Cuba, revolución y literatura
La literatura del siglo XX en Latinoamérica no habría sido nunca la misma sin la Revolución cubana y sin el enorme esfuerzo que hicieron para poner en el lugar más alto la literatura escrita en el continente.


La Revolución Cubana, que triunfó el 1 de enero de 1959, no fue una revuelta más contra el dictador de turno, Fulgencio Batista. La Revolución fue un auténtico movimiento de independencia y descolonización similar a los que se estaban produciendo en los mismos años en diversos lugares del mundo, en especial en África, y con los que se involucró la nueva Cuba; la Argelia liberada de Francia en 1962 sería solo un ejemplo.
En 1898 Cuba no se convirtió en un país soberano ajeno ya a los destinos de su antigua metrópoli. Simplemente se intercambiaron la propiedad de la isla dos imperios. Desde la famosa Enmienda Platt incluida en la constitución del país en 1901, o el tratado de Reciprocidad Comercial del mismo año, todo deriva en un control político y económico sobre la isla con la sucesión de gobiernos impuestos desde Estados Unidos hasta 1959. Y desde luego, esto no significa que los independentistas cubanos no lucharan denodadamente por la libertad que tanto anhelaban. Ahí está José Martí, que murió en 1896 enfrentándose con las armas, él, que era poeta, al ejército español. Pero Cuba no entró en aquel momento en la independencia, sino que se vio abocada a las relaciones neocoloniales. Ernesto Che Guevara lo explicó claramente en el discurso pronunciado en Argel en 1965: “Mientras el imperialismo exista, por definición, ejercerá su dominación sobre otros países; esa dominación se llama hoy neocolonialismo”.
La Casa de las Américas, creada en 1959, fue un referente cultural. La literatura latinoamericana pasaba necesariamente por allí. Permitieron otra forma de habitar la realidad

Cuba rompió ese círculo gracias a su revolución y eso explica la agresiva respuesta de Estados Unidos contra un país que ni por sus dimensiones ni por su fuerza militar supone una amenaza para ellos. O sí, una amenaza que se instala en otros lugares, como la construcción de una nación fundada sobre el progreso colectivo de sus habitantes, la justicia social y la solidaridad internacional que la convierten en un ejemplo y en una alternativa a esa imposición neocolonial. Las campañas de alfabetización son una prueba clara de cuáles eran las prioridades del nuevo gobierno, o la importancia clave que adquirirá la cultura como forma de identidad del Estado cubano. La presencia de Cuba en foros internacionales como la Organización de Estados no Alineados se traduce en el plano cultural en un movimiento de atracción hacia el interior del país, convirtiendo en referente esencial del momento a Casa de las Américas. Su fundación tan temprana, en abril de 1959, da cuenta de la importancia otorgada a la difusión cultural por el nuevo gobierno de la isla. La literatura latinoamericana pasaba necesariamente por allí, los premios otorgados construyeron un campo cultural que estaba permitiendo ver otra forma de habitar la realidad. Gracias a este afán de construcción de nuevos referentes se nombraron nuevos géneros, como la literatura testimonial, narración de una realidad de opresión, silenciada en la cultura occidental, desde la experiencia y la voz de los sujetos subalternos. La obra de Miguel Barnet, Biografía de un cimarrón, que recoge el relato oral de un antiguo esclavo, Esteban Montejo, es un buen ejemplo. Y de la misma forma, se premiaron ensayos que permitían una revisión del pasado de América desde posiciones que problematizaban el relato único, como el caso, por poner solo un ejemplo, de Beatriz Pastor en 1983 y su extraordinario ensayo El discurso narrativo de la conquista de América. Mitificación y emergencia.
Se construyeron bibliotecas en lo que antes habían sido cuarteles, se creó la Unión de Escritores y Artistas Cubanos y sentaron las bases de un importante núcleo cultural que se expandía por toda Latinoamérica
La preocupación por la expansión cultural, que debía llegar a todos los rincones de la isla, se plasma en la decisión de publicar el Quijote, primer libro editado tras la Revolución en 1960, en una tirada de cien mil ejemplares y a un precio muy asequible (25 centavos). Se construyeron bibliotecas en lo que antes habían sido cuarteles, se creó la Unión de Escritores y Artistas Cubanos (UNEAC), fundada por el poeta Nicolás Guillén en 1961, y todas estas actividades sentaron las bases de un importante núcleo cultural que se expandía por toda Latinoamérica y que atraía a escritores de todo el mundo hacia la construcción de una nueva cultura propiamente americana. Novelas como El recurso del método, de Alejo Carpentier y su reflexión sobre la figura de un dictador que amalgama rasgos de muchos personajes reales, desde el propio Batista hasta el dictador español Franco; La última mujer y el próximo combate, de Manuel Cofiño, donde se plasma la construcción de la nueva sociedad cubana a partir de la Revolución; la obra poética de Roberto Fernández Retamar y su obra ensayística, una de las más lúcidas de la literatura latinoamericana; la poesía y la música de Silvio Rodríguez, que sumando ritmos tradicionales ha construido vanguardia política y artística; la versión cinematográfica de la novela de Edmundo Desnoes Memorias del subdesarrollo, que plasma el impacto que supuso la Revolución para la burguesía cubana; la lectura crítica de la realidad cotidiana que lleva a cabo la poeta cubana Reina María Rodríguez; la poeta Dulce María Loynaz, reconocida con el Premio Cervantes en 1992; la obra del investigador Jorge Fornet, uno de los mejores analistas del campo cultural y literario en Latinoamérica, como su obra Los nuevos paradigmas. Prólogo narrativo al siglo XXI, premio de ensayo Alejo Carpentier en 2006, y tantos otros que no caben en estas notas, han ido abriendo paso a una generación en la que destaca la producción de mujeres escritoras, como la ganadora del Premio Nacional de Literatura de Cuba en 2023, María Elena Llana o las antecesoras recogidas por Luisa Campuzano en Las muchachas de La Habana no tienen temor de Dios. Escritoras cubanas (s. XVIII al XXI). Sin duda, también hay una producción crítica, de una calidad innegable, como la de Leonardo Padura, pero la literatura del siglo XX en Latinoamérica no habría sido nunca la misma sin la Revolución Cubana y sin el enorme esfuerzo realizado por este país para poner en el lugar más alto la literatura escrita en el continente. Es muy probable que sin la Revolución el mundo no se habría vuelto a mirar hacia el continente para descubrir las obras de Gabriel García Márquez, Julio Cortázar o Carlos Fuentes, y el denominado Boom no habría existido con la dimensión internacional que tuvo. Ahí empezó la promesa de un continente en el que todavía es posible descubrir que la lucha no ha terminado.
(*) Profesora de Literatura Hispanoamericana en la Universidad Autónoma de Madrid y directora de «Cultura de la República. Revista de Análisis Crítico»
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