Estados Unidos e Irán buscan al tripulante desaparecido y Teherán ofrece una recompensa
Las fuerzas iraníes derribaron este viernes un caza F-15 estadounidense en su territorio por primera vez desde que se inició la guerra. Solo uno de los dos tripulantes fue rescatado.


04/04/2026 10:57
Estados Unidos busca a un soldado que permanece desaparecido, presumiblemente en territorio iraní, tras el derribo de un caza por parte de Teherán este viernes. A su vez, las fuerzas iraníes aseguran que están rastreando el área y prometieron una recompensa para quien capture a «fuerzas del enemigo hostil».
Irán derribó este viernes un caza F-15 estadounidense en su territorio por primera vez desde que se inició la guerra en Oriente Medio el pasado 28 de febrero. Uno de los dos tripulantes fue rescatado posteriormente, pero el otro se encuentra desaparecido supuestamente en territorio iraní, lo que ha desatado una búsqueda frenética.
El incidente puso de manifiesto los riesgos a los que siguen enfrentándose los aviones estadounidenses e israelíes sobre Irán, a pesar de las afirmaciones del presidente estadounidense, Donald Trump, y de su secretario de Defensa, Pete Hegseth, de que sus fuerzas tenían el control total de los cielos.
Irán promete una «valiosa recompensa»
Un portavoz del mando operativo central de las fuerzas armadas iraníes afirmó que «un caza estadounidense hostil en el espacio aéreo del centro de Irán fue alcanzado y destruido por el sistema avanzado de defensa aérea». La prensa iraní afirmó que los residentes dispararon contra helicópteros estadounidenses que realizaban una misión de búsqueda y rescate tras el derribo.
La Guardia Revolucionaria iraní informó que estaba rastreando un área cercana al lugar donde cayó el avión, en el suroeste del país. El gobernador regional prometió un reconocimiento para quien capturara o abatiera a «fuerzas del enemigo hostil». En la televisión oficial de Irán, un reportero anunció que cualquiera que capturara con vida a un miembro de la tripulación recibirá «una valiosa recompensa».
El general estadounidense retirado Houston Cantwell, con más de 400 horas de experiencia en vuelos de combate, dijo que en caso de ser derribado, un piloto debe intentar determinar su ubicación y averiguar cómo comunicarse. «Mi prioridad sería, en primer lugar, el camuflaje, porque no quiero que me capturen», consideró a la AFP.
Casi al mismo tiempo del derribo del F-15, un segundo avión militar, un A-10 Warthog, se estrelló cerca del estrecho de Ormuz. El único tripulante de esa nave fue rescatado con vida.
A esto, se suman dos helicópteros militares estadounidenses que participaban en las labores de rescate también fueron alcanzados por fuego iraní, aunque todos sus tripulantes se encuentran a salvo, según fuentes militares citadas por The Washington Post.
Hermetismo en la Casa Blanca
El incidente ocurrido y la búsqueda del tripulante desaparecido sume en el hermetismo al Gobierno de Trump. Ni el Pentágono ni el Comando Central (Centcom) de Estados Unidos han dado mayor información sobre los incidentes.
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Donald Trump también ha mantenido el hermetismo y solamente negó que el derribo del caza estadounidense por las fuerzas iraníes afectara las negociaciones con Teherán, según dijo en una entrevista telefónica con la cadena NBC News.
«No, en absoluto. No, es la guerra. Estamos en guerra», declaró Trump en una llamada telefónica con la televisora en la que se negó a dar detalles. Más tarde, sostuvo en diálogo con The Independent que no estaba listo para decir qué haría Estados Unidos si el piloto desaparecido es lastimado.
El mandatario dijo que no podía comentar cuál sería su línea de actuación si las fuerzas iraníes llegaran a atrapar al piloto derribado. «Esperamos que eso no suceda», afirmó Trump.
Las negociaciones por el alto al fuego están «en punto muerto»
El ataque iraní del viernes supone un golpe a la operación Furia Épica, como bautizó la Administración Trump al operativo conjunto contra Irán, después de que, hace dos días, el mandatario prometiera atacar «con dureza» durante las próximas dos o tres semanas.
En un discurso televisado el miércoles pasado, Trump se dirigió a los estadounidenses con un mensaje en el que reiteró que la República Islámica estaba siendo «diezmada» y previó que el estrecho de Ormuz, vía estratégica de un quinto del petróleo mundial y un tercio del gas licuado, «se abrirá solo» y de «manera natural» cuando se replieguen.
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Este viernes también se conoció que los esfuerzos por alcanzar un alto el fuego entre Estados Unidos e Irán, liderados por Pakistán, se encuentran en un «punto muerto», según información citada por The Wall Street Journal.
La guerra de Schrödinger: narrativa, coerción y la retirada imposible


Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
02/04/2026 21:00
Hay guerras que empiezan con declaraciones formales, despliegues visibles y objetivos definidos. Y hay otras —cada vez más frecuentes— que se desdibujan en un espacio ambiguo donde lo bélico, lo comunicativo y lo estratégico se entrelazan hasta volverse indistinguibles. La que podríamos denominar como la guerra de Schrödinger responde precisamente a esta lógica, un conflicto que, al mismo tiempo, existe y no existe; que termina pero no termina; que se anuncia como resuelto mientras sigue produciendo efectos materiales y simbólicos. Eso es lo que estamos viendo en Oriente Medio.
En este escenario, la figura de Donald Trump encarna una forma de liderazgo político profundamente adaptada a esta ambigüedad. No se trata solo de una política exterior errática o improvisada, como a menudo se ha señalado, sino de una estrategia comunicativa deliberada que opera en múltiples niveles y para distintos públicos, pero con indudables efectos y repercusiones materiales y humanos. Trump habla, simultáneamente, para la opinión pública doméstica, para los mercados financieros y para sus rivales geopolíticos. Y en cada uno de estos registros su discurso adopta matices distintos, cuando no directamente contradictorios.
Para la opinión pública estadounidense, el mensaje es claro: evitar guerras interminables, reducir el coste humano y económico de las intervenciones exteriores y proyectar una imagen de firmeza sin compromisos prolongados. Para los mercados, en cambio, el objetivo es transmitir estabilidad, control y previsibilidad, aunque sea mediante una retórica de fuerza que, paradójicamente, introduce incertidumbre. Y para sus adversarios —China, Rusia, Irán—, el discurso oscila entre la amenaza directa y la aparente desescalada, generando un entorno estratégico difícil de descifrar.
Esta multiplicidad de mensajes no es un error de comunicación, sino el núcleo de una estrategia basada en la saturación informativa. La conocida táctica trumpista de inundar la zona consiste precisamente en producir un volumen constante de declaraciones, ruedas de prensa y anuncios que, lejos de clarificar la situación, contribuyen a difuminarla. El resultado es un espacio informativo en el que la coherencia deja de ser un criterio relevante y en el que la narrativa se impone sobre los hechos.
En paralelo a esta dimensión discursiva, se despliega una política de diplomacia coercitiva que combina elementos clásicos de poder duro con nuevas formas de presión política. Sobre el terreno, esto se traduce en el despliegue de tropas, maniobras militares y amenazas explícitas que buscan modificar el comportamiento de los adversarios sin llegar necesariamente a un enfrentamiento directo. Sin embargo, lo verdaderamente significativo de esta estrategia no reside únicamente en su proyección hacia los rivales, sino en su impacto sobre los aliados.
Europa se convierte, en este contexto, en un actor clave pero profundamente tensionado. La amenaza recurrente de Estados Unidos de reducir su compromiso con la OTAN —o incluso de vaciar de contenido el artículo 5, que establece la defensa colectiva— introduce un elemento de vulnerabilidad estructural en el sistema de seguridad europeo. No se trata solo de una cuestión retórica, puesto que al cuestionar la credibilidad de la disuasión transatlántica se abre un espacio de oportunidad para potencias como China y Rusia, que pueden explotar estas fisuras en su beneficio.
La presión sobre los aliados europeos adopta, por tanto, una doble dimensión. Por un lado, se les exige un mayor compromiso en términos de gasto en defensa y capacidad militar. Por otro, se les transfiere de manera implícita la responsabilidad de gestionar escenarios de crisis que, hasta ahora, habían sido liderados por Estados Unidos. Esta externalización de costes y riesgos se inscribe en una lógica más amplia de redefinición del papel estadounidense en el mundo, una que le sitúa menos como garante del orden internacional y más como actor que negocia su implicación en función de intereses inmediatos.
Es en este punto donde la guerra de Schrödinger adquiere su pleno significado. El conflicto no se cierra mediante una victoria clara ni mediante un acuerdo formal, sino a través de una reconfiguración narrativa que permite a Estados Unidos declarar el éxito sin haber alcanzado necesariamente sus objetivos iniciales. La cuestión del estrecho de Ormuz es paradigmática en este sentido.
Tradicionalmente, el control o la seguridad de este enclave estratégico ha sido considerado un interés vital para las potencias occidentales, dada su importancia para el suministro energético global. Sin embargo, en la lógica trumpista, el valor de este objetivo se redefine en función de su utilidad política. Si garantizar el acceso al estrecho implica costes elevados o riesgos de escalada, entonces puede ser reinterpretado como un interés secundario o incluso prescindible.
Aquí es donde la analogía con la fábula de la zorra y las uvas resulta particularmente ilustrativa. Ante la imposibilidad —o el alto coste— de alcanzar las uvas, la zorra concluye que en realidad no estaban maduras y, por tanto, no merecían la pena. De manera similar, la renuncia al control del estrecho de Ormuz no se presentaría como un fracaso, sino como una decisión estratégica donde Estados Unidos no se retira porque no pueda, sino porque no le interesa.
Esta construcción narrativa cumple varias funciones. En primer lugar, permite preservar la imagen de fortaleza y autonomía que resulta central para el discurso político interno. En segundo lugar, desplaza la carga de la gestión del problema hacia otros actores, en este caso los europeos, que se ven obligados a asumir un papel más activo en la garantía del acceso a los recursos energéticos. Y, en tercer lugar, introduce un elemento de ambigüedad que dificulta la respuesta coordinada de aliados y adversarios.
Sin embargo, esta estrategia no está exenta de riesgos. La erosión de la credibilidad de los compromisos estadounidenses puede tener efectos a largo plazo sobre la arquitectura de seguridad internacional. Si los aliados perciben que las garantías de defensa colectiva son contingentes y negociables, es probable que busquen alternativas, ya sea mediante el refuerzo de sus propias capacidades o a través de nuevas alianzas. Al mismo tiempo, los adversarios pueden interpretar esta ambigüedad como una oportunidad para avanzar sus intereses en zonas de fricción.
En última instancia, la guerra de Schrödinger no es solo una descripción de un conflicto concreto, sino una metáfora de una transformación más profunda en la forma en que se conciben y se gestionan las relaciones internacionales. En un mundo caracterizado por la interdependencia, la velocidad de la información y la fragmentación del poder, la línea entre la guerra y la paz se vuelve cada vez más difusa. Y en ese espacio de incertidumbre, la narrativa —más que los hechos— se convierte en el principal campo de batalla.
La pregunta que queda abierta es si este modelo es sostenible en el tiempo o si, por el contrario, terminará generando dinámicas de inestabilidad difíciles de controlar. Porque, como en el experimento mental de Schrödinger, mantener simultáneamente dos estados contradictorios puede ser útil durante un tiempo. Pero, tarde o temprano, alguien abre la caja. Y entonces la ambigüedad deja de ser una estrategia para convertirse en un problema.
Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
El Estado para la muerte


Investigador científico, Incipit-CSIC
02/04/2026 21:00
La derecha antisistema insiste una y otra vez, que su enemigo es el Estado. En su fantasía distópica, el Estado es un monstruo totalitario que se inmiscuye en la vida íntima de los ciudadanos, pretende controlar sus cuerpos y mentes y les extorsiona exigiendo cantidades desorbitadas de dinero que despilfarra sin ningún sentido. Es necesario acabar con el monstruo reduciéndolo a su mínima expresión, un mini-Estado inofensivo para que la gente pueda disfrutar de sus vidas y sus recursos en plena libertad.
Es mentira, por supuesto.
Que la derecha radical no tiene ningún interés en desmontar el Estado lo demuestra cada día el gobierno de Donald Trump. El Estado, bajo Trump es, si acaso, más intrusivo, las libertades más limitadas. Mientras, ingentes cantidades de dinero público se invierten en perseguir a la gente en el país e iniciar guerras absurdas en el exterior. El presupuesto de la policía de inmigración se ha incrementado de 6.000 a 85.000 millones de dólares. Y el de defensa se duplicará este año hasta alcanzar 1,5 billones.
Curiosa manera de limitar el Estado y recortar gasto
Ya lo he dicho en otras ocasiones: el modelo de la derecha radical no es un Estado reducido, sino un Estado rearticulado -y en muchos sentidos, reforzado. Un Estado que ha abandonado la biopolítica constitutiva de todos los regímenes occidentales desde mediados del siglo XIX para abrazar la necropolítica.
Si la biopolítica buscaba alentar y gestionar la vida (a través de la sanidad, la higiene o la formación de los ciudadanos), a la necropolítica le concierne básicamente la muerte: quién tiene derecho a vivir y quién debe morir, bien por acción directa del Estado, bien por dejación de sus funciones biopolíticas. Por eso mientras recorta los servicios sanitarios y la educación (lo que perjudica a la población más vulnerable), incrementa el gasto militar y policial. En última instancia, como en el despotismo clásico, el Estado ultraderechista invierte prioritariamente en violencia: la que sostiene su existencia y la de las clases privilegiadas a las que sirve.
La derecha radical, pues, miente cuando promete eliminar el Estado. Lo que pretende es justo lo contrario: reforzar su papel represor hasta extremos dictatoriales.
También miente cuando asegura defender la libertad individual frente a la intromisión estatal. También aquí hace exactamente lo contrario de lo que dice.
Lo hemos visto con claridad en el caso de la eutanasia de Noelia Castillo. La ultraderecha (y parte de la derecha tradicional) ha salido en tromba a criticar el derecho último de Noelia a disponer libremente de su vida. También eso es necropolítica: que el Estado decida cuándo y cómo debe uno morir. No se me ocurre intromisión más violenta y obscena en la intimidad de los ciudadanos.
Hasta aquí he hablado de la necropolítica jurídica, por así decir: la que regula las competencias del poder estatal como poder soberano. Pero existe también una necropolítica afectiva que impregna ya nuestra vida cotidiana.
Casi todo cuanto celebra la extrema derecha implica la muerte: el recorte de la ayuda humanitaria, las guerras de agresión, el imperialismo, el genocidio de Gaza, la desaparición de migrantes en el mar, la destrucción de ecosistemas vitales. Es aquí, en la puesta en práctica de las políticas de la muerte, donde se manifiestan de forma más visceral las emociones políticas: el odio y el resentimiento, pero también el entusiasmo y la alegría -esos vídeos de fanáticos israelíes celebrando la destrucción de Palestina.
No es nuevo. El nihilismo necropolítico lleva siendo parte de la ultraderecha desde sus inicios, cuando los Freikorps protonazis hicieron de la calavera su símbolo y los legionarios españoles se declararon novios de la muerte.
Frente a la política de la muerte nos toca defender la vida. Y celebrarla. Como mínimo con tanta pasión como ellos celebran la muerte.
Investigador científico, Incipit-CSIC
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