El olor a hierba recién cortada que te gusta es el resultado de un mecanismo evolutivo de hace 100 millones de años, según un sorprendente estudio

Este característico y placentero aroma está definido por volátiles que actúan como una señal de socorro. Un mecanismo evolutivo que empezó a forjarse en la era de los dinosaurios.

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Rubén Badillo

Rubén Badillo

Colaborador de National Geographic España

Pocos olores despiertan más nuestros sentidos y nos provocan una sensación más placentera que el de la hierba recién cortada. De hecho, es una de las pocas gratificaciones que sienten aquellas (afortunadas) personas con jardín a la hora de realizar esta tediosa tarea doméstica. Sin embargo, según un reciente estudio publicado en la revista Nature Ecology & Evolution, esconde un sorprendente trasfondo bélico. Y es que esa inconfundible fragancia es en realidad el resultado de una guerra química que lleva librándose unos 100 millones de años. Pero ¿cuál exactamente?

Vamos por partes. Cuando los tejidos vegetales sufren daños por inclemencias climáticas, herramientas de jardinería o la acción de herbívorosliberan compuestos denominados volátiles de las hojas verdes (GLV, por sus siglas en inglés). Estas moléculas de seis carbonos actúan como una señal de socorro aérea indispensable para la supervivencia. Al ser organismos sésiles (que viven fijos a un sustrato y carecen de movilidad), las plantas dependen de estas sustancias para repeler amenazas directas.

Estas emisiones gaseosas desempeñan múltiples funciones defensivas simultáneas, ya que logran suprimir patógenos y alertar del peligro al crecimiento vegetal circundante. Asimismo, el cóctel aromático funciona como un faro biológico al atraer depredadores naturales que atacan a los insectos que están devorando la planta. Entre los componentes liberados destaca el Z-3-hexenal, que aporta el olor fresco, junto al E-2-hexenal, de aroma más agudo.

La enzima de la discordia

El equipo científico responsable del hallazgo, liderado por investigadores de la Universidad Nacional de Taiwán, centró sus análisis en el funcionamiento de la hexenal isomerasa. Esta enzima controla el equilibrio de los compuestos volátiles emitidos hacia la atmósfera mediante pequeñas modificaciones moleculares. Su actividad permite transformar el Z-3-hexenal en E-2-hexenal, potenciando de este modo la efectividad real del mensaje de alerta.

Los expertos descubrieron por sorpresa que las plantas no son los únicos organismos capaces de manipular este lenguaje químico ambiental. Las larvas de mariposas y polillas poseen sus propias variantes de esta misma proteína en la saliva, lo que les permite alterar las señales de auxilio vegetales. Esta capacidad salival permite a los insectos interferir activamente en la comunicación atmosférica de sus víctimas mientras se alimentan.

El estudio menciona un caso particular que desconcierta a la comunidad científica, protagonizado por la polilla del gusano del tabaco (Manduca sexta). La saliva de este lepidóptero posee una proteína sumamente activa que incrementa la producción de los compuestos más punzantes en las tomateras heridas. Aunque una investigación del año 2010 sugirió posibles beneficios microbianos, hoy los investigadores continúan sin descifrar el motivo de esta estrategia.

Evolución convergente en el Cretácico

La investigación subraya cómo la vegetación y los insectos alcanzaron armas bioquímicas idénticas mediante rutas totalmente independientes, un proceso denominado evolución convergente. Aunque ambos grupos logran modificar los compuestos volátiles generados por el daño celular, emplean familias de proteínas distintas. La aparición de este mecanismo en el entorno vegetal coincide históricamente con la expansión de las plantas con flor.

Las conclusiones definitivas de este trabajo aportan un enfoque novedoso sobre la coevolución entre las especies vegetales y sus depredadores. El profesor Yu-Hsien Lin detalló el alcance de este descubrimiento mediante las siguientes declaraciones oficiales: «El estudio relaciona la fisiología de las plantas y los insectos, la ecología química, la función molecular y el análisis evolutivo para ofrecer una nueva perspectiva sobre la coevolución planta-insecto«.

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