Hamelin en blanco y negro

El Paradise fue el espacio mágico que acogió las diez funciones de la puesta en escena

La función de ese sábado se dio a casa llena y entendemos que de la misma manera se dieron todas las funciones que comenzaron el 3 de marzo. (Foto (Foto Alina Marrero para FNCP). ).

Por Alina Marrero
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

El 14 de marzo de este año 2026 fuimos a la última función de Hamelin del dramaturgo español Juan Mayorga, producción del Departamento de Drama de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, dirigida por el profesor Miguel Vando.

El Paradise, espacio mágico que acogió las diez funciones de esta puesta en escena, resultó ser el abrazo perfecto para el montaje. El concepto de habitar las ruinas concebido por el director artístico del teatro Ricardo Cobián, se hace cómplice de cualquier inteligente creatividad.

La función de ese sábado se dio a casa llena y entendemos que de la misma manera se dieron todas las funciones que comenzaron el 3 de marzo. La propuesta lucía atractiva. Era, además, comentada por el público que había asistido. Todo lo que decían resultaba fenomenal.

(Foto Alina Marrero para FNCP).

Compartirían escena con los jóvenes actores, excelentes profesionales como Wanda Sais, Modesto Lacén, Gerardo Ortiz, Edwin Ocasio y José A. Robledo González, quienes alternarían su participación con el personaje del Acotador.

Hamelin, cuyo estreno mundial se dio en mayo de 2005 en el teatro de la Abadía en Madrid, mantiene una vigencia espeluznante, revuelca el abuso, la manipulación y la responsabilidad mientras mastica el punto convergente de asuntos vergonzosamente macabros.

No señala con el dedo las fallas de las instituciones sociales, sino las fallas de los que componemos la sociedad. Con esto parece decir que si no hay cambios interiores seremos inefectivos para cambiar el exterior. Los cambios se refieren a nuestras actitudes éticas.

La trama, construida de escenas fragmentadas, se desarrolla en un pueblo donde un juez (Montero) investiga el caso de pederastia de un hombre con dinero y conexiones (Rivas), muy cercano a una familia desventajada económica y especialmente vulnerable.

La situación corre desatada después de la declaración de un niño (Gonzalo) que involucra a su hermano pequeño (Josemari). El dramaturgo cincela una metáfora poderosa al usar como paralelo el cuento de “El flautista de Hamelín”.

En el famoso cuento un adulto se roba a los niños y nos parece perturbador. En la obra, los adultos (todos, todas y todes) roban la infancia en las formas más sutiles, más estructurales y, por ende, más perturbadoras.

Juan Mayorga establece instrucciones exactas para el montaje. No impone grandes escenografías ni efectos, pero sí exige condiciones de integridad y estética que son fundamentales para que la obra funcione. La escenografía debe ser austera, casi abstracta. Los cambios de escena deben ser rápidos, fluidos y sin artificio.

No debe haber representación explícita del abuso, ni contacto físico que sugiera el abuso, ni escenas que intenten recrear lo ocurrido. No se debe usar música, iluminación o gestos que busquen morbo o impacto emocional fácil.

(Foto Alina Marrero para FNCP).

Los niños son interpretados por adultos y así mismo lo indica en un parlamento el Acotador. Mayorga exige que este personaje metateatral, que guía, comenta y a veces manipula la percepción del público, tenga una presencia clara.

La iluminación y el sonido deben ser discretos. No se permite música emocional que fuerce la interpretación del público.

La obra está compuesta por quince cuadros y no deben unirse las escenas para hacer la historia más fluida. Tampoco se deben añadir transiciones largas, y los actores deben evitar el dramatismo excesivo.

La puesta en escena no debe tomar partido. Ningún personaje debe presentarse como culpable o inocente. Debe regir la ambigüedad. El espectador decide lo que va a creer.

El montaje de esta obra que ha sido representada en distintos países y continúa siendo estudiada por su profundidad real y teatral, es un reto que necesita un director conocedor y muy inteligente que sepa mantener su individualidad creativa sin soltar de la mano al autor.

Exige a la vez diseñadores que se comprometan en esa ruta, algo que el profesor Vando, también diseñador de vestuario y escenografía de esta puesta, y su equipo lograron coronados de laureles.

La obra, que tuvo su noche de estreno en el escenario principal del Paradise (al aire libre), se trasladó al café teatro (interior) que se encuentra en la entrada justo después del vestíbulo.

Hubo ausencia de telones, ni siquiera al fondo, ni afores a los lados. Centro abajo del escenario se ubicó un anaquel con objetos mínimos como una greca para colar café, una botella y dos copas de vino. Pegados a distintas partes del anaquel lucían unos dibujos a lápiz. Todo era en blanco y negro salvo el dibujo de un caballo pintado de rojo.

En la historia, los dibujos son trazados por Gonzalo y es posible que revelaran lo que el niño había visto. El caballo rojo podría ser una irrupción de la infancia en un mundo adulto desaturado, un punto de fuga emocional en un universo que intenta ser aséptico.

(Foto Alina Marrero para FNCP).

Al toque de la tercera llamada, Modesto Lacén, Acotador en la noche de cierre, estaba en su posición, fuera del escenario a la derecha. Los actores se acomodaron en los laterales del escenario en fila india de abajo hacia arriba, sentados en sillas de tonos grises que ellos mismos manipulaban para formar espacios en el escenario.

Las decisiones del director fueron acertadas y preciosas. El blanco y negro funcionó como comentario conceptual y eliminó la distracción emocional. Cada gesto, cada silencio, tuvo un peso científico.

Los elementos escenográficos estaban bañados de luz blanca. No hubo apagones ni efectos de transición. El diseñador de luces Israel Franco Müller sacó fuego de la madera mojada al colocar candilejas en los laterales y hacer uso de una pantalla de proyección colocada en el techo para crear back light.

La luz blanca, dilecta nuestra, funciona a la perfección con el discurso del dramaturgo. Además, vimos hasta los pensamientos de los actores. ¡Nos cautivó!

El trabajo del director con sus jóvenes estudiantes tiene unos cuantos kilates. Al tenerlos todo el tiempo en escena los convirtió en testigos de lo que pasaba en el escenario con sensación de tribunal. Observaban, juzgaban, callaban. La tesis de Vando no invadió la obra, la desnudó.

Las actuaciones se presentaron muy bordaditas. A través de estas apreciamos la ruta de empeño del colectivo para llegar al estreno. Son actores prometedores. Esperamos verlos en escena más seguido.

Aplaudimos a Luis Merced (Montero) en su rol protagónico y de la misma manera a los demás: Roberto Calderón (Gonzalo); Eva Santos (Feli); Sebastián Pérez (Paco), Gianna P. Jiménez Román (Julia); Carlos J. Muñiz Gaya (Rivas); Víctor José García Pérez (Josemari).

Advertimos que la obra tiene dos personajes que comparten el mismo nombre: Raquel, la institucional sicopedagoga (Mardelis Peña) y Raquel la vulnerable madre de los niños (Isarah C. Hernández Túa).

Esto puede recordarnos que la verdad nunca se presenta de manera unívoca y que la representación, igual que la memoria, siempre es parcial. Ambas actrices sostuvieron sus personajes con victoria.

También aplaudimos al resto de los actores, algunos doblan personajes entre funciones: Christopher R. “Christa” Romero Córdova, Mardelis Peña Carrasco, Roberto Calderón Lleras, Kumari T. Martínez Maisonet y José Juan Orta Meléndez.

Modesto Lacén, uno de nuestros mejores actores, dio cátedra al leer y moverse como Acotador en un tráfico escénico pausado que consideró el escenario y la sala con un personaje muy tentador para huir en contra de la corriente. Lacén fue fiel, potente, preciso, convincente.

La fragmentación y ambigüedad que reinó durante la hora y media que duró la función motivó a borbotones desbordada reflexión. Aunque desearíamos poder hacer muchos comentarios, seleccionamos el siguiente: Los adultos no están capacitados para guiar y amparar a la niñez.

El juez falla porque su necesidad de orden lo hace ciego a la fragilidad de los niños. La sicóloga falla por técnica sin empatía. Los padres fallan por precariedad, miedo, dependencia. El hombre adinerado falla por abuso de poder.

El comportamiento violento del hijo del juez, y la reacción de ambos padres ante el hecho merece punto y aparte.

Montero responde desde la lógica, no desde la empatía. Esa misma distancia es la que lo incapacita para comprender el testimonio fragmentado de Gonzalo. Aunque su falla no es maldad el efecto es igualmente dañino.

La madre del niño “cumple”, pero no cuida. Reacciona tarde porque todos los adultos lo hacen. Las fallas de los adultos con los niños ocurren por omisiones, silencios, torpezas, distancias, miedos. En la familia de Gonzalo y Josemari, la falla es la precariedad. En la familia de Montero, la falla es la comodidad.

Modesto Lacén fue fiel, potente, preciso, convincente. (Foto Alina Marrero para FNCP).

Los niños de Hamelin no componen un nosotros. Cada uno vive en su propio miedo, su propia confusión, su propio silencio, pero no son víctimas pasivas, sino seres que no han recibido las herramientas para ser otra cosa.

Este montaje, que al alejarse de nuestras emociones nos atrae a nuestra propia verdad, es tan honesto como el texto. El resultado confirma la capacidad del director escénico y la solidez del departamento de drama de la Universidad de Puerto Rico, capaces de asumir obras complejas y convertirlas en experiencias necesarias.

Esperamos ver más más producciones iguales a esta, pertinentes para nuestro tiempo. Esperamos coronarlas de laureles y con ello celebrar que el futuro del teatro en nuestro archipiélago no tiene nada que desear.

Completan el equipo (regiduría y asistente de director) Laurianne L González Vargas; (asistente de producción) Luis Raúl Llanos y Angélica Díaz; (realización de escenografía) Víctor m castillo; (supervisora taller de vestuario) Marisely O Cortés Fonseca; (realización de vestuario) Nélida Pagán, Adelis M Colón; (técnicos de iluminación) Carlos J Muñiz Gaya y Angélica Díaz; (ayudantes de iluminación) Clase diseño de iluminación TEAT 4201 del profesor Israel franco Müller.

La pintura de las sillas estuvo a cargo de Luis Raúl llanos, Tayra G. Martínez Matías, Roberto Calderón Lleras, Eva Santos Campiz, kumari T. Martínez Maisonet, Carlos J Muñiz Gaya, Mardelis Peña Carrasco.

El diseño del cartel fue de Leonardo L. López Pantiga; el colaborador en el diseño fue Luis Merced; el diseño del programa de mano y el fotógrafo documentalista fue Leonardo L López Pantiga.

El camarógrafo fue Axel Torres Cintron; el técnico de sonido fue Ian D. Rivera del Valle, los asistentes de sonido fueron los estudiantes de la clase producción técnica clase TEAD 4062 del profesor Efraín Piñeiro.

El documentalista fue José A Robledo González; el productor y director departamento de drama es el Dr. Nicolás Luzzi Traficante Montero.

 -Sobre el autor

Juan Mayorga nació en Madrid el 6 de abril de 1965 y es considerado uno de los dramaturgos españoles más influyentes de las últimas décadas. Su obra se caracteriza por una profunda preocupación ética, una notable precisión formal y un uso del lenguaje que combina la reflexión filosófica con la tensión dramática.

(Foto Alina Marrero para FNCP).

Mayorga es licenciado en Filosofía por la UNED y en Matemáticas por la Universidad Autónoma de Madrid, ambas titulaciones obtenidas en 1988. Posteriormente amplió estudios en Münster, Berlín y París, y en 1997 obtuvo el doctorado en Filosofía con una tesis sobre Walter Benjamin que recibió el Premio Extraordinario de Doctorado.

A lo largo de su trayectoria, Mayorga ha desarrollado una intensa actividad docente y artística. Ha sido profesor de Matemáticas en institutos, profesor de Dramaturgia y Filosofía en la Real Escuela Superior de Arte Dramático, y director de la Cátedra de Artes Escénicas y del Máster en Creación Teatral de la Universidad Carlos III.

También ha asumido responsabilidades institucionales relevantes, como la dirección del Teatro de La Abadía y del Corral de Comedias de Alcalá de Henares. En 2018 fue elegido miembro de número de la Real Academia Española y tomó posesión en 2019 con un discurso titulado Silencio, un texto que refleja su interés por los límites del lenguaje y por aquello que no se dice en escena.

Su producción dramática es amplia y diversa. A lo largo de su carrera ha recibido numerosos reconocimientos, entre ellos el Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2022. Su obra ha sido traducida a múltiples idiomas y representada en teatros de toda Europa.

La trayectoria de Juan Mayorga muestra a un creador que concibe el teatro como un espacio de pensamiento, un lugar donde el espectador es interpelado y donde la palabra se convierte en herramienta de conciencia y transformación.

En 2018 fue elegido académico de número de la Real Academia Española. Tomó posesión en 2019 con un discurso titulado Silencio.


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