Un Taliesin Boricua: Entre la estética y la trama
La belleza intervino con nuestras nueve consciencias mientras los minutos coqueteaban con la puesta en escena de “Un Taliesin Boricua” de Adriana Pantoja, en la función del domingo 26 de abril

Por Alina Marrero
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular
La belleza intervino con nuestras nueve consciencias mientras los minutos coqueteaban con la puesta en escena de “Un Taliesin Boricua” de Adriana Pantoja, en la función del domingo 26 de abril.
La obra había estado en cartelera desde el 17 de abril de 2026, en la sala Carlos Marichal del Centro de Bellas Artes de Santurce, como parte de la celebración de los 37 años de Cuarzo Blanco, Inc.
Posiblemente este sea uno de los montajes más bellos que hemos visto de esta compañía. Era evidente, además que el texto fue el resultado de una rigurosa investigación y que la escritora la pasó muy bien en el proceso.

El sendero de gestación y nacimiento de la obra fue documentado por la reseñista y crítica de teatro Amarilis Cintrón en una entrevista a la dramaturga para Cintronízate PR el 24 de abril de 2026.
Pantoja contó que la National Endowment for the Arts (NEA) abrió una convocatoria para proyectos sobre figuras importantes de la historia estadounidense. Al revisar la lista oficial, en busca de un puertorriqueño solo encontró a Roberto Clemente, cuya figura ha sido muy trabajada para el teatro.
A pesar de no ser favorecida con esta propuesta de la NEA, la dramaturga pensó en una obra sobre arquitectura, una de sus pasiones, por lo que buscó en la lista oficial que ofrecía NEA y, al comentarlo con un amigo arquitecto, él le reveló que el prestigioso Frank Lloyd Wright había vivido dos meses en Coamo.
Adriana leyó una copia de la autobiografía del artista, donde Wright describe su temporada en el Hotel Baños de Coamo, entre febrero y abril de 1926. Vino acompañado de su mujer en el momento (Olga Ivanovna Lazovic), la niña que acababan de tener (Iovanna) y un fantasma (el amor de su vida Martha “Mamah” Borthwick Cheney).

Lo cierto es que esta historia es oro puro para quien quiera convertirla en cualquier arte y no hay mucho, o nada, que añadir.
Frank Lloyd Wright (1867–1959) fue uno de los arquitectos norteamericanos más influyentes del siglo XX y el principal impulsor de la arquitectura orgánica, una filosofía que busca integrar los edificios con su entorno natural.
Este arquitecto no solo diseñó edificios, cambió la manera de concebir el espacio.

En 1926 Frank Lloyd Wright atravesaba uno de los periodos más inestables y tensos de su vida: un matrimonio en crisis, problemas económicos y una reputación que apenas se recuperaba tras años de escándalos.
La relación entre Frank Lloyd Wright y Martha “Mamah” Borthwick Cheney fue una de las historias más intensas y trágicas de la vida del arquitecto. Se conocieron en 1903, cuando ella y su esposo le encargaron el diseño de su casa.
En 1909, ambos abandonaron a sus respectivas familias. Para la sociedad estadounidense de la época, esto fue un escándalo monumental.
En 1911, Wright construyó una casa en Wisconsin a la que nombró Taliesin como refugio para ambos. No era solo una casa, era un manifiesto de amor. Pero ¿por qué ese nombre?
Taliesin fue un poeta galés del siglo VI cuya leyenda lo convirtió en un mago, profeta y símbolo de inspiración. Su nombre significa “frente radiante” o “ceja brillante”, una metáfora de iluminación intelectual. Nombrar la casa en su honor simbolizaba el nuevo comienzo que Wright vivió con Mamah.

El 15 de agosto de 1914, mientras el arquitecto estaba en Chicago, un empleado incendió Taliesin (la casa) y asesinó a siete personas con un hacha. Entre las víctimas estaban Mamah y sus dos hijos. La tragedia destruyó a Wright emocionalmente.
Wright reconstruyó Taliesin dos veces más, como si intentara revivir lo perdido. Aunque tuvo otras parejas, ninguna relación tuvo el mismo impacto en su vida interior.
Si el argumento es seductor, Wright lo enriquece como personaje, ya que fue un hombre convencido de su genialidad y lo expresaba a viva voz. Y a pesar de su arrogancia, tenía una presencia magnética. Todos quedaban fascinados por su manera de hablar, su humor mordaz y su capacidad de contar historias.
En 1926, su amante muerta da vueltas alrededor de Wright, y por ende, alrededor de su mujer. Puerto Rico luchaba interna y externamente con su, básicamente preescolar realidad de colonia estadounidense. “Los del norte” no tenían un panfleto de instrucciones para tratarnos con dignidad. De modo que el choque cultural entre “ellos” y “nosotros” es de rigor.
Adriana Pantoja construyó su texto a base de elementos atractivos de la vida real, el encanto de lo puertorriqueño y el sello de marca que la distingue: de estética refinada y humor elegante, donde los muertos no piden permiso. De la misma manera compuso el montaje.

La escenografía, teatro arena a tres lados, de José Luis Gutiérrez, enmarcada por una plataforma frente a unas puertas con persianas por donde se colaba la luz, al fondo del escenario, fue acertada. De la misma manera el diseño de luces de Omar Torres Molina.
Al abrir esas puertas reinaban unas plantas tropicales muy frondosas y verdes, todas iguales, que colgaban desde arriba, retocadas con unos embriagadores toques de luz entre el blanco y el azul. Salir al balcón, o mirar hacia el mismo desde la sala de estar o vestíbulo, tiene que haber sido cautivador para los personajes.
A pesar de que el hotel Baños de Coamo no fue diseñado por Frank Lloyd Wright, el panorama parecía honrar la filosofía que el arquitecto honró con su vida.
La música original de Chenan Martínez comentó la intimidad emocional de la escena y permitió sentir el mundo interior de la obra sin romper su sobriedad.
Cada prenda de vestuario, de hombre y de mujer, respiraba fidelidad histórica. Las telas y combinaciones eran sofisticadas, sobre todo el vestido gris y color de rosa de moda en 1914 de Mamah (Cecilia Arguelles) y el de colores tierra y azules de 1926 diseñado para Olga Ivanovna Lazovic (Ivonne Arriaga). Laureles para el diseñador Edgardo Cortes-Santiago.
La dirección de Pantoja, con tráfico escénico en paseos de baile sereno, cuidó los detalles de la composición y su trabajo con los actores. Laureles para su trabajo.

Willie Denton, demostró dominio del drama y la comedia como Isabelo Ramírez, el mayordomo del hotel. José (Chema) Urrutía impartió fuerza y sinceridad al genio de Frank Lloyd Wright. Ivonne Arriaga, fiel a la cuarta mujer del arquitecto, dejó correr las emociones desorientadas y las inseguridades de su personaje con convincente naturalidad.
Esteban Calderón, lució sus envidiables dominios del cuerpo, de la voz y del escenario, al flotar como un duende con su interpretación del humilde joven que desea ser arquitecto Pablo Ignacio Pérez Ramírez. Laureles en la frente de este actor.
La sola entrada de Cecilia Arguelles, quien recorrió muchas veces el escenario, pero tuvo una sola intervención con diálogo, como la esencia de quien fuera en vida Martha “Mamah” Borthwick, quitó la respiración. Sus miradas, sus desplazamientos, la seguridad de sus pisadas, su pathos silencioso, fueron ingredientes para una actuación intensa e inolvidable. Coronamos con laureles a esta actriz.
El mejor momento de la obra, conforme nuestro criterio, fue cuando Wright se entera que el joven Pablo Ignacio desea seguir sus pasos. A partir de ese instante, la relación de animalidad donde el más fuerte (blanco continental) impera sobre el más débil (negro colonial), quedó transformada a una de mentor-discípulo, y eso nos conmovió.
Pantoja parece querer enfatizar el hecho de que el arte posee dones unificadores y que, en cualquier campo, el vínculo del discípulo con su mentor señala una efectiva ruta de convivencia y de paz.
Debemos señalarle a la dramaturga que, aunque la pieza merece los comentarios positivos que hasta ahora hemos señalado, también merece cortes, que pueden muy bien hacerse sin alterar el contenido y la calidad.
Recomendamos, además, un intermedio. Las personas mayores podemos necesitar “lavarnos las manos” y no deseamos interrumpir el hilo de concentración empática entre espectador y actor. Tampoco queremos perdernos nada.

Los montajes de Adriana Pantoja siempre tienen buenos actores en los intérpretes de señas para sordos. En esta ocasión Yariel Hernández, Michelle Quiñones, Carla Alemán, Carlos Mera y Dianna Laracuente le dieron luz a esa dimensión alterna que convive con la esperada acción. Aplausos para ellos.
Completan el equipo: José Brocco (fotos, arte y vídeo); Edgardo Cortes-Santiago (utilería); Ricardo Santana Ortiz (maquillaje); Nirvania Quesada (asistencia de dirección y regiduría; Rafie Echevarría / Iconic Media (relaciones públicas); Carlos Alberto Santiago y Alanis Manzano (asistentes de producción).
“Un Taliesin Boricua” fue una producción de Adriana Pantoja para Cuarzo Blanco Inc. ¡Aplausos para todos!
Como nota al calce, aprovechamos la oportunidad para felicitar a Adriana Pantoja por la dedicatoria del Festival de monólogos Ecos, voces y rostros en el Paradise de Río Piedras.
Adriana también fue recipiente de los siguientes premios en 2025: Dramaturgia Nacional (Pen de Puerto Rico Internacional); Mejor obra de teatro (Festival Frenzy, Nueva York); Premio a la excelencia por Cuarzo Blanco, Inc. (Premio Arte Internacional LLC); Premio Institucional por ArteFusión (Latin Alternative Theater Award); Innovación Teatral por “Fiesta de Dramaturgas Boricuas” (Latin Alternative Theater Award); Caracterización en musical por “A Holiday to Remember” (Latin Alternative Theater Award).
¡Felicidades, Adriana!
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