Puerto Rico bajo la colonia yanki: de nación a portaviones
Lo que en su momento fue la Doctrina Monroe de 1823, hoy resurge con otro nombre, otro lenguaje y un propósito más peligroso. Pete Hegseth y otros guerreristas la llaman “Greater North America”. Otros, con mayor precisión y un poco de sarcasmo, Monroe 2.0.


José Fernando Velázquez, MÑN
(San Juan, 12:00 p.m.) Lo que en su momento fue la Doctrina Monroe de 1823, hoy resurge con otro nombre, otro lenguaje y un propósito más peligroso. Pete Hegseth y otros guerreristas la llaman “Greater North America”. Otros, con mayor precisión y un poco de sarcasmo, Monroe 2.0.
El hemisferio occidental ha sido caracterizado por el nuevo Departamento de Guerra” de EEUU como un perímetro de seguridad para esa nación. Según ellos, es un área de interés vital, que debe estar alineado política, económica y militarmente con sus intereses. En pocas palabras, se trata de administrar la estabilidad regional en su propio beneficio. ¿Dónde entra Puerto Rico?
Desafortunadamente, para quienes aspiramos a un Puerto Rico independiente como vía para salir del rezago que arrastra nuestro estado colonial desde tiempos de la monarquía española, el lugar que nos asigna esta Monroe 2.0 es nebuloso, por decir lo menos.
Los eventos del último año evidencian que nuestro país no representa para Estados Unidos un problema político, sino aparenta ser un activo estratégico. Ese punto diminuto en el mapamundi que nos enseñaron de niños es hoy, en realidad, una posición fija dentro del hemisferio, desde la cual el imperio puede proyectar poder, vigilar rutas comerciales y sostener operaciones militares. Nos quieren de portaaviones inmóvil 100 x 35, pero siempre disponible. En la lógica de figurines como el “zar de la guerra” Pete Hegseth, nuestro hemisferio se reordena alrededor de puntos estratégicos, y Puerto Rico parece figurar entre los más valiosos.
Desde nuestra la isla se vigilan las rutas que conectan el Atlántico con el Caribe y el Golfo de México. Se puede acceder con rapidez a Centroamérica, al norte de Suramérica y, sobre todo, al Canal de Panamá. En un escenario donde las cadenas de suministro de alimentos, petróleo, gas y la seguridad marítima vuelven al centro de la geopolítica mundial, nuestra ubicación adquiere un valor extraordinario.
La juridicidad aparenta no ser importante en la mesa donde hoy se toman las grandes decisiones en el gobierno de Trump. Puerto Rico sigue siendo un territorio bajo el poder plenario del Congreso de Estados Unidos. Los Casos Insulares y decisiones como Sanchez Valle dejan claro que la autoridad última no reside aquí. Ese marco jurídico le permite a EEUU una flexibilidad enorme para definir nuestro rol dentro de cualquier estrategia hemisférica, sin necesidad de obtener el consentimiento del gobierno local. Dicho de otra forma: donde manda capitán, no manda marinero. Y en ese bote, tienen a doña Jenniffer y a don Tomás sacando caracolillos.
La experiencia de Culebras y Vieques marcaron precedentes importantes. Las protestas lograron cambios, pero también demostraron hasta dónde puede llegar el uso estratégico que tuvo para EEUU nuestro territorio antes de encontrar una resistencia efectiva. Bajo una narrativa de seguridad regional, narcotráfico, energía, estabilidad y “seguridad nacional”, ese tipo de decisiones, desafortunadamente, van a reaparecer.
El derecho ambiental federal, el debido proceso y ciertas garantías constitucionales ofrecen espacios de litigio. Existen límites a las actuaciones arbitrarias que pueda haber, pero con el gobierno actual, alineado con Trump, éstos desaparecerán en nuestra cara. El derecho internacional reconoce la autodeterminación de los pueblos, pero hemos visto que, ante el poder de los “grandes”, carece de dientes para imponerla.
Mientras tanto, las piezas del tablero se mueven y nosotros apenas figuramos como espectadores. El uso militar expansivo de Roosevelt Roads, Mercedita y Aguadilla, sumado a las inversiones bajo la Ley 60, al creciente rol energético de la isla y a una presión política solapada, y a veces a la cañona, no responde a eventos aislados. Todo apunta a un mismo diseño, disfrazado con el lenguaje de oportunidad, desarrollo y seguridad.
Ese diseño no surge en el vacío. Como ha señalado Andrea Rizzi, en su columna en El País, lo que estamos viendo no es solo una política exterior más agresiva, sino la manifestación de un poder que ya no opera desde la estabilidad, sino desde la reacción. En ese contexto, la doctrina que algunos llaman “Greater America” – o Monroe 2.0 – deja de ser una simple estrategia regional y se convierte en el reflejo de un imperio en decadencia que necesita reafirmarse constantemente.
Ahí tenemos la paradoja. Cuanto más importante se vuelve Puerto Rico para la estrategia de control hemisférico de Estados Unidos, menos vale nuestra voluntad en la toma de decisiones. La isla gana relevancia geopolítica, pero ninguna en el poder decisional.
En el lenguaje preferido del presidente Trump, ellos tienen todas las barajas, pero nosotros, ni el Joker; parece que permaneceremos jugando domino.
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