Muere el cineasta Adolfo Aristarain, puente cultural entre Argentina y España
Tenía 82 años. Su última aparición pública fue en 2024, al recibir la Medalla de Oro de la Academia de cine española



Buenos Aires – 26 ABR 2026 – 15:28 AST
“Lo mío siempre fue divertirme haciendo cine”, “me divierto como loco”, contaba Adolfo Aristarain, uno de los más destacados directores argentinos, poco antes de recibir la Medalla de Oro de la Academia de cine española en 2024. Fue su última aparición pública. Aristarain murió este domingo, a los 82 años, según confirmaron a EL PAÍS fuentes de su entorno.
“El cine es un oficio despiadadamente traidor para quien lo ejerce”, dijo al recibir la medalla. “Aunque uno intente esconder lo que uno es, tarde o temprano el director desnuda su alma sin quererlo en primer plano. El cine que uno hace es lo que uno es”, agregó. Su alma fue la de un hombre vitalista y sensible que conquistó a la crítica y al público por igual.
El director de clásicos como Tiempo de revancha (1981), filmada en plena dictadura militar argentina, Un lugar en el mundo (1992) y Martín (Hache) (1997) fue un puente cultural entre Argentina y España, que consideraba su país de formación, donde vivió entre 1967 y 1974 y con el que mantuvo un gran vínculo el resto de su vida.
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La Academia de cine española lo describió este domingo como parte de una “generación que vivió el cine”. “Se enamoraron de mujeres fantásticas, se sintieron héroes, pudieron mentir y asesinar sin castigo… El cine es parte de su vida, es real, no es ficción”, dijo la institución al despedirlo en un comunicado.
La muerte de este gran cronista de las injusticias sociales deja un vacío enorme en la cultura argentina. Ahonda una semana de luto para el cine nacional: el lunes murió el actor Luis Brandoni y al día siguiente, el cineasta Luis Puenzo.
“Íntegro, generoso y brillante”
Aristarain contó historias con actores de la talla de Federico Luppi, Cecilia Roth, José Sacristán, Mercedes Sampietro, Eusebio Poncela, Juan Diego Botto y Aitana Sánchez-Gijón, por citar algunos por los que sintió adoración. El sentimiento era recíproco. “Lo dabas todo, Adolfo Aristarain. Qué vacío tu ausencia. Cuánto duele”, lo despidió en X Cecilia Roth.
“Adolfo era un tipo único, inquebrantable, insobornable, íntegro, generoso y brillante”, tuiteó Botto. “Si existiera un cielo para los ateos, me gustaría imaginar que esta noche Adolfo entrará en un bar celestial para tomarse un whisky con Luppi y Poncela, gente a la que él quiso”, agregó.
Botto recordó que al haberle preguntado qué quería contar en Martín H, el director movió el vaso de whisky que tenía en la mano agitando los hielos, se tomó un segundo para pensar y dijo: “Mi película habla de que merece la pena vivir por la gente que queremos”.
Cinéfilo voraz desde niño
Nacido en Buenos Aires el 19 de octubre de 1943, Aristarain fue un cinéfilo voraz desde su infancia. Del colegio Devoto se iba al cine, cada día, para ver dos o tres películas. Admirador de John Ford y de Alfred Hitchcock y autodidacta, tuvo un primer acercamiento al séptimo arte como montador, sonidista y ayudante de producción. Hacía lo que hiciera falta con tal de ver de cerca cómo se hacían los largometrajes y ser parte de ellos.
















El trabajo de ayudante de dirección lo comenzó en Buenos Aires y pronto lo continuó en Madrid. Estuvo a las órdenes de Mario Camus en Digan lo que digan, estrenada en 1968, y a partir de ahí, animado por el auge de la industria del spaghetti western, se trasladó a Almería. Asistió también a Vicente Aranda, Sergio Leone, Lewis Gilbert, Gordon Flemyng y Sergio Renán.
Aristarain regresó a su ciudad natal en 1974 y debutó como director cuatro años después con La parte del león. Fue la primera de una filmografía en la que combinó el suspenso y la trama policial con una mirada crítica sobre la realidad y que lo convirtió en uno de los grandes nombres del cine argentino.
“Mis películas tenían un objetivo claro, que era muy visible en La parte del león o en Tiempo de revancha: atacar al capitalismo, que es un sistema que considero salvaje. Hoy pienso lo mismo, este sistema nos destruye sin la más mínima piedad y hay que cambiarlo, no queda otra. Hay pequeñas modificaciones que fuimos viendo para mejor en América Latina, muy prometedoras, pero el sistema te sigue apretando”, dijo en 2013, con motivo de una retrospectiva sobre su obra en el festival de cine Bafici.

Aristarain fue también guionista. Firmó obras en colaboración con uno de sus maestros, Mario Camus, y con Kathy Saavedra, presente en casi todas sus historias y a quien atribuye no haber caído en la sensiblería.
En su último largometraje, Roma, construyó una ambiciosa épica generacional y, a la vez, un pequeño retrato de una relación madre-hijo marcada por el amor, la lealtad y la tragedia. La película tendía puentes entre los valores de aquella generación derrotada que quiso cambiar el mundo en los setenta y los jóvenes de principio del siglo XXI.
Aunque no volvió a rodar desde entonces, nunca se consideró retirado. En su última entrevista con EL PAÍS, Aristarain contó que le habían ofrecido varios proyectos, pero se ha había negado por carecer de libertad para rodarlas —como una película sobre el Papa— o por dificultades para conseguir financiación. Los problemas de salud, como la operación a corazón abierto a la que se sometió en 2019, terminaron por frustrar otras ideas.
En 2024, cuando recibió la Medalla de Oro, Aristarain criticó el “desprecio por el cine” mostrado por el Gobierno de Javier Milei, que ha desfinanciado el Instituto nacional de cine y artes audiovisuales, pero dejó un mensaje optimista: “El cine resurgirá. No lo van a matar”. Sus películas quedan como una fuente inagotable de emoción y reflexión para los espectadores.
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