Luis Rafael Sánchez: “Los republicanos no soportan la idea de que Puerto Rico pueda ser un Estado de EE UU”
Logró sortear los prejuicios de clase y raza para convertirse en la principal bandera de la literatura de Puerto Rico reivindicando el español híbrido del Caribe. Su novela ‘La guaracha del Macho Camacho’ cumple ahora 50 años dando protagonismo a la música y a un lenguaje festivo y transgresor


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Veintitrés de abril, Día del Libro. Mañana de espléndido sol caribeño en el Viejo San Juan de Puerto Rico y en toda la isla. Luis Rafael Sánchez (Humacao, 89 años), el escritor vivo más importante de su país, que el próximo mes de noviembre cumplirá 90 años, propone iniciar la conversación (que después continuará en la acogedora terraza-balcón de su domicilio) en un restaurante discreto y elegante donde todo se detiene cuando los hombres y mujeres que trabajan allí ven aparecer a Wico, cariñoso apodo con que se conoce al escritor en Puerto Rico. Con admiración y afecto, unos le dan la mano, otros lo abrazan, todos lo llaman maestro. Por nimio que sea el detalle que tienen con él, el escritor da a cuantos le atienden una propina generosa. Envuelta en la penumbra, la escena recuerda una secuencia de El padrino exenta de malignidad. El motivo inmediato de la entrevista es la publicación de la edición conmemorativa del 50º aniversario de su novela más emblemática, La guaracha del Macho Camacho, de la que en el momento del encuentro hay todavía un solo ejemplar, que el autor contempla en un silencio complacido cuando se le hace entrega de él. Dramaturgo, ensayista, narrador, de Luis Rafael Sánchez cabe decir, como de Cervantes con respecto a España, James Joyce con respecto a Irlanda o Gabriel García Márquez con respecto a Colombia, que su obra encarna el espíritu de su nación.
Todo cuanto ha escrito, sean ensayos (No llores por nosotros, Puerto Rico; Devórame otra vez); cuentos (En cuerpo de camisa); novelas (La importancia de llamarse Daniel Santos, Indiscreciones de un perro gringo), y de manera muy señalada su formidable y rompedora producción teatral (La pasión según Antígona Pérez, La hiel nuestra de cada día, Quíntuples), es una gozosa celebración de la puertorriqueñidad, palabra que a petición suya la Real Academia Española incorporó a su Diccionario en 2016.
Ha vivido en diversas ciudades. En San Juan se inició como actor de radionovelas, pero su carrera se truncó cuando, con la llegada de la televisión, se le negó cualquier papel como galán por ser mulato. Cursó estudios de doctorado en Madrid, obtuvo becas gracias a las que residió en Río de Janeiro y Berlín, y en Nueva York —ciudad que “lo atrapó”— estudió un máster, tomó clases en el Actor’s Studio, trató a James Baldwin, estrenó obras de teatro y musicales, y ocupó una cátedra universitaria como escritor distinguido.

En distintos momentos de su obra ha denunciado con contundencia el racismo y la homofobia. En Escribir en puertorriqueño, valiosa antología de sus textos, llama la atención uno titulado ‘Bad Bunny sí’, escrito antes de que el cantante adquiriera la visibilidad de la que goza hoy. Merecedora de encendidos elogios por parte de Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Alfredo Bryce Echenique, entre otros, la obra de Luis Rafael Sánchez es heredera a la vez del legado de Cervantes, la gran tradición de la novela latinoamericana, el teatro de Tennessee Williams y Valle-Inclán, el lenguaje de las radionovelas, los clásicos del bolero y otras formas de música popular. Defensor desde el español de la hibridez lingüística, racial y cultural que constituyen la “caribeñidad”, uno de los términos clave de su vocabulario, no es una exageración decir que la lengua de Cervantes está en deuda con él.
¿Puede hablar de sus orígenes?
Soy un mulato de caserío, que es como se llama aquí a las viviendas que se asignan a las familias sin medios. Mi madre era costurera y mi padre panadero, de modo que sobre mí pesan dos estigmas, el de raza y el de clase. Aún hoy, el prejuicio racial en Puerto Rico sigue siendo muy notable, pero yo siempre me he sentido orgulloso de provenir de una clase pobre y de ser mulato porque es algo que me ha dado fuerza y armas para crear y sobrevivir.
El año pasado se publicó uno de sus libros más impactantes, Piel sospechosa, en el que aborda desde distintos ángulos el problema del racismo.
Es una recopilación de una treintena de textos que van desde 1973 hasta hoy en los que me ocupo de la ignominia del racismo, que considero uno de los problemas más graves de nuestro continente, un mundo de razas distintas que no acaban de respetarse. El libro se lo dedico a mi tío Evaristo Lois Pagán, un negro de usted y tenga, como decimos aquí, un hombre extraordinario, respetable y respetado, un negro imponente que iba siempre vestido con traje, corbata, chaleco y leontina y que llegó a ocupar importantes puestos de responsabilidad civil.

¿Diría que la literatura puertorriqueña ha sido siempre ignorada tanto en España como en América Latina?
Tenemos grandes escritores, como Eugenio María de Hostos, René Marqués o Luis Palés Matos, pero no son suficientemente reconocidos fuera de aquí. Un ejemplo que me duele de manera particular es que, cuando se habla de las grandes poetas latinoamericanas, se menciona siempre a Alfonsina Storni, a Juana de Ibarbourou, a Gabriela Mistral y otras que lo merecen, pero nadie se acuerda de Julia de Burgos, que es una figura inmensa. Creo que todo esto guarda relación de algún modo con el hecho de que a nosotros se nos ha colonizado y como consecuencia de ello hay quien piensa que estamos incapacitados para la grandeza, sea literaria, artística o económica. Se nos niega la posibilidad de algún día llegar a ser República, como si nos faltara algo intelectualmente, moralmente, espiritualmente.
¿Puerto Rico es una nación o una colonia?
Puerto Rico es una colonia desgraciadamente, pero en esa colonia están todos los elementos constitutivos que engloba el concepto de nación. La puertorriqueñidad se vive con fervor y entusiasmo.

¿Cuál es su posición con respecto a la independencia?
Hace mucho que la cuestión ideológica está estancada, debido a la presencia de varios gobiernos anexionistas sucesivos. Ya llevamos tres elecciones en las que el partido independentista por el que siempre voto queda en tercer o cuarto lugar. Sobre nosotros se cierne de manera ominosa un signo de interrogación. Me duele ver que el anexionismo cuenta cada día con más simpatizantes, pero eso no quiere decir que la guerra esté perdida. Una de las razones por las que no creo que mañana vayamos a ser parte de Estados Unidos es que los republicanos no soportan la idea de que Puerto Rico pueda llegar a ser un Estado de la nación norteamericana. Es decir, irónicamente en este momento el desprecio de los republicanos por lo que somos es lo que nos salva.
¿Cómo afecta eso a la cuestión del español?
Lo del idioma hace años que es un asunto muy cuesta arriba, pero hay cosas innegables. En Puerto Rico se habla español, se escribe en español y siempre va a seguir siendo así. Nunca hemos producido un gran escritor en inglés. A quienes están a favor de la idea de que Puerto Rico sea el Estado 51 de la Unión les fastidia que diga esto. Según ellos somos un país bilingüe, pero eso no pasa de ser una movida política vulgar. El puertorriqueño nunca ha necesitado hablar en inglés. Para habitar mi vida yo nunca he necesitado el inglés ni creo que nadie aquí lo necesite. Nuestra literatura es en español. Nuestra mejor prensa es en español. Nuestro día a día es en español.
En uno de sus textos más lúcidos, Sones del Caribe, ahonda en la idea de la caribeñidad.
Somos un país caribeño con una gran presencia negra que se niega, pero la negritud, la mulatez, son las señas de identidad de la caribeñidad. En el libro hablo de las cuatro madres patria de este mar: España, Inglaterra, Holanda y Francia. Formamos parte de un archipiélago que incluye también islas donde no se habla español, como Saint Thomas, Saint Lucia, Martinica, tantas otras. El Caribe ha dado grandes escritores en francés, como Aimé Césaire o Édouard Glissant, o en inglés, como Derek Walcott o Naipaul. En español hay una verdadera plétora de escritores que manejan la lengua como les da la gana, como Alejo Carpentier, Severo Sarduy, Cabrera Infante, Reinaldo Arenas, Pedro Mir y tantos más.

¿Qué es escribir en puertorriqueño?
Escribir en el español de aquí. Así como hay un español de Argentina, un español de Colombia, un español de México o un español de España, hay un español puertorriqueño, que es el que yo hablo y en el que escribo. Hay muchos prejuicios al respecto. Cuando estudiaba en la Complutense en Madrid, un catedrático de gran renombre me felicitó por lo bueno que era mi español y yo le pregunté con todo respeto qué idioma creía que estaba hablando, cómo no iba a hablar bien mi propia lengua. Lo mismo me ocurría en la calle. Cuando me oyó hablar la dueña de la pensión donde vivía en Madrid se quedó asombrada porque no me comía las consonantes, y yo le dije: “Señora, en el Caribe no nos comemos las consonantes”. El prejuicio afecta a la literatura. No faltan quienes sostienen que estropeamos el español, y al contrario, muchas veces, cuando se reseña un libro mío me felicitan por el buen uso del español, como si fuera una anomalía, cuando lo que hago es escribir en el idioma vivo que habla mi gente.
Se cumplen ahora 50 años de la publicación de su obra más emblemática, La guaracha del Macho Camacho, una novela oracular que es la gran fiesta del lenguaje puertorriqueño.
Lo escribí con una gran libertad, con una gran alegría. Toda la vida le agradeceré a Mario Vargas Llosa que fuera el impulsor. Mario estuvo aquí dictando un curso como profesor visitante y lo traté bastante. Un día me dijo que le habían pedido en Lima que coordinara el número de una revista dedicada a Puerto Rico. Necesitaba algo de narrativa, que no tenía. Yo había publicado un libro de cuentos que había tenido muy buenas reseñas, En cuerpo de camisa. En él había un relato titulado ‘La guaracha del Macho Camacho y otros sones calenturientos’. Cuando Mario lo leyó me dijo: “Aquí hay una novela”.
El gran protagonista de la novela, junto con la música, es el lenguaje. Un lenguaje festivo, desinhibido, transgresor, que no excluye ningún modo de expresión.
Hace tiempo dicté una conferencia titulada Hacia una poética de lo soez, que es una reivindicación de la manera en que se expresa la gente de la calle. Siempre me preocupaba el hecho de que gente de aquí ha establecido que una palabra mala te desclasa. Cuando yo dicté aquella conferencia recuerdo que un colega que ya falleció me dijo horrorizado que era la primera vez que tenía que oír en la universidad tantos vocablos indecentes, pero el lenguaje que uso, sin cortapisas, es el que usa la gente en la calle, es puertorriqueño puro, y ese es también el lenguaje de La guaracha del Macho Camacho.

En la novela, así como en toda su obra, hay un acercamiento incesante entre lo oracular puertorriqueño y el legado de los clásicos. En muchos de sus textos aparecen intactas y perfectamente integradas frases de la gran tradición de la literatura en español, tanto en América Latina como en España.
Acabo de terminar de revisar las pruebas de El libro de los elogios, que es un conjunto de tres ensayos, Elogio de la radionovela, Elogio del sexo oral y Elogio del ocio y el negocio. Iba a titularse Vida, nada me debes, el verso del poema de Amado Nervo que dice: “Vida, nada me debes. / Vida, estamos en paz”. El título Elogio del sexo oral invita a pensar en otra cosa, pero se trata del placer verbal, del gozo de lo oracular, de la celebración del lenguaje como deseo. El libro tiene presentes a la vez el legado de Cervantes y la influencia formidable que tuvieron en mí las radionovelas. Junto a Cervantes, el primero, el primerísimo de nuestra lengua, sitúo a toda una serie de radionovelas mediocres con títulos ridículos como El derecho de nacer, Los que no deben nacer, El precio de una vida, porque eso fue realmente lo que a mí me alimentó de niño y acabó por influir en mi manera de escribir. De niño en casa solo había una radio y nos sentábamos a las seis de la tarde cada día. Escuchábamos la novela Palmolive mi padre, mi madre, mi hermana y mi abuela, todos juntos. Yo estaba en séptimo grado, tenía 12 o 13 años y leía con fervor un ejemplar de Don Quijote adaptado de modo que mi imaginación se forjó alimentada por la obra de Cervantes a la vez que por los modelos inenarrables de mediocridad que eran aquellas radionovelas.
¿Recuerda lo primero que escribió?
Cuando estaba en el primer año de la universidad mi maestra de español me dijo que veía en mí talento como escritor y me animó a presentarme a un concurso que gané con un cuento titulado El trapito, que era un homenaje a la bandera puertorriqueña.
Usted está muy pendiente de lo que está sucediendo en la actualidad con las nuevas generaciones. ¿Qué está pasando con los escritores puertorriqueños más jóvenes?
El último artículo que he escrito lleva por título País mío, país nuestro. En él hablo de lo que considero un verdadero bum de la literatura joven de Puerto Rico, algo que está sucediendo ahora mismo. En estos momentos siento que hay una verdadera explosión de talento joven en nuestra literatura. Homenajeo 10 ejemplos, y son solo una muestra. Es la hora de que fuera de nuestras fronteras se preste atención a lo que pasa aquí.
Estos días es inevitable hablar de Bad Bunny. En una antología de textos suyos titulada Escribir en puertorriqueño figura un artículo titulado Bad Bunny sí.
Se publicó en 2023, pero ya había escrito sobre él bastante antes, cuando empezaba a abrirse paso. De alguna manera sentí que iba a más.
¿Qué significa Bad Bunny como símbolo?
Lo que pasa en un concierto suyo trasciende lo artístico, es un fenómeno sociológico, político, incluso patriótico, de defensa del país y del idioma. En Bad Bunny, Puerto Rico ha encontrado una bandera de afirmación. La gente se presenta con la bandera puertorriqueña a todos sus actos. Lo reciben como un héroe del pueblo. Lo que hace va más allá de la música. La música es un cebo, un anzuelo.
Muchas veces el lenguaje que utiliza en sus canciones encaja con lo que usted llamó en su día “poética de lo soez”, por ejemplo cuando usa términos como “perrear”. ¿Qué es el perreo?
Una manera de bailar que remeda el movimiento que hacen los perros durante el acto sexual. Bad Bunny dice: “Perrea, perrea”, incorporando el término de manera gozosa a su lenguaje.
¿Hay un aspecto de rebeldía política en todo esto?
La gente asocia el perreo con el desorden, con el atrevimiento, con la audacia, con la libertad sexual a que todos tenemos derecho, con la idea de que la decencia no se debe medir solo por los comportamientos sexuales. Se trata de liberar todo ese vocabulario.
¿Algún día Puerto Rico será independiente?
Es una pregunta difícil e incómoda. Me parece bien que la haga, pero no sé cómo contestarla.

El mundo de Bad Bunny
Esta entrevista forma parte del número especial que ‘El País Semanal’ dedica este 17 de mayo a Bad Bunny.
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