La muerte en la mente de los nacidos en los noventa y dos mil
En ‘Adelante, Cronófobos!, Diego Garrido escribe una historia fragmentaria sobre el ego del escritor y la idea de vencer a la muerte


La anterior novela de Diego Garrido, El libro de los días de Stanislaus Joyce (interesante, pero algo tediosa, si se me permite) contenía algunas lúcidas reflexiones sobre el papel del ego en el escritor y de los ideales (siempre, de algún modo, románticos) en la construcción de la experiencia, tanto artística como mundana. En ¡Adelante, Cronófobos!, Diego le da una vuelta más jugosa a esta cuestión, aunque en línea con su anterior libro: el artista es “el cronófobo serio y elemental”, aquel que “intenta tener la última palabra sobre las cosas que pasan”, el que es dolorosamente consciente del paso del tiempo y su capacidad destructora, el que no puede evitar ver a los vivos como “muertos sin resolver”, pero intenta devolver la vida a lo pasado. Así, cada escritor (se suele hablar del artista, pero diría que todas las referencias del libro son, en esencia, escritores) intenta salvar su pequeño pedazo de mundo, a su manera y para una posteridad que no sabe si existe.
En esta dirección, Diego recupera gran parte de los temas que compartimos generacionalmente (referencias pop, videojuegos, ciertos lugares comunes sobre nuestra infancia y adolescencia) e intenta salvarlos de la destrucción que les espera, un poco al estilo de los recopilatorios musicales surgidos a raíz de Everywhere at the End of Time que proliferan en YouTube. Poco importa si el texto es autoficción o no (hay elementos que parecieran indicar que sí lo es, menciones a sucesos que podemos vincular con la vida del autor, la recuperación de un manuscrito familiar inconcluso o algunas pequeñas anécdotas personales; pero en otros momentos el libro parece el conjunto de notas de un escritor ficticio para su próxima novela), pues la estructura de la novela es deliberadamente fragmentaria y no busca tanto narrar una historia como transmitir la manera particular en la que un nacido en los noventa o los dosmiles siente el paso del tiempo y teme a la muerte. A estos dos horrores (el paso del tiempo y el miedo a la muerte) Garrido les da un nombre en uno de sus párrafos más lúcidos: el Síndrome del Faraón. Frente al juego permanente del niño (que rompe y gasta sin culpa, pues aún no es consciente de que las cosas se pierden o de que ha costado esfuerzo conseguirlas), el adulto no puede evitar ser “conservador”, guardar para más adelante, soñar con que a uno le entierren con todas sus posesiones intactas, que conviertan su habitación en un santuario tras su fallecimiento, como hacían con los personajes de Lo que queda de Edith Finch.
Aquí, de nuevo, emerge la cuestión de la arrogancia: aunque todos sepamos que vamos a morir y seremos olvidados, hay una porción no pequeña de seres humanos que no podemos evitar pensar que seremos la excepción, ya sea porque un magnate tecnológico consiga vencer a la muerte (y, por alguna razón aún más misteriosa, nuestros sueldos más bien modestos de escritores nos permitan acceder a ella), o por la trascendencia que proporciona el arte y la literatura, si bien ¿de qué sirve realmente todo esto? Muy listo pudo ser Emerson, nos dice el protagonista, pero lleva 141 años enterrado bajo tierra. La inteligencia no le garantizó la inmortalidad, al menos no la que él deseaba. O uno puede esforzarse mucho en crear algo, como su tío, y que todo quede en el olvido.
Esto me hizo pensar en uno de mis relatos favoritos de un libro polémico, anónimo y marginal que estuvo de moda en internet más o menos hace una década, Necrophilia Variations. El libro trataba distintas formas de necrofilia (muchas de ellas explícitas y literales) e incluía, en ‘Labour Day’, el enamoramiento por autores muertos a través de sus creaciones. “Art is a plea to love me when I am gone”, decía la protagonista. Creo que Diego estaría de acuerdo.
¡Adelante, Cronófobos! Novela contra el Tiempo (1997 –
Diego Garrido
Anagrama, 2026
232 páginas. 18,90 euros
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