Siete veces Julio Ramos

Por Alina Marrero
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular
No fuimos al estreno de “Siete veces siete” ni a ninguna de las funciones que se dieron entre el 5 y 8 de marzo de este año 2026 por compromisos previos; aunque teníamos muchos deseos de ver a Julio Ramos y participar, a la vez, de la inauguración del nuevo palacio teatral en la avenida Las Palmas en Trastalleres, Santurce, desde donde los reyes de Agua, sol y sereno comparten su imperio con la comunidad.
Agua, Sol y Sereno, prestigioso y aclamado grupo, gloria de Puerto Rico, cuyos cabezudos y zanqueros son emblemas de las Fiestas de la Calle San Sebastián fue fundado en 1993 por Pedro Adorno y Cathy Vigo y merece todas nuestras consideraciones.
Pero nos perdimos dos acontecimientos capitales y sentimos mucha envidia cuando, al entrar en las redes sociales, leíamos los comentarios de quienes habían tenido el placer de la experiencia.
Por supuesto, aunque atesoramos el valor incalculable de la inauguración de un teatro, en cualquier momento podemos disfrutar sus ofertas, pero la específica presentación de Julio Ramos, después del 8 de marzo de 2016, no sería posible.
Además de talento, creatividad, disciplina, tenacidad, perseverancia, el polifacético Ramos posee cualidades humanas muy solidarias y no le queríamos en la celebración de sus 40 años de oficio.

Tan pronto nos enteramos de que se abría una nueva función el miércoles 1 de abril, separamos la noche con mucho entusiasmo y con el mismo entusiasmo nos encaminamos a la avenida Las Palmas.
Al llegar, vimos que el teatro estaba justo al lado del taller que a toda luz exhibía sus célebres cabezudos. Sentimos que el arte de Agua, sol y sereno nos recibía con irradiante algarabía.
Nosotros rendimos culto a los teatros que funcionan desde el atractivo de sus ruinas, como el Paradise de Río Piedras, y los espacios casuales que, de repente, se convierten en teatros mágicos, como este de Agua, sol y sereno.
Son una alternativa deliciosa para muchos teatristas que desarrollan trabajos íntimos que hacen la diferencia y convierten al público en familia.
Fue amor a primera vista. Al entrar en la sala de inmediato imaginamos diversas alternativas de montajes que se podían hacer. La cámara negra consideró todas las paredes fuera del escenario y las sillas, algo que, sin duda, es cómplice del ambiente en cualquier montaje.
Cuando nos preparábamos para revisar el programa cibernético a través del teléfono dos teatristas encantadoras (Alba Taína y Leslie Van Zandt) se acercaron con un programa de mano tradicional y nos lo entregaron: “Esto es un documento único, porque solo hicimos una tirada”.
Soltamos una lágrima de felicidad. Por esta consciencia de documentación teatral, los primeros laureles de esta reseña son para la producción (De la Legua Inc.).
“Siete veces siete” tuvo su estreno mundial en la sala Carlos Marichal del Centro de Bellas Artes de Santurce el jueves 24 de febrero y estuvo en cartelera hasta el 27 del mismo mes en 2005. Se conmemoraba la veintena en la vida profesional de Julio Ramos. Hicieron más de 30 funciones en cinco años. La gira tuvo un cierre en Teatro Círculo de Nueva York en 2010.
El concepto fue idea del propio Ramos. Conforme lo expresó en una entrevista para la Fundación nacional para la cultura popular, su motivación principal era demostrar todo lo que él podía hacer en un escenario.
Se dice que un corazón sincero, no solo logra lo mejor de sí mismo, también logra lo mejor de los demás. Admiramos la sinceridad de Julio, quien no solamente logró su objetivo, también desarrolló un trabajo que abraza toda posibilidad.
En su afán de demostrar el gran artista que es, algo con lo que podemos identificarnos todos, Julio procuró rodearse de dramaturgos de excelencia, un equipo de trabajo dispuesto y una directora estupenda.

El actor logró además enfilar los cañones hacia el comportamiento humano y dio en el blanco. Para hacerlo exploró un tema que es significativo para los creyentes de grupos religiosos y filosofías que le otorgan poder esotérico al número siete.
El siete suele asociarse a ciclos naturales (fases lunares, días de la semana, estrellas visibles a simple vista en ciertas constelaciones) y a la idea de completitud. Se asocia al misterio, la introspección y la sabiduría oculta y cada tradición lo interpreta a su manera.
Entre esas tradiciones sobresalen el Judaísmo, el Cristianismo, el Islam (sufismo), el Hinduismo, las tradiciones místicas (cábala, hermetismo, numerología), la mitología griega, las tradiciones mesopotámicas, el taoísmo y varias naciones nativas de Norteamérica, por mencionar algunas.
Pero no todas las filosofías y religiones profesan esa creencia. Para quienes practicamos una religión donde la palabra pecado no figura en sus dogmas, que se enfoca más en procesos mentales, prácticas éticas y estados de conciencia, un número no tiene significado sagrado o estructural.
No obstante, el tema de los siete pecados capitales tiene grandes posibilidades histriónicas y apreciamos la propuesta desde el punto de vista del comportamiento humano extremo.
Esos eran nuestros pensamientos cuando las luces cedieron su protagonismo a unos cánticos alusivos al número siete. Eran estéticos y se asomaron para saludar entre segmento y segmento.
Las muy bien coreografiadas voces de Marian Pabón, Jimmy Navarro, Lilly García, Alexandra Cedeño, Radames Medina, Lyanchesi Santiago y Joseph Lagares formaban un mantra cuyo crédito es atribuido a El Omar. Otorgamos laureles en las frentes de todos ellos.
De inmediato comenzaron las obras de unos seis minutos de duración cada una. Durante un tiempo que en verdad nos resultó corto porque la pasamos bien, desfilaron en escena siete efectivas propuestas logradas en su contenido, su forma y su intención.
El montaje fue soberbio en lo particular y en el todo. La puesta en escena comenzó con la “Pereza” de José Luis Ramos Escobar. Los dos niveles al fondo derecha entre el actor (por encima del telón) y el títere tirado en el piso, nos hicieron comprender que participaríamos de una cacería donde los puntos medios no serían considerados.
El safari nos llevó en su ruta por “Lujuria”, escrita por el mismo actor; “Ira” de Gerald Paul Marín; “Avaricia” de Freddy Acevedo; “Gula” de Jorge González; “Soberbia”, de Roberto Ramos Perea; “Envidia» de Carlos Vega.
En cada una de esas estaciones, el cuerpo del actor se retorció, se aflojó, se quebró, se alargó. La voz se fragmentaba, se disfrazaba. A ratos se articulaba como marioneta o guiñol, o caricatura que insiste en su inclusión social, o ente que se contrae, o pensamiento sin género.
Cada destino se construyó con un estilo que no se repitió. Los movimientos, las rutas escénicas y las técnicas se renovaban. Las dimensiones nos desnudaban, no podíamos escondernos.

Otorgamos laureles de oro a la fusión, dramaturgo (Julio Ramos), director (Iliana García), actor (Julio Ramos), voz (René Monclova), que provocó el extraordinario resultado de “Lujuria”. Minimalismo que contó casi exclusivamente con el poder del testimonio de un ministro pedófilo a quien no vimos. El personaje que vimos solo escuchaba, casi no se movió.
La palabra, cuando es tan contundente, se convierte en el motor dramático absoluto. Un intérprete capaz de sostener el empeño de ese silencio se gana todas las escenas sin necesidad de voz, movimiento y aplausos.
Laureles de oro también para la directora Iliana García por el excelente uso del espacio, composición certera, tráfico gratificante, intenciones claras y definidas al servicio de la obra.
Al servicio de la obra estuvieron también la escenografía, las luces, la utilería, el vestuario, el sonido, la producción en pleno.
La luz, de Jorge Ramírez, funcionó como un pulso que además de abrir y cerrar escenas, latía dentro de la obra. El sonido, de Roig Berríos, surgía como una corriente subterránea que impulsaba espacios y ánimos. El vestuario de Leslie Van Zandt mutó con el protagonista y dialogó con el montaje que apostó a lo esencial. Laureles de oro para ellos.
Laureles de platino para Julio Ramos y sus cuarenta años de oficio que laten en la magnitud de esta producción que los celebra donde la lucha no es una pregunta que se quiebra, el descontento existencial corroe, la risa es afilada y los estallidos emocionales dejan marcas.
Completan el equipo El Omar (asistente de dirección y regiduría; artes gráficas y redes sociales; programa de mano); Julio Ramos (diseño y construcción de escenografía, utilería y máscaras); Kenneth Salgado (tramoyista); Rafi Adorno (soldador); Javier del Valle (fotografías y diseño gráfico).
“Siete veces sietes” fue una producción de Julio Ramos para De la Legua Inc. Esperamos el próximo montaje.
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