Valeria Luiselli, escritora: “Es también una postura política no sucumbir a la tentación de la catástrofe”
La autora mexicana reflexiona sobre la memoria y la imaginación en ‘Principio, medio, fin’, una novela que ahonda en otras formas de contar, de lo visual a lo sonoro, a través de la historia de varias generaciones de mujeres y su encuentro con los clásicos grecolatinos y la naturaleza volcánica de Sicilia



Hoy es el primer día en el que Valeria Luiselli habla de Principio, medio, fin, así que la escritora mexicana, sentada hace un par de viernes en el luminoso salón de su casa en un rincón del Bronx con aroma a suburbia, se disculpa por no saber “aún de qué va” su nueva novela. “Iré entendiéndolo a medida que hable con otras personas” dice. “Pero ya sé que es una novela con una madre, una hija y una abuela, cuyas relaciones se exploran profundamente. Sé que en ella me interrogo sobre la imaginación y la memoria, la que se pierde y la que se va formando”.
Esa madre, que es escritora y se acaba de separar, lleva a su hija a Sicilia, donde los clásicos griegos y latinos se suman como fascinantes compañeros de viaje mientras la abuela, que vive en Baja California, va perdiendo los recuerdos. Como a Luiselli (México, 42 años), los periodistas suelen preguntar a su protagonista cuánto de su vida hay en sus libros. Y como Luiselli, escribe sin saber si lo que está escribiendo será una novela o un ensayo sobre autoficción, arqueología, vulcanología o la vida como “la parte de en medio”, sin principios ni finales.
El resultado marca el regreso de la escritora siete años después de Desierto sonoro, en la que daba voz a los niños perdidos en la frontera con México sobre el fondo de la historia de la separación de una pareja. Es también su primera vez, tras más de una década fiel al sello mexicano Sexto Piso, con una nueva editorial, la italiana Feltrinelli, que se estrena en español con ella. La novela sale a la venta el 6 de mayo y en julio la publicará Knopf en Estados Unidos, donde Luiselli, que lleva dos décadas viviendo en Nueva York, es una de las autoras, en español o en inglés, más respetadas de su generación gracias a una prosa reflexiva que no teme a la experimentación.
Esta vez, ahonda en formas de contar a las que ya se asomó en su anterior libro, como esas polaroids que aguardan al final para ofrecer una nueva perspectiva de la historia antes relatada, consecutivamente, por madre e hija. El conjunto lo completa un “libro sonoro”, al que el lector accede a través de un código QR. Al otro lado, resuenan mareas, vientos mediterráneos, lluvias, campanas de iglesias y cantos de pescadores grabados por ella, por su pareja, el ingeniero de sonido Charles de Montebello, y por Ricardo Giraldo durante su propio viaje a Sicilia y a las islas Eólicas.

Pregunta. ¿Cuál es el principio de Principio, medio, fin?
Respuesta. Empecé a escribir la novela en un momento en que muchas cosas se estaban reconfigurando para mí, tres de ellas, fundamentales para mi práctica como escritora. La primera es la llegada del sonido a mi vida y de la grabación y la escucha como partes esenciales de mi proceso de prestar atención a las cosas. Empecé con eso en Desierto sonoro, aunque de una forma más teórica que real. En 2020, se concretó en el colectivo Ecos de las tierras fronterizas, de documentación de paisajes sonoros en la frontera México-Estados Unidos.
Segundo: mi vida familiar se reestructuró de una manera muy hermosa y nunca imaginada, porque esta casa se llenó de mujeres de mi familia de todas las generaciones. De pronto éramos ocho: mi madre, mis sobrinas, amigas que se divorciaban y pasaban un tiempo acá y luego se iban, mi hija, la perra Lola… Luego nació mi otra hija y nos vimos empujadas a reimaginar la vida con esta estructura familiar nueva. Empezaron muchas conversaciones sobre nuestra historia. Y comenzaron a circular los fantasmas del pasado. Sobre todo, mi abuela, que no es para nada la abuela de la novela, pero cuyas historias empecé a entender un poco más con la presencia de mis sobrinas, que le preguntaban cosas a mi madre. Mi mamá es muy discreta, y mis sobrinas son mejores que yo en sacarle cosas…
P. ¿Esa experiencia le hace descartar volver a la vida en pareja?
R. En absoluto. Pienso vivir con mi pareja uno de estos días, pero piano piano.
R. ¿Cuál fue la tercera transformación?
P. Una necesidad muy profunda de redefinir por completo mi relación cotidiana con la escritura. Durante mis treintas se fue modificando y deteriorando; se convirtió en una relación muy extractiva, muy destructiva, en la que le sacaba todo el jugo. Era una forma muy torturada y poco sostenible de seguir haciendo algo que es de lo poco que hago con absoluta pasión y devoción.
“Llega un momento en el que la vida te ha dado suficientes chingadazos como para replantearte preguntas importantes”
P. Solía escribir de madrugada…
R. Sí. Ahora me despierto antes de que salga el sol. Creo que también tiene que ver con la edad. Llega un momento en el que la vida te ha dado suficientes chingadazos o suficiente madurez o las dos cosas como para replantearte preguntas importantes, como tu relación con las cosas que te apasionan. La clave es la disciplina de despertarse temprano, y escribir un rato todos los días, antes de que empiece la marabunta de la casa. Luego sigo en la oficina.
P. La protagonista de su novela busca en la Wikipedia las historias amorosas de las grandes escritoras y descubre que abundan las que encadenan largas relaciones y se quedan con la tercera.
R. Creo que con la edad uno valora distinto las relaciones. La madurez trae menos prisa. Tal vez también la capacidad de darle mayor espacio al amor porque desaparece la angustia de que te estás perdiendo algo. El amor es un asunto raro y milagroso, como lo es la conversación profunda, la compañía verdadera o la solidaridad incondicional.
P. ¿Por qué los clásicos griegos?
R. Estudié filosofía en la UNAM [en México] y eso fue lo que más me apasionó. Platón, claro, pero sobre todo los presocráticos. Acabé por inercia tomando otra dirección que realmente no quería: filosofía analítica y filosofía política contemporánea. Así que los clásicos son mi gran deuda conmigo misma. Me quedé con ganas siempre de aprender griego antiguo. Lo volví a intentar hace unos años, pero todos mis compañeritos eran estudiantes de medicina de Harvard, e iban muy rápido. Yo era como la viejita del salón. Y reprobaba todas las pruebas. Este semestre me lancé a dar una clase [en NYU] sobre los presocráticos y nunca he sido más feliz que ahora.

P. ¿Y qué enseña?
R. Leemos sobre volcanes, mares, ríos, vientos, la luna… El curso trata sobre cómo conceptualizaban el origen del mundo Hesíodo, Heráclito, Tales de Mileto, Anaxímenes, Anaximandro y mi favorito, Empédocles. Las ideas de Empédocles son las que más han resistido al paso del tiempo. Concretamente, la teoría de los cuatro elementos, agua, tierra, viento, fuego, donde hay una fuerza que los une, el amor, y otra que los separa, la discordia. Con base en esa teoría en apariencia muy sencilla, escribió un poema febril y fascinante en el que describe la formación del mundo como un vórtice gigante, donde surgen los primeros humanos. Estaban incompletos: había brazos buscando torsos, cabezas buscando ojos. Me gusta esa idea de nuestro origen en un estado de incompletud y desmembramiento, de nuestra existencia como una búsqueda de juntarnos con algo más y de buscar completud. Por cierto, Empédocles supuestamente murió lanzándose al cráter del volcán Etna.
P. Sus libros siempre están atravesados por otros libros. ¿Necesita apoyarse en la lectura para escribir?
R. Creo que escribo no sobre lo que conozco, sino sobre lo que desconozco y me da curiosidad y quiero tratar de entender más a fondo. Algo que agradezco de la escritura es que siempre quedan umbrales sin terminar de cruzar. Cuando acabo una novela siempre hay cosas que me empecé a plantear y que no terminé de explorar tan a fondo como habría querido. En Desierto sonoro, nació en mí la curiosidad por el sonido. Principio, medio, fin sembró un amor profundísimo por la geología, la arqueología y la vulcanología. En eso estoy: sumergida en los volcanes, en tratar de entenderlos.
P. Quien haya escrito el texto de la contraportada define el libro como su “nueva obra”. ¿No es una novela?
R. Sí, claro que lo es. Lo cual no quita que yo sea tan ensayista como novelista. Durante muchos años tampoco supe si esta iba a ser una novela o un ensayo sobre cómo observar el mundo en el momento crítico en el que estamos, en el que tenemos una sensación del tiempo tan distinta a la de hace no tanto. Siento que estamos al final de un camino, comenzando un cambio civilizatorio profundo que nos hace sentir al borde del precipicio y la catástrofe, o también con la posibilidad de empezar de nuevo e imaginar formas nuevas. Eso es parte del corazón que late en la novela. Y también es el motivo por el cual están presentes en ella los antiguos; son las primeras personas que documentaron el mundo natural y se preguntaron por él. Nos parecemos a ellos, porque también tenemos enfrente un mundo no narrado, no explicado. Plinio el Joven documentó la primera explosión volcánica del mundo por escrito, la del Vesubio en el 79 después de Cristo. En ningún lugar de esa narración usa la palabra volcán. No los veían todavía; veían una montaña que de pronto se comportaba de modo extrañísimo. Nosotros también estamos ante una realidad que no entendemos.
P. ¿Cuáles serían los volcanes ahora?
R. El otro día les pregunté eso mismo a mis estudiantes. Una respondió que los glaciares, que se nos están yendo y no sabemos realmente qué pasa. Puede ser la exploración de aguas profundas y la peligrosísima avaricia de minar el mar. Pero también, aunque no es mi tema favorito, la inteligencia artificial (IA). Ese es el verdadero cambio de paradigma frente a nosotros.
P. ¿Por qué no le gusta? ¿Teme que acabe con su trabajo de escritora?
R. Pues es que pertenezco a otro siglo. Los antiguos sentían una curiosidad amorosa por el mundo natural. Yo más bien lo que siento es desconcierto y pánico por el mundo artificial. Pero no temo por la escritura literaria. Quienes nos dedicamos a esto, tanto a escribir como a leer, valoramos el proceso creativo y no solo el resultado. Y valoramos sobre todo el alma humana. A mí no me interesa saber qué dice un robot, me interesa saber qué piensas tú. La parte más básica del oficio creativo no la creo en riesgo, pero sí que tantas partes de nuestro delicadísimo ecosistema lo están: traductores, correctores, editores… Me preocupa sobre todo que a la generación más joven les empiecen a alentar en las escuelas el uso de inteligencia artificial y que les quiten el derecho a pensar libremente y por sí mismos.
“Escribo no sobre lo que conozco, sino sobre lo que desconozco y me da curiosidad y quiero tratar de entender más a fondo”
P. ¿Ha usado la IA para saber si para usted tiene alguna utilidad?
R. Nunca. Decidí en algún momento que tengo que ser como un viejito fundamentalista y nunca jamás usarla. Ahora pertenezco a un pequeño pero creciente colectivo de nerds, por el momento simplemente llamado Grupo Anti-IA. Nos reunimos a imaginar soluciones a los problemas que se nos vienen.
P. Debería saber que uno ya no puede emplear el guion largo sin despertar sospechas de que la ha utilizado.
R. No me extraña: la definición de las psicosis es no saber distinguir entre lo real y lo no real. Y es aterrador pensar que estamos todos en ese estado cuando vemos una pantalla. Por suerte, uno puede dejarlas y mirar mejor por la ventana, distraerse con una nube, observar a unos niños andando en patines.
P. ¿Es la distinción entre ficción y no ficción de esas que, como la de izquierda y derecha, ya no sirven?
R. [Risas] A mí esa distinción entre la ficción y la no ficción como tal no me interesa tanto. La cuestión es que la ficción se tiende a entender como la no verdad. Y eso tampoco es cierto. La ficción llega a la verdad por otros caminos.
P. Los periodistas siempre andamos interesados en cuánto hay de la verdad de la vida de los escritores en sus libros. ¿Le sucede lo mismo con los lectores?
R. Yo creo que todos compartimos esa curiosidad. Ahora bien, ¿nos ilumina algo sobre una obra saber qué sí y qué no es verdad? Creo que no.
P. Un ingrediente esencial de su libro son las reflexiones de su autora sobre la autoficción. Es una novelista que escribe usando “retazos de vida”, porque sino, no sabría “de qué más escribir”. Digamos que esta vez se ha puesto usted misma en esa tesitura…
R. En el fondo, todo lo que trata la ficción es verdad, su materia es la misma que la de la vida. Entonces, al final siempre se está lidiando con lo real.
P. Ella teme que su hija acabe creyendo que lo que su madre cuenta en los libros le pasó realmente a ella. ¿Está esa parte basada en hechos reales?
R. [Risas] No te voy a responder a eso. El tema de fondo ahí es cómo nos sirve la ficción para entender nuestras propias vidas. En uno de los cuentos que más me apasiona y más releo, La memoria de Shakespeare, de Borges, al personaje le es otorgada la memoria de Shakespeare. Y de pronto empieza a convivir su memoria con esa otra memoria torrencial de Shakespeare. Mi interpretación favorita es la de [Ricardo] Piglia. Dice que en realidad ese cuento es una metáfora de nuestra relación con la literatura en general. Lo que hacemos como lectores es tomar prestada la memoria de los otros. Nuestra relación con las personas, nuestra manera de amar y de convivir con una ciudad o con una casa, nuestras aspiraciones… todo está atravesado por las ficciones que leemos. Entonces, más allá de si es verdad o no, lo que me interesa más es el papel que desempeña la ficción en la trama de nuestras vidas.
P. En su última entrevista con Babelia, preguntada por los paralelismos entre Desierto sonoro y su vida personal tras separarse del escritor Álvaro Enrigue, dijo que siempre escribe sobre divorcios. ¿Qué los hace tan interesantes?
R. Es mucho más difícil escribir historias de amor, es bien sabido. Cuando sea más grande, más madura, y tenga más herramientas, juro que escribiré una gran historia de amor.

P. Su anterior novela la escribió en inglés y la dio a traducir. ¿Por qué esta no?
R. Esta la escribí en ambos idiomas. Siempre me he sentido y me seguiré sintiendo ligeramente extranjera en los dos. Muchas veces es frustrante. Pero también creo que esa extranjería es el motor mismo de lo que escribo.
P. Tuvo una infancia errante, debido a la profesión de su padre diplomático. ¿Eso le hace también sentirse extranjera más allá del idioma?
R. No me siento extranjera en Nueva York. Sí en Estados Unidos.
P. ¿Y en México?
R. Ahí está mi alma, mi raíz más profunda.

P. ¿Qué aprendió sobre su condición de mexicana o sobre su identidad al mudarse aquí?
P. Para mí, el cambio identitario más interesante y complicado de entender es el de haber llegado a Estados Unidos siendo latinoamericana, sintiéndome así toda la vida, porque crecí rodeada de comunidades de exiliados del Cono Sur, y mis amigos de infancia eran niños latinoamericanos y mis padres eran muy latinoamericanistas. Al llegar a Estados Unidos, antes de pasar por su brutal maquinaria identitaria, me consideraba no latina, sino latinoamericana. Pero ahora, después de 20 años y con una hija nacida en Estados Unidos, que es mitad africana y mitad mexicana, me he vuelto también latina. Mi padre siempre dice que hay que sumar y no restar. Y creo que está muy bien sumar identidades. Recuerdo que al poco de llegar aquí a estudiar el doctorado, en una conferencia, hablaron de García Márquez como “minority literature”. Y yo pensaba: ¿De qué chingados están hablando? ¿Desde cuándo somos minoría? Es enorme la ignorancia e insularidad de este país. Se olvidan que al sur del río Bravo hay 500 millones de cabrones que hablan español. Somos la mayoría en este continente, no la minoría.
P. Cuando empezó a publicar aquí… ¿sintió que esperaban de usted algo más próximo a ese estereotipo de la “minority literature” de lo que tenía que ofrecer?
R. Entonces, habían leído a unos pocos del boom y se habían saltado toda una generación. Y de pronto llegó [Roberto] Bolaño, como si hubiera habido nada en medio. Tras el éxito de Bolaño, hubo una explosión de traducciones, a la par de mucha mayor variedad de editoriales independientes surgiendo en países latinoamericanos. Ahora el panorama es mucho más rico. Cuando yo llegué a vivir a Estados Unidos y mi agente circuló Los ingrávidos, algunas respuestas eran que el libro no era suficientemente mexicano. Otras, que era demasiado cerebral, crítica que, por otra parte, siempre me han hecho, y que nunca le hacen a un hombre.
“Quienes nos dedicamos a esto, a escribir y leer, valoramos el proceso creativo. A mí no me interesa saber qué dice un robot”
P. La generación esa que dice que se saltaron trató de sacudirse esa herencia del boom. ¿Qué han tenido que sacarse de encima su generación de escritores o, mejor, de escritoras latinoamericanas que triunfan en este vasto mercado?
R. Los vetustos andamiajes patriarcales, claro, pero más en América Latina que aquí, donde la complicación ha sido más identitaria que de género.
P. ¿Teme retrocesos como los que estamos viendo en Estados Unidos desde el regreso de Donald Trump al poder?
R. Nunca hay que dar por hecho que nada está superado. No termina la lucha, porque unos pocos siempre van a tratar de controlar el pensamiento y apoderarse del discurso.
P. Hablando de Trump y esa cruzada suya por aprender a escuchar: ¿cómo hace para no dejarse llevar por la distracción de las noticias?
R. Pensando en los volcanes. Grabando paisajes sonoros submarinos. Leyendo a Plinio el Viejo. Dibujando con mi cría de cuatro años. Leyendo mucho y muy lento. Recordando que no nos podemos dar el lujo de la desesperación y la desesperanza. Es también una postura política no sucumbir a la tentación de la catástrofe
P. ¿Se siente más optimista ahora que, pongamos, hace seis meses, cuando la Administración de Trump parecía aún más imparable?
R. Algo, pero a veces no se sabe si menos aterrados o simplemente más acostumbrados, que es el gran peligro de vivir en formas del autoritarismo; acabas teniendo que normalizar las cosas, porque tampoco se puede vivir en un estado de emergencia todos los días. Es agotador. Lo cual no quita que no debamos volcarnos en la tarea de seguir construyendo espacios de belleza, de comunicación, filmando películas, escribiendo novelas. Dando clases. Siempre he tenido buenos estudiantes, pero ahora siento que hay una avidez en el aula por leer profundamente, pensar en problemas importantes, entrar de lleno y a saco. No es escapismo, sino una respuesta al vacío y el horror que sentimos. Estamos ávidos de llenar de sentido y de belleza nuestro nuestro mundo cotidiano. Creo que el espíritu humano vence por testarudez, por las ganas necias de que la vida sea un lugar hermoso, y si no siempre hermoso, por lo menos susceptible de seguir siendo imaginable.

Principio, medio, fin
Valeria Luiselli
Feltrinelli, 2026
A la venta el 6 de mayo
360 páginas, 21,90 euros
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