Periodismo: Vocación de sangre en tiempos de oscuridad.
Entre la herencia de los grandes maestros como Manny Suárez, y el asedio de la censura moderna, la búsqueda de la verdad se libra hoy en un campo de batalla global.


Hace exactamente una semana, es decir, el pasado domingo, 3 de mayo, se conmemoró el Día Internacional de la Libertad de Prensa. Con tanta noticia local e internacional, ese tema pasó inadvertido. Yo sí lo mencioné en mi programa de radio durante la semana, pero hoy, cuando regreso de celebrar el Día de las Madres, reflexiono sobre mi vocación de vida que es el periodismo.
Soy periodista de sangre, como me decía uno de mis mentores, el periodista Manny Suárez . El sí era de esos “de sangre”, no porque le gustara escribir crónicas rojas sobre crímenes o desastres. Me refiero a que era de esos a quienes por su sangre corría ese deseo, casi obsesión, por buscar la verdad. Es una vocación real. O naces con ese deseo o te conviertes en uno del montón, de esos que sólo leen titulares o reportan los hechos sin cuestionar. De ese montón hay muchos famosos y ricos, pero no necesariamente con vocación. Ni ética.
El punto es que Manny era de esos que llevaban el periodismo en la sangre. Él y Tomás Stella investigaron paciente y persistentemente hasta revelar lo que de verdad pasó en el Cerro Maravilla un 25 de julio de 1978. Por dos años estuvieron publicando en el desaparecido diario The San Juan Star , desafiando la “versión oficial” del gobierno de Carlos Romero Barceló, de que en esa montaña hubo enfrentamiento armado cuando en realidad se encubría un crimen de Estado.

Manny y Tomás enfrentaron múltiples intentos de descarrilar su investigación y el escarnio de quienes querían ocultar la verdad, incluyendo, por desgracia, gente en medios competidores. Pero la persistencia venció y ambos demostraron que se trató de una emboscada policial en la que torturaron y asesinaron a dos jóvenes independentistas. El caso terminó con la condena de 10 policías.
Cuando pasó el Cerro Maravilla yo apenas tenía nueve años, pero recuerdo haber visto la noticia por televisión y que todos los adultos hablaban de eso. Después, lo estudié y cuando vine a conocer a Manny Suárez en el 1992, a mis 23 años, me declaré su fanática y seguidora. Por eso siempre digo, a mucha honra, que tuve la dicha de que Manny fue uno de mis mentores en este oficio, junto a Eneid Routté, Maggie Bobb, Ronald Flores, Meriemil Rodríguez, Héctor Peña, David Colón, Wilda Rodríguez y otros.
Llevo pensando en Manny y en todos esos mentores desde el 3 de mayo. Ese día desde el Vaticano, el Papa León XIV levantó una plegaria que resonó como una denuncia: el periodismo hoy no solo está bajo ataque, sino que se intenta borrar su función social mediante la persecución de regímenes de todas las ideologías. Oh mar, de izquierdas y de derechas. En 2026, marcado por la polarización y el avance tecnológico sin precedentes, la verdad se ha convertido en el recurso más escaso y peligroso de producir.
Un panorama desolador
Si Manny y Tomás estuvieran vivos hoy, verían que el campo de batalla se ha vuelto más cómodo y letal. Según el último informe de Reporteros Sin Fronteras (RSF), estamos en el punto más bajo de libertad de prensa en 25 años en todo el planeta. Ya no solo son las balas —que han cobrado la vida de 67 colegas este año y han convertido a Gaza en un “agujero negro” informativo con más de 250 reporteros locales muertos—, sino una guerra sistemática contra la verdad desde los centros de poder.
En los Estados Unidos, el retorno de Donald Trump ha traído una hostilidad sin precedentes: restricciones de acceso en la Casa Blanca y en el Pentágono, la difusión de mentiras desde el gobierno y una cacería de brujas contra los periodistas y las fuentes que criminalizan la transparencia.
Aquí, en nuestro archipiélago, la administración de Jennifer González parece seguir ese libreto de opacidad. Bajo la excusa de “procesos administrativos”, se nos niegan datos públicos y pretenden convertirse en censores que escojan a los periodistas. Ahora, con la directriz de exigir credenciales que el mismo gobierno otorga para poder entrar a las ruedas de prensa, se viola la Primera Enmienda de la Constitución que garantiza la libertad de prensa.
Como estrategia de propaganda, el gobierno de González intenta sustituir el cuestionamiento de los periodistas con comunicados controlados, anuncios en medios creados por el mismo gobierno —financiándolos a través de sus cabilderos— y con videos o monólogos en redes sociales; todo pagado con millones de dólares de fondos públicos.
La nueva censura, IA y desinformación
A este asedio se suma un enemigo invisible: el uso de la inteligencia artificial para fabricar deepfakes y campañas de desinformación. Esto incluye a los comunicadores del propio gobierno. Ya no solo intenta llamar al periodista o le pagan a sus cabilderos para que ataquen a los periodistas reales desde sus programas de radio o podcasts: ahora intenta que el ciudadano no sepa distinguir qué es real, inundando la red con mentiras para desacreditar cualquier investigación legítima de corrupción.
¿Qué nos queda ante este panorama? Como aprendí de mis mentores, la persistencia es el único antídoto. Pero esta no es solo una lucha de quienes tenemos el micrófono, un celular o un teclado de computadora. Es una lucha de pueblo. La libertad de prensa no nos pertenece a los periodistas; es el derecho de usted a saber lo que el poder quiere ocultar.
Necesitamos una ciudadanía que financie el periodismo independiente, que verifique antes de compartir un video emocional en redes y que no permita que se normalice el insulto al reportero desde el podio oficial.
Como advirtió el Papa León XIV, el silencio no es una opción. Sin una prensa que incomode, la democracia es solo un decorado vacío. Yo, por mi parte, seguiré honrando esa “sangre” que me heredaron Manny y los míos: cuestionando, buscando y, sobre todo, no callando.

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