, tanto a la presidencia como al Congreso, buscan generar temor entre la población y con eso inclinar la balanza electoral a la derecha. En sus valoraciones, dejan de lado el derecho internacional y evitan afirmar que en Colombia podría pasar lo que actualmente ocurre en Venezuela, que el país está bajo la administración imperial estadounidense y sometida a una amenaza permanente de otra acción bélica.
En su defensa, de manera categórica el presidente Petro ha señalado que en su mandato se han incautado 3.500 toneladas de coca, el equivalente a “32.000 millones de dosis a las que se les impide llegar al consumidor estadounidense”, teniéndose entonces un nivel de incautación mayor al nivel de crecimiento de los cultivos de uso ilícito. Acá es necesario recordar que “estudios demuestran que son más efectivas para reducir la oferta mundial de cocaína los esfuerzos en incautaciones y destrucción de infraestructura que los esfuerzos en erradicación. [A partir de lo cual, se sostiene que] el indicador de éxito o fracaso no debe ser el área cultivada sino la cocaína que efectivamente llega al mercado”[13]. El gobernante colombiano, por otra parte, de forma contundente ha rechazado el sometimiento al dominio estadounidense del país y de este gobierno: “en Colombia no hay reyes, ni virreyes, ni somos colonia de nadie, ni aceptamos reyes que nos manden a callar”. También ha expresado que las acusaciones contra el presidente Nicolás Maduro son un montaje producto del afán de recursos del gobierno Trump. Así, sostuvo en su cuenta de X (Twitter): “no hay evidencia alguna que exista en el narcotráfico un «cartel de los soles», lo que indica que secuestraron a Maduro para quedarse con el petróleo de Venezuela, siguiendo su doctrina Monroe”.
En ese punto es importante volver sobre la necesaria diferenciación del comercio transnacional de cocaína (un mecanismo de acumulación capitalista, ilegal e internacionalizado), del narcotráfico, ya que este último es un dispositivo político “utilizado por los gobiernos y particularmente el gobierno de los Estados Unidos (aunque no solamente) para realizar operaciones de represión, disciplinamiento y control social”[14]; teniéndose que al acuñar la idea de narcoterrorismo, “una empresa capitalista se transforma poco a poco en un mecanismo de apoyo a un control político internacional en cabeza del gobierno de los Estados Unidos y una herramienta destinada a contrarrestar las luchas sociales”[15], posibilitando el despliegue así de la guerra contra el narcoterrorismo y la imputación de narcoterroristas a aquellos líderes de gobiernos que no se someten al poder imperial, como es el caso del presidente venezolano Nicolás Maduro[16] y del mandatario colombiano, Gustavo Petro.
Conclusiones
Los hechos descritos permiten afirmar que la actuación de los Estados Unidos frente a Venezuela constituye una violación grave y múltiple del orden jurídico internacional vigente. El uso de la fuerza armada contra un Estado soberano, la detención de su jefe de Estado sin mandato internacional alguno, la amenaza explícita de ocupación prolongada y la apropiación de facto de recursos naturales estratégicos vulneran de manera directa la Carta de las Naciones Unidas, normas consuetudinarias fundamentales y disposiciones del Estatuto de Roma relativas al crimen de agresión. La apelación discursiva a categorías como intervención humanitaria o transición democrática no logra ocultar que se trata de una operación de fuerza orientada a la subordinación política y económica de un Estado, al margen de cualquier marco multilateral pactado en el escenario internacional.
El crimen contra Venezuela confirma, además, los límites estructurales del derecho internacional como dispositivo efectivo de contención del poder imperial, tal como lo advirtió tempranamente la teoría jurídica marxista. La judicialización del presidente Nicolás Maduro ante tribunales domésticos estadounidenses, en un contexto de ocupación militar y administración externa del territorio y de los recursos del país, responde al modelo de la justicia de los vencedores, en el que la legalidad se instrumentaliza para legitimar relaciones coloniales y de dominación previamente impuestas por la fuerza. Este escenario no solo compromete la vigencia del derecho internacional, sino que proyecta una amenaza directa sobre otros países de la región, como Colombia, donde las declaraciones, sanciones y operaciones unilaterales evidencian una estrategia de disciplinamiento político regional soportada en la opacidad del discurso de la guerra al narcoterrorismo, que cuenta además con el respaldo y promoción de sectores de la ultraderecha local, profundizando la erosión de la soberanía y del principio de autodeterminación de los pueblos en Nuestra América. Es necesario señalar que el gobierno Petro tuvo un respaldo masivo en las calles y plazas de Colombia en las jornadas populares convocadas el 7 de enero, día en que los mandatarios colombiano y estadounidense sostuvieron una llamada telefónica, producto de la cual se proyectó una próxima visita a la Casa Blanca por parte del presidente colombiano.
El reafirmar que detrás del derecho internacional que regula las relaciones de los Estados burgueses se tiene la lucha por la dominación global permitirá proyectar formas de relacionamiento entre los Estados que se constituyen como alternativas a la estatalidad burguesa y actuar como bloque frente a las pretensiones coloniales y de dominación al poder imperial estadounidense y de las potencias occidentales.
[1] ZOLO, Danilo. La justicia de los vencedores. De Nuremberg a Bagdad. Madrid: Trotta, 2007, pp. 87 y ss.
[2] La Doctrina Monroe es, en palabras del historiador venezolano Otoniel Morales, “fundamento doctrinario, espíritu y esencia de la política exterior estadounidense del siglo XIX y XX”. MORALES, Otoniel. América Latina y El Caribe en la agenda de la política exterior estadounidense entre 1920 – 2004: diversificación, coincidencia y conflicto. Caracas: Fundación Centro Nacional de Historia, 2009.
[3] PASHUKANIS, Evgeni. Teoría general del derecho y marxismo. Buenos Aires: Olejnik, 2021, p. 116.
[4] PASHUKANIS, Evgeni. Derecho Internacional. En: Teoría general del derecho y marxismo (y otros escritos). Madrid: Irrecuperables y Extáticas, 2022, p. 209.
[5] Ibid., p. 221.
[6] Ibid., p. 223.
[7] ZOLO, Danilo. Op. cit.
[8] Recordamos acá el texto de Roberto Montoya, El imperio Global. George W. Bush, de presidente dudosamente electo a frustrado candidato a César del siglo XXI. Caracas: Monte Ávila, 2009.
[9] En ese sentido: RIVERA-LUGO, Carlos. Pashukanis y el derecho internacional en un periodo de transición geoestratégica. El Otro Derecho, 62, 119-145.
[10] PASHUKANIS, Evgeni. Derecho Internacional. Op. Cit., p. 222.
[11] ZOLO, Danilo, Op. cit., p. 85.
[12] Ibid., p. 14.
[13] ORDÓÑEZ, Freddy. Presentación. En: E. De los Ríos. Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito: balance, rediseño y desafíos. Bogotá: ILSA, 2020. p. 17.
[14] Ibid., p. 12.
[15] Ibid.
[16] En su momento, el presidente Hugo Chávez también fue acusado de sostener nexos y alianzas con las FARC-EP y el ELN, organizaciones que fueron declaradas terroristas por el gobierno de EUA. Véase: GOLINGER, Eva. El Código Chávez. Descifrando la intervención de los Estados Unidos en Venezuela. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 2005.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
La batalla de Trump contra la colonia petrolera
Por Claudio Katz | 09/01/2026 | Venezuela

Fuentes: Rebelión
Con el secuestro de Maduro, Trump incorporó a dos novedades a la brutalidad imperial. Explicitó su propósito de robar el petróleo y su pretensión de instaurar un dominio colonial.
Su disparatado argumento para hurtar el petróleo, es la pertenencia de ese recurso a Estados Unidos por alguna inversión realizada en el pasado. Con ese criterio, Texas, California y Arizona deberían ser inmediatamente devueltas a México, pero el magnate es un matón que no razona. Proclama una apropiación que comenzó con sanciones, bloqueos y la confiscación de la filial externa Citgo.
Propicia ahora el despojo total, para impedir la creciente exportación de crudo a China. Exige la disolución de la empresa estatal PDVSA y su inmediato reparto entre las grandes compañías estadounidenses. Motoriza esa captura con urgencia, porque en Venezuela se localizan las mayores reservas del mundo. El expropiador diseña también una base militar para custodiar su ansiada colonia petrolera.
FALACIAS, PRETEXTOS Y BRAVUCONADAS
El ocupante de la Casa Blanca anunció que gobernará directamente en Caracas, con un modelo semejante al diagramado para Gaza. Pretende asumir la dirección personal de ambos protectorados con el simple fundamento de la coerción. Anticipó esa dominación con actos de piratería, presencia de una gran armada y operaciones confesas de la CIA.
Ya comienza a conocerse que su rapto de Maduro, no fue el operativo quirúrgico que relataron los difusores hollywoodenses. Entre los defensores del presidente hubo por lo menos 80 caídos y entre ellos 32 militares cubanos. Tarde o temprano se sabrá cuántas bajas tuvo el bando de los asaltantes.
El pretexto del narcotráfico apenas reaparece, desde que Trump indultó por ese delito a un condenado ex presidente de Honduras. Suele coordinar, además, todo tipo de acciones con sus narco-aliados de Colombia y Ecuador, sabiendo que Venezuela no figura como productora, vía de tránsito o partícipe de la provisión de drogas. Nadie aportó indicios de conexiones del gobierno chavista con el extinto Tren de Aragua y tuvieron que desechar la acusación de vínculos con el mítico cártel de Los Soles.
Esa carencia de pruebas transforma el juicio a Maduro en Nueva York en un disparate procesal. La demonización mediática ha sido complementada con la presentación del presidente venezolano como un delincuente común. Pero el debut de esa infamia, ya chocó con un sobrio mandatario que se declaró “prisionero de guerra”.
En otra secuencia de sus inconexas bravuconadas, Trump acusó a Maduro de vaciar las prisiones de su país, para enviar asaltantes a Estados Unidos. Utiliza ese dislate para justificar la cacería interna de inmigrantes, afectando en gran medida a la propia comunidad de indocumentados venezolanos.
En una trágica paradoja del escenario actual, quiénes más festejan la agresión yanqui son víctimas directas del imperio. En varias ciudades de América Latina, también celebraron el secuestro de Maduro, sin notar que el fin del chavismo acentuaría la presión para quitarles su condición de residentes.
La prensa hegemónica antepone el adjetivo “dictador” a cualquier mención de Maduro, olvidando que su captor es un impune golpista, que comandó el frustrado asalto a la Casa Blanca. Trump acaba de consumar, además, el fraude presidencial de su servidor en Honduras e instauró el chantaje electoral, para forzar el triunfo en las urnas de su lacayo Milei. La doble vara con Maduro es particularmente escandalosa, cuándo se presenta al corrupto genocida de Netanyahu como un “demócrata” y al criminal monarca saudita Bin Salman, como un «príncipe heredero”.
HIPOCRESIAS, AMENAZAS Y DECLIVE
Las hipocresías para diabolizar a Maduro y enaltecer a los verdaderos tiranos pierden gravitación, en este período de burda preeminencia del más fuerte. En una era de garrote y Corolario Trump de la Doctrina Monroe, cualquier argumento pasa a segundo plano. El magnate ha reemplazado los artilugios institucionales del Lawfare por el expeditivo uso del terrorismo.
Salta a la vista que el secuestro de un mandatario es un acto de ese tipo, amoldado al método israelí de capturar o asesinar adversarios políticos, en cualquier parte del mundo. Con el asalto en Caracas, Trump destruyó lo poco que quedaba del derecho internacional basado en reglas. Sin declarar la guerra a Venezuela, secuestró a su presidente.
Con ese acto de arrogancia, el criminal de la Casa Blanca busca recuperar fuerza interna. Espera irrumpir victorioso ante el Congreso, luego de convalidar la presión belicista de Marco Rubio, en un escenario adverso. Está muy afectado por las denuncias de tráfico de influencias en el caso Epstein, sufrió severas derrotas electorales en varios distritos, afrontó manifestaciones masivas contra su figura (“No Kings”) y se arriesgaba al veto legislativo de su propio partido ante el ataque contra Venezuela. Por eso, a diferencia de Bush I con Panamá y Bush II con Irak, soslayó esa instancia.
Esa omisión ilustra la desesperación de Trump por mostrar algún éxito de su política exterior, al cabo de un año de continuos traspiés. Disimuló esa adversidad con su habitual fanfarronería (“nos ahorramos 50 millones de dólares de recompensa”), buscando contraponer su perfil pendenciero con la impotencia de Biden.
Esa exhibición guerrera es un mensaje al exterior, para recrear la leyenda de un poder invencible. Trump intenta revertir las humillaciones de los últimos años, que reaparecieron en la conmemoración del 50 aniversario de la derrota yanqui en Vietnam. Allí se rememoró el bochorno de Irak y la deshorna de Afganistán. El magnate espera asustar ahora al resto del mundo, para conseguir con tiros, lo que no obtiene con aranceles, proteccionismo y amenazas económicas.
Si sigue envalentonado ampliará sus ataques a Venezuela. Como una invasión en regla es desaconsejada por sus asesores (debido al alto número de efectivos y bajas), podría capturar alguna zona petrolera para balcanizar el país. Ya anunció que tiene en la mira a Colombia y México y exige a Dinamarca la rápida entrega de Groenlandia.
Trump intenta emular a sus antecesores de principio del siglo XX, que invadían Centroamérica, tomaban islas del Caribe y bombardeaban las costas de Venezuela. Pero
pronto notará que Estados Unidos ya no es lo que era y que, en su declive carece del soporte económico requerido, para consumar aventuras militares exitosas.
REPROBACIÓN, ADVERSIDADES Y FRACASOS
En los hechos, la erosión de Trump aumenta al mismo ritmo que sus amenazas. Se presentó como el hombre fuerte, que lograría rehuir las guerras con la sola exhibición de su figura y ante el fracaso de esa pose, recurre a la fuerza. No logró amedrentar a Rusia y a China y se pelea sin ningún beneficio con India. El secuestro de Maduro deslegitima cualquier iniciativa suya y habilita eventuales acciones del mismo tipo por parte de sus rivales.
Su operativo en Caracas ya generó rechazos en la ONU y un mayor distanciamiento con Europa. Ni siquiera logró el aval de la ultraderecha trumpista del Viejo Continente. Con excepción de sus irrelevantes lacayos de Sudamérica, el grueso del mundo condenó su agresión.
Rusia y China fueron contundentes en esa reprobación y exigieron la restitución de Maduro en su cargo. Muchos analistas interpretan en forma equivocada, que predomina una complicidad de esas potencias con su par estadounidense, a través de un reparto tripartito del planeta. Pero omiten que el Pentágono erosionó cualquier posibilidad de esa convivencia, mediante la agresión de la OTAN en Ucrania y el cerco naval de China.
El ataque a Venezuela no es un gesto de repliegue al propio vecindario, sino un mensaje dominación regional para escalar la confrontación global. China y Rusia conocen esa amenaza y acrecientan la defensa de su propio entorno.
Hasta ahora, el secuestro de Maduro ha sido un éxito militar estadounidense sin réditos políticos. Se asemeja más a las fallidas provocaciones de Israel contra Irán, que al triunfante aplastamiento de Siria. En el primer caso, el asesinato de figuras de alto nivel no tumbó al gobierno y en el segundo logró esa caída, luego de una sistemática andanada de bombas y devastaciones.
En Venezuela, el proceso bolivariano sigue en pie. Trump no tiene el control político, militar o territorial de ese país. El núcleo del poder estatal chavista persiste y esa cohesión se mantiene como el principal obstáculo a la desestabilización externa. Si la captura de Maduro pretendía inducir una rebelión militar, esa asonada no se consumó. Tampoco desencadenó una acción política equivalente. No hubo «guarimbas» (como en 2014 o el 2017) y las únicas movilizaciones fueron protagonizadas por el chavismo.
En el bando opuesto reina un inmovilismo congruente con el debilitamiento de la derecha. Los festejos en el exterior no tienen contrapartida interna y luego del fracaso de Guaidó y González Urrutia, Trump carece de una fuerza vasalla para apuntalar su coloniaje. Por eso ninguneó a Corina Machado, reforzando el patetismo de una Premio Nobel de la Paz que alaba la guerra y pondera la invasión de su país.
La expectativa en una dominación estadounidense positiva, es una ilusión preeminente entre el grueso de los emigrados. En sus fantasías, identifican el protectorado yanqui, con la transformación de Venezuela en un Estado más de la Unión que regentea Washington. Han quedado tan enceguecidos por la propaganda gringa, que ni siquiera registran el despojo que prepara su tutor. No escuchan a Trump cuando afirma que el control de Venezuela “no nos costará nada”, porque será un redituable negocio “reembolsado con petróleo”.
EL LIBRETO IMPERIAL DE LA TRAICIÓN
La confrontación en Venezuela recién comienza y ha transcurrido tan sólo el primer acto de un escenario abierto. Esa irresolución es desconocida por quiénes ya diagnostican un triunfo imperialista, asentado en la traición interna del chavismo. Repiten a Marco Rubio, que se jacta de haber conseguido la entrega de Maduro por sus pares del ejército. Aunque no brinda ningún dato de esa vileza, su tesis es reproducida y presentada como una explicación de la fulminante captura del presidente.
Pero esas potenciales complicidades, no prueban la existencia de una traición de envergadura en el alto mando. Es una posibilidad, pero no hay indicios que ratifiquen la eventualidad que varios pensadores de izquierda dan por cierta.
A esta altura debería resultar evidente, que cualquier afirmación de Trump (o de su entorno) tiene credibilidad nula. Los hechos sugieren un desenlace distinto. Se sabe que hubo muchos muertos, en una confrontación con el aparato militar más poderoso y sofisticado del planeta.
Como nadie ofrece pruebas de traición en el plano militar, circulan tesis de su equivalente político. Se afirma que Delcy Rodríguez encabeza un “gobierno de transición”, afectado por la parálisis y el vacío de poder. La nueva presidenta es presentada como una dirigente marginal, totalmente divorciada de la base chavista.
Esa descalificación de un gobierno sometido al ataque militar estadounidense, ilustra más la ubicación política de sus enunciadores, que el escenario a clarificar. En los pocos días que han transcurrido desde el secuestro, Delcy ratificó su lealtad a Maduro, exigiendo su liberación y restitución en el cargo. Esa actitud es congruente con su trayectoria.
Se especula que negocia con Trump algún compromiso de venta del petróleo. Pero incluso esa opción podría interpretarse como un recurso para lidiar con la adversidad. Durante décadas Irán aceptó las inspecciones occidentales de su actividad atómica, reforzando al mismo tiempo su defensa militar. El desenlace que afrontan los países acosados no se dirime en cinco minutos.
Los perceptores de la traición sugieren la existencia de una cadena de pactos para sepultar a Maduro. Pero si ese contubernio existe, no ha logrado hasta ahora los frutos esperados. Desde hace décadas, la CIA, la DEA, el Pentágono y la Casa Blanca motorizan campañas para quebrar el proceso bolivariano y destruir la alianza cívico-militar que lo sostiene.
Ninguna de esas operaciones psicológicas, mediáticas y monetarias debería ser reproducida por analistas serios y menos aún, si se auto perciben de izquierda. Las acciones imperiales están obviamente destinadas a sembrar la desconfianza popular, fragmentar los liderazgos antiimperialistas y erosionar la moral de la militancia.
Una eventual traición constituye, en todo caso, un tema secundario, frente a la prioridad de apuntalar la resistencia. Ya habrá respuestas a los interrogantes de la defensa antiaérea fallida o a los desaciertos en la protección de Maduro. En lugar de distraer los temas del momento con esas preguntas, corresponde concentrar las acusaciones en el enemigo yanqui.
Hay que pedirle rendición de cuentas a la Casa Blanca y no a Miraflores y en vez de objetar la insuficiencia del dispositivo defensivo, se debe enaltecer la memoria de los compañeros abatidos en el operativo terrorista. Es más valedero honrar a esos militares, que especular con el libreto de Marco Rubio y es más alentador observar cómo Delcy afronta la tempestad, que sentenciar una derrota que no ha ocurrido.
Los intérpretes de la traición dan por hecho que la batalla de Venezuela está perdida. Por eso se adentran en los detalles de una regresión, consumada a su juicio con deslealtades de todo tipo. También dictaminan la inexistencia de movilizaciones populares, cuando esas manifestaciones comienzan a despuntar.
En el mejor de los casos describen un drama invariablemente negativo, soslayando la toma de partido. Denuncian a Trump atacando al mismo tiempo a Maduro, sin notar la inconsistencia de esa dualidad. Esa postura les permite justificar su propia inacción, mientras se congratulan por el fracaso del chavismo que tantas veces previeron y no han podido constatar. En medio de la batalla, conviene archivar esos presagios, recordar quién es el enemigo y reforzar la lucha para derrotarlo.
URGENCIAS, AGENDAS Y DISYUNTIVAS
Frenar los ataques a Venezuela es la prioridad del momento. Es imprescindible contener a Trump, porque puede repetir la captura de otros mandatarios, para apropiarse de los recursos de esos países. Hoy es Maduro y mañana será el presidente que disguste a la Casa Blanca. Las amenazas a Colombia, México y Dinamarca no son mera retórica.
Cuando Hitler invadió Austria en 1938 o Polonia en 1939, el cataclismo ya era inevitable. Pero algunos años antes, una decidida respuesta a su expansionismo podría haberlo contenido. Trump enuncia sin ningún disimulo sus propósitos imperiales y Venezuela es un caso testigo. Resulta posible doblegarlo, si se actúa a tiempo.
Ese freno debe ser interpuesto en América Latina, porque es el área de agresión inmediata del magnate. Trump ha comenzado a implementar operativos bélicos convencionales, para complementar las guerras híbridas de última generación. El estatus de la región, como zona de paz, puede extinguirse en un plazo muy breve. México, Colombia y Brasil han alzado la voz, subrayando la violación del derecho internacional, pero corresponde exigir con nitidez la liberación de Maduro y su restitución a la presidencia.
Esa demanda confronta con la presión mediática para diluir el tema, en los próximos escenarios electorales de la región. Pero está probado que la contemporización del adversario, envalentona a Trump y lo impulsa a escalar las agresiones. Para neutralizar su andanada hay que responder con la misma contundencia.
En Argentina, la defensa de Venezuela es un eje central de la lucha contra Milei. El lamebotas de Trump celebra el secuestro de Maduro y refuerza el rearme del ejército, con la mira puesta en algún acto de servilismo militar. Cuenta con el respaldo de la derecha convencional, los medios hegemónicos y las clases dominantes.
En el polo opuesto, se han situado los organizadores de las marchas de protesta frente a la embajada de Estados Unidos. Un amplio espectro de agrupaciones políticas, sindicales y sociales de la izquierda y el peronismo han confluido en esa convocatoria En la segunda manifestación se logró un nivel de concurrencia muy superior al primer mitin.
Venezuela es la batalla del momento. Allí se juega el futuro de toda la región. Si Trump logra su propósito, impondrá en América Latina una regresión histórica de todos los anhelos populares. Si por el contrario ese derrotado, quedará abierto el sendero para lograr conquistas de toda índole. En esa lucha se dirime el porvenir de la región.
RESUMEN
Trump explicita su propósito de robar el petróleo e instaurar un dominio colonial, porque los pretextos del narcotráfico y de un régimen tiránico son insostenibles. Recurre a un acto de terrorismo para lidiar con el deterioro interno y los fracasos en el exterior. En lugar de replegarse a su propio vecindario, pretende escalar la confrontación global. Logró un éxito militar sin réditos políticos. Resulta posible doblegarlo si se actúa a tiempo, sin repetir un libreto de la traición, que debilita la resistencia.
Claudio Katz. Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es: www.lahaine.org/katz
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
Estados Unidos es un imperio debilitado y peligroso
Por Nathan Akehurst | 09/01/2026 | EE.UU.

Fuentes: Jacobin América Latina
El secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro ilustra la debilidad del liderazgo estadounidense, en su intento de afianzar el control sobre el hemisferio occidental.
En lo más profundo de una noche invernal, fuerzas aerotransportadas estadounidenses surcan aullando los cielos del Caribe. Aviones a reacción lanzan fuego sobre infraestructuras clave, mientras helicópteros de ataque despliegan comandos de fuerzas especiales en objetivos terrestres. En medio del espectáculo de conmoción y pavor, un presidente es secuestrado e imputado por cargos de narcotráfico. Se trata de un caso de prueba clave para entender cómo una ambiciosa administración republicana pretende manejar una era de cambios sísmicos.
Esto ocurrió el 20 de diciembre de 1989; la operación en cuestión fue la destitución del hombre fuerte panameño y antiguo activo de la CIA Manuel Noriega. Pero existe un paralelismo inconfundible con el secuestro ordenado por Donald Trump del presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa. El episodio ilustra todo lo que ha cambiado, y lo que ha permanecido igual, en las tres décadas que separan estos dos actos de agresión. El primero tuvo lugar al inicio de una nueva era de hiperpoder estadounidense. El segundo es un síntoma del declive caótico y violento de esa era.
Dos secuestros
La destitución de Noriega por parte de George H. W. Bush marcó el comienzo de una nueva etapa de construcción del orden mundial estadounidense en la posguerra fría. En pocos años, Estados Unidos se lanzó con fuerza a la Guerra del Golfo Pérsico y a nuevos conflictos en tres continentes. Al igual que Noriega, en Irak Saddam Hussein aprendería rápidamente que servir a los intereses de Washington no garantizaba protección alguna.
El colapso de la Unión Soviética seguramente diluyó el atractivo del anticomunismo como justificación para la guerra permanente. Pero la llamada Guerra contra las Drogas ya se había consolidado como un reemplazo argumental para las guerras eternas, devorando vidas y recursos a escala global. El repliegue soviético no le trajo mucha paz a América Latina en relación con el militarismo estadounidense. Más bien ocurrió lo contrario, con Washington desempeñando un papel clave en la prolongación de la guerra civil colombiana.
La región también ofreció un estudio singular sobre el resurgimiento de la izquierda durante un período de hegemonía neoliberal. Los barrios populares de Venezuela llevaron a Hugo Chávez al poder en 1998 y una nueva alianza liderada por pueblos indígenas impulsó a Evo Morales y al Movimiento al Socialismo (MAS) al gobierno en Bolivia en 2005, en el marco de la llamada «marea rosa» continental.
Ese proyecto experimentó un renacimiento a comienzos de la década de 2020, pero sufrió reveses severos: el colapso del gobierno del MAS en Bolivia; la fragilidad económica y política de Venezuela, que dio lugar a una de las mayores crisis de desplazamiento del mundo; y las victorias de férreos aliados de Trump como José Antonio Kast en Chile, Nayib Bukele en El Salvador y Javier Milei en Argentina. El apoyo estadounidense es solo una variable dentro de estos procesos complejos, pero una variable significativa.
En este contexto, el ataque de Trump contra Venezuela parece una pieza bastante directa de teatro imperial. El secuestro de un presidente, el humo elevándose desde los puertos, los barcos inmovilizados y la escasa probabilidad de que Venezuela tenga capacidad de represalia, incluso si su gobierno se mantiene firme, aportan consuelo a los amigos reaccionarios de Washington y siembran temor entre sus enemigos.
Esto es parte de lo que está ocurriendo, pero no es toda la historia.
Cerrando filas
Hace dos años, mientras investigaba la política exterior de Estados Unidos en la región, mantuve en Bogotá, la capital colombiana, una larga conversación con un exfuncionario de inmigración.
Sin ser necesariamente un entusiasta del gobierno de izquierda de Gustavo Petro, él celebraba la posibilidad de una nueva etapa de independencia estratégica. El gobierno acababa de rechazar un vuelo de deportación que devolvía a Colombia a un grupo de personas acusadas de haber ingresado ilegalmente a los Estados Unidos. Aunque Bogotá seguía cooperando con los intentos estadounidenses de frenar la migración a través del letal Tapón del Darién, en la frontera con Panamá, estaba dispuesta a exhibir una cuota de autonomía.
Cuando Trump llegó al poder, los límites de ese enfoque quedaron a la vista. El intento renovado de Petro de rechazar estos vuelos fue rápidamente golpeado por amenazas de aranceles punitivos. La apuesta del presidente colombiano pareció haber ido demasiado lejos, algo que sin duda influyó en la actitud más cautelosa adoptada frente a Washington por la presidenta de México, Claudia Sheinbaum.
Esta controversia refleja hasta qué punto el control migratorio desplazó a fantasmas como el comunismo, las drogas y el terrorismo como justificación de turno para el belicismo estadounidense. Las historias sensacionalistas del complejo de política exterior de Washington sobre un supuesto «narcoterrorismo» que abarcaría a Hezbollah, a bandas narco y al Estado venezolano pueden haber servido de anclaje para el refuerzo militar estadounidense en el Caribe en los últimos meses. Pero la atribución de responsabilidad a Caracas por los flujos migratorios irregulares fue central para vender la guerra, tanto dentro de la administración Trump como ante la opinión pública estadounidense.
Todo esto tiene un aire extrañamente europeo. La afirmación de que actores hostiles utilizan la migración como táctica de desestabilización fue clave para el desarrollo de un régimen de abusos de derechos humanos militarizados en las fronteras orientales de la Unión Europea. Al mismo tiempo, la impunidad frente a conductas letales en el mar, como los ataques estadounidenses contra supuestas embarcaciones vinculadas al narcotráfico, recuerda el respaldo europeo a las milicias que atacan barcos de migrantes y de rescate, o a las agresiones contra naves que transportan ayuda a Palestina.
Más directamente, Estados Unidos está negociando acuerdos de deportación con una variedad de países en los que los Estados europeos actúan desde hace tiempo, como Uganda, Kosovo y Libia. Pero ahora va más lejos que Europa. Tras verse obligado a aceptar el regreso de un ciudadano salvadoreño deportado ilegalmente la primavera pasada, Estados Unidos emprendió una frenética ronda de negociaciones con decenas de países africanos, presionando a algunos de los lugares más pobres del mundo para que acepten deportados del ICE.
Esto no tiene que ver realmente con las cifras migratorias. Ninguno de estos acuerdos involucra cantidades especialmente grandes de personas deportadas. Las evidencias indican que Trump ignoró advertencias que señalaban que la intervención estadounidense en Venezuela es uno de los factores que impulsa la llegada de refugiados a la frontera sur.
Tampoco se trata únicamente de proyectar una imagen de dureza frente a la migración, aunque ese aspecto juega un papel. La estrategia africana de Trump estuvo acompañada por una demostración de fuerza más amplia en la región, desde bombardeos en Nigeria el día de Navidad hasta una campaña ficticia contra un supuesto «genocidio blanco» en Sudáfrica. Existe una fuerte correlación entre los países donde se firmaron acuerdos de deportación, y donde presumiblemente se le otorgaron contratos lucrativos a empresas penitenciarias estadounidenses, y aquellos donde Estados Unidos tiene intereses en minerales críticos, en un contexto en el que Washington supera a Pekín en inversiones en África. Como muestra la fijación de Trump con el petróleo venezolano, el control de los recursos sigue siendo fundamental.
El énfasis casi totémico en la inmigración refleja una evolución más profunda del pensamiento estadounidense. La visión de Washington como garante del orden mundial, muy central tanto para el liberalismo como para el conservadurismo durante la Guerra Fría y la Guerra contra el Terror, ya no inspira ni a la opinión pública ni a los estrategas. Por eso fue reemplazada por algo mucho más parroquial y defensivo. La agresión externa sigue presentándose como una amenaza, pero se vende principalmente como un método para levantar muros más altos alrededor de un Estado frágil y amenazado.
Esto no se limita a la frontera, sino a un sentido más amplio de amenaza estratégica. El control migratorio se volvió central porque es uno de los pocos puntos de consenso en una administración que carece de un modelo estratégico compartido y que oscila entre distintos intentos de reconciliar ambiciones fantásticas con una reducción marcada de sus capacidades materiales.
Ambigüedad estratégica
El enfoque de Trump hacia la estrategia internacional parece contener dos elementos clave.
El primero es una aceleración de un método propio de la era de George W. Bush, en el que pequeños grupos de personal clave avanzan a toda velocidad a través de intervenciones legales, políticas y militares, eludiendo las instituciones. En el caso venezolano, esto derivó en una serie de ejecuciones extrajudiciales en alta mar, condenadas como crímenes de guerra por un variado conjunto de funcionarios.
El segundo es una dinámica que recuerda a la de los reyes que permitían que sus cortesanos disputaran entre sí las estrategias, para que la mejor opción emergiera mediante una suerte de selección darwiniana. En el caso venezolano, esto parece haber generado una confluencia de intereses en torno a un centro de gravedad caribeño. Los halcones migratorios vieron una oportunidad para escalar las deportaciones masivas hacia una Venezuela posterior a la intervención; los observadores del sector energético detectaron ganancias y seguridad energética; y los ideólogos percibieron la posibilidad de eliminar una espina clavada desde hace tiempo. Para Trump, se trata de una ocasión para hacer lo que Karl Rove habría llamado «crear nuestra propia realidad»: establecer circunstancias en las que Washington hace lo que quiere, donde quiere y cuando quiere.
Esta conveniente coincidencia en torno a Venezuela oculta una profunda desunión entre facciones. Persiste una corriente que objeta genuinamente el «globalismo» como una quimera liberal y que comparte ciertos puntos con la izquierda antibélica, al sostener que poner a «Estados Unidos primero» implica retirarse de las «guerras eternas». Otras corrientes, más amplias, están impulsadas por el deseo de priorizar una región por sobre otra. Los halcones de América Latina, quienes están obsesionados con armar a Israel y hostigar a Irán y quienes se enfrentaron por la política hacia Rusia son los tres ejemplos más evidentes. Aunque sus métodos frustraron a sectores internos del gobierno, Elbridge Colby intentó aportar una lógica de articulación para los compromisos internos sobre Rusia y Medio Oriente, mediante un enfoque implacable en la contención de China.
Este encuadre de suma cero se intensificó por una razón concreta. En los últimos días de la administración de Joe Biden, quedó claro que el armamento simultáneo de Ucrania e Israel estaba llevando al límite la capacidad del complejo militar-industrial estadounidense, pese a unos presupuestos militares absurdamente inflados. El rápido redespliegue durante el otoño pasado del Gerald R. Ford, el portaaviones más grande del mundo, desde Medio Oriente hacia el Caribe refuerza esta imagen de un imperio desorientado que corre de un lugar a otro apagando, o en realidad alimentando, incendios.
También lo demuestra la disposición de Estados Unidos a romper su tradicional contrato social-militar con Europa, en el que contribuía de manera desproporcionada a cambio de la aceptación europea de sus prioridades estratégicas y de la dependencia de su equipamiento militar.
Este ajuste de cuentas con un poder menguante emergió durante la administración Biden, en su intento de una «política exterior para la clase media», caracterizada por un mayor «friend-shoring» y una estrategia industrial que puede verse como el reverso de las guerras comerciales de Trump con sus aliados, así como por la caótica retirada de Afganistán.
Una crítica frecuente al ataque contra Venezuela sostiene que Estados Unidos abandonó cualquier pretensión de sostener el orden liberal internacional. Esto es cierto, pero pierde de vista el punto central. Ese orden, en el que Estados Unidos prometía apoyo incondicional a sus aliados, ayuda económica cuando era necesaria y el mantenimiento de la arquitectura financiera y política global, a cambio del consentimiento para su preeminencia, ya no es estructuralmente viable.
La pregunta es qué viene después. El ataque a Venezuela ofrece muchas de las respuestas.
Cuando los imperios terminan
Si bien como pieza de arte operacional el ataque se asemeja superficialmente a la invasión de Panamá, sus raíces intelectuales están más cerca del intento desquiciado de golpe en Venezuela llevado adelante por un grupo de aventureros en 2020. Es cortoplacista y desordenado. No parece especialmente «estratégico» en un sentido amplio, y ese es precisamente el punto.
La administración Trump encontró una respuesta al problema de las limitaciones a su poder global «inundando la zona de mierda», tal como lo formuló Steve Bannon. Al igual que el guardia de la prisión en el panóptico de Michel Foucault, Washington carece de recursos para atacar en todas partes, pero puede hacerlo de manera imprevisible en cualquier lugar. Hoy Nigeria y Venezuela; mañana, quién sabe dónde. El mensaje es claro: hay que prepararse para más secuestros y bombardeos aleatorios.
Gran parte de la política exterior estadounidense puede leerse hoy como un intento de gestionar el declive mediante la ambigüedad y las amenazas. Su lealtad inquebrantable a Israel, incluso mientras ese Estado socava los fundamentos del derecho internacional humanitario, debe entenderse al menos en parte como una señal de compromiso hacia otros aliados. Washington exhibe deliberadamente una ausencia de límites morales. Su obsesión con los recursos no es nueva, pero en el contexto de las presiones climáticas y de nuevas competencias geoeconómicas, probablemente adopte dinámicas más frenéticas y existenciales. La apuesta desesperada de una economía estadounidense asediada por la revolución de la inteligencia artificial, y la subordinación del Estado a oligarcas tecnológicos de tinte milenarista y al complejo penitenciario-militar-fronterizo-industrial, casi con seguridad enmarca sus acuerdos de deportación carcelaria en África, y probablemente muchas otras cuestiones.
Los imperios no se apagan suavemente. La era imperial europea fue abruptamente truncada por la destrucción de la Segunda Guerra Mundial. Incluso así, su retirada fue prolongada, sangrienta y, en muchos lugares, aún inconclusa. Entre sectores de izquierda es habitual hablar del declive y la caída del imperio estadounidense, pero ese declive se mide en relación con otros y proviene de una era de hiperpoder históricamente sin precedentes. Incluso derrotas estratégicas estadounidenses, como las de Vietnam y Afganistán, devastaron a los países donde tuvieron lugar.
Al mismo tiempo, Estados Unidos no existe en el vacío. Está claro que Trump enfrenta pocos límites internos y que muchos de sus opositores se alinean en lo que hace a la política exterior. Más allá de las quejas de Bruselas, la Unión Europea no puede ni quiere ejercer una influencia moderadora. Para el resto del mundo, esto fortalecerá inevitablemente el incentivo hacia una visión cínica y hobbesiana de las relaciones internacionales, en la que demostraciones constantes e imitativas de agresión e imprevisibilidad se vuelven necesarias para la supervivencia. A través del humo de los incendios en Caracas, se vislumbran innumerables futuros sombríos.
En medio de este panorama desolador, vale la pena mencionar algo más que ocurrió en Estados Unidos en los últimos días: la asunción de nuevos líderes locales del socialismo democrático, como Zohran Mamdani y Katie Wilson, surgidos de campañas marcadamente internacionalistas. En Estados Unidos y más allá, las fuerzas del militarismo desenfrenado intentaron imponer la idea de que su enfoque destructivo y nihilista del mundo es el único capaz de proteger a la población en tiempos peligrosos. Harán falta liderazgos con raíces locales y una comprensión firme de las dimensiones nacionales e internacionales para demostrar lo contrario, para ofrecer mejores formas de atravesar las convulsiones rápidas y traumáticas del mundo y para imaginar un orden global distinto.
Traducción: Pedro Perucca
Fuente: https://jacobinlat.com/2026/01/estados-unidos-es-un-imperio-debilitado-y-peligroso/
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