Díaz-Canel ofrece detalles de la naturaleza del diálogo que mantiene Cuba con EE.UU.
El mandatario reveló que los contactos, facilitados por «operadores internacionales», todavía están en fase preliminar.


El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, ofreció detalles de la naturaleza de las conversaciones entre su Administración y el Gobierno de EE.UU., así como de las expectativas que, hasta ahora, La Habana se ha planteado con esta iniciativa, que no es inédita en la historia de la Revolución cubana.
«Siempre que han existido relaciones tensas, como las que están a este nivel entre el Gobierno de EE.UU. y Cuba, han aparecido personas, instituciones –algunas gubernamentales y otras no gubernamentales– que han tratado de buscar que se construyan canales para favorecer el diálogo entre ambos gobiernos y superar las diferencias que puedan existir –de antagonismo– entre ambos, sobre todo buscando evitar confrontación y poder solucionarlas, y eso está sucediendo en estos momentos«, sostuvo el mandatario en una entrevista concedida al político y periodista español Pablo Iglesias, cuando le preguntaron por el tema.

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El líder cubano advirtió que si se pretende llegar «a un acuerdo», el proceso será «largo», porque «primero hay que construir el canal de diálogo, después hay que construir agendas comunes de intereses para las partes y que las partes demuestren la intención de avanzar y de verdad comprometerse con el programa. Y, a partir de la discusión de esas agendas, llegar a acuerdos que, en verdad, sean beneficiosos para ambas partes» y «concluir con resultados».
«Política consistente»
Díaz-Canel aseguró que, pese a las numerosas tergiversaciones y manipulaciones, los contactos entre las autoridades cubanas y sus contrapartes estadounidenses no son ni por mucho una excepción; antes bien, se inscriben dentro de una «política consistente» desarrollada por la Revolución cubana desde hace más de seis décadas, como lo demuestran los intentos emprendidos entre el Gobierno cubano y las gestiones de John Fitzgerald Kennedy, Jimmy Carter, Ronald Reagan, Bill Clinton y Barack Obama. Estas apuestas, dijo, «se malograron por diferentes circunstancias», pero existieron e incluso dieron algunos frutos puntuales.
«La Revolución siempre, desde los primeros años, planteó que estaba dispuesta a tener un diálogo con el Gobierno de EE.UU. sobre posiciones de respeto e igualdad, sin presiones y sin condicionamientos, para encontrar soluciones a nuestras diferencias. O sea, esa disposición ha estado a lo largo de toda la Revolución. Por lo tanto, esto que estamos planteando ahora, no contradice para nada la historia de la Revolución», enfatizó.
En su opinión, las negociaciones con Obama, que estuvieron encabezadas por el entonces presidente y dirigente histórico de la Revolución, Raúl Castro, fueron particularmente auspiciosas, pues se tradujeron en acuerdos que lograron «fracturar algunas de sanciones que tenía Cuba en aquel momento».
Así las cosas, llamó a recordar que en esa época, Castro dijo: «Nosotros estamos dispuestos a construir una relación civilizada entre vecinos, independientemente de las diferencias ideológicas» y destacó la viabilidad de esa alternativa, al invocar que la Casa Blanca ha optado por mantener relaciones con países como Rusia y China, a los que no ha dejado de calificar como «adversarios».
«Lo que estamos haciendo no es un primer momento en la historia: responde a una posición histórica de Cuba. Nosotros no somos guerreristas, nosotros no ofendemos, nosotros no vamos a hacer nada en contra de EE.UU., nosotros no bloqueamos EE.UU. El bloqueo es unilateral, es una decisión unilateral del Gobierno de EE.UU.», redondeó.
Bajo el liderazgo de Raúl
Díaz-Canel aprovechó la ocasión para desmentir la existencia de «divisiones en la dirección de la Revolución», como se ha especulado desde el extranjero. En su lugar, reiteró que Raúl Castro ostenta un liderazgo indiscutible en Cuba, dada su condición de figura histórica de la Revolución.

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En la misma línea aseveró que Castro, sin dejar de reconocer que ahora mismo la situación es «compleja», ha orientado, en conjunto con otras instancias colegiadas de la nación antillana, la ruta hacia el diálogo iniciada con EE.UU., en virtud de «su compromiso con el pueblo, con la Revolución y con salvar al país de la agresión» militar directa.
«Bajo esa orientación, bajo esa dirección colegiada y encabezada por él [Raúl Castro] y uno [Díaz-Canel], funcionarios nuestros sostuvieron conversaciones con el Departamento de Estado que van en la dirección de discutir nuestras diferencias para encontrarles solución», apuntó.
¿Qué quiere EE.UU.?
Tras ser interrogado sobre lo que Washington desea obtener en un eventual proceso de negociación con La Habana, el dignatario cubano admitió que «todavía a ese momento no se ha llegado» y que los contactos, facilitados por «operadores internacionales» –cuya identidad declinó revelar, dada la naturaleza «muy sensible» del proceso–, todavía están en una fase muy incipiente.
En contraste, ofreció una lista de temas que podrían discutirse. Una lista parcial incluye inversiones, participación de EE.UU. en la economía cubana, migración, combate al narcotráfico y al terrorismo, medioambiente, seguridad regional y cooperación científica y educativa.
Asimismo, puntualizó cuáles serían los asuntos que La Habana no está dispuesta a tolerar de ningún modo: «Que nos condicionen de que para conversar hay que adoptar una determinada posición. Que respeten nuestra soberanía, nuestra independencia y nuestro sistema político […]. Esas cosas no están en discusión», enumeró.

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Como contrapunto, ratificó que su país defiende que se trabaje «con un criterio de reciprocidad y en apego al derecho internacional«, que se busquen «esas diferencias bilaterales» en las que es posible «encontrar soluciones», que las dos partes demuestren «voluntad para avanzar en ese proceso», que sean «capaces de avanzar en áreas de cooperación que nos permitan enfrentar las amenazas y lograr que haya paz y seguridad para ambas naciones» y para el resto de la región latinoamericana y caribeña.
«Nuestra convicción es no responder a manipulaciones, porque es un proceso serio que con mucha responsabilidad, mucha sensibilidad hay que conducir; porque es un proceso que afecta los vínculos bilaterales. Por lo tanto, tenemos que crear espacios de entendimiento que nos permitan avanzar en soluciones y que nos alejen de la confrontación. Y todo eso hacerlo con ese sentido de respeto […] a cosas que son elementales, que no entrarían para nadie en una discusión de cuestionamientos al sistema político, de imposición o pérdida de la soberanía y la independencia», concluyó.
Cuba y Venezuela enseñan que resistir es vencer

A finales de la Guerra Civil española, cuando la derrota de la República parecía ya inevitable, el presidente del gobierno, Juan Negrín, lanzó una consigna que con el tiempo adquiriría un significado mucho más profundo que el de una simple frase de guerra: «Resistir es vencer».
No se limitaba con ello a subir la moral del pueblo, sino que comprendía que la guerra de España no era un episodio aislado, sino el primer frente de una crisis europea mucho más amplia que estaba a punto de estallar. Su estrategia partía de una intuición histórica precisa: si la República lograba prolongar la guerra lo suficiente, el conflicto español acabaría entrelazándose con la guerra mundial que ya se preparaba en Europa.
La historia siguió otro camino. La guerra terminó en España en abril de 1939, y apenas unos meses después, comenzó la Segunda Guerra Mundial. No sabemos qué habría ocurrido si aquella estrategia hubiese tenido tiempo para desplegarse. En cambio, nos deja una pregunta fundamental para cualquier análisis político serio: ¿qué significa resistir cuando la correlación de fuerzas es abiertamente desfavorable?
Un adversario puede tener más armas, más recursos y más apoyo internacional; pero también necesita imponer la idea de que su victoria es inevitable. Cuando una fuerza inferior resiste, rompe esa inevitabilidad y gana tiempo. Y el tiempo —en política y en guerra— puede desgastar al adversario, alterar alianzas y abrir contradicciones en el campo enemigo.
Esa hegemonía se expresó en intervenciones militares, golpes de Estado y presiones políticas destinadas a mantener gobiernos alineados con Washington.
Ese ha sido el dilema histórico de América Latina. Desde el siglo XIX la región quedó dentro de la esfera geopolítica de EE.UU., legitimada ideológicamente por la Doctrina Monroe de 1823. A lo largo del siglo XX, esa hegemonía se expresó en intervenciones militares, golpes de Estado y presiones políticas destinadas a mantener gobiernos alineados con Washington.
La desigualdad no es solo militar o política, sino estructural. América Latina fue integrada en la economía mundial como exportadora de materias primas y dependiente de tecnología externa, lo que limita el desarrollo de industrias estratégicas —incluida la militar—. Incluso los países que han intentado desarrollar mayor autonomía en determinados momentos, como Brasil o Argentina, han encontrado límites económicos, tecnológicos y geopolíticos difíciles de superar.

No obstante, los intentos más sostenidos de construir capacidades militares relativamente autónomas se dieron en Cuba y, décadas después, en Venezuela. Tras la revolución de 1959, Cuba desarrolló unas fuerzas armadas capaces de sostener una defensa territorial frente a un adversario muy superior, apoyándose en una estrategia de guerra asimétrica, grandes reservas de milicias y sistemas de defensa aérea. Sin embargo, su capacidad convencional dependía en gran medida del apoyo tecnológico y material de la Unión Soviética. La desaparición de ese soporte internacional en los años noventa y su aislamiento del mercado internacional por el bloqueo, redujeron considerablemente sus capacidades militares y le obligaron a reorganizar su estrategia en torno a la disuasión territorial y la resistencia prolongada.
Algo similar ocurrió con Venezuela en el siglo XXI. Durante los años de altos ingresos petroleros se intentó modernizar las fuerzas armadas con la adquisición de sistemas rusos y la creación de estructuras de defensa territorial basadas en milicias. Pero las sanciones económicas, las restricciones financieras y el aislamiento internacional limitaron la continuidad de ese proceso y dificultaron el mantenimiento y renovación de los sistemas adquiridos.
Venezuela enfrenta una intervención militar directa y una presión internacional sin precedentes.
En este contexto, donde la correlación de fuerzas es profundamente desigual, resistir no significa necesariamente vencer de inmediato, sino más bien se trata de impedir que la derrota se vuelva definitiva mientras el tiempo —y las contradicciones del propio sistema internacional— abre nuevas posibilidades históricas. Volviendo a Cuba, la revolución supo resistir a su aislamiento, hasta que se abría un nuevo ciclo histórico en América Latina, con la victoria del chavismo en Venezuela, y de forma paralela emergía un nuevo mundo multipolar que posibilitaba nuevas alianzas.

En otras palabras, América Latina ha tenido que aprender a resistir en condiciones donde una confrontación militar convencional con EE.UU. es prácticamente imposible, pero también donde la resistencia aprende a adoptar otras formas: legitimidad política, organización popular, alianzas internacionales y capacidad para prolongar los conflictos hasta alterar las correlaciones de fuerzas.
Hoy esa lógica vuelve a manifestarse con toda su crudeza. La agresión militar estadounidense del 3 de enero —que incluyó bombardeos sobre el país, más de un centenar de muertos y el secuestro del presidente Nicolás Maduro— marca una escalada extraordinaria en la política hemisférica. Sin embargo, incluso en ese escenario extremo, el Estado venezolano no ha desaparecido. Sus instituciones siguen funcionando y sus estructuras sociales continúan organizándose.
La situación que se abre es, por tanto, profundamente contradictoria. Venezuela enfrenta una intervención militar directa y una presión internacional sin precedentes, lo que obliga al proceso bolivariano a realizar concesiones duras para preservar la estabilidad interna. Pero, al mismo tiempo, el poder que EE.UU. pretendía derribar continúa siendo el interlocutor inevitable de cualquier negociación política sobre el futuro del país.
En otras palabras: el proyecto político que se buscaba liquidar no ha sido sustituido por otro. Permanece en pie, bajo una presión extrema, negociando con la correlación de fuerzas que tiene delante.
Algo similar ocurre con Cuba, aunque en condiciones que hoy son incluso más duras que en otras etapas de la política de presión estadounidense contra la isla. EE.UU. no solo mantiene el bloqueo económico que pesa sobre la revolución desde hace más de seis décadas, sino que ha intensificado el cerco energético en el Caribe: presiona a terceros países para que suspendan los envíos de petróleo, amenaza con sanciones a las empresas que participan en ese comercio e incluso interfiere físicamente en rutas de suministro energético. El resultado es una crisis energética severa que afecta al conjunto de la sociedad cubana y que busca provocar una asfixia económica capaz de desestabilizar al país desde dentro.
Sin embargo, incluso en ese escenario de presión extrema, Washington se ve obligado a mantener canales de negociación con el propio gobierno cubano para gestionar las consecuencias de esa situación.
La historia ofrece numerosos ejemplos de esta lógica estratégica. El tratado de Brest-Litovsk, incluyó enormes cesiones, pero a su vez permitió a la joven revolución soviética ganar tiempo en condiciones extremas. En Vietnam, la dirección revolucionaria combinó sistemáticamente lucha armada y negociación: desde los acuerdos que siguieron a la derrota colonial francesa en Dien Bien Phu hasta las conversaciones de París con EE.UU., utilizadas para consolidar avances militares y políticos sin renunciar al objetivo de la independencia. Y la propia Revolución cubana ha atravesado múltiples ciclos de negociación sin abandonar su proyecto político.

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En ese sentido, la consigna de Juan Negrín recupera toda su vigencia histórica. Resistir es vencer cuando un pueblo organizado sostiene su proyecto en medio de la adversidad, sabiendo que la historia sigue abierta.
Como recuerda el Himno del Guerrillero, canto de la Revolución cubana, «siempre el pueblo resurge adelante». Porque las correlaciones de fuerzas cambian, incluso en el centro del poder. EE.UU. atraviesa tensiones internas, desgaste hegemónico y un mundo cada vez más multipolar que reconfigura el equilibrio global. En ese movimiento, resistir es sostener la posición en el tiempo, asegurar que la última palabra aún no ha sido dicha y que la historia, lejos de haber terminado, sigue en disputa.
Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.
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