60 días de conflicto: la guerra de Trump en Irán ya es tan impopular como la de Vietnam
El presidente estadounidense, que ha rechazado este viernes la tercera propuesta de paz de Teherán, ha declarado terminadas las hostilidades para evitar el veto del Congreso



Washington – 01 MAY 2026 – 14:55 AST
Malas noticias para Donald Trump, el presidente estadounidense, que este viernes ha descartado la nueva propuesta de paz de Teherán y ha abierto la puerta a que el conflicto vuelva a intensificarse. Su guerra contra Irán, muy impopular desde el estallido hace dos meses, ya es ahora tan tóxica como las de Irak en su peor momento, en 2006, o de Vietnam en los años setenta. Así lo indican las encuestas cuando este viernes se cumplen 60 días desde que, el 2 de marzo, el Gobierno republicano informó al Congreso formalmente del inicio de las hostilidades el 28 de febrero.

Según la legislación estadounidense, al alcanzarse este plazo la Administración tiene que pedir permiso al Capitolio -la única institución a la que la Constitución estadounidense otorga la potestad de declarar una guerra- para continuar el conflicto o, de lo contrario, ponerle fin. Pero este viernes, Trump ha tirado por la calle de en medio.
En sendas cartas al presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, y al líder de la mayoría republicana en el Senado, Chuck Grassley, ha declarado que la tregua vigente desde el 8 de abril implica que “las hostilidades” “han terminado”. Por ello, no le hace falta pedir autorización alguna al Legislativo, y esa misiva -considera- le basta para cumplir sus obligación legal. “No ha habido intercambios de fuego entre las fuerzas de Estados Unidos y de Irán desde el 7 de abril”, afirma el mandatario. “Las hostilidades que comenzaron el 28 de febrero han terminado”.
La guerra ha entrado en su tercer mes en un punto muerto casi absoluto desde la proclamación del alto el fuego el 8 de abril. Irán mantiene bloqueado el estrecho de Ormuz desde el principio del conflicto, y Estados Unidos ha impuesto durante el alto el fuego su propio cerrojazo a los puertos iraníes —un acto de guerra—. Tras el fracaso de la primera ronda de negociaciones entre ambas partes en Islamabad (Pakistán) y la cancelación de la segunda, Teherán ha presentado este viernes formalmente a través de los mediadores paquistaníes su tercera propuesta de paz, aunque ha recibido la misma acogida: un no presidencial desde Washington.
En su primera reacción a la nueva propuesta iraní, Donald Trump no ha dado lugar al optimismo: “[Teherán] quiere llegar a un acuerdo, pero [lo que propone] no me satisface, así que veremos qué es lo que ocurre”. Y ha abundado: “Quieren llegar a un acuerdo, pero no están ahí. No están a la altura: es como si se acercaran, pero entonces entra un nuevo grupo de personas” a negociar. El republicano también ha sostenido que el régimen teocrático está profundamente fragmentado, algo que no facilita la conversación, en unas declaraciones en los jardines de la Casa Blanca cuando se disponía a emprender viaje a Florida, donde pasará el fin de semana.

Según el mandatario, Irán “está pidiendo cosas” con las que no puede estar de acuerdo. No ha precisado cuáles, pero a lo largo de las conversaciones en este conflicto y en las rondas previas de negociación —y en los contactos con las administraciones del primer Trump y el demócrata Joe Biden—, Teherán siempre ha exigido el levantamiento de las sanciones internacionales a cambio de cualquier concesión por su parte.
Trump también ha asegurado que las negociaciones siguen adelante, aunque no en persona, sino por teléfono. El presidente estadounidense declaró en días anteriores que no tiene sentido viajar hasta Islamabad, donde se celebró la primera ronda de negociación de esta guerra. También ha destacado que el conflicto se solucionará de dos posibles maneras: “O les hacemos saltar por los aires o logramos un acuerdo”.
El republicano se reunió el jueves con el general Brad Cooper, al frente del Comando Central de las fuerzas estadounidenses, para examinar posibles opciones militares con las que intentar presionar a Teherán a que acepte las condiciones estadounidenses y renuncie a su programa nuclear. Pero el régimen teocrático no da señales de ceder, ni los analistas consideran que la fuerza armada vaya a hacerle cambiar de posición. En este contexto, el republicano ha defendido el bloqueo estadounidense de Ormuz: “Ha sido increíblemente potente. Algo increíble. Si nos retirásemos ahora mismo, habríamos logrado una gran victoria. Pero no vamos a hacerlo”.
Mientras la guerra se alarga, un sondeo que publican The Washington Post y la cadena de televisión ABC revela que el 61% de los estadounidenses piensa que haber recurrido a la fuerza militar contra Irán ha sido un error, una cifra similar al 59% que en mayo de 2006 consideraba la guerra de Irak una equivocación. En 1971, otro sondeo de Gallup apuntaba que un 60% de los consultados tenía la misma opinión sobre el conflicto que entonces se libraba en Vietnam.
Las opiniones están claramente divididas según el partido o la visión política de los consultados. Un 79% de los que se identifican como republicanos considera la guerra una buena idea. En cambio, nueve de cada diez demócratas creen que ha sido una decisión desastrosa, una opinión que comparten el 71% de los independientes y solo un 19% de los republicanos. Otra consulta similar que ha publicado la agencia Reuters a comienzos de esta semana indicaba que solo el 34% de los votantes apoya la guerra, frente al 38% que lo hacía en los primeros días de bombardeos.
Expira el plazo legal para los combates
El sondeo se publica el día en que se han cumplido 60 desde que el Gobierno informó al Congreso formalmente del inicio de las hostilidades. La legislación estadounidense obliga a la Administración a solicitar al Legislativo permiso para continuarlas al finalizar ese plazo, o a terminar con el conflicto. La Casa Blanca y sus asesores habían venido dejando claro en los últimos días que no se sienten vinculados por esa regla, y alegaban que la guerra ya acabó cuando se aprobó el alto el fuego del 8 de abril. En aquel momento, Trump declaró que duraría un par de semanas, pero ha acabado prorrogándolo indefinidamente.

La oposición demócrata niega la interpretación del Gobierno. También lo hace la senadora republicana Susan Collins, que el jueves se sumó a la bancada del partido rival para votar a favor de una resolución —derrotada en el Senado— para impedir que Trump pudiera continuar la guerra en Irán. “El plazo [de 60 días] no es una sugerencia, es un requisito”, apuntó Collins. “La continuación de las acciones militares contra Irán tiene que tener una misión clara, objetivos obtenibles y una estrategia definida para poner fin al conflicto”.
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La vida bajo el frágil alto el fuego en Teherán: “La guerra fue aterradora, pero lo que me preocupa hoy es subsistir”
El cese de las hostilidades que rige desde principios de abril ha dado una tregua a la población, asfixiada ahora por una desorbitada subida de los precios y temerosa de una posible reanudación del conflicto

Aresu Eqbali
Teherán – 01 MAY 2026 – 23:30 AST
Afra experimenta un sentimiento de alivio y de aprecio por la vida cada mañana, cuando despierta en Teherán y comprueba que el alto el fuego entre Estados Unidos e Irán, en vigor desde el 8 de abril, todavía se mantiene. “Gracias a Dios, la guerra no ha recomenzado”, es el primer pensamiento de esta mujer de 31 años.
Cuando comenzaron los ataques aéreos de Estados Unidos e Israel el 28 de febrero, Afra aún estaba traumatizada por la represión y las muertes de las protestas de enero, motivadas originalmente por la difícil situación económica. Esas dificultades financieras siguen presentes hoy, agravadas todavía más por la guerra. Lo que más ansía ahora esta mujer es dejar de sufrir cada día los estragos de una inflación galopante.
Las personas entrevistadas para este reportaje comparten ese sentimiento de asfixia económica y muestran sus reservas a la hora de expresar sus opiniones políticas. Finalmente, una parte decide bien no responder a las preguntas de esta periodista, bien pedir que ni su nombre completo ni su fotografía sean publicados.

Afra explica que tenía pensado comprarse un coche que costaba 7.000 millones de riales en enero, unos 4.500 euros. Ahora, se vende a más del doble. “Era un desafío para mí comprarme ese coche a plazos. Hoy es una misión imposible”, explica.
Mientras las conversaciones entre Estados Unidos e Irán atraviesan numerosos altibajos y planea la amenaza de una reanudación de las operaciones militares, la moneda iraní baila al son de los vaivenes negociadores y la población acusa el golpe. La tasa anual de inflación se situó en el 53,7% al final del primer mes del calendario iraní, que terminó el 20 de abril. Pero solo en esas cuatro primeras semanas, los precios subieron un 73,5%, según las cifras oficiales.
La guerra también obligó a Afra a cerrar su gimnasio, su fuente de ingresos, entre el 10 al 23 de marzo. Cuando reabrió, muchos clientes no regresaron, ya que los cazas estadounidenses e israelíes seguían surcando el cielo de la capital.
Ahora ya no salimos ni invitamos a nadie a casa. Nos juntamos con los amigos después de cenar para que nadie sienta la presión económica de tener que gastar en comidaAfra, habitante de Teherán
Desde el inicio de la guerra y argumentando razones de seguridad, las autoridades dejaron al país [de unos 90 millones de habitantes] sin internet. Las personas que suministran ilegalmente una conexión VPN cobran “tarifas desorbitadas”, explica Afra, que no puede hacer frente a ese costo, al igual que la mayoría de los jóvenes iraníes o de los emprendedores con negocios modestos. En su caso, la página en Instagram de su gimnasio era su principal herramienta para darse a conocer.
En estas últimas semanas, esta mujer ha pasado por momentos muy difíciles en medio de los bombardeos que tenían por blanco a los principales líderes de la República Islámica, así como a altos mandos militares e instalaciones militares, nucleares, industriales y energéticas. “Cuando bombardearon cerca de nuestro barrio, cerré el gimnasio de inmediato. Los clientes salieron corriendo tal y como estaban, medio desnudos, asustados y gritando”, recuerda Afra.

En ese momento, tuvo la certeza de que la guerra iba a cambiar su vida. “Ahora ya no salimos ni invitamos a nadie a casa. Nos juntamos con los amigos después de cenar para que nadie sienta la presión económica de tener que gastar en comida”, explica. Porque antes, pedir dos pizzas y dos raciones de patatas fritas costaba 15 millones de riales, algo menos de 10 euros, y ahora se necesitarían 12 millones para comprar solo una pizza y una ración de patatas fritas.
Los problemas económicos atenazan a la población. Con motivo del 1 de mayo, Alireza Mahjoub, secretario de la Cámara de Trabajadores, declaró en la televisión estatal que los salarios deberían incrementarse mensualmente visto el nivel de inflación. “No podemos esperar un año. Los salarios no bastan para cubrir los gastos de subsistencia”, dijo.
Por otra parte, ha habido un incremento del número de despidos en las últimas semanas, argumentando las crecientes dificultades vinculadas a la guerra, aunque los responsables de los trabajadores recuerdan que la situación económica ya era complicada antes de la guerra.
“Hay autoridades que hablan como si la gente no tuviera graves problemas económicos ni pasara hambre. Nuestros trabajadores y jubilados no tienen casas ni coches de lujo y aguantan una presión extrema con un nudo en la garganta”, dijo el vicesecretario de la Cámara de Trabajadores, Hassan Sadeghi, en declaraciones publicadas por la agencia oficial ILNA.
Atrapados entre los intereses políticos
En las calles de Teherán las tiendas y los cafés están abiertos y reciben abundantes clientes. Más allá de las manifestaciones que se organizan prácticamente cada tarde y congregan a algunos centenares de personas en apoyo a los líderes de la República Islámica, en la capital reina una aparente normalidad, aunque la huella de los bombardeos de las últimas semanas está presente en los edificios agujereados por los proyectiles, algunos de ellos en ruinas.
“Estoy harta de Trump. Él no pensó que le iba a costar tanto y se la jugó. Los políticos velan por sus propios intereses y la gente normal se queda atrapada en el medio”, dice Arefeh, una diseñadora de joyas de 30 años, que asegura tomarse con humor las dificultades de la vida.
Desde que comenzó la guerra, la mujer ha intentado domar el miedo y explica que por la noche, con su marido, apostaban sobre el tipo de munición que oían y los lugares tomados como blanco para intentar tranquilizarse. “¿Un B2 [el bombardero estadounidense]? No, creo que era un misil… Apuesto a que fue en la plaza Tajrish… ¿Eso es el ruido de un dron o la moto de un repartidor?“.
Arefeh admite que se sorprendió al comprobar “el gran número de misiles que tenían Irán”. “¡No teníamos ni idea!“, exclama. “Solo queremos una vida normal y tranquila. Recuerdo la historia de una niña que sobrevivió a un bombardeo que proyectó a sus padres y a su hermano fuera de la casa. No se encontraron los cuerpos de ninguno de ellos”, dice, indignada, Arefeh.
Los políticos velan por sus propios intereses y la gente normal se queda atrapada en el medioArefeh, habitante de Teherán
El aumento del precio de la materia prima para su negocio hace que seguir con su trabajo se torne muy difícil. “Mi taller de joyería ha cerrado. El estudio de mi marido ha cerrado. Mi trabajo depende en gran medida de internet. Y el de mi marido también”, lamenta.
Afortunadamente, había comprado plata meses atrás, ya que el precio del gramo se ha disparado de 2,5 millones de riales antes de la guerra a los 10 millones actuales y puede seguir realizando algunos encargos.
“La noche en que Estados Unidos anunció que iba a bombardear las centrales eléctricas, limpiamos y pasamos el aspirador, lavamos toda la ropa y luego nos dimos un buen baño”, recuerda. Además, la pareja también cargó todas las baterías portátiles y teléfonos antes de acostarse, para estar preparados frente a un apagón masivo.
Alimentos básicos
Irán sigue bloqueando el estrecho de Ormuz en respuesta al bloqueo naval estadounidense de las exportaciones de su petróleo, el principal sustento económico de Teherán. Las consecuencias se dejan sentir en la vida diaria de ciudadanos como Hamidreza, que tiene un comercio online y vive en Teherán: “La guerra fue aterradora, pero lo que me preocupa hoy es subsistir en medio de esta inflación”, asegura, explicando cómo el precio de los alimentos básicos sube de la noche a la mañana. Una botella de aceite de cocina cuesta 17 millones de riales (11 euros) un día y al día siguiente, cuando fue a comprarla, ya se vendía a 18 millones.
Hamidreza tiene un negocio con un socio en Bélgica. A pesar del respiro que ha supuesto la tregua, no ha podido volver a ponerse en contacto con él porque no tiene conexión a internet. “Nuestros familiares en el extranjero ni siquiera podían saber si estábamos vivos porque las líneas de teléfono estaban cortadas y las llamadas internacionales no funcionaban”, recuerda. Hace solo unos meses, Hamidreza ahorraba su dinero en dólares o euros para preservar su valor. “Ahora, nada”, se resigna.
“Estoy enfadado con quienes empezaron la guerra. A la vez, tengo sentimientos encontrados. Me pregunto si alguna vez ocurrirá algo inesperado que beneficie a todos, pero tampoco lo veo probable”, concluye, sin querer ir más allá en su punto de vista sobre la guerra y las autoridades de Teherán.
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Los países petroleros de fuera del Golfo hacen caja con la crisis de Ormuz
A los mayores precios de venta se suman aumentos modestos de la producción que ayudan a cubrir el boquete global abierto por la guerra. Estados Unidos y Rusia, entre los beneficiados


Madrid – 01 MAY 2026 – 23:45 AST
La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha sumido al golfo Pérsico en una sequía económica sin precedentes. La región del planeta que más combustibles pone ―ponía― en el mercado se está teniendo que conformar con exportar una pequeñísima parte de lo que comercializaba antes del 28 de febrero: lo poco que pueden vender por oleoducto Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos e Irak. El resto ―entre ellos, varios nombres esculpidos en bronce en el imaginario fósil: Kuwait, Baréin o Qatar― han pasado de hacer dinero a manos llenas a no poder colocar prácticamente ni un solo barril de petróleo ni un megavatio hora de gas natural.
Las consecuencias de este parón forzoso son infinitas. Una drástica caída en su renta energética. Crecientes dificultades para almacenar lo que se extrae y no se puede vender: los tanques están llenos y los pozos están teniendo que cerrar temporalmente, con potentes interrogantes sobre el impacto de esta medida a medio y largo plazo. Preocupación sobre el suministro en las principales regiones importadoras, con Asia y Europa a la cabeza. Y también una ocasión de oro para el resto de países petroleros, para quienes se abre una oportunidad de hacer caja antes de que llegue lo inexorable: el ocaso definitivo de su negocio.
Estados Unidos, Canadá, Brasil y también la Rusia de Vladímir Putin, los únicos nombres ajenos al Golfo que se cuelan en el Olimpo mundial de productores de crudo, están aprovechando el fortísimo estirón de los precios, que en un abrir y cerrar de ojos han pasado de 70 a 120 dólares por barril. También lo están capitalizando, y de qué manera, Kazajistán, Noruega, Nigeria, Libia, Argelia, México, Venezuela, Argentina u Omán, que sí tiene salida directa al océano Índico. Y Guyana, que pasará a la historia como protagonista del último milagro petrolero mundial al haber esquivado la recesión en el año de la pandemia.
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Frente al desplome de la producción de quienes sufren el embudo de Ormuz, todos los nombres citados han aumentado o, al menos, mantenido sus bombeos en marzo, según los datos de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) y de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Con saltos particularmente reseñables. Estados Unidos y Kazajistán están poniendo en el mercado alrededor de medio millón de barriles diarios más que en febrero: 60 millones de dólares (51 millones de euros) de ingresos adicionales cada jornada. Aunque golpeada por los recientes ataques de Ucrania sobre sus infraestructuras energéticas, Rusia ha elevado su techo de extracción en casi 300.000 barriles al día. Venezuela, con sus propias particularidades, que son muchas, en 120.000. Brasil, en 100.000. Canadá, en 70.000.
Con todo, el margen para capitalizar la oportunidad es relativamente bajo desde el punto de vista del aumento de la producción. Por tiempos ―la técnica de los pozos no es precisamente sencilla, y el grifo no se abre o se cierra de la noche a la mañana― y porque la mayor capacidad ociosa está en el golfo Pérsico y no fuera de él.
Estas alzas combinadas de producción en los países petroleros ajenos a Ormuz son relevantes, pero insuficientes para llenar el boquete dejado por el cierre de ese estrecho que da entrada y salida al Golfo. La propia AIE calcula en unos ocho millones de barriles diarios, algo menos de la décima parte del consumo total. Según sus cálculos, en las primeras semanas de clausura por parte de Irán, por el estrecho pasaron de transitar 20 millones de barriles al día a algo menos de cuatro. Con el doble candado estadounidense, tienden prácticamente cero, lo que agudiza la escasez global.
“El beneficio es particularmente claro en el caso de los países petroleros latinoamericanos y en el de varios africanos: Nigeria, Congo, Angola o Argelia”, subraya Gian Maria Milesi-Ferretti, durante muchos años detrás del gran estudio semestral del Fondo Monetario Internacional (FMI) y hoy investigador en la Brookings Institution. “Al sector petrolero de EE UU y de Canadá también le está viniendo bien, pero ahí el efecto neto no es tan evidente porque los precios altos de los carburantes golpean a sus consumidores”, añade por teléfono. Los datos de balanza por cuenta corriente recién publicados por el Fondo refrendan ese cuadro general, con mejoras particularmente acusadas en tres casos: Guyana, Argelia ―por el gas― y Venezuela.
El regreso a la normalidad del sector fósil tras la crisis de Ormuz, augura Milesi-Ferretti, “va a llevar mucho más tiempo del previsto, y eso lleva a pensar que la oportunidad para los países exportadores de petróleo y gas se va a extender más en el tiempo”.
Previsiones al alza
Frente a los avisos generalizados de recesión en los países importadores si el tapón de Ormuz no se resuelve pronto y ―consecuencia directa― la crisis energética va a mayores, el FMI acaba de pintar un cuadro bien distinto para los exportadores netos de petróleo y derivados que no se ven afectados por el cerrojazo de Ormuz.
El organismo que dirige Kristalina Georgieva elevó en abril la previsión de crecimiento en 2027 de EE UU ―que se asienta, además, como primer exportador de gas licuado del mundo, aprovechando que Qatar está fuera de juego―, Rusia ―que recibe un inesperado balón de oxígeno en plena crisis―, Kazajistán, México o Nigeria, llamada a ser una de las mayores beneficiadas en el continente africano. Brasil también crecerá más de lo previsto en 2026.
Ocasión para los refineros
Empresas al margen ―como en 2022 y 2023, las petroleras se están haciendo de oro―, la segunda oportunidad de capitalizar el cierre de Ormuz es para los países que cuentan con una mayor capacidad de refino, el proceso industrial que convierte el crudo en diésel, gasolina, queroseno para aviones o fuelóleo para el transporte marítimo. En especial, para aquellos enfocados en la exportación y que no tenían como primer proveedor a los países del golfo Pérsico, sino que dependen de su propia capacidad de extracción: de nuevo, Estados Unidos y Rusia.
Tanto el país norteamericano como el euroasiático cuentan, además, con una notable capacidad de refino de los llamados destilados medios, una gama de carburantes que va del gasóleo al queroseno, donde se concentra el mayor cuello de botella de esta crisis y que se ha visto particularmente afectada por el cierre de instalaciones en los últimos tiempos.
El otro potencial ganador en el flanco es la India, que aunque se las está viendo y deseando para garantizar el suministro interno de gas licuado del petróleo (GLP, muy usado en sus cocinas) cuenta con una potente red de refinerías orientada al diésel y al combustible de aviones. En marzo, último mes para el que hay cifras, ya disparó en un 20% sus exportaciones. Su ventaja competitiva, sin embargo, es menor: aunque sus costes de refino son bajos, el grueso del petróleo con el que alimenta estas instalaciones procede del exterior. De Rusia, en gran medida, pero también de Oriente Medio. Una vía, esta última, muerta por la gracia de Donald Trump.
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El año tóxico de Donald J. Trump
El camino que se despliega ante el republicano está cargado de nubarrones. Las negociaciones con Irán están congeladas. No hay forma de destrabarlas sin hacer importantes concesiones a los ayatolás o escalar la guerra

Para Donald J. Trump, 2026 era un año lleno de promesas. Comenzó en la madrugada del 3 de enero con una espectacular lluvia de fuego sobre Caracas. Luego de meses de expectativa por el despliegue de la flota en el Caribe, la captura de Nicolás Maduro le anotaba un punto al demostrar la capacidad de su ejército para triunfar en misiones complejas. Ese mismo día anunció una nueva era de la Doctrina Monroe. El hard power estaba de vuelta. Pero había algo más importante: la perspectiva de arrancar un año electoral con el pie derecho, administrar con cautela ese éxito y tratar, mientras tanto, de enderezar la economía de cara a las elecciones de medio término en noviembre.
Pero, en realidad, no era su mejor enero. A mediados de mes, habían comenzado en Minnesota multitudinarias protestas ciudadanas en una abierta revuelta contra su política migratoria. A miles de kilómetros, en Davos, se produjo otra escena reveladora. El primer ministro canadiense, Mark Carney, afirmó que el viejo orden internacional basado en reglas había muerto y el mundo entraba en otro nuevo, regido por la coerción de las grandes potencias. Para sobrevivir había que organizar a las potencias medianas. Lo dijo ante multimillonarios y jefes de Estado –con Trump en el mismo evento– y recibió una estruendosa ovación que dejó en evidencia a su vecino como fuerza motriz de esa demolición.
Así pasaron algunas semanas. En el discurso de la Unión, Trump se jactó de haber llevado a su país a una nueva Edad de Oro en la que la inflación caía en picada, había gasolina barata, una reducción del tráfico de drogas desde el sur superior al 50% y una inmigración “ilegal” en niveles irrisorios. Extramuros, Estados Unidos dominaba la escena global con una política de “paz mediante la fuerza”. Aún en ese momento, 2026 podía parecer un annus mirabilis. Pero la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha vuelto humo su grandilocuente fantasía de una Edad de Oro.
La gestión de Trump tiene hoy un 67% de rechazo entre los estadounidenses. Su gabinete se ha visto plagado de escándalos y parece moverse en pleno caos, con despidos y nombramientos intempestivos. El movimiento MAGA, que lo ha acompañado contra viento y marea, ha comenzado a fragmentarse en una miríada de facciones, algunas de las cuales libran una guerra frontal contra él. La semana pasada sufrió un tercer atentado contra su vida. Unos días después, Carlos III, rey de Inglaterra y cabeza de la nación que ha sido el mayor aliado histórico de Estados Unidos, dejó caer críticas veladas que iban desde la separación de poderes hasta el cuidado del medio ambiente pasando por la guerra en Ucrania y la necesidad de preservar a la OTAN. Con flema británica, Carlos III subrayó ante el Congreso la importancia de las tradiciones democráticas, jurídicas y sociales. Fue una pulla transparente contra el ego de Trump. Podría traducirse así: el poder ejecutivo debe aceptar vivir rodeado de límites: gobernar no es reinar: un presidente no debe comportarse como un monarca ni aspirar a ser coronado.
Aunque la visita debía ser una tregua en medio de un diluvio de malas noticias, culminó con una imagen incómoda: la primera dama visiblemente tensa en una gala, tratando de zafarse de su marido.
El camino que se despliega ante Trump está cargado de nubarrones. Las negociaciones con Irán están congeladas. No hay forma de destrabarlas sin hacer importantes concesiones a los ayatolás o escalar la guerra, algo que la mayoría de los estadounidenses no quiere. De manera que lo más probable es que los precios del petróleo se mantengan por encima de los 100 dólares durante un buen tiempo, lo que recalentará el descontento. El canciller alemán, Friedrich Merz, le dio otra estocada esta semana al afirmar que Estados Unidos no tiene estrategia de salida en este conflicto. Y remató: “Toda una nación está siendo humillada por el liderazgo estatal iraní”. La amenaza de Trump de retirar las tropas estadounidenses de Alemania en represalia por la crítica de Merz es tristemente típica y típicamente infantil. Cuando no hay estrategia, la improvisación manda.
Poco antes de morir, el reconocido estadista Joseph Nye, quien acuñó el término soft power, afirmó en una entrevista con EL PAÍS que Trump podía “acabar con el atractivo global de Estados Unidos”. Se refería a todo lo que un imperio como America puede obtener de los otros por las buenas, sin recurrir a la fuerza: su poder de seducción. Esa predicción es hoy un hecho. En un año y medio de gobierno, el presidente ha alienado relaciones con muchos de sus aliados históricos, destruido el aprecio del que gozaba su país entre muchas naciones y debilitado su posición como referente de un sistema que, con todas sus asimetrías y defectos, impedía que el orden internacional se rigiera solamente por la ley del más fuerte. Perder el poder blando hace al poder duro menos tolerable.
Recientemente, un artículo de Andreas Kluth en Bloomberg llamaba la atención sobre esta pérdida del poder blando. Para Kluth, ha habido un repliegue de la influencia de Estados Unidos en campos como la educación superior y las industrias del entretenimiento y la tecnología, como Hollywood y Silicon Valley. Ese poder blando, a través del cual el país del Tío Sam dominó la escena mundial por décadas, encuentra hoy rivales de enorme peso en Europa y Asia que ganan terreno cada día en la carrera por moldear “las nociones globales de lo bueno y lo malo, de lo que es vanguardia y lo que está atrasado”. La clave del cambio de imagen de Estados Unidos es un gobierno que ha logrado despalillar el enorme capital simbólico y cultural del que su país gozaba.
“Muchas de estas tendencias –sostiene Kluth– son anteriores al segundo mandato de Trump, pero se están acelerando por su causa. No existe una buena medida del poder blando, pero las que hay sugieren que Estados Unidos lo está perdiendo más rápido que cualquier otra nación. La marca de Estados Unidos antes era ‘cool’. Cada vez más, se está volviendo tóxica”.
Todo lo anterior se acelerará aún más debido a la imagen de decadencia que proyecta Trump ante el mundo.
Si su año comenzó el 3 de enero, podría terminar de manera abrupta el 10 de noviembre, con las elecciones de medio término. Las encuestas más confiables indican que los republicanos podrían perder ambas cámaras. Lo que prometía ser un annus mirabilis se perfila cada vez más como un annus horribilis.
Dentro y fuera de su país, Trump ha dejado de ser solo un líder polémico y un bully pendenciero para convertirse, a ojos de muchos, empezando por su propio partido, en algo más simple y peligroso: un activo tóxico.
Nada está escrito en piedra, desde luego. Si algún político ha gozado de una suerte casi sobrenatural, ese es Trump. Más de una vez ha renacido de sus cenizas. Pero incluso la mejor de las suertes tiene un ciclo. Y todo indica que el suyo empieza a agotarse.
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