The New York Times: El gobierno de Trump miente con descaro. El Congreso debe actuar


Por El Comité Editorial
El Comité Editorial es un grupo de periodistas de opinión cuyos puntos de vista se basan en su experiencia, investigación, debates y valores arraigados. Es independiente de la sala de redacción.

El gobierno federal debe a los estadounidenses una investigación exhaustiva y un informe veraz sobre los disparos mortales que Alex Jeffrey Pretti recibió el sábado por la mañana en una calle de Mineápolis. Cuando el gobierno mata, tiene la obligación de demostrar que ha actuado en interés público. En lugar de ello, el gobierno de Donald Trump está incurriendo una vez más en una perversión de la justicia.
Apenas unas horas después de la muerte de Pretti, Kristi Noem, secretaria de Seguridad Nacional, declaró sin ofrecer pruebas que Pretti había “cometido un acto de terrorismo doméstico”. Gregory Bovino, funcionario de la Patrulla Fronteriza, ofreció su propia valoración: “Parece una situación en la que un individuo quería causar el máximo daño y masacrar a las fuerzas del orden”.
Estos juicios infundados e incendiarios se adelantan al resultado de una investigación, que el Departamento de Seguridad Nacional ha prometido. También parecen totalmente incongruentes con varios videos grabados en el lugar de los hechos.
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Esos videos mostraban que Pretti no tenía nada más que un teléfono en las manos cuando fue abordado por los agentes de la Patrulla Fronteriza, y que nunca sacó la pistola que llevaba (y para la que, al parecer, tenía licencia). De hecho, los videos parecen mostrar que un agente federal le quitó el arma a Pretti momentos antes de que otro agente le disparara por la espalda. Análisis independientes realizados por The New York Times, The Wall Street Journal, The Associated Press, CBS News y otras organizaciones concluyeron que los videos contradicen la descripción de los hechos presentada por el gobierno de Trump.
El gobierno insta a los estadounidenses a rechazar las pruebas que perciben con sus ojos y oídos. Noem y Bovino mienten, desafiando verdades evidentes. Mienten a la manera de los regímenes autoritarios que exigen que la gente acepte las mentiras como demostración de poder.
Peor aún es que todo esto resulte tan terriblemente familiar. A principios de este mes, un agente federal disparó y mató a otra residente de Mineápolis, Renee Good. También en ese caso, el gobierno de Trump ha satanizado a la víctima y ha bloqueado una investigación estatal del asesinato.
La verdad es una línea de demarcación entre un gobierno democrático y un régimen autoritario. Pretti y Good están muertos. El pueblo estadounidense merece saber qué ocurrió.
La temperatura en Mineápolis es peligrosamente alta. Es urgente que los agentes federales desplegados en la ciudad den un paso atrás y se tomen un respiro antes de que más estadounidenses resulten heridos o muertos. Quienes protestan contra el gobierno de Trump tienen la misma obligación de evitar la violencia.
El pueblo estadounidense también necesita respuestas sobre si los agentes federales actuaron de forma inapropiada, y el comportamiento del gobierno de Trump significa que será imposible confiar en cualquier investigación federal que este lleve a cabo. El presidente Trump y sus funcionarios designados han demostrado que no les importa la verdad y que están dispuestos a mentir para servir a sus propios intereses. Por tanto, el Congreso debe intervenir. La Constitución le confiere el poder de celebrar audiencias, emitir citaciones y exigir respuestas.
El Congreso debe investigar tanto las circunstancias de las recientes muertes de Mineápolis como la conducta más general de las agencias federales que participan en la represión de la migración de Trump, incluido el trato que dan a los manifestantes pacíficos. Las pruebas de video muestran que el incidente que culminó con la muerte de Pretti comenzó cuando un agente federal se abalanzó sobre una manifestante y la tiró al suelo. Hay muchos videos similares y casos documentados de agentes federales que emplean una violencia innecesaria contra personas que protestan pacíficamente o documentan acontecimientos, comportamientos ambos protegidos por la Primera Enmienda.
El Congreso tiene el poder de exigir cuentas al gobierno a través de su control del gasto federal. Un proyecto de ley pendiente para financiar al Departamento de Seguridad Nacional ofrece una oportunidad crucial para realizar un escrutinio e imponer las salvaguardias necesarias, como la financiación de las cámaras corporales.
El gobierno federal también ha intentado impedir las investigaciones del estado de Minnesota. Esto debe terminar. Un juez federal de Minnesota dictó el sábado por la noche, a instancias del estado, una orden de alejamiento temporal que prohíbe a las agencias federales destruir pruebas relacionadas con la muerte de Pretti. La necesidad de tal orden es tan evidente como extraordinaria.
“Está en juego la credibilidad del ICE y del DHS”, publicó el sábado en las redes sociales el senador Bill Cassidy, republicano por Luisiana, que cada vez está más enfrentado a Trump. “Debe haber una investigación conjunta federal y estatal completa. Podemos confiar la verdad al pueblo estadounidense”.
El gobierno de Trump no ha hecho ningún intento de calmar las aguas en Mineápolis. Es una vergüenza que el primer comentario público de Trump tras la muerte de Pretti fuera colgar una foto en las redes sociales de lo que describió como “el arma del atacante”. Stephen Miller, posiblemente el asesor más influyente de Trump, escribió en las redes sociales, sin ofrecer pruebas, que Pretti era “un asesino”.
Es prematuro llegar a conclusiones sobre lo que ocurrió exactamente en aquella calle de Mineápolis. El gobierno de Trump no debería haberlo hecho, y nosotros no lo haremos. No obstante, lo que está claro es que el gobierno federal necesita restablecer la fe pública en las agencias y los funcionarios que están llevando a cabo las medidas enérgicas de Trump contra la migración. Si se permite que el gobierno actúe con impunidad y eluda incluso la rendición de cuentas más básica, el resultado será más violencia.
El terror de Estado llegó a EE. UU.
Los liberales de la resistencia tenían razón
Al matar a Renee Good, ICE nos envía un mensaje a todos
Fotografía original de Victor J. Blue para The New York Times.
El Comité Editorial es un grupo de periodistas de opinión cuyos puntos de vista se basan en su experiencia, investigación, debates y valores arraigados. Es independiente de la sala de redacción.
Trump responde desafiante ante la muerte a tiros de Alex Pretti en Mineápolis
Incluso cuando la muerte de un segundo manifestante en Minnesota exigía asumir responsabilidades, el presidente, aislado de las voces discrepantes, se aferró a su patrón de culpar por reflejo a los oponentes.


Por Katie Rogers
Reportando desde Washington
26 de enero de 2026
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En las horas posteriores a que un hombre fuera puesto de rodillas y abatido mortalmente por agentes de la Patrulla Fronteriza en Mineápolis el sábado, el presidente Donald Trump se encontraba en el Despacho Oval, donde una ayudante, Natalie Harp, estaba sentada cerca con una computadora portátil.
Junto con las aportaciones de los asesores que llamaron por teléfono a lo largo del día, ambos publicaron en las redes sociales varios mensajes presidenciales en los que se culpaba a las fuerzas del orden locales y a la víctima de la muerte y se acusaba a las autoridades de Minnesota de encubrir un escándalo de fraude no relacionado.
Trump también habló con Stephen Miller, su jefe adjunto de gabinete, quien calificó a la víctima —Alex Pretti, ciudadano estadounidense y enfermero de la UCI que había estado usando su teléfono móvil para grabar a agentes de inmigración en la calle y llevaba una pistola con licencia— de “asesino en potencia”.
Por la tarde, Trump publicó una foto de un agente cuya mano sangraba tras otro enfrentamiento, y una foto de la punta de un dedo en un frasco. El presidente no escribió ningún comentario adicional, pero unas horas más tarde, la fiscala general Pam Bondi, que también habló con Trump a lo largo del día, escribió que los fiscales federales acusarían a un sospechoso del mordisco en el dedo.
Cuando terminó ese trabajo, Trump se dirigió a la residencia para asistir a la proyección de un documental que la primera dama ha producido sobre sí misma.
La muerte de Pretti, la segunda incidencia de disparos mortales contra un manifestante en Mineápolis a manos de agentes federales este mes, se produjo en medio de una campaña de deportación cada vez más militarizada dirigida por Trump y sus asesores, y tras años en los que el presidente ha excusado la violencia de sus aliados, ha calificado a los opositores de traidores y terroristas, y ha amenazado con invocar la Ley de Insurrección.
Si, como dicen muchos demócratas, la muerte fue consecuencia de la adopción por Trump de medidas extremas para invertir la ola de la migración, la naturaleza de su respuesta también estuvo en consonancia con un patrón de atacar por reflejo a sus críticos y aislarse de las voces discrepantes. Incluso cuando algunos republicanos expresaron su preocupación por la conducta de los agentes federales y los demócratas exigieron rendición de cuentas, su instinto no fue solo el de eludir la responsabilidad, sino también el de culpar a sus oponentes.
En una entrevista concedida el domingo a The Wall Street Journal, Trump pareció mostrar cierta disposición a una investigación, aunque solo fuera después de que él y sus ayudantes hubieran dejado clara su opinión sobre quién era culpable. “Estamos investigando, estamos revisando todo y tomaremos una decisión”, dijo.
Pero la Casa Blanca ha afirmado repetidamente que el problema no es que los agentes federales estén matando a manifestantes. Es que los liberales, alentados y respaldados por los demócratas electos de Minnesota, tratan de impedir una campaña de deportación que, en nombre de la persecución de delincuentes, ha barrido a niños, ciudadanos, vecinos de toda la vida y refugiados que se encuentran legalmente en Estados Unidos.
El domingo, Trump publicó que la culpa era de “las Ciudades y Estados Santuario dirigidos por los Demócratas” que, según dijo, “se NIEGAN a cooperar con el ICE y, de hecho, animan a los agitadores de izquierda a obstruir ilegalmente sus operaciones para detener a lo Peor de lo Peor”.
Con ello, dijo Trump, “los demócratas están anteponiendo a los Delincuentes Ilegales a los Ciudadanos Contribuyentes y Respetuosos con la Ley, y han creado circunstancias peligrosas para TODOS los implicados. Trágicamente, dos ciudadanos estadounidenses han perdido la vida como consecuencia de este caos provocado por los demócratas”.

Durante el primer mandato de Trump, hubo una o dos voces en su entorno que a veces frenaron sus instintos de contraatacar o reprimir cualquier oposición a su agenda política. En su segundo mandato, sin embargo, Trump ha construido a su alrededor un muro de asesores que refuerzan y celebran sus instintos de demonizar a los oponentes y de intensificar un conflicto en lugar de evitarlo.
Así, en un momento en que la escena de Mineápolis es el resultado de las políticas de línea dura y la política pugilística que lo llevaron dos veces a la Casa Blanca, Trump solo se siente animado a redoblar la apuesta y culpar a otros por no facilitar que miles de agentes enmascarados decreten una ocupación de estilo militar de una ciudad estadounidense.
Durante mucho tiempo, Trump ha descalificado las protestas contra su gobierno como obra de agitadores profesionales y a sueldo. Tras la muerte de George Floyd a manos de agentes de policía en Mineápolis en 2020, Trump se dirigió a la nación y dijo que las voces de los “manifestantes pacíficos” habían sido ahogadas por “anarquistas profesionales”.
Casi seis años después, y ante las crecientes protestas y la indignación por el resultado violento de sus políticas, Trump y sus asesores describen a los manifestantes como terroristas domésticos que han impedido los esfuerzos de los agentes federales por detener a los migrantes.
También han sugerido, como han hecho en otros momentos de disturbios, que los manifestantes han sido financiados u organizados por movimientos como antifa. En septiembre, Trump firmó una orden ejecutiva que declaraba a antifa “organización terrorista nacional”, una designación que no existe en la legislación estadounidense. El antifascismo es una ideología política amplia y no una organización específica, y Estados Unidos no tiene una ley de terrorismo doméstico.
Los funcionarios del gobierno han atacado a los manifestantes de Mineápolis utilizando leyes que sí existen, incluida una que prohíbe el uso o la amenaza de la fuerza y la obstrucción física para interferir o intimidar a alguien que rinda culto en una institución religiosa. La semana pasada, tres personas fueron detenidas por interrumpir un servicio religioso para protestar por el aparente trabajo de un pastor como funcionario del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas.
Pero Trump no ha descartado la idea de que un comportamiento lícito pueda justificar un castigo. Cuando Renee Good, madre de 37 años, recibió tres disparos a quemarropa de agentes federales mientras se alejaba en su todoterreno, el presidente sugirió que haber sido “muy irrespetuosa con las fuerzas del orden” había contribuido, en parte, a su muerte.
Ante los informes de violencia y asesinatos, Trump no ha admitido la posibilidad de que la operación de Mineápolis hubiera ido demasiado lejos. En cambio, sugirió que los agentes del ICE seguirían haciendo su trabajo con su total apoyo.
“A veces cometerán errores”, dijo Trump la semana pasada. “El ICE va a ser demasiado duro con alguien o, ya sabes, tratan con gente dura. ¿Cometerán algún error? A veces puede ocurrir. Lo sentimos mucho”.
Cuatro días después, Pretti fue muerto a tiros.
Incluso antes de los asesinatos de Minnesota, Trump estaba siendo cuestionado sobre si vive en una burbuja y está fuera de contacto.
Con las elecciones intermedias que se avecinan este año, Trump y sus compañeros republicanos están sometidos a la presión política de los votantes estadounidenses, quienes indican que no están mejor que antes de que él fuera elegido para otro mandato y que no ven los mismos progresos que él pregona en la reducción de la inflación.
Y la Casa Blanca puede ser una burbuja lujosa y brillante. El sábado por la noche, al acto del documental en la Sala Este asistieron la reina Rania de Jordania; el boxeador Mike Tyson; el autor de autoayuda Tony Robbins, Erika Kirk, directora ejecutiva de Turning Point USA; y Andy Jassy, director ejecutivo de Amazon, distribuidor de la película.
“La velada estuvo definida por una extraordinaria calidez, elegancia y una palpable sensación de amor”, dijo Marc Beckman, asesor de Melania Trump, quien calificó el acto de “una atmósfera tan conmovedora como inolvidable”.
Y el domingo, antes de publicar su ataque a los demócratas, que incluía un llamado a los dirigentes demócratas de Minnesota para que entregaran a las autoridades federales a todos los migrantes que se encontraran en el país ilegalmente y estuvieran en prisión, Trump acudió a su cuenta de las redes sociales para atacar una demanda presentada por un grupo de conservación que se ha opuesto a los cambios que ha introducido en la Casa Blanca.
“Estoy construyendo, además de todo lo demás que estoy haciendo, uno de los salones de baile más grandes y hermosos del mundo”, dijo el presidente en un mensaje de 450 palabras. “No se debe permitir que los llamados ‘conservacionistas’, que obtienen su dinero de los lugares más insólitos, detengan esta ampliación desesperadamente necesaria de nuestra GRAN Casa Blanca”, añadió.
Katie Rogers es corresponsal de The Times en la Casa Blanca e informa sobre el presidente Trump.
Agentes federales matan a un hombre de 37 años en Mineápolis
Alex Jeffrey Pretti sabía que quería ayudar a los demás
Amigos y familiares de Alex Pretti denuncian campaña de desprestigio en su contra
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Amigos y familiares de Alex Pretti denuncian campaña de desprestigio en su contra
Los conocidos del hombre abatido por agentes federales se expresaron contra lo que calificaron de campaña de difamación por parte de funcionarios del gobierno. “Era un buen hombre”, dijo su familia.




Por Talya MinsbergCorina Knoll y Julie Bosman
Talya Minsberg y Corina Knoll reportaron desde Mineápolis. Julie Bosman reportó desde Chicago.
26 de enero de 2026
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Era una presencia tranquila en medio del caos del hospital. Un mentor que enseñó bondad y paciencia a amigos y colegas más jóvenes. Un cantante con talento para el baile. Un ciclista que atesoraba la belleza de Minnesota.
Este fin de semana, la familia, los compañeros de trabajo y los amigos de Alex Pretti, quien murió a manos de agentes de inmigración en un enfrentamiento después de que, al parecer, los estuviera filmando, recordaron su vida, incluso cuando las circunstancias de su muerte se debatían en la escena nacional.
Compartieron fotos del Alex que conocían: el Pretti sonriente y barbudo con la bata azul claro que llevaba en su trabajo como enfermero de cuidados intensivos en el hospital de Asuntos de los Veteranos, el amante de las actividades al aire libre posando con su bicicleta de montaña en un sendero boscoso y el estudiante con toga y birrete verdes que cantó un solo en su graduación del bachillerato de Green Bay, Wisconsin.
Y denunciaron lo que consideraban campañas de desprestigio después de la muerte de Pretti.

Pocas horas después del asesinato a manos de agentes federales en una calle de Mineápolis, funcionarios del gobierno de Donald Trump tacharon a Pretti de “asesino en potencia” y afirmaron, sin pruebas, que había cometido un acto de “terrorismo doméstico”.
A pesar de su propia conmoción y dolor, las personas que lo conocían lucharon por sobreponerse a las mentiras y los insultos, dijeron, para describir quién era.
Rory Shefchek, un amigo del bachillerato que ahora vive en Madison, Wisconsin, dijo que esperaba que Pretti fuera recordado como la persona que él conoció.
“Era un tipo servicial y amable”, dijo Shefchek. “Fue una persona segura de sí misma, diligente y respetuosa durante toda su vida. Espero que la historia de Alex pueda catalizar el cambio, como alguien que creía en hacer lo correcto”.
Sobre las imágenes grabadas con un teléfono celular de la muerte de Pretti, que han circulado ampliamente en las noticias y en las redes sociales, Shefchek dijo: “Todos hemos visto el video y nuestros ojos no mienten”.
Dimitri Drekonja, compañero de Pretti en el hospital de veteranos, se estremeció cuando se enteró de que un agente de migración había matado a un civil en Mineápolis. Fue horrible, dijo, incluso antes de saber que el civil era su amigo.
“Era un tipo alegre”, dijo Drekonja. “Cuando le pedías que hiciera algo, lo hacía y lo hacía bien”.
Pretti, quien tenía 37 años, estuvo en la primera línea de la pandemia de COVID-19, y siempre estaba dispuesto a ayudar a quien lo necesitara. Era el tipo de enfermero que los pacientes recordaban, dijeron sus colegas, y era un mentor muy querido por los enfermeros que se incorporaban en el intimidante entorno de la unidad de cuidados intensivos.
Como enfermero de la UCI, estaba acostumbrado a las personas en situaciones críticas, dijo Elissa Todd, colega y amiga. También estaba capacitado en técnicas de desescalada, señaló. Todd comentó que era doloroso ver sus últimos momentos sabiendo de primera mano la calma con la que Pretti era capaz de gestionar el caos y el estrés que conllevaba su trabajo.
“Fuera cual fuera la conversación que estuvieran teniendo, no puedo imaginar que él hubiera sido alguien que la hubiera empeorado”, dijo, en referencia a su interacción con los agentes de inmigración en los minutos previos a su muerte. “Habría sido una persona razonable y con la mente lúcida”.
Hizo una pausa, antes de decir: “No puedo imaginar cuál fue su último diálogo, pero diré que él está excepcionalmente cualificado para manejarlo con integridad y gracia”.
El gobernador de Minnesota, Tim Walz, dijo el domingo que había hablado con los padres de Pretti, quienes viven en Colorado. Walz dijo que intentaba transmitir su deseo de contar al mundo quién era Pretti realmente: una persona que vivió “una vida de generosidad”, según su familia.

“Alguien que iba a trabajar para atender a los veteranos, alguien que era un compañero de trabajo valioso, alguien que disfrutaba y vivía este estado a lo grande, ya fuera en actividades al aire libre o allí en la calle como testigo de la Primera Enmienda de lo que el ICE está haciendo en este estado”, dijo Walz.
“Si no podemos estar todos de acuerdo en que difamar a un ciudadano estadounidense y mancillar todo lo que representaba y pedirnos que no creamos lo que vimos”, añadió, “no sé qué más decirles”.
La familia de Pretti dijo en un comunicado el sábado que estaban desconsolados, pero también “muy enojados”.
Los padres de Pretti, Susan y Michael Pretti, en un comunicado recogido por The Associated Press y CNN, calificaron a su hijo de “alma bondadosa que se preocupaba profundamente por su familia y amigos y también por los veteranos estadounidenses a los que atendía como enfermero de la UCI del hospital de veteranos de Mineápolis”.
“Alex quería marcar la diferencia en este mundo”, decía el comunicado. “Desafortunadamente, no estará con nosotros para ver su impacto”.
La familia denunció la respuesta del gobierno de Trump, que incluyó la acusación de que Pretti se había enfrentado a agentes de inmigración con la intención de “perpetuar la violencia”.
Funcionarios federales han señalado que Pretti llevaba consigo una pistola durante el enfrentamiento, aunque tenía licencia para portarla y no había desenfundado el arma. Los videos muestran que Pretti sostenía un teléfono, en lugar de su pistola. Un agente había desarmado a Pretti justo antes de que le dispararan.
Sus colegas sabían que era propietario de un arma, aunque no hablaba de ello a menudo, salvo en conversaciones ocasionales sobre la reforma de la legislación sobre armas.

“Las mentiras repugnantes que el gobierno ha dicho sobre nuestro hijo son censurables y repugnantes”, decía el comunicado de la familia Pretti. “Por favor, que se sepa la verdad sobre nuestro hijo. Era un buen hombre”.
El sábado por la noche, en el edificio de departamentos donde vivía Pretti, los vecinos de su manzana se reunieron en un pequeño encuentro y encendieron velas en medio del intenso frío de Minnesota.
Cuando se corrió la voz de la muerte de Pretti entre sus amigos de Wisconsin, donde creció, intercambiaron recuerdos de hace décadas: de Pretti bailando en el coro con un esmoquin y actuando en una producción de Ellos y ellas.
JD Atkins, de 36 años, recuerda cuando consiguió su primer papel importante en una obra de teatro y Pretti lo tranquilizó y se ofreció a practicar sus líneas con él. No era inusual que los alumnos más jóvenes vieran a Pretti como un modelo a seguir, dijo, y Atkins le atribuyó el mérito de haber influido en su carrera como director de teatro de bachillerato y dramaturgo cerca de Milwaukee.
“Queríamos ser como él, porque era genial sin intentarlo”, dijo Atkins. “Y de adulto me doy cuenta de que es porque era amable con todo el mundo”.
Otro compañero de clase, Kevin McGillivray, recordó que Pretti parecía irradiar un sentido de la justicia incluso cuando se trataba de pequeñas interacciones escolares. Los alumnos de grados superiores solían meterse con los más jóvenes, pero Pretti nunca se unía a sus compañeros. McGillivray dijo que él y otros admiraban a Pretti como a un hermano mayor.
“Se acercaba, les decía algo y los animaba a reconsiderar lo que estaban haciendo”, dijo McGillivray, de 35 años. “La sensación que tengo cuando lo recuerdo es simplemente una profunda sensación de seguridad y confianza”.

Cuando Heather Zielinski vio el video en el que un agente federal disparaba a un hombre el sábado, supo que reconocía a la persona. Tardó un minuto en darse cuenta de que era su amigo desde hacía más de 10 años, Pretti.
“Vi cómo lo tiraban al suelo, cómo se le aflojaban los pies, y se me hundió el corazón hasta el estómago”, dijo.
Zielinski no cree que él quisiera ser conocido como un mártir. Cree que le gustaría ser recordado como un tipo al que le gustaba andar en bicicleta, como alguien que quería a su familia y como una persona que se preocupaba por el cuidado a la salud, la ciencia y la investigación.
Lo describió como una persona recta, que sacaba buenas notas en la escuela y se preocupaba mucho por su trabajo. Le encantaba estar al aire libre, dijo, y durante el verano hizo un viaje en bicicleta de montaña a Utah y Colorado antes de competir en una carrera de relevos ciclistas en Milwaukee.
“Era un buen amigo y un buen hombre”, dijo.
Jack Healy colaboró con la reportería.
Talya Minsberg es reportera del Times y cubre noticias de último momento y en desarrollo.
Corina Knoll es corresponsal del Times y se especializa en reportajes de fondo.
Julie Bosman es la jefa de la corresponsalía de Chicago del Times, desde donde escribe e informa sobre historias de todo el medio oeste estadounidense.
El terror de Estado llegó a EE. UU.
26 de enero de 2026


Por M. Gessen
Es columnista de la sección de Opinión.
Después de las tres últimas semanas de violencia en Mineápolis, ya no debería ser posible decir que el gobierno de Donald Trump solo pretende gobernar este país. Pretende reducirnos a todos a un estado de miedo constante, un miedo a la violencia de la que algunas personas pueden librarse en un momento dado, pero de la que nadie estará nunca de verdad a salvo. Esa es nuestra nueva realidad nacional. El terror de Estado ha llegado.
El Times Una selección de lecturas que no encontrarás en otro lugar, con eñes y acentos. Get it sent to your inbox.
Por favor, repasa conmigo esta lista. Desde principios de enero, cuando el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas amplió sus operaciones en Mineápolis y St. Paul, Minnesota, los agentes federales mataron a Renee Good, una mujer blanca y madre de clase media; amenazaron a una abogada de inmigración embarazada en el estacionamiento de su bufete; detuvieron a numerosos ciudadanos estadounidenses, incluido uno al que sacaron de su casa en ropa interior; rompieron ventanillas de coches y detuvieron a sus ocupantes, incluida una ciudadana estadounidense que se dirigía a una cita médica en un centro de lesiones cerebrales traumáticas; detonaron granadas antidisturbios y un contenedor de gas lacrimógeno junto a un coche en el que viajaban seis niños, entre ellos uno de 6 meses; registraron un aeropuerto, donde exigieron ver la documentación de la gente y arrestaron a más de una decena de personas que trabajaban allí; detuvieron a un niño de 5 años, y ahora mataron a otro ciudadano estadounidense, Alex Jeffrey Pretti, enfermero de la unidad de cuidados intensivos sin antecedentes penales. Parece que era blanco. Los agentes lo tenían en el suelo, sometido, antes de dispararle, al parecer, al menos 10 tiros a quemarropa.
Ante una lista como esta —un diluvio como este—, buscamos detalles que puedan explicar por qué estas personas fueron sometidas a este trato, detalles que puedan darnos la tranquilidad de que nosotros, por el contrario, no estamos en peligro. Good tenía una relación con una mujer, y su pareja, que tiene una expresión de género más masculina, habló impertinentemente a un agente del ICE, así que, después de todo, Good no era la típica madre blanca. ChongLy Thao, el hombre al que sacaron de su casa en ropa interior, es un migrante de Laos; no es blanco, y se puede suponer que habla con acento. La mujer que se dirigía a la consulta médica y la familia con seis hijos atravesaron zonas donde se estaban produciendo protestas contra el ICE. La familia del niño de 5 años no tiene estatus permanente. Poco se sabe de Pretti mientras escribo estas líneas, pero su padre dijo que participó en protestas y que podría haber llevado un arma (legalmente).
No nos enfocamos en estos detalles para justificar las acciones de los agentes federales, que son claramente brutales e injustificables; lo hacemos para obligar al mundo a tener sentido, y para calmar nuestros nervios. Si no contestamos de forma insolente, si modificamos nuestras rutas para evitar las protestas, si tenemos la suerte de ser estadounidenses de nacimiento, blancos y heterosexuales —o, si no lo somos, pero nos mantenemos agazapados, silenciosos—, estaremos a salvo. Por el contrario, podemos elegir alzar la voz, ir a las protestas, arriesgarnos. En cualquier caso, nos decimos, si podemos predecir las consecuencias, tenemos capacidad de acción.
Pero no es así como funciona el terror de Estado.
En la década de 1990, cuando hablé con personas de la antigua Unión Soviética sobre las experiencias de terror estalinista de sus familias, me sorprendió repetidamente lo mucho que la gente parecía saber sobre sus circunstancias. Una y otra vez, la gente me contaba exactamente lo que había llevado a la detención o ejecución de sus familiares. Vecinos celosos los habían denunciado ante las autoridades, o compañeros que habían sido detenidos los nombraban bajo coacción. Estas historias se habían transmitido de generación en generación. Me pregunté cómo podían llegar a saber tanto. No podían. La gente elaboraba relatos a partir de sospechas, rumores e indicios, para satisfacer la necesidad desesperada de una explicación.
Mi libro favorito sobre el terror de Estado es Sofia Petrovna, de Lydia Chukovskaya, una novela corta rusa que se ha traducido a varias lenguas. La protagonista, una mujer de mediana edad leal al Partido Comunista de Stalin, pierde la cabeza intentando encontrar el sentido de la detención de su hijo. Mi propia historia familiar contiene un corolario. Después de que la policía secreta detuviera a la mayor parte del personal directivo del periódico en el que mi abuelo era subdirector, esperó a que llamaran a su puerta. Cuando la policía secreta no apareció noche tras noche, semana tras semana, se angustió tanto que se internó en un psiquiátrico. Puede que así evitara ser detenido. O puede que la policía secreta hubiera cumplido su cuota de detenciones para ese mes.
Porque este era el secreto de la policía secreta que quedó claro cuando se abrieron (brevemente) los archivos del KGB en la década de 1990: se regían por cuotas. Los escuadrones locales tenían que detener a un número determinado de ciudadanos para que fueran designados enemigos del pueblo. Que los agentes detuvieran a menudo a grupos de colegas, amigos y familiares fue probablemente una cuestión de conveniencia más que otra cosa. De forma fundamental, el terror fue aleatorio. Así es, de hecho, como funciona el terror de Estado.
La aleatoriedad es la diferencia entre un régimen basado en el terror y otro sencillamente represivo. Incluso en los regímenes represivos de forma brutal, incluidos los de las colonias soviéticas en Europa oriental, uno sabía dónde estaban los límites del comportamiento aceptable. Las protestas abiertas eran motivo de detención, pero no las conversaciones en la cocina. Escribir ensayos o novelas subversivas o editar revistas clandestinas era motivo de detención; leer estas obras prohibidas y pasárselas discretamente a los amigos, probablemente no. En cambio, un régimen basado en el terror despliega la violencia precisamente para reforzar el mensaje de que cualquiera puede ser sometido a ella.
Cuando pensamos en los regímenes de terror del pasado, resulta tentador superponerles una narrativa lógica, como si los líderes totalitarios tuvieran una lista de tareas pendientes de exterminio y se abrieran paso a través de ella metódicamente. Creo que así es como la mayoría de la gente entiende la famosa cita de Martin Niemöller “Primero vinieron”. En realidad, las personas que vivían bajo esos regímenes nunca sabían qué grupo sería designado enemigo del Estado a continuación.
En la época de Niemöller, el terror lo ejercían la policía secreta y las fuerzas paramilitares —especialmente las SA, más conocidas como camisas pardas—, cuyo trabajo consistía en infundir miedo a la población. En 1934, Adolf Hitler mandó detener a entre 150 y 200 miembros de la propia cúpula de las SA y ejecutó a sus principales generales, en la demostración definitiva de que nadie era inmune a la violencia mortífera del Estado. Stalin llevó a cabo con regularidad purgas similares. El terror en sí no era el objetivo final de esos regímenes, pero nada de lo que siguió habría sido posible sin él.
La caja de herramientas no es especialmente variada. El presidente Trump está utilizando todos los instrumentos: las cuotas de detenciones del ICE que se han reportado; la fuerza paramilitar formada por matones embriagados de su propia brutalidad; el espectáculo de la violencia aleatoria, sobre todo en las calles de las ciudades; el vilipendio post mortem de las víctimas. Es natural que nuestros cerebros luchen por encontrar una lógica a lo que estamos viendo. Existe una lógica, y esta lógica tiene un nombre. Se llama terror de Estado.
Los liberales de la resistencia tenían razón
Al matar a Renee Good, ICE nos envía un mensaje a todos
El truco de Trump para desarmar la democracia estadounidense
M. Gessen es columnista de opinión del Times. Obtuvo el premio George Polk al mejor ensayo de opinión en 2024. Ha publicado 11 libros, entre ellos El futuro es historia: Rusia y el regreso del totalitarismo, reconocido con el National Book Award en 2017.
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