Violeta Parra
Las canciones de Violeta Parra eran ese aire puro que se abría paso en la sordidez de días tristes, porque nos traían un mensaje de solidaridad y de fraternidad al que respondíamos cantando con sus letras y su música.

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El pasado 5 de febrero fue el aniversario de la muerte de Violeta Parra, la gran folclorista chilena, divulgadora de la música popular de su país, compositora y autora de muchas canciones inolvidables. Nació en la ciudad de San Carlos en el año 1917 y vivió en una familia numerosa y familiarizada con la música, por lo que Violeta, desde pequeña, se sintió inclinada a cantar, a interpretar, a escribir y componer su música; cantaba desde boleros, corridos, rancheras, y después las canciones sencillas del campo chileno, que ponían de manifiesto la identidad de su país y con las que obtuvo un gran reconocimiento en Chile y en los países de Europa que visitaría en los años cincuenta del siglo pasado. Regresó a Chile en 1957 y estuvo en Concepción y en Santiago; después de un tiempo en Argentina, recorrió varios países de Europa, antes de volver de nuevo a su país, en 1975, con la idea de seguir investigando el folclore chileno y convertirlo en una referencia cultural de su país, un proyecto en el que trabajaron también su hija Isabel y su hijo Ángel, además de músicos, compositores y cantautores como Rolando Alarcón, Patricio Manns o Víctor Jara. Su disco Las últimas composiciones apareció en noviembre de 1966 y es, seguramente, su mejor obra y su testamento musical, pues se quitó la vida solo tres meses después, aunque dejó sus canciones, sus palabras, la Fundación y el Museo que llevan su nombre, documentales y películas que siguen su trayectoria vital y artística y un buen número de canciones que le han dedicado cantautores como Luis Pastor o Silvio Rodríguez.
Dice Mario Benedetti que las canciones son ventanas abiertas; algunas veces, hacia el pasado que nos enseña, y otras hacia el futuro que queremos ganar; pero, siempre que esas ventanas-canciones se abren, es como si circulara por la calle una corriente sana, un aire puro que nos oxigena y nos ayuda a cumplir con dignidad y con valor la dura tarea de vivir, simplemente vivir. En mi generación, las canciones de Violeta Parra eran, efectivamente ese aire puro que se abría paso en la sordidez de días tristes, porque nos traían un mensaje de solidaridad y de fraternidad, al que respondíamos cantando con sus letras y su música para expresar el dolor y el desamor, la rabia y la alegría; en nuestras tertulias improvisadas con una guitarra, cantábamos “La carta” y “Run Run se fue p’al Norte”, “Qué dirá el santo padre” y “Volver a los diecisiete”, historias auténticas, con protagonistas reales, en las que latían sentimientos compartidos, emociones y contradicciones como las que sentíamos pensando en Violeta Parra que cantaba “Gracias a la vida”, cuando quizás ya estaba pensando en la muerte. Y, sin embargo, ella quiso enumerar en esta canción todas y cada una de las cosas importantes para vivir: los ojos para ver y mirar, las palabras y los sonidos para comunicarnos, los pies para andar, el corazón para sentir y la capacidad de verter en el canto la risa y las lágrimas, los dos materiales que sirven no sólo para cantar sino para hacer justicia con la Historia… Será por eso por lo que, muchos años después, seguimos recordando a la gran cantautora chilena y abriendo las ventanas de sus canciones para que nos entre el aire puro de la dignidad y de la lucha por la libertad. Gracias, Violeta Parra.
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