La bofetada del indulto: El triunfo de la impunidad y el fin de la vergüenza
El perdón de Donald Trump a Wanda Vázquez no solo rescata a una convicta confesa, sino que premia la corrupción que avergüenza a Puerto Rico y desnuda el silencio cómplice del liderato del PNP

Jan 17, 2026
Puerto Rico vuelve hoy a exhibir una nueva cicatriz en su ya maltrecha democracia. La noticia del indulto concedido por el presidente Donald Trump a la exgobernadora Wanda Vázquez Garced no es solo un acto de clemencia política: es la validación definitiva de que, para ciertos sectores, la ley es un estorbo negociable y la ética, un concepto arcaico.
Wanda Vázquez Garced ostenta desde ayer un título que nadie debería querer: la primera gobernante en la historia de nuestra isla en admitir culpabilidad en un foro federal por corrupción, para luego ser “rescatada” por un presidente que comparte su mismo desprecio por las instituciones. Este indulto no borra el delito; lo que hace es subrayar la podredumbre de un sistema donde los favores políticos valen más que la integridad de un pueblo.
Para entender la magnitud de esta traición, hay que llamar a las cosas por su nombre. Entender hasta dónde llega el precio de una gobernadora que se vende como lechón a peso. Y hay que hablarlo en presente, porque aunque los hechos ocurrieron hace unos años, nada impide pensar que no ocurrieron antes ni que siguieron pasando después. Además, Vázquez Garced no cayó por un descuido. Cayó por orquestar un esquema de soborno burdo y descarado durante su primaria contra Pedro Pierluisi.
La anatomía de su corrupción es de manual: a cambio de una aportación de más de $300,000 dólares para su campaña política, Vázquez prostituyó las instituciones reguladoras del país. Detuvo activamente una investigación de la Oficina del Comisionado de Instituciones Financieras (OCIF) que afectaba al banquero Julio Herrera Velutini. No se detuvo ahí: removió al comisionado que hacía su trabajo y, en un acto de servilismo absoluto, nombró en su lugar a un consultor recomendado por el propio banquero investigado.
George Joyner fue el funcionario que se convirtió en un “obstáculo” para los intereses del banquero venezolano Julio Herrera Velutini. Wanda Vázquez usó su mollero desde La Fortaleza y lo presionó hasta que Joyner renunció. Entonces ella nombró comisionado a Víctor Rodríguez Bonilla, un exconsultor de Bancrédito, la empresa de Herrera Velutini. Pensaría ella que esos $300,000 eran buenos.
Pero es obvio que esto no fue política; fue inversionismo político en su estado más puro y destructivo. Es el ejemplo perfecto de cómo el pillaje constante se disfraza de democracia: un donante compra una gobernadora, la gobernadora entrega una agencia pública, y el país queda desprotegido ante los intereses del capital oscuro.

De “Procuradora de la Justicia” a Convicta Indultada
Resulta casi poético, en el sentido más trágico de la palabra, ver el desmoronamiento de la figura de Vázquez Garced. Por años se vendió como la paladina de la rectitud, una mujer de “ley y orden”. Pero la realidad siempre tuvo otros lados siniestros.
Recordemos su paso por la Procuraduría de las Mujeres. Desde allí, en lugar de proteger a las víctimas de la violencia, se dedicó a perseguir sombras y fabricar casos, como el intento de descarrilar la carrera para la alcaldía de San Juan de Héctor Ferrer, padre.
En noviembre de 2018, Wanda Vázquez tuvo otra historia nefasta al ser la primera Secretaria de Justicia en funciones en enfrentar cargos criminales de un Fiscal Especial Independiente, por intervenir indebidamente en un caso de escalamiento en la casa de su hija. Se le acusó de violar la Ley de Ética Gubernamental para beneficio personal, aunque finalmente una jueza determinó no causa para arresto en la vista de la Regla 6. Este incidente marcó el inicio de un patrón de uso del poder para fines privados que daba al traste con la imagen que pretendía llevar de ser una mujer recta.
Luego de eso, Wanda Vázquez llegó al poder como gobernadora tras el verano de 2019. No fue por votos, sino por un vacío constitucional y la caída de un Ricardo Rosselló acorralado por su propia corrupción.
A casi tres años de que juramentó como gobernadora, fue arrestada por las autoridades federales y admitió culpa por corrupción. Tras años de negar lo evidente, finalmente bajó la cabeza ante el Tribunal Federal y admitió haber violado leyes de financiamiento de campaña.
Hoy, esa misma mujer que juzgaba desde el pedestal de la justicia, y se vanagloriaba encerrando al pueblo en la pandemia, se abraza a un perdón presidencial otorgado por un Donald Trump que, fiel a su estilo, premia la lealtad por encima de la honestidad. Es el abrazo de dos figuras que entienden la política como un escudo personal contra sus propios crímenes.
El silencio de los cómplices
Lo más indignante no es solo el indulto, sino la reacción —o la falta de ella— en el liderato del Partido Nuevo Progresista (PNP). Mientras el país observa con asco este espectáculo, la actual gobernadora Jennifer González se refugia en el “no tengo detalles” y el liderato legislativo encabezado por el presidente del Senado Thomas Rivera Schatz opta por el ataque ciego a la oposición para desviar la mirada de la podredumbre interna.
Ese silencio es cómplice. Es la estrategia de “ningunear” la corrupción para que el pueblo olvide que el inversionismo político es el combustible de su colectividad. Al no condenar enérgicamente que una exgobernadora de su propia fila se haya declarado culpable de vender beneficios al mejor postor, el PNP envía un mensaje claro: la corrupción se tolera si el final del camino incluye un perdón desde Washington.
Para las mujeres que luchan día a día por acceder a espacios de poder basados en la capacidad y la ética, el legado de Wanda Vázquez es un golpe bajo. Su ascenso y caída no representan un avance, sino un retroceso. Vázquez no fue víctima de una persecución; fue la arquitecta de su propia deshonra. Utilizar el género como escudo para ocultar una gestión turbia y una ambición desmedida es una ofensa para todas las puertorriqueñas que exigen un gobierno limpio.
El Abismo de la Impunidad

¿Qué le decimos ahora a un ciudadano que cumple una condena por un delito menor? ¿Con qué cara se habla de “sacrificios” cuando la cúpula política se reparte indultos como si fueran tarjetas de agradecimiento?
El indulto a Wanda Vázquez es el ejemplo más burdo del sistema de privilegios. Puerto Rico no necesita gobernantes que sepan cómo salir bien librados de sus juicios; necesita un pueblo que deje de validar a quienes nos venden por trescientas monedas de plata. Mientras sigamos permitiendo que la corrupción sea aplaudida o ignorada, seguiremos caminando hacia ese abismo del que Trump y Vázquez parecen ser los guías principales.
La mancha está ahí. Y no hay perdón presidencial que logre lavarla.
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