Iván Ferreiro, en su gira para celebrar 35 años en la música: “Ahora mi yo del pasado me cae mejor”
Un abarrotado Coliseum de A Coruña recibió este sábado la segunda parada de ‘Hoy x ayer’, el ‘tour’ con el que el gallego repasa su trayectoria musical, tanto al frente de Piratas como en solitario



A Coruña – 10 MAY 2026 – 23:30 AST
La nostalgia es como cualquier sustancia estupefaciente: algo que sería mejor no tomar, que tomado en exceso es letal, pero que, a veces, administrado con tiento y moderación y en el sitio y el momento adecuados, sienta maravillosamente. El problema es que, cuando todo esto último sucede, el cuerpo y la mente nos piden repetir, y tanto la nostalgia como los estupefacientes, cuanto más se repiten más crecen sus efectos nocivos y más se disipan los placenteros. Iván Ferreiro (Nigrán, Pontevedra, 55 años) pensó hace un tiempo que tal vez iba ya siendo buen momento de sucumbir a la nostalgia y celebrar los 20 años de Canciones para el tiempo y la distancia, su álbum más icónico. Luego, cayó -o le hicieron caer- en que pronto se iban a cumplir 35 años de su carrera musical. “Mira, no soy muy de mirar atrás, pero sí de hacer una fiesta. En mi cumpleaños no pienso que tengo un año más, pero sí que puedo hacer una fiesta”, recuerda el músico gallego. “Han pasado 35 años y me siento algo más viejo… Yo no pensaba celebrarlo, pero mi hermano Amaro, mi mujer y todos me animaron. Al final vi una buena oportunidad de mirar atrás y coger perspectiva”.
Y aquí nos encontramos, la noche del sábado 9 mayo de 2026 en un abarrotado Coliseum de A Coruña, en la que es la segunda parada de Hoy x ayer, la gira que arrancó la semana pasada en Bilbao antes más de 3.000 personas —y que terminará el 20 de septiembre en el madrileño Movistar Arena— y en la que durante más de dos horas y cuarto de espectáculo, el gallego repasa su trayectoria musical, tanto al frente de Piratas como en solitario. 28 canciones que cubren todos sus grandes éxitos e incluyen un par de guiños a su catálogo menos conocido. Siete músicos en el escenario, tres pantallas y una red con luces que separa el escenario del foso durante las primeras canciones (y Teching hacia el final) y que ejerce la labor de recordar que esta fiesta de la nostalgia que va a tener lugar ante más de 5.000 almas, no va a renunciar a tener un discurso propio y una coherencia entre lo que Ferreiro fue y lo que es hoy, tras el éxito de su último disco, Trinchera pop (2024), una apuesta ambiciosa, conceptual y contemporánea. “Me tengo una exigencia muy alta en este momento de mi carrera. Y crece cada año. De hecho, hay gente que me aconseja que me relaje. En Trinchera pop se nota eso, cosas que me servían antes, ahora no. A veces tengo un tema buenísmo y lo termino descartando porque repito algo. Esa exigencia es mi mejor amigo y mi mayor enemigo”, apunta Ferreiro en un discurso que vale tanto para su producción musical actual (dice que solo ha acabado una canción desde que se publicó su último disco) como para el concepto de estos conciertos.

En los primeros temas, los visuales son apabullantes —luego bajarán el listón alarmantemente—, el sonido robusto y los elementos electrónicos, sobre todo al final de Hoy x ayer, el corte de Piratas que abre el show, y en la impecable Casa, ahora vivo aquí logran mantener una conexión entre pasado, presente e incluso futuro. Reconocible y familiar para el nostálgico, suficientemente interesante como para que el artista que busca algo más que tocar los botones de la emoción de forma correcta en el momento oportuno sienta que mirar hacia atrás no está reñido con moverse hacia algún sitio.
Esta conexión se apaga y enciende en varias fases del espectáculo, que sabe también que hay veces en las que hay que, simplemente, hacer caso a Roxette y aquello de: “No nos aburras, canta ya el estribillo”. No sería humano, pues, renunciar a la catarsis colectiva que puede propiciar Reiniciar —aunque en esa fase del show el sonido adolezca de la fuerza necesaria para hacerle justicia a los crescendos de lo que tanto ha gustado siempre el gallego—, sentarse solo al piano a hacer Promesas con un final con el respetable interpretando a capela Insurrección de El Último de la Fila o atacar SPNB solo junto a Amaro en un momento sabiniano que precede a la recuperación de la versión del My Way de Sinatra vía Sid Vicious que hicieron en su momento Piratas. El tema tiene la virtud de no encajar en ninguno de los marcos mentales o conceptuales de este espectáculo. “Ha pasado por varias fases preparando esta gira”, apunta Ferreiro. “Mucha ilusión oyendo algunas canciones; luego, me caía mal de joven y todo aquello me parecía una mierda. Al final, he entendido que las canciones que no me gustan tanto me han ayudado a aprender cosas. Me pasa a mí y le pasa al albañil, la verdad. Fui pasando por varios estadios diferentes, hasta que me di cuenta de que había muchas canciones que quería celebra y rescatar. Eran buenas letras que podría cantar alguien de 55 años. Ahora mi yo del pasado me cae mejor”. Después de todo, ese yo del pasado grabó Años 80 y Turnedó. La primera, la de Piratas, es el libro de estilo sobre el que se erigió el bum del mal llamado indie español de este siglo XXI. La segunda es, simplemente, un arrebato de genio que provoca una conexión emocional bárbara desde su primer verso, desde su segundo acorde. Hoy suena algo anémica en su arranque, pero la ventaja de tener himnos es que, donde a veces el sonido no alcanza, llega el público, los miles que se enamoraron y desenamoraron con ella hace 20 años y que abarrotan este recinto coruñés buscando un abrazo que saben que no se les va a negar.

Pero si hay dos temas en los que mejor se entiende la poliédrica figura de Ferreiro hoy —toda una bendición en un universo, el del indie (lo llamaremos así por vagancia) cada vez más bidimensional y de fórmula— son la reciente En el alambre, capaz de conectar con un público que aún sabe que vale la pena estar atento a Ferreiro y Pensamiento circular, una pequeña obra de arte publicada hace una década y por la que The National hubieran dado medio brazo. En ellas se nota especialmente, además, cómo la voz del gallego ha ido ganando textura con el paso del tiempo. Sin renunciar a su antigua y polarizante personalidad ha añadido matices nuevos. Y lo mismo su forma de moverse por el escenario, a medio camino entre los pretéritos espasmos y esa mezcla de compostura y furia con la que se traslada hoy por encima de las tablas. Si con 55 años puedes ser un buen jugador de pádel, puedes también ser un buen frontman. “Me gusta el lugar en el que me he instalado”, apunta el gallego. “Soy un artista mediano, no soy millonario, no lleno 20 Wizinks, no estoy en ese lugar. Pero este sitio es uno en el que se nos permite grabar discos nuevos y que mis discos vayan mejorando con los años. Eso es lo que más me ha obsesionado desde siempre, por eso me constó mirar atrás y emprender esta gira. Pero no me arrepiento para nada. Me siento de la hostia subido al escenario, Como dice mi hermano Amaro, lo único normal que hacemos es subirnos a un escenario”.

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