‘Corredora’ lleva a la pantalla la peor cara de la competición: “En el deporte a la enfermedad mental se la apoda la lesión invisible”
La directora debutante Laura García Alonso y la actriz Alba Sàez explican en una de las películas españolas de la temporada el hundimiento de una atleta de los 800 metros a punto de rozar la gloria



Madrid – 28 MAY 2026 – 23:30 AST
La carrera de los 800 metros es una de las pruebas más difíciles del atletismo. Es la última considerada de sprint (en las pistas de 400 metros, la segunda vuelta se encara así); es la primera de medio fondo, de salida sin tacos, de tener clara una estrategia. Terreno al que pueden acceder atletas que viniendo del 400 sepan sufrir y pensar en esa primera vuelta, y corredores especialistas del 1.500 que tengan un final poderoso. A esa prueba se dedica Cris, la protagonista de Corredora, que se estrena hoy en España, una atleta que está rozando la gloria, entrenando desaforadamente en un Centro de Alto Rendimiento (CAR) hasta que su cabeza estalla por un brote psicótico.
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Cris es un personaje nacido de la imaginación de la directora debutante Laura García Alonso (Madrid, 36 años) y de su coguionista Pol Cortecans y convertido en cuerpo y alma por la actriz Alba Sàez (Barcelona, 33 años), con mucho trabajo previo en el teatro y poco en el audiovisual. García Alonso, que ya había hablado sobre la salud mental en su corto Tormenta de verano, y Sàez comienzan a charlar con EL PAÍS por la elección de los 800 metros. La directora apunta: “Antes que el atletismo en sí vino la imagen del correr. Es una chica que tiene mucha energía ahí metida, que tiene que hacer algo con ella y la transforma en energía cinética. Entonces, en el correr había algo de apaciguador y a su vez de cierta huida”. La selección de la prueba llegó más tarde. “Hoy es mi prueba favorita. Es que está en mitad de todo: acaba las de velocidad, pura potencia, y empieza las de distancia, pura resistencia. Un sitio muy bonito… Y siendo prácticas, el cuerpo de una velocista necesita muchos años de entrenamiento; las de 800 son más esbeltas. Sabía que podría encontrar a una actriz”. Sàez la interrumpe: “Yo lo habría hecho igual y habría sacado unas piernacas”.

La actriz estuvo entrenando un año entero en la pista de atletismo tres veces por semana. Si se llega a caer la película en la preproducción: “Aposté mucho por este personaje, que me parece un regalo. Es un personaje muy complejo, con muchas capas. Y hay una parte física; no solo me refiero a lo deportivo, sino a la fisicidad de un atleta cuando no está corriendo”.
Los tiempos han ido a favor de Corredora. Tras la pandemia ha habido numerosos casos de deportistas de élite, tanto en pruebas individuales como colectivas, que han hablado alto sobre sus problemas de salud mental. Corredora bebe de ahí, aunque va un paso más allá. “Encima, en una atleta que está a punto de entrar en la élite, que roza y ansía el éxito”, cuenta su protagonista. “Aún no se ha ganado la vida con ello. En la película también hay una reflexión sobre qué es el éxito: ¿correr y disfrutar o ser la primera? ¿No es éxito ya aceptarse tal y como eres?”.

Es atletismo, como puede ser natación, baloncesto o tenis. Es deporte, como puede ser otro trabajo. La salud mental, como trasfondo narrativo, acaba devorando la trama. La cineasta explica: “No se le hace nada de caso. Y, de hecho, institucionalmente, se le da mucho la espalda en los recursos económicos”. Para la actriz, “como se la apoda la lesión invisible, resulta muy difícil de comprender para mucha gente si no la estás sufriendo”. La directora remata: “Es que el diagnóstico parte de síntomas, en realidad de consecuencias. Desde fuera, es muy difícil de comprender que alguien no esté yendo a trabajar porque no se puede levantar de la cama. Se le considera vago. Aunque es cierto que las generaciones más jóvenes, que están más expuestas digitalmente y sufren mucha presión estética, están más sensibilizadas que las precedentes. Empieza a haber una voluntad de escucha”.
Sin embargo, Corredora se lanza a “la parte más estigmatizada de las enfermedades mentales”, apunta García Alonso. “Son los burnouts, el síndrome del trabajador quemado, como cuando la gimnasta Simone Biles abandonó los Juegos Olímpicos, deportistas que pierden contacto con la realidad”. Empiezan comportamientos extraños, gestos agresivos que en realidad son defensivos. “¿Qué pasa con todo esto? Porque generalmente lo asociamos de manera injusta con sus estratos más marginales de la sociedad o con personas violentas”. En pantalla, su familia se vuelca en ella, es todo apoyo y amor. “Era muy importante que la familia no fuese un conflicto más, ¿sabes? No queríamos al padre de las hermanas Williams. Destilamos el problema para que el único conflicto fuese el interno y, por tanto, su crisis de identidad. Que de por sí ya es un problema inmenso, porque ella se pregunta: ¿qué va a pasar con mi vida? ¿Todo lo que haga me irá a definir como enferma?”.

Sàez confiesa que, efectivamente, los intérpretes —más aún los procedentes del teatro, como ella— también rozan la obsesión: “Las paredes de mi cuarto se llenaron con un collage de fotos. Todo era Corredora. Llegó un momento en que la entendí tanto en mi cabeza que se vino conmigo. Y pedí coger algo de distancia a Laura. Así que le di la vuelta a Cris. La interpreté como si fuera una película de espías, y todo lo que ella siente fuera la realidad verdadera, y no un delirio”. Sàez corre y mucho, aunque hasta ahí llega la locura; Cris vive inmersa en la conspiranoia, y compitiendo huye hacia delante, canalizando así lo que le pasa, reventando su cuerpo para que para su mente: “En realidad, construí el truco del espionaje para poder trabajar tranquila y no hacerme daño. El proceso ha sido fascinante”.
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