El expolio del Museo del Prado, el expolio de España
Los expertos achacan la pérdida de miles de obras del patrimonio nacional durante siglos a la indiferencia, pobreza, incultura y falta de interés, y a los gobernantes corruptos y los expoliadores



Madrid – 09 MAY 2026 – 23:30 AST
La existencia del Museo del Prado es un milagro. En 1870, bajo el Gobierno de Juan Prim y, más tarde, el reinado de Amadeo de Saboya, el erario español vivía en la insolvencia absoluta. Y la miseria era una forma de vida. ¿Qué hacer? Vender aquello que no importa. O sea, las pinturas que perecían por ignorancia. Se ofreció a Otto von Bismarck (1815-1898), creador de la gran Alemania, la colección del Prado, con todas sus obras maestras, a cambio de la condonación de la deuda. Bismarck respondió que era incapaz –pese a su apodo de Canciller de Hierro– de dejar a España sin sus tesoros. “No había dinero, pero tampoco interés por algo que no interesaba conservar, que apenas nadie valoraba, y por los que se pagaban, a veces, cantidades que salvaban de la ruina a quienes los poseían: aristócratas, alta burguesía y la Iglesia”, aclara Manuela Mena, historiadora del arte y referencia mundial en Goya. Ni a quienes tenían fondos les importó el patrimonio artístico.
Este texto es la mezcla de diversas fuentes, las cuales se entrelazan y demuestran un esfuerzo increíble por recuperar una historia, cuya lectura debería avergonzar a los españoles. Libros como Antecedentes de un expolio: testimonios británicos sobre la primera retirada del rey José de Madrid (julio-diciembre 1808), de Rocío Coletes; Recuperación visual del patrimonio perdido. Conjuntos desaparecidos de la pintura sevillana de los Siglos de Oro, firmado por Enrique Valdivieso (1943-2025); Saqueo del tesoro religioso de España (1948), o el imprescindible Dispersión y destrucción del patrimonio artístico español (2007), de Francisco Fernández Prado, dibujan una nación ignorante, pobre, codiciosa, incapaz de hacer respetar sus propias leyes. E inútil –por la desidia absoluta– para exigir la repatriación de las obras expoliadas por ladrones extranjeros y nacionales: cientos arrancadas de los altares, iglesias, sacristías, cortadas a cuchillo de los bastidores en los museos o robadas por la fuerza.
Hoy visitan el Prado 3,5 millones de personas y el aforo se ha convertido en un problema. En 1957, cuando un genio del cine, Víctor Erice, llegó a Madrid a estudiar, apenas había 50 personas en sus salas y “podía contemplar a solas, durante 45 minutos, Las meninas de Velázquez”, recordaba el cineasta hace unas semanas en la cafetería de la pinacoteca.
El expolio había comenzado antes de la Guerra Civil. Entre otras causas, por “nuestra criminal indiferencia hacia un patrimonio para la mayoría irrelevante”, narra el investigador Francisco Fernández Prado. “Y que ahora ya es imposible de recuperar”. La historia no fue solo fascistas contra republicanos. Antes hay muchas explicaciones que dar. Una sola –existen cientos– revela la inmensa rapiña. ¿Qué pinta una Inmaculada Concepción del maestro de Badajoz Zurbarán colgada en el Museo de Bellas Artes de El Paso (Texas, Estados Unidos)? Está a 8.242 kilómetros de donde nació el pintor.
Los historiadores del arte trazan periodos que contribuyeron a la “devastación”. Es el sustantivo que emplea Fernández Prado, en seis volúmenes, desde comienzos del siglo XIX hasta nuestros días. Pero “ninguna de estas circunstancias habría legado un saldo tan nefasto para nuestra riqueza artística […] sin algunos comportamientos que se mantuvieron inalterables durante largo tiempo: falta de interés, incultura, codicia y necesidad”, enumera el experto. En 1978 había 3.662 obras dispersas catalogadas, de las que 500 se daban por perdidas. Más o menos ese era el tesoro que sumaban las Colecciones Reales formadas durante dos siglos por Felipe IV y Carlos II. El caos fue completo.
Expoliadores
La Guerra de la Independencia (1808-1814) supuso el expolio de miles de obras, la mayoría codiciadas por Luis Felipe de Orleans (1773-1850). El enfrentamiento fue el jardín de recreo de expoliadores como Fréderic Quilliet (rapiñó El Escorial). En Castilla, en su momento, hubo 2.500 castillos, ahora quedan un tercio: el resto, destruidos o abandonados. El investigador Juan Antonio Gaya Nuño (1913-1976) estimaba que los franceses robaron 3.150 piezas notables. Y la dispersión no halló fronteras: Ribera terminó en el Museo de Dresde, El Geógrafo de Velázquez en Rouen (Francia) o en Múnich su famoso Retrato de joven noble. Y depredadores como Johan Wilhelm nunca tuvieron suficiente. La Venus del espejo la vendió Godoy a un marchante inglés para que la disfruten los visitantes de la National Gallery de Londres. Desde luego ningún ladrón como los mariscales Soult (esquilmó Sevilla) y Murat; almas napoleónicas de este genocidio artístico.
También hay que entender que los españoles vivían, como escribió un amante de España y, a la vez, expoliador, Richard Ford (1796-1858), “en la mayor de la miseria”. A principios del siglo XX había 3.000 conventos y el estamento clerical superaba las 200.000 personas. Era una forma de comer. Durante 1835 empezaron las incautaciones masivas al clero. Las Carmelitas Descalzas de Málaga vendieron el convento por 568.000 reales. Murillo, el Greco, Cano, Ribera, Luis Tristán, Velázquez y su Aguador de Sevilla. Sus telas desaparecían de Andalucía (Sevilla) por centenares. Otro expoliador, este patrio, fue Mariano Téllez Girón (1814-1882), duque de Osuna.
Entre 1900 y 1936, una vez que las pinturas de primer nivel iban acabándose y siendo más caras, le tocó el turno al patrimonio inmobiliario. “La falta de cultura y la pobreza facilitaron otra vez los desmanes”, apunta Fernández Prado. “Y cayó la sombra de la especulación. No supimos valorar ni proteger nuestro legado, y así nos fue”. Aprovechando la noche, el 12 de junio de 1912, los obreros municipales volaron con dinamita la colosal puerta de origen árabe de Santa Margarita (siglo X) de Palma de Mallorca. Los derrumbes continuaron y las leyes promulgadas para proteger estos escarnios en 1915 y 1935 nadie las cumplía. Tenían más “valor” los terrenos que las “obras”. Es fácil entender por qué El niño Jesús y San Benito, de Murillo, terminó en el Hermitage de San Petersburgo o el Retrato de Felipe IV (Velázquez) en Londres, robado por José I del Palacio Real de Madrid como regalo para el marqués de Dessolles.
En 1943, conforme a la Dirección General de Regiones Devastadas, había unas 150 iglesias arrasadas, 4.500 templos casi en ruinas y 1.850 edificios demolidos. No hay espacio aquí para analizar provincia por provincia, solo comprender que el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt (1882-1945) le preguntó a su embajador, preocupado, por la situación del tesoro español. Otra estadística apenas conocida. La pérdida en Gerona fue descomunal: 1.996 retablos, 45 órganos y 6.200 imágenes. Expertos como Elías Toro, Lázaro Galdiano o el propio Gaya alzaron la voz contra este incesante expolio.
Leyes incumplidas
Transcurrió la Guerra Civil y el expolio jamás se detuvo. El empresario circense John Ringling fundó el Museo de Sarasota, en Florida, y poseía en 1958 unas 20 telas de lo mejor del tesoro español. Alonso Cano, Velázquez, el Greco o Murillo. Y los derrumbes (por falta de dinero) se aprovecharon para robar los artesonados más bellos. Pero todo quedó en manos de la Iglesia, la clase aristocrática, los burgueses ricos y el Estado. El franquismo exigía (en 1969 por ley) un listado de las obras, aunque era fácil escamotearlas, incluso por los propios funcionarios. Gaya Nuño estimó que en 1965 había fuera 334 obras maestras de las colecciones españolas.
De todo este robo, quizá el mayor sufrido por el patrimonio arquitectónico español sea el ábside de Fuentidueña (Segovia). Pese a su categoría de monumento nacional, fue arrancado en 1959 piedra por piedra para ser llevado a Nueva York al Museo de The Cloisters. “Nunca se han aclarado los verdaderos motivos que tuvo la dictadura para aceptar petición tan peregrina por parte de otro país”, escribe Francisco Fernández Prado. Y añade: “Muy posiblemente detrás del cambalache gravitase la deuda del Gobierno español con el americano por el apoyo de este [por medio del millonario John D. Rockefeller Jr.] al ingreso de España en la ONU”.
Tras la muerte de Franco y por iniciativa del entonces ministro de Cultura socialista, Javier Solana, se creó una ley en 1982 que endurecía la salida de obras. Pasaban por una junta, si tenían más de cien años, que aprobaba o prohibía su exportación. Pero el expolio permanece. “Si se supiera lo que salió durante la crisis financiera de 2008, sobre todo de casas principales andaluzas”, describe, bajo petición de anonimato, por ser un tema que pone en juego su trabajo, un operario de una de las grandes firmas de transporte de arte. Ahora, Alemania e Italia han reducido el tiempo a 50 años, y este último ha creado un museo de obras expoliadas recuperadas.
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Miguel Ángel García VegaVer biografía
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