Luis Rafael Sánchez y su perro gringo
Que en arte todo es premeditación y alevosí


Teresita Soto Falto
Que en arte todo es premeditación y alevosía.
Quíntuples, Luis Rafael Sánchez
(San Juan, 10:00 a.m.) Tan pronto me enteré de que estaba a la venta Indiscreciones de un perro gringo*, de Luis Rafael Sánchez, me lancé a comprar tres ejemplares, uno para mí y los otros para regalárselos a dos de sus más fieles seguidoras. Me dispuse a leerlo con ilusión y me ocurrió exactamente lo que al personaje del profesor de literatura del City College de Nueva York que prologa y epiloga el texto: «La curiosidad se transformó en agrado mientras leía las páginas primeras, regocijo mientras me arrastraba el huracán de las prosiguientes y fastidio cuando vislumbré el término del agrado y el regocijo» (163).
Sánchez tiene, como Buddy Clinton, el perro gringo, una «irrefrenable vocación de palabra» (177), de ahí el agrado y el regocijo que produce la lectura del texto. Por voz del perro habla su creador cuando dice: «Y, ¿qué puedo decir de la palabra? Me entusiasma enriquecer el vocabulario. Me entusiasma ahondar en los misterios de la gramática…Viajar del pasado al presente y del presente al futuro, con el verbo como medio de transporte, me mantendrá perplejo hasta cuando estire las cuatro patas…» (33). Los lectores tenemos muy asumida esta pasión del autor por el vernáculo, por el trabajo estilístico que lleva a la página una lengua rica, fresca, desinhibida. Es por eso que cuando se lee esta nueva entrega establecemos inmediatamente el hilo conductor entre el Sánchez de los artículos periodísticos y la narrativa, y el Sánchez del perro gringo. En esta ocasión, sin embargo, siento que algo anda mal; en este texto el castillo de palabras, de adjetivos, de neologismos, de latinismos entreverados con lengua coloquial y con lengua soez, llegan a derrumbarse sobre el lector hasta asfixiarlo. Las repeticiones resultan agotadoras por innecesarias, y la técnica se vuelve sobre sí misma para debilitar el texto que, al final, produce fatiga y hastío. Las interpolaciones, que él llama viñetas, y los microrrelatos no vienen a cuento ni resultan sabrosos, a excepción del titulado Juiciosidad y heroísmo de una pareja cánida en tiempos que fueron diluviales.
Al término del agrado y del regocijo llega también la sorpresa del lector que espera encontrar “una novela” de Luis Rafael Sánchez, luego de veinte años de la publicación de la memorable La importancia de llamarse Daniel Santos, y de treinta y dos de haber dado el gran aldabonazo literario que fue La guaracha del macho Camacho. ¿Qué pretenderá decirnos Luis Rafael ahora en esta obra que resulta tan controvertida?
Me viene al recuerdo la polémica que se dio a principios del siglo pasado entre José Ortega y Gasset y don Pío Baroja. El filósofo privilegiaba la técnica en la factura de la novela, mientras que el novelista abogaba por la acción y por la libertad del autor para incluir en ella cuanto se necesitara para crear sensación de vida; para él la novela no era otra cosa que un saco donde cabía todo.
Me parece que la “novela” de Sánchez toma ese saco barojiano y lo llena de una sorprendente cantidad de alusiones cultas, de datos sobre “la raza cánida”, de referencias a lugares conocidos o exóticos, de crítica social, política o religiosa, de pormenores sobre sexualidad, de cables, computadoras, inteligencia artificial y un largo etcétera. Todo esto ayuda a ordenar una trama montada en dos historias. La primera –prólogo y epílogo – recoge las peripecias del profesor de literatura que encuentra el texto con la testificación del perro dentro de una bolsa de Macy’s abandonada en un tren en Manhattan. Luego de un largo proceso de duda sobre qué hacer con él, decide publicarla antecediéndola de un prólogo cargado de avisos en el que califica la historia como delirante. La segunda es, entonces, la “delirante” testificación del perro del presidente norteamericano William Jefferson Clinton, Buddy, como testigo ocular de la relación erótico-amorosa del presidente con Mónica Lewinski ante una audiencia compuesta por Ciudadanos Afectos a la Moral sin Tacha, científicos, poetas, filósofos y personal a cargo de la testificación.
Como si presintiera las críticas detractoras, Sánchez va diciéndonos por boca del profesor su idea de la novela. Dice así:
«Una novela deberá tener una extensión razonable: basta
con doscientas y pico de páginas, trescientas a lo sumo,
impresas en letras facilitadoras de la lectura. Si la extensión
razonable se desdeña, el autor queda huérfano de lectores.
En el siglo veintiuno la palabra se devalúa a pasos agigantados.
Y cuando no se la devalúa se la desprecia. La imagen, en cambio,
no es que se aprecie, es que se sobrevalúa» (195).
El mismo personaje dice que ha construido, sobre el texto encontrado, una «novela arbitraria» (17) que no recoge en sus páginas las grandes preocupaciones contemporáneas, que rompe con las formas tradicionales y que se compuso cuidadosamente y sin apresuramiento. ¿Estará Sánchez justificando ante el lector esta novela tan superficial? Démonos cuenta de que el suceso verídico que inspira el texto no es ni siquiera un tema nuevo en las manos del autor, puesto que antes lo había abordado en una publicación periodística – “La bragueta presidencial”- que recogió posteriormente en la colección de ensayos Devórame otra vez. Sus dudas durante el proceso creativo de esta novela se las confiesa al periodista Mario Alegre Barrios en la entrevista que le concede: «Siempre hay una etapa dura, de conflicto, de preguntarse a dónde va eso. Sí, hubo un buen elemento de diversión, pero también de duda» (El Nuevo Día, sábado, 25 de agosto de 2007).
El profesor prologuista califica como libre, arriesgado y provocador al autor desconocido del texto que llegó a sus manos por azar. Para él, «libertades, riesgos y provocaciones despilfarra quien se atrinchera en la realidad a la hora de convocar la fantasía» (164). Es así exactamente. Sánchez asume el riesgo ante los lectores y la crítica cuando publica esta novela “arbitraria” con un tema manoseado por todos los medios nacionales e internacionales de comunicación masiva. Busca la originalidad entonces en la creación del perro que, como producto de un revolucionario experimento de la Universidad de Harvard, «habla, razona y discrepa». Paradójicamente, es el perro el mayor riesgo por la pesada e insustancial testificación que llena tres de las cinco partes en que está dividida la “novela”.
Quizás Sánchez ha querido provocarnos con esta novela donde no ocurre nada; probablemente nos ha dado una fenomenal tomadura de pelo y no son los amoríos presidenciales ni el perro el objetivo central de esta novela. Pensamos que la historia real nos remite a otra cosa que la supera; que todo el entramado textual gira en torno a la dicotomía entre realidad y fantasía y que la abarrocada testificación del perro ahoga y malogra el intento de Sánchez. La cita de André Breton que antecede a la novela: “Lo que hay de admirable en lo fantástico es que ya no hay nada fantástico, sólo hay realidad”, nos ha dado la pista y nos lleva a hacer unas reflexiones.
Para Sánchez, la fantasía es la «aliada del hombre en este valle de lágrimas»” (180). En otras palabras, la fantasía nos permite soportar le dur metier de vivre. Pero fantasía y realidad no son antípodas irreconciliables. Desde la realidad, paradójicamente, nace la potenciación de un impulso transformador que, como a don Quijote, nos lleva a vivir una fantasía que supera la inmediatez y que nos permite desfacer cuantos entuertos y agravios queramos. Desde la realidad también se sueña con lo imposible, como lo hace la ciencia. Para Sánchez, sin embargo, la ciencia, por apegarse estrictamente a la comprobación, es proclive a «robar una chispa del fuego de los dioses, saquear el este del edén y reciclar cuantas manzanas pare el árbol del conocimiento» (182). Para él, la ciencia mata la fantasía, la hiere gravemente cuando da por cumplidos los sueños más utópicos del hombre.
Sin embargo, fue la ciencia la que creó la maravilla parlante de Buddy, la que permitió fantasear con la posibilidad de lo inverosímil. Sería sorprendente encontrarnos con un perro que hablara; si lo hubiera, le habría pasado como a Buddy, que copió todos nuestros defectos humanos y, al final, se desnaturalizó, dejó de ser perro. Su humanización se revirtió cuando los científicos lo desconectaron de los cables maravillosos, lo sacaron de la sala de testificación y se lo llevaron encerrado en una jaula. Fijémonos en este detalle y pensemos nuevamente en don Quijote cuando en el capítulo XLVI del tomo I el Cura y el Barbero lo encierran en una jaula de palos enrejados fingiendo un encantamiento. En ambos casos el orden establecido por la realidad se impone sobre la irrealidad y la sofoca. El viejo hidalgo no se dará por vencido y logrará vivirse en su fantasía en una tercera salida, pero Buddy tendrá que contentarse con sus únicas horas de esplendor hasta que llegue, como un perro cualquiera, a la hora de su muerte.
Aunque los avances científicos y tecnológicos atenten contra la fantasía, aunque la luna ya no resulte romántica y la clonación atente contra la unicidad del hombre, la fantasía se negará a morir. La fantasía solo dura un instante en el tiempo, luego regresa la realidad. Mientras dura, efervescemos, tocamos el cielo con la punta de los dedos, rebasamos nuestros límites y regresamos… Para Sánchez, como para Breton, sólo hay realidad y lo fantástico resulta cuando nos empinamos sobre ella para trascenderla, reconociendo que la realidad rebasa sus propias fronteras porque resulta muchas veces cervantina o macondianamente fantástica.
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