¿Cuál es la estrategia del Gobierno de Estados Unidos en Venezuela?
Sus recientes acciones tienen su origen en los planes de Dick Cheney para el mundo posterior a la Guerra Fría


Por Seymour Hersh | 16/01/2026 | EE.UU., Venezuela
Fuentes: CTXT
Estados Unidos y el mundo están tratando de averiguar qué ha estado sucediendo realmente tras los titulares y por qué el presidente Donald Trump ha atacado Venezuela y ha detenido –o secuestrado– al presidente y a su esposa el sábado [3 de enero].
Stephen Miller, subjefe de gabinete de la Casa Blanca y asesor de Seguridad Nacional, abandonó el lunes su amistoso puesto en Fox News para explicar en CNN que lo que ocurrió en Venezuela fue muy apropiado y lógico: “Somos una superpotencia”, le dijo a Jake Tapper, “y bajo el mandato del presidente Trump nos comportaremos como tal. Es absurdo que permitamos que una nación en nuestro propio patio trasero se convierta en proveedora de recursos para nuestros adversarios, pero no para nosotros”.
“Estamos al mando porque tenemos al ejército de los Estados Unidos estacionado fuera del país. Nosotros establecemos los términos y condiciones. Tenemos un embargo total sobre todo su petróleo y su capacidad para comerciar”.
El embajador de los Estados Unidos ante las Naciones Unidas, Michael Waltz, expresó lo mismo el lunes [5 de enero] cuando dijo ante el Consejo de Seguridad: “Las mayores reservas de energía del mundo no pueden seguir estando bajo el control de los adversarios de los Estados Unidos”.
Sus bravuconadas y su lenguaje soez cautivaron a los medios de comunicación de todo el mundo, pero también desviaron la atención de un plan oportunista de Trump cuyo objetivo no solo era derrocar al corrupto presidente Nicolás Maduro, sino también, y lo que es más importante, impedir que China, rival económico de Estados Unidos, siguiera comprando el crudo pesado barato de Venezuela. Según me han dicho, el próximo objetivo será Irán, otro proveedor de China cuyas reservas de petróleo son las cuartas más grandes del mundo.
Los líderes religiosos de Irán ya se encuentran bajo presión política, debido a la escasez de agua y a la falta de acceso de la población a una serie de bienes esenciales. Las protestas se producen meses después de los bombardeos llevados a cabo en junio pasado por Estados Unidos e Israel. Los objetivos principales de los bombardeos eran instalaciones relacionadas con el programa nuclear de Irán, pero también destruyeron el núcleo del sistema de defensa antimisiles balísticos antiaéreos de Irán y alcanzaron oficinas gubernamentales y viviendas en la capital, Teherán.
Recientemente, un importante actor de la comunidad petrolera internacional me ha recordado que los imperativos de la actual intervención estadounidense en Venezuela fueron establecidos por primera vez por un grupo de trabajo secreto que se formó poco después de la elección de George W. Bush en 2000. El vicepresidente Dick Cheney, excongresista republicano y exdirector ejecutivo de Halliburton, una de las mayores empresas de suministro energético del mundo, se dio a conocer rápidamente por sus firmes ideas sobre la necesidad de la independencia estadounidense en el suministro de petróleo y gas.
A los pocos días de asumir el cargo, Cheney convocó al grupo secreto de ejecutivos petroleros y expertos en energía, conocido oficialmente como Grupo de Desarrollo de la Política Energética Nacional, que más tarde se conocería como Cheney Energy Task Force [Grupo de Trabajo de la Energía de Cheney]. La existencia del grupo era pública, pero Cheney, en una maniobra característica, se negó a hacer público nada al respecto, incluidos sus miembros, a pesar de la intensa presión pública para que lo hiciera. Más tarde supe que uno de los objetivos de Cheney, compartido por los miembros del grupo de trabajo, era encontrar una forma de cortar el flujo de petróleo de Rusia a los consumidores de Europa Central y Oriental y frenar lo que se convertiría en importantes ventas a China (los oleoductos de Rusia a Europa han sido motivo de preocupación política para los gobiernos estadounidenses desde los primeros días de la administración Kennedy).
Ese grupo presentó su informe en marzo de 2001 y no se volvió a saber nada de él después del 11S. Sin embargo, Cheney seguía decidido, como comprendían algunos de sus colaboradores más cercanos, a mantener sus manos “alrededor del cuello” –en palabras exactas de uno de sus asesores– de Vladimir Putin, el presidente ruso.
En aquel momento yo era corresponsal en Washington para la revista New Yorker y estaba al tanto de parte de esta información, pero había una guerra contra el terrorismo islámico y las necesidades petroleras de Rusia no eran un tema relevante en ese conflicto. La administración Bush invadió Afganistán en 2001 e Irak en 2003.
Por eso, a día de hoy, en opinión de algunos magnates internacionales del petróleo, el objetivo final del ataque a Venezuela no era el propio Maduro, sino su disposición a vender petróleo a China, considerada desde hace tiempo por el ejército estadounidense y muchos en el mundo político como un enemigo pasado y futuro.
“El gran juego es Estados Unidos contra China”, me dijo un experto en petróleo. “China es el mayor importador de petróleo del mundo, y el verdadero Estado profundo es el que dirige Trump”.
Cuidado, Teherán. Va a destruir tu industria petrolera y tal vez a derrocar a tu Gobierno clerical, con el apoyo y la inteligencia, una vez más, de Israel, y no hay nadie en la vida política estadounidense dispuesto a detenerlo.
Seymour Hersh (Chicago, 1937) es un periodista estadounidense de investigación que en 1970 ganó el Premio Pulitzer por su cobertura de la masacre de My Lai en la guerra de Vietnam. Sus reportajes han salido publicados en el New York Times, el New Yorker y la London Review of Books, entre otros medios. Su libro de memorias, Reportero, salió con Península en 2019.
Este artículo se publicó originalmente en inglés en Substack.
Fuente de la traducción al castellano: https://ctxt.es/es/20260101/Politica/51662/Seymour-Hersh-Trump-Venezuela-China.htm
«En el relato golpista sobre Venezuela participa toda la prensa mainstream global»
Por Enric Llopis | 16/01/2026 | Mentiras y medios, Mundo

Fuentes: Rebelión [Imagen: Resumen Latinoamericano]
En el libro Esta guerra no termina en Ucrania (Katakrak, 2022), el activista, ensayista y analista político, Raúl Sánchez Cedillo (Madrid, 1969) introduce la noción de Régimen de guerra, que define como “sobre todo un régimen de crecimiento capitalista”; así, “se gobierna para la guerra” y “la guerra determina el modo de producción”; más allá del incremento del gasto militar en Estados Unidos, la UE, Rusia o China, lo más significativo es que se establece una identificación entre crecimiento, seguridad y guerra.
El también traductor y activista escribió en 2021 el libro Lo absoluto de la democracia. Contrapoderes, cuerpos-máquina, sistema red transdividual (Ed. Subtextos), prologado por Toni Negri; Raúl Sánchez Cedillo colabora actualmente como analista en Canal Red televisión y Radio Nacional de España (RNE); en la siguiente entrevista telefónica aborda la coyuntura actual en Venezuela, Irán, la UE y el conflicto entre Rusia y Ucrania.
-P: ¿A qué explicaciones de fondo apunta el ataque militar estadounidense, del 3 de enero, en Venezuela y el secuestro de su presidente, Nicolás Maduro? ¿Qué importancia tiene la pretensión norteamericana de recuperar su “patio trasero” frente a China?
-RSC: La llamada doctrina Monroe, con su corolario Trump, no está pensando que Europa sea su principal competidor; es China la que está extendiendo desde hace décadas la cooperación en infraestructuras, logística, industrial, energética y de créditos blandos en América Latina, también en África y con el proyecto de la Nueva Ruta de la Seda.
Además China lo ha hecho desde un “mercantilismo paradójico”, ya lo escribía en los años 2000 Giovanni Arrighi en el libro Adam Smith en Pekín. Hace tiempo que China ya no es sólo la fábrica del mundo, sino que está en el paradigma de la paz mediante el comercio y el intercambio; de hecho, es el principal defensor de la Organización Mundial del Comercio (OMC); Trump, con su limitada inteligencia y con sus asesores, sabe que todo esto es una condena a muerte.
-P: Venezuela es el país con mayores reservas de crudo del mundo. ¿Es el petróleo la razón de fondo de la agresión?
-RSC: Ya hemos visto que un cambio de régimen no es el objetivo; y tampoco es un objetivo el expolio inmediato del petróleo, por las dificultades que conlleva; ya lo dejaron claro el otro día las petroleras, en la reunión del 9 de enero en la Casa Blanca, en la que estuvo Repsol con su consejero delegado Josu Jon Imaz. Pero de facto hay un bloqueo, que afecta asimismo a Rusia.
Estamos ante una dinámica de inestabilidad, control militar, capacidad de atacar en cualquier momento, destruir infraestructuras y matar a personas completamente al azar, sin ninguna base legal; crímenes terroristas hechos en nombre de la Presidencia de Estados Unidos y, por tanto, susceptibles de ser juzgados en la Corte Penal Internacional (CPI).
También la UE ha hablado de una oportunidad para promover una transición “democrática” en Venezuela, con la presencia de la golpista María Corina Machado.
-P: “China había comenzado a comprar petróleo de Venezuela eludiendo el pago en dólares, utilizando para ello el renminbi (divisa exterior china basada en el yuan) y criptomonedas referenciadas con el dólar”, ha escrito el periodista Enric Juliana en La Vanguardia; la deuda pública de Estados Unidos representa un 120% de su PIB…
-RSC: Hay que recordar la acción decisiva de Nixon, en 1971, de abandonar la convención del patrón oro y el fin de la convertibilidad internacional directa del dólar al oro; el problema es que la inundación de dólares, la compraventa del petróleo en dólares, también las transacciones financieras de Wall Street en esta moneda y los mercados de materias primas, como el de Chicago, vive ahora mismo sólo de la violencia.
No se trata ahora de hegemonía, porque no podemos decir que una mafia sea hegemónica; una mafia extorsiona, controla y golpea; es a lo que está abocado el poder estadounidense a partir del primer año de la segunda presidencia de Trump; a largo plazo, nadie que lo analice con tranquilidad, puede pensar que esa hegemonía pueda mantenerse.
El problema es que Trump no sólo hace esto, sino que introduce elementos que incrementan el caos y la incertidumbre; eso hace que el coste de cada transacción, ya sea comercial, financiera o de inversiones se vuelva enorme.
-P: ¿Cómo valoras, a grandes rasgos, el discurso de los grandes medios de comunicación sobre la agresión a Venezuela?
-RSC: Obviamente en Venezuela hay un colapso de los relatos mediáticos, porque Trump ha destruido la narrativa de la oposición; en concreto, la narrativa de que Maduro es un dictador como Trujillo -u otros dictadores caribeños- y en la que incluyen el proceso bolivariano iniciado en 1999; ahí entra la oposición, encabezada por María Corina Machado, en un proceso de encumbramiento -antes y después de las elecciones- que culmina con el Premio Nobel; ese galardón ya estaba en un lodazal, pero con esto… La premiada es una persona que, antes y después de recoger el Nobel, pidió una guerra de agresión contra su país.
Es Trump el que en las entrevistas en el avión presidencial, el Air Force One, cuando le preguntan si va a pedir la liberación de presos y mejores condiciones para la oposición a Delcy Rodríguez, responde que no, que eso ya vendrá, y que lo importante es mejorar el país, el petróleo.
-P: El País titulaba “el chavismo resiste a Trump y radicaliza su proyecto de ‘Estado revolucionario’” una información del 27 de diciembre firmada desde Caracas; y añadía el subtítulo: “El régimen venezolano endurece su legislación, achica los espacios de la oposición e impone la censura”. ¿Qué subyace a estos posicionamientos editoriales, en relación con la invasión militar del 3 de enero?
-RSC: En el relato golpista, además de El País y la corporación PRISA, participa toda la prensa mainstream europea, española y latinoamericana; es el caso del grupo Clarín y el periódico La Nación, en Argentina; El Comercio de Perú; la prensa colombiana, por ejemplo la revista Semana; también en Brasil O Globo; todos ellos han sido antichavistas y antipopulares de manera furibunda, colonial y reaccionaria.
Es una disputa contra un proceso inaudito en la historia venezolana; hay que referirse a los excluidos durante décadas, incluso durante el periodo de mayor riqueza en términos macroeconómicos del país (años 50 y 60 del siglo XX), cuando la miseria en los ranchos de Caracas era ya famosa; en el momento que ese pueblo hace una alianza con el grupo en torno al comandante Chávez, esto supone el terror para los sectores parasitarios y privilegiados que viven de las rentas; es un proceso de 26 años.
-P: Por otra parte, respecto a Irán, además de la crisis económica, el alza de los precios, la devaluación de la moneda (rial) y el bloqueo económico por parte de Estados Unidos y la UE, ¿qué otros aspectos explican las actuales revueltas en Irán?
-RSC: Creo que se trata de un agotamiento como mínimo de décadas de la República Islámica. Hay que observar las cuestiones de clase y género; Irán es un país con enormes recursos naturales, uno de los grandes productores de petróleo. Tenemos esa maldición del petróleo. Los países ricos en materias primas y energía terminan generando estructuras jerárquicas muy sólidas de rentas y poder político.
El malestar va creciendo, se llega a un umbral catastrófico y estallan las revueltas; el empobrecimiento de la población, también debido al bloqueo, se suma a elementos asociados a la calidad de vida como la contaminación; los problemas para el acceso al agua en Teherán y las provincias; o las cuestiones nacionales, en relación con las poblaciones kurdas, azeríes o baluchíes.
Otro factor es la acumulación de sucesivas protestas y revueltas, desde 2009, que ha tenido un efecto escaso en la dialéctica del poder, pero ha llevado -en muchos casos- a la elección de elementos más reformistas de lo que había anteriormente; por ejemplo el gobierno de Jatamí o el del actual presidente, Masoud Pezeshkian.
-P: ¿Existen variables externas que estén induciendo o respaldando las protestas en Irán?
-RSC: Es obvio que en las revueltas tiene que haber también elementos financiados por Israel o por el llamado Consejo Nacional de Resistencia Iraní (CNRI), los antiguos muyahidines, que son una especie de grupo reaccionario mafioso que además colabora, por ejemplo, con Vox; son sectores que quieren incrementar la tensión, provocar una reacción más extrema en la represión, ya de por sí enorme, y crear las condiciones para que haya una intervención externa estadounidense.
-P: Por otra parte, países de la UE han enviado efectivos militares a Groenlandia para, supuestamente, disuadir a Donald Trump en su empeño por apropiarse de este territorio. ¿Cómo evalúas la medida?
-RSC: El hecho de que se desplieguen militares de la UE en Groenlandia, o antes el anuncio de envío de tropas a Ucrania, es un disparate; la justificación es que Trump ha dicho que Rusia y China pueden acceder al Ártico; realmente Trump pretende apoderarse con uno u otro argumento de Groenlandia, sin negociar nada con Dinamarca ni con la UE. ¿Qué supondría este despliegue de tropas? Imagínate estar allí “congelados” a ver si aparecen los rusos; esta iniciativa no va a detener ni un milímetro una acción de Trump.
La cuestión no es Rusia; de hecho, Trump se lleva mejor con Putin que con la UE. Además la Federación Rusa no es Estados Unidos, no tiene la capacidad de establecer estos frentes militares en el Ártico.
-P: La presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, y la Alta Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Kaja Kallas, han alertado en diferentes declaraciones sobre la “amenaza rusa”; ¿son estas advertencias una excusa para el rearme de la UE?
-RSC: Mi argumento en el libro Esta guerra no acaba en Ucrania es que la paranoia produce paranoia; recordemos la genealogía; Vladimir Putin es en gran medida una creación occidental; Putin fue lugarteniente de Yeltsin, aliado occidental y a partir de 2000 puso orden en el desbarajuste oligárquico y mafioso ruso, haciéndose el jefe de todo.
Hay que recordar que en la Cumbre del G8 celebrada en Génova, en 2001, estuvo presente Putin; pero luego, el desprecio occidental y estadounidense y la presión de los países con liderazgo derechista, revanchista, como los Países Bálticos o Polonia, y la crisis en Ucrania, hacen que la paranoia del grupo en torno a Putin crezca;
La expansión de la OTAN no estaba justificada, porque ya no estábamos en la Guerra Fría; en la Conferencia de Seguridad de Múnich, de 2007, se produce la última advertencia de Putin; pero allí no se abre ninguna negociación, claramente la dialéctica fue de arrogancia, prepotencia y lógica militarista.
Después, los Acuerdos de Minsk, de 2014 estabilizaron supuestamente la situación; pero el gobierno ucraniano de Poroshenko violó los acuerdos y la guerra civil prosiguió; años después, la canciller Merkel, que participó en los acuerdos, reconoció que el Protocolo de Minsk se firmó con el fin de ganar tiempo en el rearme de Ucrania frente a Rusia.
-P: Así las cosas, ¿qué conclusión cabe extraer para el futuro inmediato?
-RSC: Cada vez que la tensión y la acción militar crece, en términos de dilema para la seguridad, el otro se rearma y se prepara para más guerra; en este sentido, claro que si continuamos así, la amenaza rusa lo será…
La deslegitimación e incapacidad de salir del neoliberalismo autoritario, de la brutal desigualdad y concentración de la riqueza, ha sido el resultado último de la crisis de 2008 y que, después de la pandemia, ha empeorado; cuando habría supuestamente un cierto remedio con los planes Next Generation de la UE, se ha provocado la crisis en Ucrania.
La cuestión es que las oligarquías occidentales, y también las rusas, por una cuestión de clase global prefieren la guerra y este caos a cualquier elemento de distribución y democracia económica.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
El secuestro de Maduro y la vergüenza diplomática boliviana
Por Milton Machuca Cortez | 07/01/2026 | Bolivia
Fuentes: Rebelión
El reciente ataque militar de Estados Unidos en Venezuela, que incluyó el bombardeo de Caracas y el secuestro del presidente Nicolás Maduro, ha destruido lo poco que quedaba del mentado «orden mundial basado en reglas» (Boron, 2026). Esta acción unilateral inaugura un nuevo capítulo internacional donde la fuerza prima sobre el derecho, sentando un precedente gravísimo: La soberanía latinoamericana sale profundamente amenazada tras este precedente. Si Estados Unidos pudo invadir un país de la región, derribar a su gobierno y llevarse a su presidente esposado –todo sin consecuencias inmediatas–, ¿qué impide que algo semejante ocurra contra otras naciones cuya política disguste a Washington? En pocas palabras, Trump ha abierto la caja de Pandora de la violencia global, jactándose de su victoria sin reparar en sus implicancias a largo plazo.
Intervención de EE.UU. en Venezuela: cinismo y denuncia
La operación contra Venezuela, planeada durante meses, culminó con la captura sorpresiva de Maduro y su esposa Cilia Flores. En una triunfalista conferencia de prensa, Donald Trump proclamó que esta acción demuestra que «Estados Unidos es el país más poderoso del mundo», mensaje dirigido abiertamente a China y Rusia, y se auto-ungió como administrador imperial de Venezuela diciendo que “conduciremos el país hasta que podamos hacer una transición juiciosa y apropiada”, aclarando que Washington no permitirá que “otro se haga con el poder en Venezuela sin tomar en cuenta los intereses de su pueblo” (Boron, 2026). El cinismo de estas declaraciones es evidente: Trump presume que el pueblo venezolano lo recibirá como salvador y no como lo que es a ojos de muchos venezolanos –un asaltante que vino a robar el petróleo, único interés real de Washington en este país. Nunca le importaron a Trump la democracia ni los derechos humanos en Latinoamérica, y esa hipocresía quedó nuevamente de manifiesto.
Basta ver las acusaciones de Trump tras el operativo: aseguró que Maduro inundaba EE.UU. con una “cantidad colosal” de drogas mediante el (ficticio) Cartel de los Soles, e incluso que enviaba criminales del Tren de Aragua disfrazados de migrantes, llegando a equiparar al gobierno venezolano con organizaciones terroristas globales. Sin embargo, estas afirmaciones resultan mentiras insostenibles, propias de un mandatario cuyo historial de falsedades es abrumador (30.573 mentiras registradas en su primer mandato, según The Washington Post) (Boron, 2026). La doble moral es flagrante: Trump dice preocuparse por las drogas que matan a estadounidenses, pero convenientemente olvida que indultó al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández –condenado a 45 años de prisión en EE.UU. por introducir más de 400 toneladas de cocaína– sin mostrar igual afán justiciero. Queda claro que la ofensiva contra Maduro nada tiene que ver con el narcotráfico, y sí con ambición geopolítica: la finalidad de Washington “nunca fue la lucha contra el narcotráfico, sino apoderarse del petróleo venezolano y otros recursos naturales”.
El pronunciamiento boliviano: ¿defensa de la soberanía o complicidad?
La agresión a Venezuela suscitó enérgicas condenas internacionales por la violación a la soberanía y al Derecho Internacional. Incluso en Bolivia importantes voces alzaron su rechazo. El expresidente Evo Morales denunció el bombardeo estadounidense como una “brutal agresión imperial” (swissinfo.ch, 2026) y exhortó a la comunidad internacional a llevar a Trump ante la justicia, acusando que con “la fuerza de las armas, la ambición por los recursos naturales, el odio, la difamación y la criminalización de pueblos y líderes antiimperialistas, (Estados Unidos) invade, mata y asalta países impunemente, ante el silencio cómplice de muchos” (Xinhua / spanish.news.cn, 2026). alertando que Bolivia y Latinoamérica deben respetar la soberanía de las naciones y rechazar la instalación de bases militares extranjeras.
Sin embargo, el actual gobierno boliviano adoptó una postura diametralmente opuesta y preocupante. En lugar de condenar la violación de la soberanía venezolana, Rodrigo Paz emitió un comunicado respaldando implícitamente la intervención. La Cancillería boliviana expresó su “apoyo de manera firme e inmediata al pueblo venezolano en este camino iniciado de recuperación de su democracia”, calificando de “ineludible” una “transición democrática real” en Venezuela tras el ataque de EE.UU. (swissinfo.ch, 2026). En el mismo pronunciamiento, el gobierno de Bolivia sostuvo que la crisis venezolana se debe al “colapso del Estado de derecho” y a la captura del Estado por “estructuras criminales”, por lo cual considera “ineludible el inicio de una transición… que ponga fin al narcoestado, desmantele los mecanismos de represión y corrupción, y restablezca la legitimidad institucional” (swissinfo.ch, 2026). En otras palabras, Paz repite el libreto de Washington al tildar a Venezuela de “narcoestado” y legitimar el cambio de régimen forzado como si fuese una cruzada democrática. Resulta alarmante que un gobierno latinoamericano avale semejante atropello a la soberanía de un país hermano, contradiciendo principios de no intervención que Bolivia históricamente defendió cuando estuvo gobernada por fuerzas populares.
Esta complicidad discursiva del gobierno boliviano con la agresión de Trump ha sido recibida con indignación por amplios sectores. No solo implica un alineamiento servil con la política imperial de Washington, sino que además socava la credibilidad de Bolivia en materia de defensa de la soberanía, dejándola del lado de los “cómplices silenciosos”. Cabe recordar que Bolivia, junto a toda América Latina y el Caribe, declaró la región Zona de Paz en 2014, comprometiéndose a evitar el uso de la fuerza en la solución de conflictos internos. Al aplaudir en los hechos la intervención militar extranjera en Venezuela –bajo la retórica de la “democracia” y los “derechos humanos”– la administración de Rodrigo Paz traiciona ese compromiso regional y se aleja de la tradición antiimperialista boliviana. No es casualidad que, tras asumir en noviembre, el gobierno de Paz se desmarcó de países hermanos como Cuba, Nicaragua y la propia Venezuela, al punto de ser suspendido de la alianza ALBA (swissinfo.ch, 2026). La Bolivia oficial de 2026 parece haber olvidado las lecciones de su propia historia reciente sobre injerencias foráneas y golpes alentados desde el norte.
Lo ocurrido en Venezuela es un serio llamado de atención. La arremetida de Trump puede haberle rendido réditos propagandísticos inmediatos, pero sus consecuencias son impredecibles y potencialmente desastrosas para el orden mundial y para la paz regional. Hoy es Venezuela, mañana podría ser cualquier otra nación incómoda a los designios de alguna superpotencia. Celebrar o justificar esta clase de intervención, como hace el gobierno boliviano, es jugar con fuego: significa validar la ley del más fuerte y socavar los principios que sostienen la convivencia internacional pacífica.
La historia no termina con la captura de Maduro. Los pueblos de nuestra América han demostrado antes que su dignidad y ansias de soberanía no se apagan con bombardeos ni secuestros. Puede que la reacción popular tarde en manifestarse, pero cuando se enciende es imparable. Y será esa fuerza de los pueblos la que, más temprano que tarde, pondrá freno a las aventuras imperiales y pasará factura tanto a los agresores externos como a sus cómplices internos. Venezuela no está sola, y la justicia histórica llegará para quienes hoy celebran prematuramente una victoria pírrica.
La intervención de EE.UU. en Venezuela representa la barbarie imperial en pleno siglo XXI: un retroceso civilizatorio que deteriora la legalidad internacional y amenaza con encender nuevos conflictos en el mundo. Ante este panorama, la única postura ética y sensata es la defensa inquebrantable de la soberanía y la paz, condenando sin ambigüedades la agresión. Cualquier gobierno que haga lo contrario –como el de Bolivia en este caso– se sitúa en el lamentable lugar de la historia reservado a quienes aplauden al imperio mientras los pueblos sufren. Las máscaras caen, pero la resistencia de los pueblos permanece. La última palabra, como siempre, la tendrán los pueblos decididos a ser libres.
Referencias
Boron, A. A. (2026, 5 de enero). Trump: bombardeo y secuestro en territorio venezolano. Rebelión. https://rebelion.org
Ministerio de Relaciones Exteriores del Estado Plurinacional de Bolivia. (2026, 3 de enero).
Comunicado oficial sobre la situación en Venezuela.
swissinfo.ch. (2026, 3 de enero). El Gobierno de Bolivia ve «ineludible» una «transición democrática real» en Venezuela. https://www.swissinfo.ch
Xinhua / spanish.news.cn. (2026, 4 de enero). Dos expresidentes bolivianos condenan operación militar de EE. UU. en Venezuela. https://spanish.news.cn
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
Venezuela: La causa del problema nunca será la solución
Por Varios firmantes | 08/01/2026 | Venezuela

Fuentes: Rebelión – Imagen: Ilustración sobre el ataque contra Venezuela (enero de 2026) de Luis Scafati
Como consecuencia del reciente ataque a Venezuela y el secuestro de su presidente por resolución unilateral de la Casa Blanca, académicos, artistas y políticos de diferentes países hacen un llamado a la conciencia del Sur Global ante un proceso acelerado de “palestinización del mundo”.
Lo que hoy ocurre en Venezuela no es una anomalía ni una desviación inesperada del orden internacional. Tampoco puede leerse como una reacción coyuntural ante un gobierno específico ni como un episodio aislado de tensión diplomática. Es, una vez más, la reaparición de una lógica histórica que América Latina conoce con dolorosa precisión: la de ser tratada como frontera salvaje, ese territorio donde las reglas que rigen para el “mundo civilizado” se suspenden sin escándalo y la violencia se ejerce como si fuera un derecho natural.
Bloqueos económicos totales, confiscación de bienes, operaciones militares encubiertas, amenazas explícitas de intervención y secuestros presentados bajo una nueva versión de las doctrinas Monroe y de la Seguridad nacional que, más bien, se parecen al mito de “el espacio vital” esgrimido por el Tercer Reich hace un siglo. No son desvíos del sistema internacional: son parte de su funcionamiento histórico cuando se trata del Sur Global y de América Latina en particular.
Lo ocurrido el 3 de enero marca, sin embargo, un umbral nuevo. No se trató solo de la reiteración de prácticas conocidas, sino de una demostración obscena de impunidad ante cualquier ley y una confirmación de la actual “palestinización del mundo”. La violación de la soberanía venezolana, ejecutada sin declaración de guerra y presentada públicamente como demostración de poder, no suspendió el orden internacional: lo declaró prescindible. Allí donde antes operaban eufemismos diplomáticos, ambigüedades jurídicas o coartadas humanitarias, apareció la afirmación directa de que la fuerza basta por sí misma para legitimarse. Lo que se mostró no fue un exceso, sino una pedagogía del dominio dirigida al mundo entero. Cambian los nombres de los gobiernos, se actualizan los ideoléxicos, se reciclan las excusas morales, pero el guion permanece intacto. América Latina vuelve a aparecer como espacio disponible para el castigo ejemplar, la experimentación política y la pedagogía del miedo.
La historia regional es demasiado clara como para fingir sorpresa. Invasiones militares, ocupaciones prolongadas, golpes de Estado, guerras por delegación, bloqueos económicos, sabotajes, secuestros y campañas sistemáticas de demonización mediática han acompañado, durante doscientos años cada intento de autonomía política, redistribución social o control soberano de los recursos. No se trató nunca de errores aislados ni de excesos corregibles, sino de una política persistente, sostenida por una concepción jerárquica del mundo que reserva para algunos pueblos elegidos por un Destino manifiesto la plenitud del derecho y para otros la excepción permanente.
Pensar América Latina como frontera salvaje no implica aceptar una identidad impuesta, sino denunciar la mirada imperial que la construyó como tal. Esa mirada imperial no solo construye territorios disponibles: también produce jerarquías humanas. Decide qué vidas merecen duelo, qué violencias escándalo y cuáles pueden administrarse como daño colateral. El orden internacional no se limita a regular conflictos: distribuye sensibilidad, legítima indiferencias y organiza silencios. Por eso, la agresión no comienza con los misiles, sino con la normalización de un lenguaje que vuelve aceptable lo inaceptable y vuelve invisible a quienes quedan fuera del reparto del derecho. Una mirada que naturaliza la violencia hacia el sur global con la complicidad de sus rémoras criollas, que racializa los conflictos y que suspende, sin pudor, los principios del derecho internacional cuando estos obstaculizan intereses estratégicos. Lo que en otros territorios sería considerado crimen, acto de guerra o violación flagrante de la soberanía, aquí se vuelve “medida”, “presión”, “operación preventiva” o “asistencia para la estabilidad”. En cierto grado, la brutalidad se ha sincerado y la antigua excusa de la democracia ya ha perdido uso y atractivo. Queda la defensa de la libertad, la libertad de los amos y mercaderes, el miedo y la moral de los esclavos.
En este sentido, Venezuela no es una excepción sino un ensayo general. Cuando una potencia actúa de ese modo y no enfrenta sanción efectiva alguna, el mensaje es inequívoco: la excepción se convierte en regla. Lo que hoy se tolera como caso singular se incorpora mañana como antecedente operativo. El derecho internacional no cae de golpe; se vacía por acumulación de silencios. Un escenario donde se pone a prueba hasta dónde puede avanzarse sin generar una reacción significativa de la comunidad internacional. Lo que hoy se tolera como caso singular, mañana se invocará como precedente.
Nada de esto implica desconocer los conflictos internos, las discusiones, las profundas concepciones sobre qué es o debe ser una democracia ni las deudas sociales, mal endémico de los países latinoamericanos. No podemos negar esto como no podemos aceptar que esas tensiones habilitan una agresión externa―de hecho, la historia muestra de forma repetitiva que estas agresiones e intervenciones imperiales han sido el mayor combustible de los conflictos sociales y del subdesarrollo de estos países. Ninguna crítica interna justifica una invasión. Ningún desacuerdo político legitima el castigo colectivo de un pueblo. La soberanía no es un premio a la virtud ni una certificación moral otorgada desde afuera: es el umbral mínimo para que las sociedades decidan su destino sin un arma apoyada sobre una mesa de negociación.
Frente a esta escalada, la respuesta de buena parte de la comunidad internacional ha sido el silencio, la ambigüedad, la tibieza diplomática y la ausencia de medidas concretas. Un lenguaje que no busca detener la violencia, sino administrarla. Palabras que nunca nombran al agresor, que diluyen responsabilidades y que colocan en un mismo plano a quien acosa y a quien resiste. La historia latinoamericana enseña que las grandes tragedias no comenzaron con bombardeos, sino con palabras y excusas que las volvieron tolerables. Cuando la agresión se normaliza, la violencia avanza sin resistencia.
Defender hoy la soberanía de Venezuela no equivale a defender a un gobierno ni a clausurar el debate interno. Equivale a rechazar una lógica que vuelve a instalar la guerra como instrumento legítimo de orden internacional basado en los intereses del más fuerte. Equivale a afirmar que América Latina no es patio trasero ni delantero de nadie; no es zona de sacrificio, ni frontera salvaje de nadie. Y equivale, también, a asumir una responsabilidad intelectual básica: romper la amnesia histórica antes de que vuelva a escribirse, una vez más, con sangre ajena.
Porque callar ante una agresión nunca fue neutral. La historia, cuando finalmente habla, no suele ser indulgente con quienes miraron hacia otro lado. Para muchos, esto no tiene importancia. Para nosotros sí.
Firman:
Abel Prieto, Cuba
Adolfo Pérez Esquivel, Argentina
Andrés Stagnaro, Uruguay
Atilio Borón, Argentina
Aviva Chomsky, Estados Unidos
Boaventura de Sousa Santos, Portugal
Carolina Corcho, Colombia
Débora Infante, Argentina
Eduardo Larbanois, Uruguay
Emilio Cafassi, Argentina
Federeico Fasano, Uruguay
Felicitas Bonavitta, Argentina
Gustavo Petro, Colombia
Jeffrey Sachs, Estados Unidos
Jill Stein, Estados Unidos
Jorge Majfud, Estados Unidos
Mario Carrero, Uruguay
Óscar Andrade, Uruguay.
Pablo Bohorquez, España
Pepe Vázquez, Uruguay
Ramón Grosfoguel, Estados Unidos
Raquel Daruech, Uruguay
Stella Calloni, Argentina
Víctor Hugo Morales, Argentina
Walter Goobar, Argentina
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de l@s autor@s mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
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